
Vesper Chrome
Medical Fortress
04-01-2025, 05:37 PM
La taberna Dawn Edge vibraba con risas, el ruido de los dados rodando sobre las mesas y el tintineo de las copas al brindar. Jun y Bonez y yo llevábamos ya varias rondas de sake y cartas, acumulando pequeñas ganancias que solo servían para seguir apostando. Todo parecía una noche típica en Loguetown hasta que la puerta se abrió de golpe.
Un hombre de rostro curtido, con una capa negra que rozaba el suelo, entró arrastrando un saco de cuero que dejó caer con fuerza sobre la barra. El sonido metálico de las monedas hizo que la taberna entera guardara silencio por un instante. — ¿Quién aquí tiene las agallas para una apuesta real? — preguntó, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. — Una cacería por los bandidos y delincuentes que se pasean por este puerto. Una hora. Quien capture o elimine más, se lleva el premio. — Sus ojos pasaron por cada rincón de la taberna hasta que se posaron en tu mesa. — ¿Qué dicen, piratas, marines, borrachos con suerte? ¿Aceptan el desafío o prefieren seguir jugando a las cartas como principiantes? — Estaba claro que este hombre quería llamar la atención de todos en el lugar, y sin duda había llamado la mía.
Mis ojos claramente se pasearon hasta mis compañeros, si algo teníamos en común era la increíble necesidad de apostar y este si que era una apuesta divertida, aunque un poco fuera de lo convencional, no tendríamos que estar en una mesa esperando cartas, sino fuera del bar atrapando o en mi caso, asesinando a esas escorias, claro, en todas las islas habían de ese tipo de personas. En Kilombo hubo situaciones parecidas, en las que salía a cazarlos sin necesidad de ganar un premio, aquí podría hacerlo y encima competir por ello con mis compañeros o cualquier persona del bar que se atreviera aceptar el reto. —Bonez, Jun, Una apuesta es una apuesta. — Los miré con una sonrisa de complicidad, sabia que esos dos tienen las mismas dos neuronas que yo, y eso era lo mejor. Además, todos los demás tienen sus propios problemas, así que debíamos divertirnos a como dé lugar.
El hombre observó las reacciones de la taberna con una sonrisa confiada, dejando que la tensión se espesara un poco más antes de hablar de nuevo. — Bien, veo que hay interés. Pero antes de empezar, escuchen las reglas, porque no voy a repetirlas. — Su voz, grave y clara, cortó el aire, y el silencio en la taberna se volvió casi sepulcral.
—Primero: nada de correr con el rabo entre las piernas a la Marina. Esto es entre nosotros. Segundo: ni se les ocurra lastimar a civiles; no queremos arruinar el espectáculo con desmadres innecesarios. Tercero: los cuerpos, capturas o pruebas de sus hazañas ya sea una cabeza, un arma o algo que pruebe que hicieron el trabajo deben ser dejados en el callejón trasero de esta taberna. Y por último, pueden hacer equipos, pero al final, el premio será para el que más entregue. No lloren si sus aliados les juegan sucio. — Hizo una pausa para dejar que sus palabras calaran hondo y luego, con un movimiento dramático, levantó una campana de mano y la hizo sonar. — Tienen una hora. El reloj comienza... ¡ya! —
Esperaba con ansias que mis compañeros realmente quisieran divertirse igual que yo. Habían pasado días, quizá semanas, sin que algo emocionante cruzara nuestro camino. Desde aquella extraña isla con el viejo de Indiana D. Jones, parecía que nuestra suerte estaba atascada en aguas tranquilas. La emoción de una buena pelea, ese inconfundible choque de adrenalina y peligro, era justo lo que necesitaba para despejar la monotonía. Pelear un poco tras un largo descanso sonaba como la mejor idea que habíamos tenido en días, al menos para mí lo era. Sentía que mis músculos se quejaban por la falta de acción, como si el acero en mis huesos comenzara a oxidarse por el desuso. Ya era hora de recordar qué significaba vivir al filo de la navaja, aunque fuera por una noche.
El silencio en la taberna duró apenas unos segundos tras el sonido de la campana. De repente, como si un resorte invisible se hubiera activado, los participantes comenzaron a levantarse de golpe, algunos empujando sus sillas al suelo y otros golpeando las mesas en su prisa por salir. La puerta de la taberna se abrió de par en par, y una oleada de individuos, desde rudos cazadores de recompensas hasta apostadores borrachos con más entusiasmo que habilidad, salió corriendo al caos nocturno de Loguetown. Gritos de emoción y risas resonaban en el aire, mientras las botas golpeaban el empedrado de las calles. Algunos corrían en dirección al mercado, donde los rumores hablaban de carteristas y contrabandistas. Otros desaparecían en los callejones más oscuros, cuchillos y garrotes brillando a la luz de la luna.
En cuestión de minutos, la taberna quedó casi vacía, salvo por unos pocos que se quedaron bebiendo o murmurando dudas sobre participar. Afuera, el ambiente se había transformado en un campo de caza improvisado. Se escuchaban pasos apresurados mezclados con el sonido ocasional de gritos, insultos y el choque metálico de armas. En un rincón de la calle, un grupo se organizaba rápidamente para trabajar juntos, mientras otros iban en solitario, seguros de que no necesitarían ayuda para demostrar su valía. Loguetown, normalmente tranquila a estas horas, parecía haberse convertido en el escenario de una peculiar y peligrosa competencia que prometía dejar huella antes de que la campana sonara de nuevo.
