Alguien dijo una vez...
Iro
Luego os escribo que ahora no os puedo escribir.
[Común] [Pasado] Fishing Dreams
Arthur Soriz
Gramps
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42 de Otoño
Año 724

El sol apenas se asomaba en el horizonte cuando dejé atrás las calles de Rostock, con el viento fresco de otoño acariciando mi rostro y tiñendo ligeramente mis mejillas de un tono carmín. Caminaba hacia el faro de Kilombo, el sitio que siempre me había ofrecido un refugio de la rutina. Hoy no había misiones que cumplir, no había llamados de la Marina que atender. Solo yo, mi sillita playera, la caña de pescar y mi pequeño termo con café. Antes de partir me aseguré de pasar por la plaza a comprar una docena empanadas de pescado, el desayuno perfecto para lo que tenía planeado.

A medida que avanzaba por el sendero la brisa se intensificaba un poco dejando en claro que no faltaba mucho para el invierno. El faro ya se asomaba a lo lejos y con él esa sensación de libertad que solo el mar sabía darme. Mi vida tan llena de órdenes y responsabilidades parecía quedar a kilómetros de distancia mientras caminaba. Hoy solo era un hombre más... un hombre que necesitaba alejarse un poco de la vida que llevaba, aunque fuera solo por un rato.

Al llegar dejé todo mi equipo junto a una roca plana buscando un lugar apartado... lejos de cualquier interrupción. Abrí la sillita con un crujido familiar y me dejé caer en ella con un suspiro, mis rodillas crujiendo ligeramente al igual que mi espalda baja. El sol comenzaba a elevarse, pintando todo de un tono cálido. Me ajusté el gorro blanco, el símbolo de mi deber, para que al menos me sirviera de protección contra la resolana. El mar parecía llamarme pero antes de perderme en su inmensidad me tomé un momento para disfrutar del silencio.

Saqué la caña de pescar y me tomé el tiempo de prepararla. Con manos firmes y precisas alineé el anzuelo, coloqué la carnada y lancé la línea al agua. El carrete giró suavemente liberando el hilo que se perdió rápidamente en el mar. El sonido del agua y las olas rompiendo contra las rocas era todo lo que escuchaba ahora. La ciudad, mis responsabilidades, las preocupaciones… todo se desvanecía con cada respiración profunda que tomaba.

Me acomodé de nuevo en la sillita, estirando las piernas y dejando que el viento acariciara mi rostro acompañado del aroma a mar que me resultaba tan delicioso y familiar, el que conocía de toda mi vida. Cerré los ojos por un momento dejando que el suave susurro de las olas llenara mis pensamientos. No había prisas. Si los peces decidían aparecer, bien... si no, no importaba. Lo que importaba era este momento, este espacio en el que solo existía el mar y yo.

Abrí el termito con café y me serví un poco en la tapa que servía como taza, disfrutando de su calor y el aroma que tenía; los pequeños dulces placeres de la vida. Saqué las empanadas de pescado de la cajita y mordí una saboreando su frescura, tan deliciosa que parecía que el simple acto de comerlas completaba la paz que sentía. Exhalaba humo de mi boca porque aún se mantenían bastante calientes desde que las compré harán veinte minutos atrás.

En este instante no había jerarquías, no había órdenes ni responsabilidades. Solo era un hombre disfrutando del silencio de la mañana, de la calma del mar, de la tranquilidad de estar lejos de todo. Y mientras esperaba, sin prisas, dejé que la vida siguiera su curso a su propio ritmo, como el suave vaivén de las olas.
#1
Horus
El Sol
La mar estaba serena y el cielo despejado. Sin duda, era un día fabuloso para relajarse y pescar. De hecho, la caña del marine Arthur comenzaría a moverse mientras el hilo se tensaba con fuerza, doblándose y flexionándose la caña con intensidad, como si un pez gordo hubiera mordido el anzuelo. Sin embargo, cuando el anciano soldado de la Marina hiciera acopio de sus fuerzas para lograr retraer el carrete de la caña, recogiendo el hilo y notando que el objeto pescado era pesado, se daría cuenta de que su pesca del día era una persona.

Concretamente, me había pescado a mí, un joven apuesto de largos cabellos morados y vestido con unas tunicas blancas manchadas por las aguas, en las que se había enredado el anzuelo y el hilo de Arthur. Había tragado bastante agua y, por eso mismo, me encontraba completamente desmayado, a merced de cualquiera y requiriendo el amparo de alguien dispuesto a brindar auxilio a un pobre náufrago. Saber cómo había llegado a estar en esa peculiar situación no era especialmente complicado, aunque requería remontarnos a un día atrás.

