
Arthur Soriz
Gramps
24-12-2024, 11:54 AM
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2 de Invierno
Año 724
Año 724
Era una mañana gélida en Kilombo, el tipo de frío que cala hasta los huesos y hace que incluso los soldados más curtidos agradezcan el calor de un brasero encendido. Desde la ventana de mi oficina en la base G-23, observaba cómo los copos de nieve caían perezosos, amontonándose sobre los techos de las casetas y cubriendo el suelo con una blanca serenidad. Incluso con los rumores recorriendo la boca de todos a estas alturas con el tema de los pulpos voladores que llevarían gente al North Blue todo estaba en relativa calma... Pero la calma era un tan solo un espejismo, una ilusión que pronto iba a ser quebrada. Algo estaba ocurriendo en Rostock... mi hogar, algo que tenía a los aldeanos más nerviosos que de costumbre.
Mientras me ajustaba el abrigo, el olor del café recién hecho llenó el aire. Mario, siempre puntual, había dejado una taza en mi escritorio antes de salir a cumplir con sus rondas matutinas. Agradecí el gesto mientras daba un sorbo dejando que el calor del líquido me devolviera algo de energía. Pero pronto recibí un llamado a la oficina de Ulyses Kantor.
Había convocado una reunión temprano esa mañana. Su tono al convocarnos no dejaba lugar a dudas... este no era un simple contratiempo. Caminé por los pasillos de la base mientras me cruzaba con otros marines que ya estaban preparando sus equipos para la jornada. Algunos saludaban con respeto mientras otros me miraban de reojo, tal vez curiosos por el motivo de mi presencia en la base principal y no en Rostock como era de costumbre ya porque sabían me gustaba estar entre la gente y no encerrado en una oficina de cuatro paredes.
Cuando llegué a la oficina de Kantor, un escalofrío recorrió mi espalda. No era el frío exterior... era el tipo de sensación que uno desarrolla tras años de experiencia, una intuición que susurra al oído que algo importante está por suceder.
— Adelante. —dijo la voz grave de Kantor tras la pesada puerta de madera.
Abrí la puerta y me encontré con el teniente sentado tras su escritorio, un mapa desplegado ante él y una expresión de concentración que no dejaba lugar a dudas sobre la seriedad del asunto. A su lado se encontraba la suboficial Lara Weist sostenía varios documentos con una precisión casi obsesiva como si cada dato fuera una pieza vital de un rompecabezas.
— Arthur, justo a tiempo. —dijo Kantor, levantando la vista del mapa. Su ojo visible, el derecho, me escrutó con intensidad mientras el izquierdo permanecía oculto tras un parche negro que siempre parecía añadirle un aire de autoridad incuestionable. Asentí y me acerqué al escritorio, donde otros tres marines ya se encontraban presentes. Eran jóvenes, llenos de potencial y con una determinación que me recordaba a mí mismo hace unos años… aunque con menos canas y menos historias que contar.
— Escuchen bien —comenzó el teniente, extendiendo una mano hacia el mapa. Sus dedos gruesos y curtidos señalaron una sección del bosque justo al este de Rostock—. Esto es lo que llaman el Gran Árbol Nevado. Es un sitio especial para los aldeanos, algo más que un simple árbol.
Kantor hizo una pausa, dejando que procesáramos esa información. Miré el mapa y luego a los demás. Sabía bien lo que significaba ese árbol para Rostock. Había crecido escuchando historias sobre su brillo mágico en las noches más frías, sobre cómo protegía al pueblo de las tormentas y las penurias. Era un símbolo... una promesa de que incluso en el invierno más crudo la esperanza nunca se apaga.
— Un grupo de saqueadores ha bloqueado el acceso al árbol —continuó el teniente—. Están exigiendo a los aldeanos un "peaje" para acercarse, aprovechándose de sus creencias.
Mi mandíbula se tensó al escuchar eso. Aprovecharse de la fe y las tradiciones de la gente era un acto despreciable pero no fue eso lo que más me inquietó. Era el hecho de que estos saqueadores no estaban actuando como simples bandidos desesperados. Según los informes, estaban organizados, armados y demasiado cómodos para ser meros oportunistas.
— Esto no es solo un problema local —añadió, cruzando los brazos sobre el escritorio—. Si no intervenimos, los aldeanos podrían perder fe en la Marina y no podemos permitirnos eso en estas épocas.
Lara Weist tomó la palabra en ese momento, colocando un fajo de notas sobre la mesa.
— Hemos identificado su campamento principal aquí —dijo señalando un punto en el mapa cercano al árbol—. Está en una posición elevada, lo que les da ventaja estratégica. Según algunos testigos han estado descargando cajas grandes... posiblemente con armas o suministros.
El teniente tomó un momento para revisar los documentos antes de volver su atención a nosotros.
— La misión es simple, al menos en papel —dijo con un tono firme—. Averigüen quiénes son, qué están haciendo allí y liberen el camino al árbol. Quiero que se muevan rápido pero con cuidado. Si podemos resolver esto sin enfrentamientos innecesarios pues mejor, pero si la situación lo requiere… saben qué hacer.
Miré a mis compañeros, estudiando sus reacciones. El primero tenía esa mirada concentrada, típica de alguien que siempre estaba evaluando las posibilidades. Después estaba la segunda Marine... con una postura firme, parecía lista para cualquier desafío. Por último el tercer marine tenía una chispa de curiosidad en los ojos... como si esta misión fuera otro enigma que deseaba resolver.
— Y aquí, no muy lejos de donde supuestamente están estos individuos —añadió, señalando otra parte del mapa—. Allí tendrán refuerzos si las cosas se complican.
Cuando el teniente terminó de hablar, dejó que el silencio llenara la habitación por un momento. Esta no era solo una misión; era otra oportunidad para demostrar que la Marina no solo se ocupa de los grandes conflictos... sino también de proteger lo que importa para las personas comunes.
— Pueden salir. — dijo Kantor, levantándose y dándonos un gesto para que saliéramos de la oficina ya para dar comienzo a la misión.
El grupo de cuatro, incluyéndome en este, salimos de la base G-23 con destino al bosque de Kilombo, con tal de averiguar qué demonios estaba pasando realmente y, si podíamos, solucionar esto lo más rápido posible. Si podíamos culminar con este asunto antes de que cayera la noche pues mejor aún honestamente.
El viento soplaba con fuerza mientras nos internábamos en el bosque, dejando atrás las casas nevadas de Rostock. El crujir de la nieve bajo nuestras botas era el único sonido que se atrevía a romper el silencio. Caitlyn lideraba el grupo por delante actuando como rastreadora, moviéndose con la gracia de un cazador experimentado mientras Dorian revisaba un pequeño mapa murmurando indicaciones que apenas rompían el aire helado. Rico por su parte no podía ocultar su curiosidad, girando la cabeza cada tanto para observar el denso follaje cubierto de escarcha esperando impaciente llegar al lugar en donde veríamos por fin a ese grupo de malhechores.
— Mantengan el ritmo y los ojos abiertos. —dije en voz baja, asegurándome de que todos estuvieran en sincronía. Había aprendido que en este tipo de misiones cada paso podía marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso. El lugar indicado por los informes no estaba lejos, pero el bosque parecía retorcerse sobre sí mismo con cada metro que avanzábamos. Las ramas desnudas se extendían como manos esqueléticas siendo decoradas nada más por los montones de nieve que lograban acumularse en estas.
Finalmente Caitlyn levantó una mano deteniéndose de golpe.
