
Dharkel
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29-12-2024, 08:00 PM
Loguetown.
Día 1 de invierno de 724.
Día 1 de invierno de 724.
El barco atracó en Loguetown justo al amanecer, las velas pesadas y húmedas por la escarcha del invierno, y el muelle envuelto en el característico bullicio de la gran ciudad. Un aire gélido golpeó a Dharkel en cuanto descendió del barco, recordándole ajustar su bufanda, cubriendo desde la nariz hasta los recovecos de la armadura. Alzó la vista hacia el horizonte, donde los edificios más altos se dibujaban entre la ligera bruma, emergiendo de ella. Sabía que dos días no serían suficientes para recorrer las memorias que lo esperaban en ese lugar, de visitar a sus viejos amigos y quizás meterse en algún problema con la ley mientras el alcohol inundaba sus venas.
El capitán había dado permiso para que la tripulación tomara un respiro y disfrutara de las festividades antes de zarpar nuevamente. Dharkel, sin embargo, tenía claro su destino. Apretó los dedos en torno al tabaco que guardaba en su bolsillo y tras sacar un cigarro para juguetear con él, comenzó a caminar hacia el corazón de la ciudad, adentrándose por calles estrechas y mal iluminadas, lejos de los mercados rebosantes de comerciantes y clientes. Con paso lento pero seguro. El suelo estaba cubierto de nieve y las calles rebosaban de vida y alegría. Varias botellas de licor se deslizaron a su mochila mientras un despistado mercader trataba de espantar a un grupo de niños que había decido hacerle el día imposible.
No tardó en encontrar el callejón donde los mendigos de Loguetown solían reunirse. Una hoguera improvisada parpadeaba en medio de un grupo que reía y cantaba villancicos desafinados. Dharkel se llevó la mano a la bufanda para retirarla de su rostro, dejándose ver claramente.
- ¡Si es Dharkel el Errante! ¡Pensábamos que te habías perdido en el mar, chico! - dijo un anciano envuelto en harapos alzando la voz al notar su presencia acercándose.
- No es tan sencillo librarse de una cucaracha. Lo sabes bien... - respondió esbozando una sonrisa sincera.
Las risas estallaron con mayor fuerza cuando Dharkel se unió al grupo, aceptando una botella de licor casero que ardió como fuego líquido al bajar por su garganta. Tras saludar y abrazar a sus viejos amigos, se calentó las manos junto al barril que acostumbraban a usar de hoguera, encendiéndose el cigarro con el que había estado jugueteando durante todo el camino y ofreciéndoles un paquete de ron barato que había conseguido en el puerto.
Era la misma rutina de siempre: un puñado de canciones, chistes sobre viejos marinos y brindis por años mejores que nunca llegaban, no al menos para aquellas personas que la sociedad había decido repudiar y olvidar. Pero esa noche, había algo especial en el aire. Una sensación de camaradería que ni siquiera el frío parecía capaz de romper.
A medida que la conversación avanzaba, los villancicos se hicieron inevitables. Uno de los hombres sacó una vieja armónica y, tras unas notas improvisadas, alguien comenzó a cantar. Dharkel, que al principio observaba con diversión, se encontró tarareando junto a ellos.
- ¡Vamos, viejo espadachín! - gritó una mujer de cabello encanecido -. ¡Déjate de murmullos y canta como si estuvieras en un bar lleno de piratas!
El alcohol en sus venas le dio el valor suficiente. Dharkel tomó una última calada de su cigarro y dejó que el humo escapara en un largo suspiro antes de unirse al coro. Miró hacia los lados para asegurarse de que ningún miembro de su tripulación observara, aun sabiendo que las probabilidades de que eso pasase eran casi inexistentes.
- Noche de paz, noche sin fin… - finalmente comenzó a cantar tímidamente con un tono bastante desafinado, dejando escapar algún gallo.