Justo había zarpado de Tequila Wolf tras armar una barca improvisada atando troncos y tablones que recogí entre los desechos del puerto, atándolos con las primeras cuerdas que pude encontrar y utilizando incluso algún clavo oxidado que encontré a mi alcance. Era una obra chapucera e improvisada que no garantizaba el mejor de los viajes a nadie; de hecho, era el augurio perfecto de una tragedia. Me lancé al mar con ese artefacto hecho de basura y sin ningún conocimiento o noción de navegación para viajar por alta mar, pero confiaba en el porvenir y en que, tarde o temprano, alcanzaría algún puerto. De hecho, imaginad si era chapucero haciendo barcos y navegando, que hasta que mi barcaza y yo no fuimos presa de la corriente marina, no me di cuenta de que no había hecho remos; así que, literalmente, estaba a merced de las corrientes y del mar.

No pasaron muchas horas hasta que alguna de las maderas viejas con las que hice la barca, aunque no lo supiera, estaban podridas y cederían ante el oleaje y la humedad, terminando de romperse. Esto causó el daño y la falla crítica suficiente para que toda la estructura se desmoronara y yo cayera al agua mientras las maderas se dispersaban a mi alrededor. Aunque opté por intentar mantenerme a flote y dejarme llevar por la corriente para no cansarme, algunas corrientes violentas terminaron por arrastrarme y hacer que el mar me tragara, perdiendo en ese punto el conocimiento.

Y eso nos trae de vuelta al presente. Frente a Arthur, con mis pulmones llenos de agua, la mirada en blanco y síntomas de no respirar, cualquiera diría que ya me encontraba muerto; sin embargo, si me tocaban, tenía un leve pulso, es decir, que seguía vivo, aunque era difícil saber por cuánto tiempo continuaría vivo si no recuperaba la respiración rápidamente.
#2
Arthur Soriz
Gramps
El hilo de mi caña se tensó de forma abrupta, fue un tirón tan violento que ni siquiera me dio tiempo de procesarlo por lo inesperado que fue. La caña se dobló con fuerza casi a punto de romperse y la sensación de un peso inmenso al final de la línea me hizo fruncir el ceño porque conocía como la palma de mi mano los peces que allí deambulaban desde que mi padre me enseñó a pescar por primera vez; esto no era algo normal. Al acercar la línea me di cuenta de que lo que había atrapado no era un pez.

En lugar de la pesca que esperaba lo que emergió del agua fue un cuerpo humano. Un joven inconsciente, con el rostro pálido y los labios púrpura suspendido por el hilo que lo conectaba a mi caña. El mar le había dado una sacudida brutal arrastrándolo hasta el alcance de mi anzuelo, y por un momento la quietud del mar parecía una cruel ironía.

Sin pensarlo me levanté rápidamente de la sillita dejando todo atrás y me lancé hacia él. En un movimiento instintivo tomé al joven por los hombros y lo arrastré hacia la orilla con una fuerza que no sabía que tenía en ese momento, ignorando por completo lo que había planeado para el día. Una vez en tierra me aseguré de colocarlo boca arriba y un escalofrío recorrió mi espalda al ver lo grave de su estado. Me agaché junto a él y por un momento no supe si aún estaba vivo. Sus ojos estaban cerrados y su respiración era nula. Me acerqué más y toqué su cuello, buscando el pulso. Lo sentí... era débil, casi inexistente. Estaba al borde de la muerte y todo indicaba que su vida pendía de un hilo. El mar lo había devorado, tenía que ayudarle.

Un rápido suspiro me despejó las malas ideas y en un parpadeo ya estaba colocando mis manos sobre su torso.

Vamos, muchacho... no, no, no... no te vas a ir así —pensé mientras comenzaba a presionar firmemente contra su pecho. De inmediato el ritmo de mi conteo comenzó en mi cabeza, marcado por la necesidad urgente de salvarle la vida—. Uno, dos, tres... —mis manos bajaban y subían con firmeza, buscando que cada compresión fuese lo suficientemente profunda para que su corazón comenzara a latir con más fuerza. El sudor perlaba mi frente, el tiempo corría y este no me sobraba.

Cuando llegué a treinta dejé de presionar y rápidamente sellé su nariz, cubriendo sus labios con los míos, soplando con fuerza, brindándole aire. Miré su rostro con desesperación mientras el aire salía de mis pulmones.