— Estamos cerca —susurró como advertencia, señalando con un gesto hacia una pequeña elevación cubierta de arbustos espinosos—. Si subimos con cuidado, tendremos una vista clara del área del campamento.
Asentí y dejé que ella guiara la subida. Dorian y Rico la siguieron, mientras yo cubría la retaguardia. Desde la cima del montículo, el campamento enemigo se reveló ante nosotros. Eran seis tiendas de campaña, dispuestas en círculo alrededor de una fogata central que chisporroteaba débilmente contra el frío. Varias cajas grandes estaban apiladas cerca de una de las tiendas, algunas abiertas, dejando entrever lo que parecían ser rifles y municiones.
— Bueno, al menos ya sabemos que no vinieron aquí para hacer picnic... —murmuró Rico, ajustando sus binoculares mientras examinaba los detalles.
Dorian sacó un pequeño cuaderno y comenzó a tomar notas rápidas.
— Hay al menos nueve de ellos visibles —dijo en voz baja—. Tres patrullando el perímetro, dos sentados junto a la fogata, y los otros cuatro parecen estar inspeccionando esas cajas.
Caitlyn entrecerró los ojos enfocándose en los que patrullaban.
— No parecen ser simples bandidos. Sus movimientos son organizados. Están bien equipados… y entrenados. Esto no pinta bien.
Observé en silencio dejando que mis años de experiencia analizaran cada detalle. Había algo que no cuadraba. Sus armas y disciplina no eran comunes en saqueadores de poca monta. Esto parecía más… profesional.
— Arthur, ¿qué piensas? —preguntó Dorian mirándome de reojo mientras cerraba su cuaderno.
Tomé un momento antes de responder fijándome en un símbolo pintado en una de las cajas. Era una insignia que reconocí de viejos reportes... una mano negra, de inmediato un escalofrío recorrió mi espalda al darme cuenta de lo que se trataba.
— Esto no es un trabajo aislado. Esos tipos tienen conexiones… son miembros de la Mano Negra —dije, manteniendo la voz baja—. Necesitamos saber exactamente qué están planeando antes de hacer algo que pueda alertarlos.
Caitlyn asintió, pero su rostro mostraba preocupación.
— Si seguimos observándolos, podríamos descubrir más sobre sus movimientos y refuerzos... pero será arriesgado. Estos tipos parecen tener sus ojos bien abiertos.
Dorian levantó la cabeza mirando hacia el campamento.
— Podríamos centrarnos en escuchar. Si conseguimos acercarnos lo suficiente sin ser detectados tal vez podamos oír algo que nos dé más información.
Rico... siempre optimista, agregó.
— Tal vez también podamos encontrar una ruta más segura para entrar y revisar esas cajas. Podrían darnos pruebas concretas.
— Todo eso suena bien, pero recuerden una cosa —dije, mirándolos a los tres—... si las cosas se complican demasiado. No quiero que nadie se arriesgue innecesariamente. La información es importante pero sus vidas lo son más.
Asintieron, cada uno con la determinación reflejada en sus rostros. Entonces, nos agachamos aún más entre los arbustos, estudiando cada detalle del campamento mientras la nieve seguía cayendo lentamente a nuestro alrededor.
El tiempo transcurría lentamente mientras permanecíamos ocultos observando cada movimiento en el campamento. El aire helado quemaba en los pulmones y ardía en las mejillas... pero la determinación de descubrir qué estaban tramando esos saqueadores era más fuerte que el frío. De pronto el sonido de voces a lo lejos nos alertó.
Caitlyn hizo una seña con la mano indicándonos que estuviéramos atentos. A través de la espesa cortina de nieve distinguimos un pequeño grupo que se acercaba al campamento enemigo. Eran aldeanos... un hombre de mediana edad con ropas gastadas, acompañado de una mujer más joven, probablemente su hija, y un niño que no tendría más de ocho años. El hombre llevaba un saco al hombro mientras que la mujer parecía aferrarse a algo envuelto en un paño... tal vez una ofrenda para el árbol.
— Por favor, sigan adelante y no se detengan... —murmuró Caitlyn para sí misma, aunque todos sabíamos que las probabilidades de que pasaran desapercibidos eran casi nulas. Como si confirmara su temor uno de los bandidos que patrullaba el perímetro alzó una mano deteniendo al grupo.
— Alto ahí. —gruñó, con una voz ronca que resonó entre los árboles. Su rifle descansaba en las manos pero la amenaza implícita era clara.
El hombre se detuvo en seco, protegiendo al niño detrás de él mientras la mujer lo miraba nerviosa.
— Venimos a ofrecer nuestras oraciones al Gran Árbol. —dijo el hombre con tono sereno, aunque su voz traicionaba un leve temblor.
El saqueador soltó una carcajada seca mientras otros dos hombres del campamento se acercaban al lugar, formando un pequeño semicírculo alrededor de los aldeanos.
— ¿Creen que puedes simplemente caminar hasta allí como si nada? —dijo uno de ellos, un tipo de mirada maliciosa y cabello grasiento que sostenía un machete con desgano como si disfrutara prolongar la tensión.
— Esto no es un camino público, viejo. Si quieren pasar tendrán que pagar el peaje. —intervino otro más robusto y con una cicatriz cruzándole la mejilla.
El hombre tragó saliva y dio un paso al frente.
— No tenemos mucho... —dijo abriendo el saco para mostrar un par de panes duros y algo de fruta seca—. Esto es todo lo que podemos ofrecer.
Los bandidos estallaron en risas.
— ¿Estás bromeando? —dijo el del machete acercándose para inspeccionar el contenido del saco—. Esto ni siquiera alcanza para alimentar a uno de nosotros. ¿Es en serio?
— No podemos dar más. Somos gente humilde. Sólo queremos ver el árbol... —intervino la mujer, su voz temblando mientras abrazaba más fuerte el paquete en sus manos.
— Entonces, ya conocen la respuesta. —el hombre robusto se inclinó hacia adelante, dejando que su voz adquiriera un tono más amenazante—. Sin dinero, sin paso. Regresen por donde vinieron.
El niño comenzó a sollozar aferrándose a la falda de la mujer. El hombre intentó calmarlo pero era evidente que estaba luchando por mantener la compostura.
— Por favor, sólo un momento... —rogó, pero el saqueador del machete ya estaba haciendo un gesto con la mano para que se retiraran.
— Largo de aquí antes de que cambie de opinión y les cobre por respirar este aire.
Con el alma rota los aldeanos retrocedieron lentamente... el niño llorando más fuerte con cada paso que los alejaba del árbol. La nieve comenzó a cubrir sus huellas mientras se adentraban de nuevo en el bosque. Desde nuestra posición mi mandíbula se tensó. No había ninguna duda. Aquellos hombres no sólo estaban explotando las creencias de los aldeanos... estaban despojándolos de su dignidad y esperanza.
Me giré hacia Caitlyn, Dorian y Rico, quienes compartían la misma expresión de indignación contenida.
— Ya hemos visto suficiente —dije con voz firme mi decisión clara como el cristal—. Es hora de actuar.
El bosque estaba en silencio excepto por el crujir ocasional de las ramas bajo el peso de la nieve. Desde mi posición pude ver el campamento enemigo. Las luces de las fogatas iluminaban figuras moviéndose de un lado a otro cargando cajas y barriles que a juzgar por su tamaño y peso contenían más que simples provisiones. La Mano Negra estaba ocupada y eso sólo podía significar una cosa... un envío importante estaba en camino.
Llevé mi muñeca a la altura de la boca y activé el Den Den Mushi que siempre llevo como un reloj.
