Su llegada a Loguetown había sido tan amena como podía ser dentro de los eventos recientes, partiendo de la fama -tanto individual como grupal- que había adquirido en los días mas recientes. Vivir en grupo tampoco ayudaba mucho a destacar menos, pero debía admitir que se comía mucho mas cómodo cuando te juntabas con otras personas con las que compartías intereses, y en este caso sobre todo, tanto una facción como un ideal conjunto. El sindicato, un grupo que incluía cada personaje mas extravagante que el anterior, uno de ellos siendo un viejo conocido con quien había intercambiado golpes en un pasado: Lemon, una persona muy maja cuando no le conocías y estabas del lado bueno de su martillo: El que sea que no fuera directo al propio pecho. Un hombre de lo más agradable, pero con un definitivo potencial para ser una verdadera amenaza. Si decía que contaba con la fuerza para partir una isla en dos con mínimo esfuerzo, estaba bastante seguro que no se trataba de una exageración poética.
Contexto de lado, debía centrarse en la tarea mas importante del día de hoy, una que se generó por una desagradable sorpresa a medio camino en Loguetown: Sus ingredientes no solo escaseaban, sino que se habían agotado en su totalidad. ¿Será que alguien había tomado algo prestado y sin avisar? Pocas veces era tan descuidado como para permitir que ocurrencias así sucedieran, pero no era algo a lo que le prestara demasiada atención; era increíblemente lento para señalar con el dedo cuando sus opciones eran amigos, prefería evitar malentendidos que pudiesen llevar a roces tontos y, sobre todo, innecesarios. Lo mismo solo era él teniendo un ataque de vejez y olvidando conseguir provisiones para el viaje.
¡Fuera como fuera! Tras preguntar a los rostros locales, finalmente obtendría direcciones para una tienda botánica local, relativamente conocida y de buena reputación a donde muchos aventureros acudían con el mismo fin que el del emplumado: Si tenía que ver con plantas, seguramente lo encontraría allí. Si no, había unas tantas opciones secundarias en las cercanías.
Fueron unos cuantos minutos de caminar hasta su destino, un trayecto relativamente lineal, para finalmente encontrarse en la entrada del lugar, acogedor en apariencia. "Gadolka's" era lo que podía leer en la presentación: Un cartel tallado de manera exquisita en madera con una pequeña ilustración que parecía tomar la forma de una flor de valeriana. Precioso detalle, uno que fácilmente conseguiría sacarle una pequeña risa entre dientes. Entró, con una sonrisa dibujada en el rostro y optimista.
— ¡Buenas tard-! — Sus palabras se quedaron en su boca cuando una sombra sin forma fácilmente comprensible se acercó a toda velocidad en su dirección, dándole poco a nada de tiempo para quitarse del camino y llevándose un latigazo de frente en el rostro. Retrocedió ante el golpe y la sensación, colocándose una mano en la zona del impacto e intentando frotar para al menos reducir la sensación, sin mucho éxito. Lo que sí pudo discernir, ahora que sus sentidos entraron en alerta de golpe, era la causa de su molestia: Plantas que parecían sacadas de una película de ciencia ficción, de proporciones notablemente mas grandes para el tamaño que deberían tener y con suficiente vida en ellas para competir con la de un pequeño. Y vaya fuerza que tenían, además. El guantazo de hace unos momentos se lo dejó bastante claro.
— ¡AH! ¡Ayuda, quien quiera que seas! ¡Se ha puesto de mal humor y no quiere calmarse! — Una petición que mostraba cierta urgencia en su tono, aparentemente oculta bajo el mostrador mas allá de la sección de las plantas. Las palabras habían sido mas que claras, y sin pensarlo demasiado, el emplumado actúo... O intentó hacerlo cuando intentó desenfundar la hoja de una de sus katanas, consiguiendo tan solo remover unos centímetros de la funda antes de que una advertencia consecuente se hiciera presente. — ¡Y por favor no les hagas daño! ¡Tan solo son retoños bastante sensibles! — ¿Un mal...? El parpadeo confuso no se hizo esperar, completamente desconocedor de que una planta pudiera "pasar un mal día".
Por supuesto, los violentos movimientos de las plantas cercanas no le dieron tiempo de siquiera entender bien lo que ocurría; por una vez, decidió ir sin cabeza y solo escuchar al instinto. — ¡¿Como ayudo entonces?! — Preguntó Alistair mientras hacía cuanto podía evadir cada intento de ataque, una tarea con más dificultad de la aparente mayormente atribuida por el número de ofensivas dirigiéndose hacia él.
— ¡El frasco morado cerca de la mas grande! ¡Es su favorita y las calma enseguida! — Respondió el dependiente enseguida, intentando señalar con su dedo al contenedor mencionado sin exponer demasiado para no arriesgarse a un golpe.
El emplumado se desplazó como pudo dentro del limitado espacio de la tienda, llevándose unos cuantos golpes en el proceso. Finalmente, una vez sus manos llegaron hasta el mencionado frasco morado, fue tan simple como empezar a rociar el líquido que a ojo parecía simple agua con un ligero brillo añadido, una sustancia que hizo maravillas con la flora local pacificada casi al instante.
Tan pronto como había iniciado, el problema había sido solucionado. Pocos habían como esos.
Suspiró con fuerza, al fin permitiéndose relajar su cuerpo y abandonando la adrenalina que por un momento tomó control de sus movimientos. Dejó nuevamente el contenedor en su sitio y se acercó hasta el mostrador en frente, tal que pudiera confirmar la integridad del desconocido. — ¿Todo está bien? ¿Te han hecho daño? — Una pregunta sorprendentemente apta para la situación; como el latigazo a la nariz que se llevó al entrar había pocos. — ¡Oh! ¡Si! ¡Sisisisi, todo perfecto! Muchas gracias por esa mano, he entrado tarde a mi turno y esas pequeñas son bastante quisquillosas. Les gusta el agua especial de la tienda a horas específicas, y se molestan cuando no. El resto ya lo has visto tu mismo. — Parecía haberse calmado con sorprendente rapidez; seguro una escena relativamente común en el lugar. — ¡Y dime! ¿En que puedo ayudarte? —
Con el ambiente nuevamente en calma, el emplumado resumiría su expresión sonriente de siempre. — Vengo por unas cosas, espero que puedas ayudarme. Toma, esto es lo que necesito. — El lunarian entregaría una pequeña hoja de papel con varias anotaciones ordenadas en lista, algo que servía como un resumen efectivo para que el dependiente buscara lo que el emplumado necesitara, o le informara mejor de dónde obtener lo que no tuviera consigo. Discreto, sus ojos no conseguían evitar dedicar miradas de reojo a las plantas salvajes, ahora tan dóciles como un cachorro dormitando. Que inicio de día tan raro de narices... Lo mismo le preguntaba más al respecto al dependiente cuando regresara con su pedido.