
Evelyn Kedin
Bloody Eve
26-12-2024, 12:55 AM
Año 724/Invierno día 21
Desierto Kalab
Era otro día como cualquier otro, me había levantado temprano, diría que eso era algo raro en mi, pero siendo sinceros había estado bebiendo de la bodega del gremio la noche anterior y estaba con un poco de resaca por lo cual necesitaba comer para que se me pasara. Me daba igual el qué, pero la resaca era buena rebajarla con algo de comida.
Estuve vagando por el desierto unas cuantas horas, cansada y sin ganas, no parecía haber ningún animal kilómetros a la redonda, por lo cual estaba a punto de rendirme… ¿Tendría que ir al mercado a comprar comida? No me gustaba mucho la idea. Suspiré y me llevé las manos a la cabeza. La cabeza me dolía muchísimo, la resaca de vino era lo peor… Si no me quedaba otra tendría que dar media vuelta y volver al gremio, a ver si uno de mis compañeros podría prepararme algún plato.
Fue entonces como si de un milagro se tratase, a lo lejos pude divisar un oasis, estaba salvada, podía esperar allí a que algún animal, algún antílope despistado… pequeños conejos, o tal vez algún tipo de ave… Estaba deseando ver que había allí que pudiera llevarme a la boca. Me acerqué lentamente, sin hacer demasiado ruido. Según me cargaba a este había cada vez más hierbas secas, por lo que poniéndome a caminar a cuatro patas me iba acercando cada vez más a través de la maleza. Parecía estar tranquilo. Había un pequeño lago de agua estancada, parecía estar tranquilo, solamente estaba rodeado por un par de palmeras, que además de mi eran los únicos seres vivos en aquel lugar. Me senté y suspiré. ¿Tan difícil era encontrar un animal cuando se le necesita? Fue entonces cuando levanté la vista para ver algo fuera de lo común. Uno de los cocos de la palmera tenía un color diferente. Me levanté para ver de qué se trataba.
Según me iba acercando me parecía más claro, era de color naranja y tenía una forma parecida a una pera, pero llena de agujeros. Por un momento me pareció un trozo de queso cheddar. Llena de curiosidad decidí subir por el tronco de la palmera hasta alcanzar el fruto. Al llegar a la cima la arranqué y con una increíble destreza me deslicé de nuevo por el tronco hasta llegar al suelo. La miré con curiosidad, siendo sinceros no tenia mala pinta, suponía que le podía dar una oportunidad, las frutas no eran ni de lejos mi comida favorita pero podía comerlas. Sin pensármelo dos veces abrí la boca hasta casi desencajarme la mandíbula y de un solo bocado me metí aquel fruto en la boca.
Solamente necesité un par de bocados para darme cuenta que no había sido la mejor idea. Estaba horrible, posiblemente el peor sabor que hubiese probado en mi vida, pero saqué fuerzas de flaqueza para engullirla sin necesidad de darle más mordiscos, y después de esto me lancé directa a la fuente de agua y comencé a beber para eliminar aquel nefasto sabor definitivamente.
Derrotada, y sin ganas de continuar buscando comida me decidí volver al gremio, me fui a la cocina directa, allí abrí la despensa de Lykos y le robé una pata de jamón, ya le cazaría algo otro día para compensarselo. Pensé antes de encerrarme en mi habitación. Me tiré a la cama y mientras estaba tumbada mirando el techo me comencé a sentir rara. No sabía cómo describirlo, no era que me sintiera mal, pero tampoco bien, estaba mareada, pero esta vez no era por la resaca. Dejé el jamón en mi mesita de noche.
Estaba segura que era por esa fruta, me estaba arrepintiéndome muchísimo de aquella decisión, cerré mis puños de rabia mientras pegué un cabezazo contra el cabezal de la cama, debido a que no quería ponerme enferma, no quería mostrar debilidad delante de ellos. Pero al abrir loa puños algo raro pasó, mis manos ahora sostenían dos pequeños pedazos de lo que a todas luces parecía ser queso. Lo miré extrañada, ¿Lo que me había comido… era una fruta del diablo? Había oído hablar de ellas hace tiempo, muchas historias tanto de borrachos en los bares, como de rumores de gente poderosa hablaban de ellas.
Decidí en ese momento que lo mantendría en secreto hasta que supiera mejor de lo que se tratara o manejara mejor el poder que me había concedido esta. Volví a coger el jamón que había dejado en mi mesita de noche y uno de los trozos de queso que había generado con mis manos… Ahora la carne sabía mucho mejor acompañada de queso.