— Aquí el suboficial Arthur Soriz, base G-23. Confirmo actividad de la Mano Negra en las coordenadas previstas. Solicito refuerzos inmediatos. Esto podría complicarse.
El pequeño caracol respondió con un sonido breve y metálico que confirmó que mi mensaje había llegado. Lo apagué con un movimiento rápido y miré a los tres jóvenes marines que me acompañaban. Pese a que intentaban disimularlo podía ver la tensión en sus rostros. Sus ojos iban de mí al campamento enemigo como si estuvieran calculando sus posibilidades de sobrevivir si algo salía mal.
— Escuchen bien, muchachos. —les hablé con calma, aunque mi voz tenía el tono firme que siempre uso en situaciones como esta—. Esto no es un entrenamiento ni una patrulla cualquiera. La gente que está ahí no dudará en matarnos si creen que pueden.
Me agaché señalando puntos estratégicos en el terreno con un dedo enguantado.
— Caitlyn, te quiero al flanco izquierdo. Usa esos arbustos como cobertura... desde ahí tendrás una vista clara de todo el campamento. Dorian, esas rocas al oeste son perfectas para ti. Rico... cubre el flanco derecho, esos troncos caídos te darán suficiente protección.
Hice una pausa asegurándome de que cada uno entendiera su papel.
— Quiero que permanezcan ocultos. No quiero a ninguno de ustedes exponiéndose, ¿entendido? Y bajo ninguna circunstancia abran fuego sin mi señal.
Caitlyn frunció el ceño y dio un paso adelante.
— Pero, señor... usted va a ir solo al frente. Eso es una locura.
Le sonreí. Una sonrisa tranquila llena de confianza, la misma que he aprendido a usar para calmar incluso a los más nerviosos en momentos de peligro.
— Caitlyn, alguien tiene que ser el señuelo. Ellos necesitan verme a mí, no a ustedes. Mi trabajo es distraerlos, hacerles pensar que tienen todas las cartas, cuando en realidad no tienen ni una. Confíen en mí. Saldremos de esta enteros.
Aunque mis palabras parecieron calmarla vi que la preocupación seguía en sus ojos. Aun así obedecieron mis órdenes y se dispersaron en silencio moviéndose como sombras entre los árboles. Me quedé solo sintiendo el peso del frío y la responsabilidad sobre mis hombros.
Tomé una bocanada de aire helado llenando mis pulmones. Luego di un paso hacia adelante. Mis botas crujieron contra la nieve mientras me dirigía directamente al campamento enemigo sin intentar ocultarme. Sabía que mi mejor arma ahora era ser visto, hacerles creer que ellos tenían el control de la situación cuando en realidad los tenía postrados en la palma de mi mano.
A medida que me acercaba las figuras de los contrabandistas se hicieron más nítidas. Había al menos una docena de ellos, algunos sentados junto a fogatas... otros cargando las cajas y barriles hacia un carro cubierto con lona. Podía sentir sus miradas clavándose en mí mientras cruzaba el claro.
— ¡Alto ahí! —gritó uno levantando un rifle y apuntándome directamente a la cabeza.
Levanté las manos mostrando las palmas en un gesto de aparente rendición. Mi rostro sin embargo permaneció tranquilo.
— Tranquilos muchachos. No vine aquí a pelear... todavía.
Mi voz resonó en el claro. Vi cómo algunos de ellos intercambiaban miradas nerviosas. Era obvio que no sabían qué pensar. ¿Quién demonios era este viejo marine que se presentaba solo en medio de la noche? Muchos de ellos ya comenzaban a reconocerme... difícil no hacerlo cuando mides casi tres metros de alto.
— Sé quiénes son y lo que están haciendo aquí. —di un paso más cerca, sin bajar las manos—. También sé que están rodeados. Mi equipo está apostado entre los árboles y más refuerzos vienen en camino. Si quieren salir de esta enteros, les recomiendo que tiren sus armas y se rindan.
El silencio que siguió fue pesado... casi sofocante. Algunos de ellos bajaron la mirada claramente inquietos por mis palabras. Otros se aferraron a sus armas, sus nudillos blancos por la tensión. Estaban atrapados en una encrucijada debatiéndose entre la duda y la violencia.
Fue entonces cuando una voz grave y confiada rompió el silencio.
— Pero mírate, Arthur Soriz... el viejo perro de la Marina.
Giré la cabeza hacia el sonido y lo vi. Un hombre alto y delgado salía de la tienda más grande del campamento. Cullen. Su chaqueta negra con bordados dorados brillaba a la luz de las fogatas, y su sonrisa arrogante mostraba que se sentía completamente en control.
— He oído hablar de ti, Arthur. —dijo mi nombre como si fuera un viejo amigo, aunque su tono estaba cargado de desprecio—. La Marina lleva meses metiendo las narices en nuestros negocios, pero tú... tú te has convertido en una espina particularmente molesta.
Lo observé en silencio mientras avanzaba hacia mí, sus pasos lentos y deliberados. No necesitaba apresurarse... sabía que tenía a su gente alrededor y que en este momento las probabilidades estaban a su favor.
— ¿Sabes? Me alegra que hayas venido. Esto simplifica las cosas. —se detuvo a unos metros de mí, sus ojos clavados en los míos. Había algo en su mirada, una mezcla de desafío y curiosidad—. Hay algo que me pertenece, algo que tú y tus amigos me arrebataron hace meses en ese puerto.
Así que eso era. La fruta que había asegurado durante aquella operación. Todo este despliegue... toda esta organización, no era más que un intento de recuperarla.
— Esa fruta ya no está disponible para tus juegos, Cullen. —mi voz salió calmada pero firme, cada palabra cortante como una hoja de acero—. La Marina se encargó de que nunca vuelva a caer en las manos equivocadas.
Cullen soltó una carcajada seca.
— Oh, Arthur, Arthur... —negó con la cabeza, como si hablara con un niño que no entendía las reglas del juego—. No me importa lo que creas que hiciste con ella. Esa fruta es nuestra por derecho, y la queremos de vuelta.
Dio un paso más cerca, su sonrisa ensanchándose mientras sus hombres ajustaban sus posiciones... algunos levantando sus armas, otros esperando su señal.
— Ahora dime, viejo, ¿estás dispuesto a negociar? ¿O prefieres que mis muchachos y yo te mostremos lo que la Mano Negra realmente puede hacer?
El aire entre Cullen y yo parecía cargado de electricidad. Su sonrisa arrogante seguía presente pero en sus ojos veía un brillo de incertidumbre, como si supiera que estaba a punto de cruzar una línea invisible que nunca podría deshacer.
— Está bien, Cullen —dije, dejando que un destello de aparente resignación se reflejara en mi voz—. La fruta que tanto buscas... sí, la tenemos. Pero quiero hacer esto de hombre a hombre, sabía que pedirías lo que te pertenece... la tengo conmigo así que lleguemos a un acuerdo monetario que nos beneficie a ambos. Tú y yo, sin trucos.
Extendí mi mano hacia él, la palma abierta en un gesto que parecía casi conciliador. Cullen alzó una ceja sorprendido por mi propuesta, pero su ego no le permitió rechazarla. Dio un paso adelante, ignorando las miradas nerviosas de sus hombres y tomó mi mano con fuerza. Estaba convencido de que todo esto podría solucionarse con dinero y que yo era otro Marine corrupto más que solamente velaba por mis intereses egoístas y nada más.
