Hay rumores sobre…
... un algún lugar del East Blue los Revolucionarios han establecido una base de operaciones, aunque nadie la ha encontrado aun.
[Diario] Te quiero, Papá
Arthur Soriz
Gramps
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64 de Primavera
Año 714

El día en Kilombo estaba lentamente llegando a su merecido fin. El sol se inclinaba hacia el horizonte... su luz dorada tiñendo el cielo con tonos anaranjados y rosas. El mar reflejaba ese resplandor cálido de una forma que calmaría cualquier alma en pena. Estaba allí en el viejo faro sentado junto a mi padre como solíamos hacer cada día de mi cumpleaños. Él y yo con nuestras cañas de pescar, esperando el tirón de un pez que nunca llegaba. No importaba. Nunca importó realmente. Lo importante era estar allí con él... en ese momento.

¿Recuerdas cómo tu madre siempre decía que no podíamos pescar en este lugar tan tarde? —me preguntó. Su tono tranquilo pero con ese brillo nostálgico que solo pueden tener los recuerdos más dulces. Siempre fue el optimista de los dos. — Decía que a esta hora el agua se enfriaba demasiado y que los peces se escondían. Siempre me hacía reír. "Negrito, por favor cuídate" decía, como si no lo supiera.

Sí, recuerdo —respondí, ajustando mi caña sin mirar demasiado la línea. Mi mente vagó a la imagen de mi madre, su sonrisa cálida, sus manos suaves que cuidaban hasta los detalles más pequeños. Pero también sentí un nudo en el estómago. —. Nunca le hicimos caso, ¿verdad? Siempre confiabas en tu instinto.

Mi padre soltó una risita baja... un sonido que reconocí en cada rincón de mi alma, como si su voz estuviera grabada en mí. — Tu madre... — sus palabras se desvanecieron un poco como si de pronto le pesaran. — Era una mujer fuerte. Fuerte y sabia. Y siempre tuvo razón. Todo lo que hacía... lo hacía por nosotros.

Cerré los ojos un momento recordando cómo solía reñir a mi padre con su tono suave pero firme... cómo le decía que debía descansar más, que no era joven para seguir empujando su cuerpo de aquella forma. La imagen de ella cuidando sus heridas, preocupada por su bienestar, siempre me hizo sentirme un poco más pequeño de lo que era.

El tiempo pasó tan rápido desde su partida. Dos años. La casa se sentía vacía sin ella, pero no hablamos mucho de eso. Quizás porque de alguna manera ambos seguimos esperando que regrese; que su recuerdo nunca se perdiera. A veces pensaba que mi padre guardaba sus pensamientos para sí mismo, como si temiera hablar demasiado... como si al decir las palabras el recuerdo de ella se desvaneciera aún más.

¿Sabes? — mi padre se giró hacia mí... su mirada seria pero con esa tranquilidad que siempre le había caracterizado. — Hace tiempo que siento algo extraño, Arthur. Como si el tiempo estuviera corriendo más rápido de lo que debería.

Lo miré de reojo reconociendo el peso detrás de sus palabras. El hombre que siempre había sido tan fuerte... tan lleno de vida ahora parecía más frágil como si algo estuviera acechando, pero no lo supiera cómo expresar.

No digas eso, papá... — intenté restarle importancia pero el tono de mi voz temblaba un poco. — Estás en plena forma. ¿Cuántos pescados hemos sacado ya hoy? ¿Cinco? ¿Seis?

Él sonrió levemente pero sus ojos... esos ojos que siempre parecían llenos de vigor, ahora mostraban un cansancio que no había visto antes. —Cinco, seis... lo que sea. Esto no tiene que ver con los pescados, hijo. — se rió, pero había una tristeza en el sonido. — ¿Recuerdas cuando tenías diez años, y no podías esperar a que te enseñara a pescar? Pensabas que los peces solo se capturaban si usabas toda tu fuerza.

¡Y lo hice, no me importa lo que digas! —respondí medio riendo... porque lo recordaba claramente. En ese entonces, era el niño orgulloso que pensaba que podía conquistar cualquier cosa con puro ímpetu.

Mi padre se rió también pero hubo un suspiro profundo al final de su risa, como si las palabras estuvieran a punto de desbordarse. — Sí, recuerdo tu cara cuando me dijiste que ibas a pescar solo. Te hundiste hasta las rodillas en el barro y yo me quedé viendo sin intervenir. Pensé... "Deja que aprenda".

Nuestras risas se desvanecieron y un silencio pesado quedó entre nosotros, lleno de las palabras no dichas. Mi padre no era tonto. Lo sabía. Podía ver lo que los demás no podían. Podía ver cómo el tiempo lo había tocado y aunque seguía siendo mi padre, el hombre fuerte y sabio, su cuerpo ya no tenía la misma resistencia. Lo había notado en sus movimientos. En sus manos temblorosas cuando intentaba mantener la caña fija en el agua.

— ¿Te has estado cuidando? —la pregunta salió de mi boca como un susurro pero estaba cargada de todo lo que no podía expresar de otra manera.

Él me miró con esos ojos que ya no parecían tan imponentes... aunque aún intentaban serlo. — Ya sabes que no soy de esas personas que piensan en el futuro, hijo. Siempre creí que lo mejor era vivir el presente. El futuro se hace solo o eso creía... Pero ahora, con el paso de los años... —su mirada se perdió un poco... mirando el horizonte donde el sol comenzaba a desaparecer. — Tengo miedo, Arthur...

El silencio pesó. De alguna manera lo supe. Sabía que había llegado el momento o al menos... que pronto llegaría. A veces los hombres no se sienten listos para hablar de la muerte, pero yo... Yo sabía que la vida es tan finita como el sol que se ponía en ese preciso instante. Nadie es eterno por mucho que lo queramos.

Papá... — mi voz temblaba levemente. — Sé lo que estás pensando. — respiré profundamente, el aire se sintió más frío de lo normal incluso en plena primavera. — Tú me enseñaste a vivir bien, a ser fuerte y a ser justo. Eso es lo que importa... lo que siempre va a quedar.

Él guardó silencio... sus ojos parecían pesar más y se llevó la mano al rostro, como si quisiera mantener las lágrimas a raya. — Lo sé, hijo. A veces me pregunto si hice todo bien. Si... si te enseñé lo suficiente. —su voz se quebró un poco.

Lo hiciste, papá — respondí con firmeza. —. Lo hiciste.

El sol se ocultó lentamente y con él, el día también se despidió. El mar... quieto y silencioso, parecía entender el dolor que ambos sentíamos. La tarde había terminado pero algo más permaneció. Algo más grande que la simple pesca... más grande que la inevitabilidad de la muerte.

La certeza de que por encima de todo, siempre estaríamos juntos.

Te quiero, Papá.
#1


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