Vamos, muchacho, respira, respira, ¡vamos! —mis palabras ligeramente entrecortadas por los movimientos la maniobra RCP que le aplicaba en un desesperado intento por devolverle la vida. Al terminar el ciclo, volví a presionar su pecho con mis manos, repitiendo el conteo de treinta. Mi mente estaba centrada solo en él. Mientras lo hacía, un cachetazo firme aunque no por ello dañino a su mejilla fue mi siguiente recurso. No sabía si era lo correcto, pero la frustración crecía.

¡No te rindas! Tú puedes, ¡yo sé que puedes! —mis palabras eran urgentes, quizás descontroladas pero necesitaba que él respondiera. Que escupiera toda el agua que tenía en sus pulmones.

Sellé su nariz una vez más y soplé con fuerza dentro de su boca, con la esperanza de que mi esfuerzo no fuera en vano. En esos momentos no había nada más que el joven frente a mí y el latido de mi propio corazón acelerado. Yo no pensaba en las consecuencias, mi único pensamiento era que no podía dejar que la vida de alguien tan joven se escapara por el cruel destino del mar. Mis manos sudorosas continuaban su trabajo, mi voz más fuerte cada vez.

¡Vamos, muchacho, todavía no te toca! ¡Vuelve, mierda! —mi voz se rompía entre la presión y el esfuerzo, pero cada palabra se sentía como una orden a su cuerpo, una orden que no podía fallar. El mar había hecho su parte ya trayéndolo hasta mi caña de pescar pero ahora me tocaba a mí. No podía permitir que la muerte lo reclamara.
#3
Horus
El Sol
Mi mente estaba ausente y desconectada de la realidad en esos momentos. Sabes eso que dicen de que cuando estás a punto de morir ves toda tu vida pasar por delante de tus ojos; pues en mi caso no era así. No reviví mi tierna infancia en Arabasta, no estaba viendo el rostro de mis padres adoptivos, no revivía los juegos con mis hermanos, no presencié de nuevo la partida de mi tierra natal para emprender una vida de aventuras. Era todo lo contrario. Lo que estaba pasando por mi mente eran una serie de fantasías sobre lo que me podía estar perdiendo si mi camino se terminaba en este punto tan temprano de mi vida.

En mi mente estaba reviviendo en una sucesión continua múltiples historias que había leído de niño, muchas de las leyendas que me habían cantado y los mitos de los que había escuchado. Todas esas historias eran revividas una y otra vez en mi imaginación, pero introduciéndome a mí como protagonista, como tantas veces había imaginado que eventualmente sería. Yo, solo frente a las adversidades, enfrentando los acertijos de nuestros antepasados, encontrando lo que alguien no quería que fuera encontrado y descubriendo aquello que se creía perdido hoy en día. En fin, eran aventuras que cualquier niño con fantasías en su cabeza de exploración y aventuras tendría; más en esta ocasión, estaba por enfrentar a mi más difícil y peligroso enemigo: la vida y la muerte misma.

Me encontraba en una situación desfavorable, cuanto menos: mi conciencia estaba desvanecida y mi pulso era débil; el cuerpo se me había enfriado notablemente por las aguas del mar, que ya no contaban con la calidez propia del verano que había expirado hacía media estación. Los labios habían comenzado a ponerse morados, al igual que las puntas de mis dedos de las manos y los pies, por la falta de circulación sanguínea con oxígeno renovado en ella. Incluso fuera del agua, habría sido complicado que sobreviviera si no era reanimado pronto por alguien con unas manos un poco diestras en los primeros auxilios, algo que, en mi humilde opinión, todo el mundo que salga a alta mar debería saber hacer; si no, sus compañeros lo llevan claro en una emergencia como las tantas que se producían en el mar. Pero claro, en esos momentos me encontraba en una situación en la que no podía reanimarme a mí mismo; sería increíble poder hacer eso, pero no me encontraba en condiciones de llevar a cabo tal cosa.

Por mi fortuna, había alguien que sí podía lograr el milagro. Aquel que, por azares del destino, como si la suerte lo acompañara en cada paso de su vida, me hizo dar conmigo, o más bien, que su anzuelo se enredara en mí. Una casualidad extremadamente grande, y que más aún lo era si mirábamos que, en lugar de ser rescatado por algún pirata o criminal que hubiera podido aprovecharse de mi situación, fue con un Marine defensor de los más desamparados, quien comenzó una serie de maniobras de reanimación con el fin de no rendirse conmigo y salvarme la vida a toda costa, fuera como fuera.