El contacto duró apenas unos segundos, pero fue suficiente. Sentí un leve cosquilleo correr por mi piel mientras mis poderes tomaban efecto. La Raki-Raki no Mi no dejaba margen para el error... en el momento en que nuestras manos se tocaron absorbí toda la suerte de Cullen como un río que arrastra un tronco río abajo. Él no lo notó al principio pero yo sí. Era como si el universo entero comenzara a inclinarse a mi favor.
Cullen soltó mi mano con una sonrisa burlona sin tener idea de lo que acababa de suceder. Dio un paso atrás y su tono desafiante volvió con más fuerza.
— Ahora que hemos llegado a un entendimiento... ¡muchachos! ¡Abran fuego!
Su orden resonó en el claro como un trueno. Los hombres que estaban a su alrededor levantaron sus armas casi al unísono apuntando hacia mí. Pero fue entonces cuando la mala suerte de Cullen comenzó a manifestarse de manera espectacular, o mejor dicho la mía se hizo notar al instante.
El primer disparo resonó... y falló completamente impactando contra un árbol a varios metros de distancia. Otro hombre intentó disparar pero su arma se encasquilló con un ruido seco. Una de las fogatas cercanas avivada por una ráfaga de viento lanzó una chispa que prendió un trozo de lona, distrayendo a varios contrabandistas. La confusión empezó a cundir entre sus filas mientras sus intentos de atacarme se convertían en un desfile de errores y fallos.
Para mi fortuna los refuerzos llegaron en el momento justo. Escuché el estruendo de botas acercándose a toda velocidad. Marines emergieron de entre los árboles, sus rifles apuntando con precisión. Cullen apretó los dientes y me miró, incrédulo pero dándose cuenta lo que estaba pasando casi de inmediato; su fruta del diablo había sido consumida y ya no había vuelta atrás. Retrocedió un paso, en dirección hacia el centro del campamento mientras el caos se desataba a su alrededor. Yo avancé hacia él calmado pero implacable.
— Lo siento, Cullen —dije con voz firme—. Pero tu suerte se acabó.
Él intentó retroceder aún más pero su pie tropezó con un barril haciéndolo tambalearse. Antes de que pudiera recuperar el equilibrio lo alcancé. Mi puño chocó contra su mandíbula con un impacto que resonó en el claro enviándolo al suelo. Cullen gruñó, levantándose tambaleante pero cada vez que intentaba contraatacar algo salía mal. Sus golpes eran torpes, fallaban su objetivo por centímetros. Intentó alcanzar un cuchillo en su cinturón pero el arma resbaló de su mano y cayó a la nieve.
— ¡Esto no puede estar pasando! —gritó, su voz cargada de frustración.
Lo sujeté por el cuello de su chaqueta y lo sacudí con fuerza.
— Esto es lo que pasa cuando apuestas contra la Marina. —le espeté antes de lanzarlo al suelo nuevamente.
Cullen miró a su alrededor y vio un barril cercano. Supe lo que estaba pensando incluso antes de que actuara. Con manos temblorosas por la desesperación, encendió una cerilla y la acercó al barril que evidentemente contenía pólvora. Pero para su infortunio la humedad había arruinado su plan. En lugar de una explosión el barril comenzó a emitir un humo espeso y negro que rápidamente llenó el campamento creando una cortina que oscureció la vista de todos.
El efecto fue inmediato. Los contrabandistas restantes aprovecharon el caos para intentar escapar. Cullen aún tambaleante se zafó de mi agarre en el momento justo, aprovechando la cobertura del humo. Me lancé tras él pero el denso humo me ralentizó. Tosí, tratando de mantener la vista fija en la silueta que corría hacia los árboles. Cuando finalmente salí del área afectada, Cullen ya no estaba. Miré a mi alrededor, mis ojos escudriñando la oscuridad del bosque pero no había rastro de él. Dejé escapar un gruñido de frustración, golpeando mi puño contra un árbol cercano.
Sin embargo, cuando regresé al campamento me encontré con una escena que compensaba parcialmente mi irritación. Los refuerzos habían asegurado la zona y la mayoría de los contrabandistas estaban siendo esposados. Los barriles y cajas con mercancías ilegales estaban siendo incautados. Aunque Cullen había escapado, la operación de peaje de la Mano Negra había sido completamente desmantelada.
Miré a mis compañeros, asintiendo con aprobación mientras activaba mi Den Den Mushi.
— Base G-23, aquí el suboficial Arthur Soriz. Operación completada. Campamento asegurado. Cullen ha escapado pero el resto está bajo control. Cambio y fuera.
Guardé el caracol en mi muñeca y observé el horizonte. Cullen había ganado una batalla menor al huir, pero sabía que la guerra estaba lejos de terminar.
El camino de regreso al pueblo fue bastante tranquilo para mi fortuna aunque yo aún sentía el peso de los eventos del día sobre mis hombros. Cuando finalmente llegué a Rostock la gente se congregó rápidamente en la plaza... sus rostros reflejaban esperanza. Subí a un pequeño estrado improvisado con un cajón de frutas que sufría bajo mi colosal peso, dejando que mi voz resonara entre la multitud.
— ¡Rostock! —exclamé, viendo cómo el silencio se extendía entre los aldeanos—. Pueden respirar tranquilos. El camino está limpio y seguro nuevamente. Los malhechores han sido desmantelados y ya no habrá más extorsiones.
Las miradas tensas se relajaron y las primeras sonrisas empezaron a surgir. Un murmullo agradecido recorrió la multitud, pero yo no había terminado.
— Y tengo algo más que decirles —añadí, levantando una mano para captar de nuevo su atención—. El árbol está sano y salvo. No pudieron tocarlo.
Los aplausos fueron inmediatos, seguidos por vítores que llenaron el aire con una energía vibrante. Rostock volvía a ser suyo, libre de amenazas. Ver la emoción en sus caras me recordó por qué incluso a mi edad seguía levantándome día a día en nombre de la justicia. Esa noche los aldeanos prepararon una comida en agradecimiento. Compartimos una cena sencilla pero abundante alrededor de una fogata. Panes recién hechos, carnes sazonadas y frutas frescas se convirtieron en un festín que calentó tanto el cuerpo como el espíritu.
Mientras los marines y los aldeanos reían, cantaban y brindaban, yo observaba el cielo estrellado. Mi mente iba y venía entre los recuerdos del día y los pensamientos sobre lo que estaba por venir. Uno de los marines que me acompañó hoy, Caitlyn me pasó una taza de té caliente y levanté la mía en un gesto de camaradería.
— Buen trabajo hoy. —dije, mirando a mis compañeros. Los vítores se alzaron nuevamente y me permití una pequeña sonrisa.
Más tarde cuando regresé a la base, el bullicio quedó atrás. Mi habitación estaba en silencio iluminada por la tenue luz de una lámpara de aceite. Con movimientos lentos y cansados después de una merecida ducha, comencé a empacar mis cosas. Mi uniforme bien doblado, mi amuleto de la suerte que llevaba siempre conmigo incluso antes de ser poseedor de los poderes de la Raki-Raki no Mi, y todo lo esencial.
El día había sido largo, pero aún me quedaba un pensamiento que no podía sacarme de la cabeza. ¿Qué demonios haría Cullen ahora que estaba contra la espada y la pared? Seguramente mostraría sus dientes, gruñiría y sería una bestia peligrosa... de momento tal vez esconda sus dientes, para atacar sin piedad en un futuro cercano.
Pero rápidamente ese pensamiento fue suplantado por recordar en qué viajaría mañana al North Blue. Dejé escapar una risa breve y cansada. — Un pulpo volador. Claro... —murmuré para mí mismo mientras guardaba el último objeto en mi maleta. Me detuve un momento, mirando mi reflejo en el espejo. Mi rostro estaba cansado, pero mis ojos aún brillaban con emoción.