La letra, aunque maltratada por sus recuerdos y el exceso de bebida, resonó en el callejón, mezclándose con las risas y el chisporroteo de una hoguera que había que alimentar cada pocas horas. El grupo entero coreaba con energía renovada, batiendo palmas y golpeando botellas vacías para mantener el ritmo. La calidez que emanaba de aquel círculo no era solo física, sino algo más profundo, algo que Dharkel hacía mucho que no experimentaba.
Pero toda celebración en Loguetown tenía sus límites. Los pasos de botas resonaron en la entrada del callejón, interrumpiendo las risas y las canciones. Un grupo de guardias, envueltos en abrigos militares y con expresiones de desdén, avanzó hacia ellos, porras en mano.
- ¿Qué tenemos aquí? - dijo el líder del grupo, un hombre alto con una barba escarchada por el frío –. ¿Otro atajo de vagos haciendo ruido y ensuciando las calles?
Dharkel dio un paso al frente de inmediato, dejando caer la botella vacía con un leve tintineo y poniéndose entre los guardias y los mendigos. Aunque intentó no parecer del todo agresivo, su postura era claramente protectora. Una postura que no estaba acostumbrado a ejercer, pues en el día a día, sus compañeros de tripulación eran sobradamente capaces de defenderse a sí mismos.
- No hacemos daño a nadie - dijo con calma, su voz resonando con una firmeza inesperada para los niveles de alcohol que tenía en sangre -. Solo cantamos y compartimos algo de calor. ¿Acaso eso también está prohibido?
El guardia lo miró de arriba abajo, deteniéndose en la katana a su cadera y el cigarro encendido que aún sostenía.
- No queremos problemas, forastero. Pero esta gente… - Señaló al grupo detrás de Dharkel - …no debería estar aquí. Ensucian la ciudad y espantan a los turistas.
- Si tanto os preocupan los turistas, deberías limpiar primero vuestras propias almas - respondió Dharkel, dejando caer el cigarro al suelo y aplastándolo con la bota para terminar de apagarlo -. Pero claro, eso es más difícil que perseguir a gente sin hogar.
El ambiente se tensó en un instante. Los guardias intercambiaron miradas, dudando si valía la pena provocar un conflicto en plena festividad, especialmente al tratarse de un callejón abandonado de difícil acceso al que parroquianos y turistas deberían tener un difícil acceso. Dharkel, por su parte, se llevó la mano izquierda al mango de la katana, juguetenado con los dedos. No tenía intención de desenfundarla, pues no se encontraba en las condiciones más óptimas para combatir, sino para asegurarse de que los guardias lo vieran, intimidándoles.
- Está bien – dijo finalmente el líder del grupo, haciendo un gesto a sus hombres -. Pero si volvemos y encontramos este callejón lleno de ruido y basura, no seremos tan amables.
Cuando los pasos de los guardias se perdieron en la distancia, las risas comenzaron a resurgir tímidamente. Dharkel volvió a sentarse junto a la hoguera, encendiendo otro cigarro con un trozo de leña ardiente.
- Eso estuvo cerca. Menos mal que te tenemos entre nosotros - dijo uno de los mendigos, dándole un golpecito en el hombro.
- Demasiado cerca… —respondió Dharkel, exhalando una nube de humo mientras internamente debatía consigo mismo si había sido buena idea -. Pero no iba a dejarlos callar nuestra música – dijo finalmente.
La noche continuó, más tranquila pero no menos cálida. Mientras el grupo retomaba los villancicos, Dharkel se permitió un momento para observar las llamas de la hoguera y el reflejo de estas en las caras desgastadas pero sonrientes de sus compañeros. En ese instante, el espadachín supo que, aunque su vida estuviera llena de caminos inciertos y destinos peligrosos, siempre habría un lugar para estos momentos, para la gente que le recordaba que incluso en el invierno más crudo, la calidez humana era el regalo más valioso.