Con cada compresión que él daba sobre mi pecho, mi corazón se veía forzado a bombear sangre a través de mi cuerpo. Las respiraciones que me forzaba a realizar insuflaban nuevo aire en mis pulmones encharcados, logrando que así parte de ese nuevo aire alcanzara a transmitir oxígeno nuevo a la sangre. Un proceso de reanimación que había de realizarse múltiples veces, a un ritmo y constancia que no fueran interrumpidos; de lo contrario, todo el esfuerzo podría ser en vano. Algunos doctores recomiendan dar una descarga eléctrica para reanimar, pero eso no es muy recomendable con alguien que ha sido anegado por las aguas del mar, las cuales corren por su interior.

Al fin, mi corazón recibió ese impulso que necesitaba para volver a funcionar por sí solo; esa llama que prendía con el oxígeno como combustible y la acción mecánica de Arthur que demostraba que todo es posible si uno no se rinde y tiene una voluntad perseverante y caballerosa. El accionar de mi corazón volvió a hacer fluir de forma constante mi sangre, lo cual se tradujo en un intercambio de oxígeno en mis pulmones que activó los mismos, haciendo que de golpe comenzara a atragantarme y tener unos espasmos de tos en los cuales comenzaría a expulsar el agua que me anegaba los pulmones, casi como si la estuviera vomitando hacia adelante, pero en una intensidad mucho menor.

Conforme mis pulmones se liberaron del agua, la tos fue cesando y pude comenzar a abrir mis ojos, dejando de sufrir esos múltiples espasmos ininterrumpidos que mi cuerpo realizaba mientras intentaba que tosiera. La primera imagen que contemplaría sería la de aquel hombre de avanzada edad y marcadas facciones en su rostro. A pesar de esto, pude deducir, con solo ver su bien esculpido rostro, que se trataba de alguien bien entrenado y fornido; un hombre que no conocía el concepto del paso del tiempo y al que, por simple contexto, deduje en mi mente que le debía la vida.

— ¿Quién eres? Gracias... — preguntaría mi mente confundida.

Estaba consciente, pero a duras penas; apenas mi cabeza estaba recuperando el oxígeno perdido por la falta de circulación y tardaría un par de minutos en poder recomponerme y tan siquiera intentar incorporarme por mi cuenta. Pero en esos momentos me sentía aliviado; podía notar cómo mi respiración volvía a fluir y estaba siendo constante. Era una sensación que normalmente hacemos por acto reflejo; no somos conscientes de ella y no apreciamos lo que debemos, puesto que si seguimos vivos es por esa respiración, y es tan sencillo que simplemente esta se vea interrumpida de forma accidental y fortuita. Pero ahora todo parecía que iría bien para mí; solo necesitaba descansar un poco para recuperarme de ese viajecito forzoso y poder agradecerle como se debía a mi héroe de la Marina salvador, aunque en ese instante aún no sabía que era un Marine.

Al cabo de un minuto o así, una extraña pareja llegaría al lugar. Arthur podría ver cómo una especie de ave de un considerable tamaño, aunque menor a una persona, alcanzaba la costa cercana a ellos dos, cargando una cesta de mimbre. Cuando depositó la cesta en tierra firme, del interior de esta saldría un perro de color oscuro; más bien era un chacal que portaba algunas prendas decorativas por su cuerpo, dando indicios de que no era un animal salvaje, sino uno doméstico, al igual que el halcón, quien se estaba liberando del arnés con el que portaba sujeta la cesta. El primero en llegar hasta mí, si Arthur no lo impedía, sería Anubis, quien buscaría lamerme la cara; una sensación familiar que ya tenía conocida y muy bien, tras lo cual intentaría venir Isis para apartar al canino con su ala, como si le pidiera espacio para que me recuperara. Isis siempre era muy atenta.

— Je... je... hola, Anubis... por favor, para — normalmente no me molestan sus mimos, pero ahora estaba algo fatigado.

Ambos animales me habían venido siguiendo desde el aire desde que zarpé. Aunque mi barca fuera una porquería y barata de narices, gasté un buen dinero en que Isis pudiera traer a Anubis tras de mí con una cesta firme, ligera y confortable. No me fiaba de mis barcas, la verdad, y no quería que ninguno de los dos pudiera sufrir un naufragio como el mío; por eso ya lo dejé todo planeado, porque en caso de emergencia pudieran salvarse los dos volando. Bueno, Isis siempre pudo hacerlo; era más bien que pudiera salvar a Anubis, aunque tristemente para mí aún pesaba mucho para que Isis me lleve. Así que lo máximo que podían hacer los animales era seguirme en mi naufragio y alcanzarme en la costa a la que llegara.
#4


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