— Otro día más en la Marina, Arthur. —susurré antes de apagar la lámpara.
Me dejé caer en la cama cerrando los ojos con la certeza de que lo que sea que el mañana trajera, estaría listo para enfrentarlo. Porque el deber nunca terminaba, solo cambiaba de forma.
Mientras me ajustaba el abrigo, el olor del café recién hecho llenó el aire. Mario, siempre puntual, había dejado una taza en mi escritorio antes de salir a cumplir con sus rondas matutinas. Agradecí el gesto mientras daba un sorbo dejando que el calor del líquido me devolviera algo de energía. Pero pronto recibí un llamado a la oficina de Ulyses Kantor.
Había convocado una reunión temprano esa mañana. Su tono al convocarnos no dejaba lugar a dudas... este no era un simple contratiempo. Caminé por los pasillos de la base mientras me cruzaba con otros marines que ya estaban preparando sus equipos para la jornada. Algunos saludaban con respeto mientras otros me miraban de reojo, tal vez curiosos por el motivo de mi presencia en la base principal y no en Rostock como era de costumbre ya porque sabían me gustaba estar entre la gente y no encerrado en una oficina de cuatro paredes.
Cuando llegué a la oficina de Kantor, un escalofrío recorrió mi espalda. No era el frío exterior... era el tipo de sensación que uno desarrolla tras años de experiencia, una intuición que susurra al oído que algo importante está por suceder.
— Adelante. —dijo la voz grave de Kantor tras la pesada puerta de madera.
Abrí la puerta y me encontré con el teniente sentado tras su escritorio, un mapa desplegado ante él y una expresión de concentración que no dejaba lugar a dudas sobre la seriedad del asunto. A su lado se encontraba la suboficial Lara Weist sostenía varios documentos con una precisión casi obsesiva como si cada dato fuera una pieza vital de un rompecabezas.
— Arthur, justo a tiempo. —dijo Kantor, levantando la vista del mapa. Su ojo visible, el derecho, me escrutó con intensidad mientras el izquierdo permanecía oculto tras un parche negro que siempre parecía añadirle un aire de autoridad incuestionable. Asentí y me acerqué al escritorio, donde otros tres marines ya se encontraban presentes. Eran jóvenes, llenos de potencial y con una determinación que me recordaba a mí mismo hace unos años… aunque con menos canas y menos historias que contar.
— Escuchen bien —comenzó el teniente, extendiendo una mano hacia el mapa. Sus dedos gruesos y curtidos señalaron una sección del bosque justo al este de Rostock—. Esto es lo que llaman el Gran Árbol Nevado. Es un sitio especial para los aldeanos, algo más que un simple árbol.
Kantor hizo una pausa, dejando que procesáramos esa información. Miré el mapa y luego a los demás. Sabía bien lo que significaba ese árbol para Rostock. Había crecido escuchando historias sobre su brillo mágico en las noches más frías, sobre cómo protegía al pueblo de las tormentas y las penurias. Era un símbolo... una promesa de que incluso en el invierno más crudo la esperanza nunca se apaga.
— Un grupo de saqueadores ha bloqueado el acceso al árbol —continuó el teniente—. Están exigiendo a los aldeanos un "peaje" para acercarse, aprovechándose de sus creencias.
Mi mandíbula se tensó al escuchar eso. Aprovecharse de la fe y las tradiciones de la gente era un acto despreciable pero no fue eso lo que más me inquietó. Era el hecho de que estos saqueadores no estaban actuando como simples bandidos desesperados. Según los informes, estaban organizados, armados y demasiado cómodos para ser meros oportunistas.
— Esto no es solo un problema local —añadió, cruzando los brazos sobre el escritorio—. Si no intervenimos, los aldeanos podrían perder fe en la Marina y no podemos permitirnos eso en estas épocas.
Lara Weist tomó la palabra en ese momento, colocando un fajo de notas sobre la mesa.
— Hemos identificado su campamento principal aquí —dijo señalando un punto en el mapa cercano al árbol—. Está en una posición elevada, lo que les da ventaja estratégica. Según algunos testigos han estado descargando cajas grandes... posiblemente con armas o suministros.
El teniente tomó un momento para revisar los documentos antes de volver su atención a nosotros.
— La misión es simple, al menos en papel —dijo con un tono firme—. Averigüen quiénes son, qué están haciendo allí y liberen el camino al árbol. Quiero que se muevan rápido pero con cuidado. Si podemos resolver esto sin enfrentamientos innecesarios pues mejor, pero si la situación lo requiere… saben qué hacer.
Miré a mis compañeros, estudiando sus reacciones. El primero tenía esa mirada concentrada, típica de alguien que siempre estaba evaluando las posibilidades. Después estaba la segunda Marine... con una postura firme, parecía lista para cualquier desafío. Por último el tercer marine tenía una chispa de curiosidad en los ojos... como si esta misión fuera otro enigma que deseaba resolver.
— Y aquí, no muy lejos de donde supuestamente están estos individuos —añadió, señalando otra parte del mapa—. Allí tendrán refuerzos si las cosas se complican.
Cuando el teniente terminó de hablar, dejó que el silencio llenara la habitación por un momento. Esta no era solo una misión; era otra oportunidad para demostrar que la Marina no solo se ocupa de los grandes conflictos... sino también de proteger lo que importa para las personas comunes.
— Pueden salir. — dijo Kantor, levantándose y dándonos un gesto para que saliéramos de la oficina ya para dar comienzo a la misión.
El grupo de cuatro, incluyéndome en este, salimos de la base G-23 con destino al bosque de Kilombo, con tal de averiguar qué demonios estaba pasando realmente y, si podíamos, solucionar esto lo más rápido posible. Si podíamos culminar con este asunto antes de que cayera la noche pues mejor aún honestamente.
El viento soplaba con fuerza mientras nos internábamos en el bosque, dejando atrás las casas nevadas de Rostock. El crujir de la nieve bajo nuestras botas era el único sonido que se atrevía a romper el silencio. Caitlyn lideraba el grupo por delante actuando como rastreadora, moviéndose con la gracia de un cazador experimentado mientras Dorian revisaba un pequeño mapa murmurando indicaciones que apenas rompían el aire helado. Rico por su parte no podía ocultar su curiosidad, girando la cabeza cada tanto para observar el denso follaje cubierto de escarcha esperando impaciente llegar al lugar en donde veríamos por fin a ese grupo de malhechores.
— Mantengan el ritmo y los ojos abiertos. —dije en voz baja, asegurándome de que todos estuvieran en sincronía. Había aprendido que en este tipo de misiones cada paso podía marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso. El lugar indicado por los informes no estaba lejos, pero el bosque parecía retorcerse sobre sí mismo con cada metro que avanzábamos. Las ramas desnudas se extendían como manos esqueléticas siendo decoradas nada más por los montones de nieve que lograban acumularse en estas.
Finalmente Caitlyn levantó una mano deteniéndose de golpe.
— Estamos cerca —susurró como advertencia, señalando con un gesto hacia una pequeña elevación cubierta de arbustos espinosos—. Si subimos con cuidado, tendremos una vista clara del área del campamento.
Asentí y dejé que ella guiara la subida. Dorian y Rico la siguieron, mientras yo cubría la retaguardia. Desde la cima del montículo, el campamento enemigo se reveló ante nosotros. Eran seis tiendas de campaña, dispuestas en círculo alrededor de una fogata central que chisporroteaba débilmente contra el frío. Varias cajas grandes estaban apiladas cerca de una de las tiendas, algunas abiertas, dejando entrever lo que parecían ser rifles y municiones.