Desierto Kalab
Era otro día como cualquier otro, me había levantado temprano, diría que eso era algo raro en mi, pero siendo sinceros había estado bebiendo de la bodega del gremio la noche anterior y estaba con un poco de resaca por lo cual necesitaba comer para que se me pasara. Me daba igual el qué, pero la resaca era buena rebajarla con algo de comida.
Estuve vagando por el desierto unas cuantas horas, cansada y sin ganas, no parecía haber ningún animal kilómetros a la redonda, por lo cual estaba a punto de rendirme… ¿Tendría que ir al mercado a comprar comida? No me gustaba mucho la idea. Suspiré y me llevé las manos a la cabeza. La cabeza me dolía muchísimo, la resaca de vino era lo peor… Si no me quedaba otra tendría que dar media vuelta y volver al gremio, a ver si uno de mis compañeros podría prepararme algún plato.
Fue entonces como si de un milagro se tratase, a lo lejos pude divisar un oasis, estaba salvada, podía esperar allí a que algún animal, algún antílope despistado… pequeños conejos, o tal vez algún tipo de ave… Estaba deseando ver que había allí que pudiera llevarme a la boca. Me acerqué lentamente, sin hacer demasiado ruido. Según me cargaba a este había cada vez más hierbas secas, por lo que poniéndome a caminar a cuatro patas me iba acercando cada vez más a través de la maleza. Parecía estar tranquilo. Había un pequeño lago de agua estancada, parecía estar tranquilo, solamente estaba rodeado por un par de palmeras, que además de mi eran los únicos seres vivos en aquel lugar. Me senté y suspiré. ¿Tan difícil era encontrar un animal cuando se le necesita? Fue entonces cuando levanté la vista para ver algo fuera de lo común. Uno de los cocos de la palmera tenía un color diferente. Me levanté para ver de qué se trataba.
Según me iba acercando me parecía más claro, era de color naranja y tenía una forma parecida a una pera, pero llena de agujeros. Por un momento me pareció un trozo de queso cheddar. Llena de curiosidad decidí subir por el tronco de la palmera hasta alcanzar el fruto. Al llegar a la cima la arranqué y con una increíble destreza me deslicé de nuevo por el tronco hasta llegar al suelo. La miré con curiosidad, siendo sinceros no tenia mala pinta, suponía que le podía dar una oportunidad, las frutas no eran ni de lejos mi comida favorita pero podía comerlas. Sin pensármelo dos veces abrí la boca hasta casi desencajarme la mandíbula y de un solo bocado me metí aquel fruto en la boca.
Solamente necesité un par de bocados para darme cuenta que no había sido la mejor idea. Estaba horrible, posiblemente el peor sabor que hubiese probado en mi vida, pero saqué fuerzas de flaqueza para engullirla sin necesidad de darle más mordiscos, y después de esto me lancé directa a la fuente de agua y comencé a beber para eliminar aquel nefasto sabor definitivamente.
Derrotada, y sin ganas de continuar buscando comida me decidí volver al gremio, me fui a la cocina directa, allí abrí la despensa de Lykos y le robé una pata de jamón, ya le cazaría algo otro día para compensarselo. Pensé antes de encerrarme en mi habitación. Me tiré a la cama y mientras estaba tumbada mirando el techo me comencé a sentir rara. No sabía cómo describirlo, no era que me sintiera mal, pero tampoco bien, estaba mareada, pero esta vez no era por la resaca. Dejé el jamón en mi mesita de noche.
Estaba segura que era por esa fruta, me estaba arrepintiéndome muchísimo de aquella decisión, cerré mis puños de rabia mientras pegué un cabezazo contra el cabezal de la cama, debido a que no quería ponerme enferma, no quería mostrar debilidad delante de ellos. Pero al abrir loa puños algo raro pasó, mis manos ahora sostenían dos pequeños pedazos de lo que a todas luces parecía ser queso. Lo miré extrañada, ¿Lo que me había comido… era una fruta del diablo? Había oído hablar de ellas hace tiempo, muchas historias tanto de borrachos en los bares, como de rumores de gente poderosa hablaban de ellas.
Decidí en ese momento que lo mantendría en secreto hasta que supiera mejor de lo que se tratara o manejara mejor el poder que me había concedido esta. Volví a coger el jamón que había dejado en mi mesita de noche y uno de los trozos de queso que había generado con mis manos… Ahora la carne sabía mucho mejor acompañada de queso.