Un hombre de rostro curtido, con una capa negra que rozaba el suelo, entró arrastrando un saco de cuero que dejó caer con fuerza sobre la barra. El sonido metálico de las monedas hizo que la taberna entera guardara silencio por un instante. — ¿Quién aquí tiene las agallas para una apuesta real? — preguntó, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. — Una cacería por los bandidos y delincuentes que se pasean por este puerto. Una hora. Quien capture o elimine más, se lleva el premio. — Sus ojos pasaron por cada rincón de la taberna hasta que se posaron en tu mesa. — ¿Qué dicen, piratas, marines, borrachos con suerte? ¿Aceptan el desafío o prefieren seguir jugando a las cartas como principiantes? — Estaba claro que este hombre quería llamar la atención de todos en el lugar, y sin duda había llamado la mía.
Mis ojos claramente se pasearon hasta mis compañeros, si algo teníamos en común era la increíble necesidad de apostar y este si que era una apuesta divertida, aunque un poco fuera de lo convencional, no tendríamos que estar en una mesa esperando cartas, sino fuera del bar atrapando o en mi caso, asesinando a esas escorias, claro, en todas las islas habían de ese tipo de personas. En Kilombo hubo situaciones parecidas, en las que salía a cazarlos sin necesidad de ganar un premio, aquí podría hacerlo y encima competir por ello con mis compañeros o cualquier persona del bar que se atreviera aceptar el reto. —Bonez, Jun, Una apuesta es una apuesta. — Los miré con una sonrisa de complicidad, sabia que esos dos tienen las mismas dos neuronas que yo, y eso era lo mejor. Además, todos los demás tienen sus propios problemas, así que debíamos divertirnos a como dé lugar.
El hombre observó las reacciones de la taberna con una sonrisa confiada, dejando que la tensión se espesara un poco más antes de hablar de nuevo. — Bien, veo que hay interés. Pero antes de empezar, escuchen las reglas, porque no voy a repetirlas. — Su voz, grave y clara, cortó el aire, y el silencio en la taberna se volvió casi sepulcral.
—Primero: nada de correr con el rabo entre las piernas a la Marina. Esto es entre nosotros. Segundo: ni se les ocurra lastimar a civiles; no queremos arruinar el espectáculo con desmadres innecesarios. Tercero: los cuerpos, capturas o pruebas de sus hazañas ya sea una cabeza, un arma o algo que pruebe que hicieron el trabajo deben ser dejados en el callejón trasero de esta taberna. Y por último, pueden hacer equipos, pero al final, el premio será para el que más entregue. No lloren si sus aliados les juegan sucio. — Hizo una pausa para dejar que sus palabras calaran hondo y luego, con un movimiento dramático, levantó una campana de mano y la hizo sonar. — Tienen una hora. El reloj comienza... ¡ya! —
Esperaba con ansias que mis compañeros realmente quisieran divertirse igual que yo. Habían pasado días, quizá semanas, sin que algo emocionante cruzara nuestro camino. Desde aquella extraña isla con el viejo de Indiana D. Jones, parecía que nuestra suerte estaba atascada en aguas tranquilas. La emoción de una buena pelea, ese inconfundible choque de adrenalina y peligro, era justo lo que necesitaba para despejar la monotonía. Pelear un poco tras un largo descanso sonaba como la mejor idea que habíamos tenido en días, al menos para mí lo era. Sentía que mis músculos se quejaban por la falta de acción, como si el acero en mis huesos comenzara a oxidarse por el desuso. Ya era hora de recordar qué significaba vivir al filo de la navaja, aunque fuera por una noche.
El silencio en la taberna duró apenas unos segundos tras el sonido de la campana. De repente, como si un resorte invisible se hubiera activado, los participantes comenzaron a levantarse de golpe, algunos empujando sus sillas al suelo y otros golpeando las mesas en su prisa por salir. La puerta de la taberna se abrió de par en par, y una oleada de individuos, desde rudos cazadores de recompensas hasta apostadores borrachos con más entusiasmo que habilidad, salió corriendo al caos nocturno de Loguetown. Gritos de emoción y risas resonaban en el aire, mientras las botas golpeaban el empedrado de las calles. Algunos corrían en dirección al mercado, donde los rumores hablaban de carteristas y contrabandistas. Otros desaparecían en los callejones más oscuros, cuchillos y garrotes brillando a la luz de la luna.
En cuestión de minutos, la taberna quedó casi vacía, salvo por unos pocos que se quedaron bebiendo o murmurando dudas sobre participar. Afuera, el ambiente se había transformado en un campo de caza improvisado. Se escuchaban pasos apresurados mezclados con el sonido ocasional de gritos, insultos y el choque metálico de armas. En un rincón de la calle, un grupo se organizaba rápidamente para trabajar juntos, mientras otros iban en solitario, seguros de que no necesitarían ayuda para demostrar su valía. Loguetown, normalmente tranquila a estas horas, parecía haberse convertido en el escenario de una peculiar y peligrosa competencia que prometía dejar huella antes de que la campana sonara de nuevo.