— Bueno, al menos ya sabemos que no vinieron aquí para hacer picnic... —murmuró Rico, ajustando sus binoculares mientras examinaba los detalles.
Dorian sacó un pequeño cuaderno y comenzó a tomar notas rápidas.
— Hay al menos nueve de ellos visibles —dijo en voz baja—. Tres patrullando el perímetro, dos sentados junto a la fogata, y los otros cuatro parecen estar inspeccionando esas cajas.
Caitlyn entrecerró los ojos enfocándose en los que patrullaban.
— No parecen ser simples bandidos. Sus movimientos son organizados. Están bien equipados… y entrenados. Esto no pinta bien.
Observé en silencio dejando que mis años de experiencia analizaran cada detalle. Había algo que no cuadraba. Sus armas y disciplina no eran comunes en saqueadores de poca monta. Esto parecía más… profesional.
— Arthur, ¿qué piensas? —preguntó Dorian mirándome de reojo mientras cerraba su cuaderno.
Tomé un momento antes de responder fijándome en un símbolo pintado en una de las cajas. Era una insignia que reconocí de viejos reportes... una mano negra, de inmediato un escalofrío recorrió mi espalda al darme cuenta de lo que se trataba.
— Esto no es un trabajo aislado. Esos tipos tienen conexiones… son miembros de la Mano Negra —dije, manteniendo la voz baja—. Necesitamos saber exactamente qué están planeando antes de hacer algo que pueda alertarlos.
Caitlyn asintió, pero su rostro mostraba preocupación.
— Si seguimos observándolos, podríamos descubrir más sobre sus movimientos y refuerzos... pero será arriesgado. Estos tipos parecen tener sus ojos bien abiertos.
Dorian levantó la cabeza mirando hacia el campamento.
— Podríamos centrarnos en escuchar. Si conseguimos acercarnos lo suficiente sin ser detectados tal vez podamos oír algo que nos dé más información.
Rico... siempre optimista, agregó.
— Tal vez también podamos encontrar una ruta más segura para entrar y revisar esas cajas. Podrían darnos pruebas concretas.
— Todo eso suena bien, pero recuerden una cosa —dije, mirándolos a los tres—... si las cosas se complican demasiado. No quiero que nadie se arriesgue innecesariamente. La información es importante pero sus vidas lo son más.
Asintieron, cada uno con la determinación reflejada en sus rostros. Entonces, nos agachamos aún más entre los arbustos, estudiando cada detalle del campamento mientras la nieve seguía cayendo lentamente a nuestro alrededor.
El tiempo transcurría lentamente mientras permanecíamos ocultos observando cada movimiento en el campamento. El aire helado quemaba en los pulmones y ardía en las mejillas... pero la determinación de descubrir qué estaban tramando esos saqueadores era más fuerte que el frío. De pronto el sonido de voces a lo lejos nos alertó.
Caitlyn hizo una seña con la mano indicándonos que estuviéramos atentos. A través de la espesa cortina de nieve distinguimos un pequeño grupo que se acercaba al campamento enemigo. Eran aldeanos... un hombre de mediana edad con ropas gastadas, acompañado de una mujer más joven, probablemente su hija, y un niño que no tendría más de ocho años. El hombre llevaba un saco al hombro mientras que la mujer parecía aferrarse a algo envuelto en un paño... tal vez una ofrenda para el árbol.
— Por favor, sigan adelante y no se detengan... —murmuró Caitlyn para sí misma, aunque todos sabíamos que las probabilidades de que pasaran desapercibidos eran casi nulas. Como si confirmara su temor uno de los bandidos que patrullaba el perímetro alzó una mano deteniendo al grupo.
— Alto ahí. —gruñó, con una voz ronca que resonó entre los árboles. Su rifle descansaba en las manos pero la amenaza implícita era clara.
El hombre se detuvo en seco, protegiendo al niño detrás de él mientras la mujer lo miraba nerviosa.
— Venimos a ofrecer nuestras oraciones al Gran Árbol. —dijo el hombre con tono sereno, aunque su voz traicionaba un leve temblor.
El saqueador soltó una carcajada seca mientras otros dos hombres del campamento se acercaban al lugar, formando un pequeño semicírculo alrededor de los aldeanos.
— ¿Creen que puedes simplemente caminar hasta allí como si nada? —dijo uno de ellos, un tipo de mirada maliciosa y cabello grasiento que sostenía un machete con desgano como si disfrutara prolongar la tensión.
— Esto no es un camino público, viejo. Si quieren pasar tendrán que pagar el peaje. —intervino otro más robusto y con una cicatriz cruzándole la mejilla.
El hombre tragó saliva y dio un paso al frente.
— No tenemos mucho... —dijo abriendo el saco para mostrar un par de panes duros y algo de fruta seca—. Esto es todo lo que podemos ofrecer.
Los bandidos estallaron en risas.
— ¿Estás bromeando? —dijo el del machete acercándose para inspeccionar el contenido del saco—. Esto ni siquiera alcanza para alimentar a uno de nosotros. ¿Es en serio?
— No podemos dar más. Somos gente humilde. Sólo queremos ver el árbol... —intervino la mujer, su voz temblando mientras abrazaba más fuerte el paquete en sus manos.
— Entonces, ya conocen la respuesta. —el hombre robusto se inclinó hacia adelante, dejando que su voz adquiriera un tono más amenazante—. Sin dinero, sin paso. Regresen por donde vinieron.
El niño comenzó a sollozar aferrándose a la falda de la mujer. El hombre intentó calmarlo pero era evidente que estaba luchando por mantener la compostura.
— Por favor, sólo un momento... —rogó, pero el saqueador del machete ya estaba haciendo un gesto con la mano para que se retiraran.
— Largo de aquí antes de que cambie de opinión y les cobre por respirar este aire.
Con el alma rota los aldeanos retrocedieron lentamente... el niño llorando más fuerte con cada paso que los alejaba del árbol. La nieve comenzó a cubrir sus huellas mientras se adentraban de nuevo en el bosque. Desde nuestra posición mi mandíbula se tensó. No había ninguna duda. Aquellos hombres no sólo estaban explotando las creencias de los aldeanos... estaban despojándolos de su dignidad y esperanza.
Me giré hacia Caitlyn, Dorian y Rico, quienes compartían la misma expresión de indignación contenida.
— Ya hemos visto suficiente —dije con voz firme mi decisión clara como el cristal—. Es hora de actuar.
El bosque estaba en silencio excepto por el crujir ocasional de las ramas bajo el peso de la nieve. Desde mi posición pude ver el campamento enemigo. Las luces de las fogatas iluminaban figuras moviéndose de un lado a otro cargando cajas y barriles que a juzgar por su tamaño y peso contenían más que simples provisiones. La Mano Negra estaba ocupada y eso sólo podía significar una cosa... un envío importante estaba en camino.
Llevé mi muñeca a la altura de la boca y activé el Den Den Mushi que siempre llevo como un reloj.
— Aquí el suboficial Arthur Soriz, base G-23. Confirmo actividad de la Mano Negra en las coordenadas previstas. Solicito refuerzos inmediatos. Esto podría complicarse.
El pequeño caracol respondió con un sonido breve y metálico que confirmó que mi mensaje había llegado. Lo apagué con un movimiento rápido y miré a los tres jóvenes marines que me acompañaban. Pese a que intentaban disimularlo podía ver la tensión en sus rostros. Sus ojos iban de mí al campamento enemigo como si estuvieran calculando sus posibilidades de sobrevivir si algo salía mal.
— Escuchen bien, muchachos. —les hablé con calma, aunque mi voz tenía el tono firme que siempre uso en situaciones como esta—. Esto no es un entrenamiento ni una patrulla cualquiera. La gente que está ahí no dudará en matarnos si creen que pueden.
Me agaché señalando puntos estratégicos en el terreno con un dedo enguantado.
— Caitlyn, te quiero al flanco izquierdo. Usa esos arbustos como cobertura... desde ahí tendrás una vista clara de todo el campamento. Dorian, esas rocas al oeste son perfectas para ti. Rico... cubre el flanco derecho, esos troncos caídos te darán suficiente protección.
Hice una pausa asegurándome de que cada uno entendiera su papel.
— Quiero que permanezcan ocultos. No quiero a ninguno de ustedes exponiéndose, ¿entendido? Y bajo ninguna circunstancia abran fuego sin mi señal.
Caitlyn frunció el ceño y dio un paso adelante.
— Pero, señor... usted va a ir solo al frente. Eso es una locura.
Le sonreí. Una sonrisa tranquila llena de confianza, la misma que he aprendido a usar para calmar incluso a los más nerviosos en momentos de peligro.
— Caitlyn, alguien tiene que ser el señuelo. Ellos necesitan verme a mí, no a ustedes. Mi trabajo es distraerlos, hacerles pensar que tienen todas las cartas, cuando en realidad no tienen ni una. Confíen en mí. Saldremos de esta enteros.
Aunque mis palabras parecieron calmarla vi que la preocupación seguía en sus ojos. Aun así obedecieron mis órdenes y se dispersaron en silencio moviéndose como sombras entre los árboles. Me quedé solo sintiendo el peso del frío y la responsabilidad sobre mis hombros.
Tomé una bocanada de aire helado llenando mis pulmones. Luego di un paso hacia adelante. Mis botas crujieron contra la nieve mientras me dirigía directamente al campamento enemigo sin intentar ocultarme. Sabía que mi mejor arma ahora era ser visto, hacerles creer que ellos tenían el control de la situación cuando en realidad los tenía postrados en la palma de mi mano.
A medida que me acercaba las figuras de los contrabandistas se hicieron más nítidas. Había al menos una docena de ellos, algunos sentados junto a fogatas... otros cargando las cajas y barriles hacia un carro cubierto con lona. Podía sentir sus miradas clavándose en mí mientras cruzaba el claro.
— ¡Alto ahí! —gritó uno levantando un rifle y apuntándome directamente a la cabeza.
Levanté las manos mostrando las palmas en un gesto de aparente rendición. Mi rostro sin embargo permaneció tranquilo.
— Tranquilos muchachos. No vine aquí a pelear... todavía.
Mi voz resonó en el claro. Vi cómo algunos de ellos intercambiaban miradas nerviosas. Era obvio que no sabían qué pensar. ¿Quién demonios era este viejo marine que se presentaba solo en medio de la noche? Muchos de ellos ya comenzaban a reconocerme... difícil no hacerlo cuando mides casi tres metros de alto.
— Sé quiénes son y lo que están haciendo aquí. —di un paso más cerca, sin bajar las manos—. También sé que están rodeados. Mi equipo está apostado entre los árboles y más refuerzos vienen en camino. Si quieren salir de esta enteros, les recomiendo que tiren sus armas y se rindan.
El silencio que siguió fue pesado... casi sofocante. Algunos de ellos bajaron la mirada claramente inquietos por mis palabras. Otros se aferraron a sus armas, sus nudillos blancos por la tensión. Estaban atrapados en una encrucijada debatiéndose entre la duda y la violencia.
Fue entonces cuando una voz grave y confiada rompió el silencio.
— Pero mírate, Arthur Soriz... el viejo perro de la Marina.
Giré la cabeza hacia el sonido y lo vi. Un hombre alto y delgado salía de la tienda más grande del campamento. Cullen. Su chaqueta negra con bordados dorados brillaba a la luz de las fogatas, y su sonrisa arrogante mostraba que se sentía completamente en control.
— He oído hablar de ti, Arthur. —dijo mi nombre como si fuera un viejo amigo, aunque su tono estaba cargado de desprecio—. La Marina lleva meses metiendo las narices en nuestros negocios, pero tú... tú te has convertido en una espina particularmente molesta.
Lo observé en silencio mientras avanzaba hacia mí, sus pasos lentos y deliberados. No necesitaba apresurarse... sabía que tenía a su gente alrededor y que en este momento las probabilidades estaban a su favor.
— ¿Sabes? Me alegra que hayas venido. Esto simplifica las cosas. —se detuvo a unos metros de mí, sus ojos clavados en los míos. Había algo en su mirada, una mezcla de desafío y curiosidad—. Hay algo que me pertenece, algo que tú y tus amigos me arrebataron hace meses en ese puerto.
Así que eso era. La fruta que había asegurado durante aquella operación. Todo este despliegue... toda esta organización, no era más que un intento de recuperarla.
— Esa fruta ya no está disponible para tus juegos, Cullen. —mi voz salió calmada pero firme, cada palabra cortante como una hoja de acero—. La Marina se encargó de que nunca vuelva a caer en las manos equivocadas.
Cullen soltó una carcajada seca.
— Oh, Arthur, Arthur... —negó con la cabeza, como si hablara con un niño que no entendía las reglas del juego—. No me importa lo que creas que hiciste con ella. Esa fruta es nuestra por derecho, y la queremos de vuelta.
Dio un paso más cerca, su sonrisa ensanchándose mientras sus hombres ajustaban sus posiciones... algunos levantando sus armas, otros esperando su señal.
— Ahora dime, viejo, ¿estás dispuesto a negociar? ¿O prefieres que mis muchachos y yo te mostremos lo que la Mano Negra realmente puede hacer?
El aire entre Cullen y yo parecía cargado de electricidad. Su sonrisa arrogante seguía presente pero en sus ojos veía un brillo de incertidumbre, como si supiera que estaba a punto de cruzar una línea invisible que nunca podría deshacer.
— Está bien, Cullen —dije, dejando que un destello de aparente resignación se reflejara en mi voz—. La fruta que tanto buscas... sí, la tenemos. Pero quiero hacer esto de hombre a hombre, sabía que pedirías lo que te pertenece... la tengo conmigo así que lleguemos a un acuerdo monetario que nos beneficie a ambos. Tú y yo, sin trucos.
Extendí mi mano hacia él, la palma abierta en un gesto que parecía casi conciliador. Cullen alzó una ceja sorprendido por mi propuesta, pero su ego no le permitió rechazarla. Dio un paso adelante, ignorando las miradas nerviosas de sus hombres y tomó mi mano con fuerza. Estaba convencido de que todo esto podría solucionarse con dinero y que yo era otro Marine corrupto más que solamente velaba por mis intereses egoístas y nada más.
El contacto duró apenas unos segundos, pero fue suficiente. Sentí un leve cosquilleo correr por mi piel mientras mis poderes tomaban efecto. La Raki-Raki no Mi no dejaba margen para el error... en el momento en que nuestras manos se tocaron absorbí toda la suerte de Cullen como un río que arrastra un tronco río abajo. Él no lo notó al principio pero yo sí. Era como si el universo entero comenzara a inclinarse a mi favor.
Cullen soltó mi mano con una sonrisa burlona sin tener idea de lo que acababa de suceder. Dio un paso atrás y su tono desafiante volvió con más fuerza.
— Ahora que hemos llegado a un entendimiento... ¡muchachos! ¡Abran fuego!
Su orden resonó en el claro como un trueno. Los hombres que estaban a su alrededor levantaron sus armas casi al unísono apuntando hacia mí. Pero fue entonces cuando la mala suerte de Cullen comenzó a manifestarse de manera espectacular, o mejor dicho la mía se hizo notar al instante.
El primer disparo resonó... y falló completamente impactando contra un árbol a varios metros de distancia. Otro hombre intentó disparar pero su arma se encasquilló con un ruido seco. Una de las fogatas cercanas avivada por una ráfaga de viento lanzó una chispa que prendió un trozo de lona, distrayendo a varios contrabandistas. La confusión empezó a cundir entre sus filas mientras sus intentos de atacarme se convertían en un desfile de errores y fallos.
Para mi fortuna los refuerzos llegaron en el momento justo. Escuché el estruendo de botas acercándose a toda velocidad. Marines emergieron de entre los árboles, sus rifles apuntando con precisión. Cullen apretó los dientes y me miró, incrédulo pero dándose cuenta lo que estaba pasando casi de inmediato; su fruta del diablo había sido consumida y ya no había vuelta atrás. Retrocedió un paso, en dirección hacia el centro del campamento mientras el caos se desataba a su alrededor. Yo avancé hacia él calmado pero implacable.
— Lo siento, Cullen —dije con voz firme—. Pero tu suerte se acabó.
Él intentó retroceder aún más pero su pie tropezó con un barril haciéndolo tambalearse. Antes de que pudiera recuperar el equilibrio lo alcancé. Mi puño chocó contra su mandíbula con un impacto que resonó en el claro enviándolo al suelo. Cullen gruñó, levantándose tambaleante pero cada vez que intentaba contraatacar algo salía mal. Sus golpes eran torpes, fallaban su objetivo por centímetros. Intentó alcanzar un cuchillo en su cinturón pero el arma resbaló de su mano y cayó a la nieve.
— ¡Esto no puede estar pasando! —gritó, su voz cargada de frustración.
Lo sujeté por el cuello de su chaqueta y lo sacudí con fuerza.
— Esto es lo que pasa cuando apuestas contra la Marina. —le espeté antes de lanzarlo al suelo nuevamente.
Cullen miró a su alrededor y vio un barril cercano. Supe lo que estaba pensando incluso antes de que actuara. Con manos temblorosas por la desesperación, encendió una cerilla y la acercó al barril que evidentemente contenía pólvora. Pero para su infortunio la humedad había arruinado su plan. En lugar de una explosión el barril comenzó a emitir un humo espeso y negro que rápidamente llenó el campamento creando una cortina que oscureció la vista de todos.
El efecto fue inmediato. Los contrabandistas restantes aprovecharon el caos para intentar escapar. Cullen aún tambaleante se zafó de mi agarre en el momento justo, aprovechando la cobertura del humo. Me lancé tras él pero el denso humo me ralentizó. Tosí, tratando de mantener la vista fija en la silueta que corría hacia los árboles. Cuando finalmente salí del área afectada, Cullen ya no estaba. Miré a mi alrededor, mis ojos escudriñando la oscuridad del bosque pero no había rastro de él. Dejé escapar un gruñido de frustración, golpeando mi puño contra un árbol cercano.
Sin embargo, cuando regresé al campamento me encontré con una escena que compensaba parcialmente mi irritación. Los refuerzos habían asegurado la zona y la mayoría de los contrabandistas estaban siendo esposados. Los barriles y cajas con mercancías ilegales estaban siendo incautados. Aunque Cullen había escapado, la operación de peaje de la Mano Negra había sido completamente desmantelada.
Miré a mis compañeros, asintiendo con aprobación mientras activaba mi Den Den Mushi.
— Base G-23, aquí el suboficial Arthur Soriz. Operación completada. Campamento asegurado. Cullen ha escapado pero el resto está bajo control. Cambio y fuera.
Guardé el caracol en mi muñeca y observé el horizonte. Cullen había ganado una batalla menor al huir, pero sabía que la guerra estaba lejos de terminar.
El camino de regreso al pueblo fue bastante tranquilo para mi fortuna aunque yo aún sentía el peso de los eventos del día sobre mis hombros. Cuando finalmente llegué a Rostock la gente se congregó rápidamente en la plaza... sus rostros reflejaban esperanza. Subí a un pequeño estrado improvisado con un cajón de frutas que sufría bajo mi colosal peso, dejando que mi voz resonara entre la multitud.
— ¡Rostock! —exclamé, viendo cómo el silencio se extendía entre los aldeanos—. Pueden respirar tranquilos. El camino está limpio y seguro nuevamente. Los malhechores han sido desmantelados y ya no habrá más extorsiones.
Las miradas tensas se relajaron y las primeras sonrisas empezaron a surgir. Un murmullo agradecido recorrió la multitud, pero yo no había terminado.
— Y tengo algo más que decirles —añadí, levantando una mano para captar de nuevo su atención—. El árbol está sano y salvo. No pudieron tocarlo.
Los aplausos fueron inmediatos, seguidos por vítores que llenaron el aire con una energía vibrante. Rostock volvía a ser suyo, libre de amenazas. Ver la emoción en sus caras me recordó por qué incluso a mi edad seguía levantándome día a día en nombre de la justicia. Esa noche los aldeanos prepararon una comida en agradecimiento. Compartimos una cena sencilla pero abundante alrededor de una fogata. Panes recién hechos, carnes sazonadas y frutas frescas se convirtieron en un festín que calentó tanto el cuerpo como el espíritu.
Mientras los marines y los aldeanos reían, cantaban y brindaban, yo observaba el cielo estrellado. Mi mente iba y venía entre los recuerdos del día y los pensamientos sobre lo que estaba por venir. Uno de los marines que me acompañó hoy, Caitlyn me pasó una taza de té caliente y levanté la mía en un gesto de camaradería.
— Buen trabajo hoy. —dije, mirando a mis compañeros. Los vítores se alzaron nuevamente y me permití una pequeña sonrisa.
Más tarde cuando regresé a la base, el bullicio quedó atrás. Mi habitación estaba en silencio iluminada por la tenue luz de una lámpara de aceite. Con movimientos lentos y cansados después de una merecida ducha, comencé a empacar mis cosas. Mi uniforme bien doblado, mi amuleto de la suerte que llevaba siempre conmigo incluso antes de ser poseedor de los poderes de la Raki-Raki no Mi, y todo lo esencial.
El día había sido largo, pero aún me quedaba un pensamiento que no podía sacarme de la cabeza. ¿Qué demonios haría Cullen ahora que estaba contra la espada y la pared? Seguramente mostraría sus dientes, gruñiría y sería una bestia peligrosa... de momento tal vez esconda sus dientes, para atacar sin piedad en un futuro cercano.
Pero rápidamente ese pensamiento fue suplantado por recordar en qué viajaría mañana al North Blue. Dejé escapar una risa breve y cansada. — Un pulpo volador. Claro... —murmuré para mí mismo mientras guardaba el último objeto en mi maleta. Me detuve un momento, mirando mi reflejo en el espejo. Mi rostro estaba cansado, pero mis ojos aún brillaban con emoción.
— Otro día más en la Marina, Arthur. —susurré antes de apagar la lámpara.
Me dejé caer en la cama cerrando los ojos con la certeza de que lo que sea que el mañana trajera, estaría listo para enfrentarlo. Porque el deber nunca terminaba, solo cambiaba de forma.