¿Sabías que…?
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[Autonarrada] [T3] El despertar
Octojin
El terror blanco
1 de Otoño de 724

La noche en Loguetown estaba en pleno apogeo. Las calles bullían con la típica actividad, y las luces de las tabernas iluminaban las esquinas con su cálida y tentadora aura. Sin embargo, el ambiente festivo se interrumpió cuando una llamada de emergencia resonó en el cuartel de la Marina. Era una de esas llamadas que te cortaban el rollo, haciendo que tuvieses que dejar lo que estabas haciendo y enfocarte en lo que fuera que fuese esa llamada.

—¡Octojin! Hay un problema en la taberna de siempre. Esta vez son unos piratas que están causando estragos. Necesitamos que pongas orden —le informó un marine con tono urgente.

El escualo asintió, tomando su chaqueta y su mochila antes de salir a paso firme hacia la taberna. La adrenalina ya corría por sus venas; sabía que estos altercados podían escalar rápidamente. No era ni la primera ni la última vez que una discusión tonta acababa con gente ensangrentada. ¿Por qué los humanos eran tan violentos en casos tan tontos? El habitante del mar no lo podía entender, pero tampoco tenía tiempo en esa situación.

Corrió por las calles que bajaban hacia la taberna, y al llegar, se encontró con un grupo de piratas borrachos, armados y lanzando amenazas al aire mientras los clientes aterrorizados intentaban escapar.

—¡Aquí viene la pececillo de la Marina! —gritó uno de los piratas al verlo entrar. Era un hombre fornido, con cicatrices que recorrían su rostro y una botella rota en la mano.

Octojin no dijo nada al principio. Su mirada recorrió el caos: mesas volcadas, vidrios rotos, y una camarera temblando detrás de la barra. Los marines que lo habían acompañado le susurraron un plan rápido, pero el tiburón levantó una mano, indicando que no era necesario.

—No tengo tiempo para idioteces. Dejen sus armas, paguen los destrozos, y salgan de aquí. Ahora —dijo con su voz grave y autoritaria que resonó por la zona.

Los piratas estallaron en carcajadas. Uno de ellos, un tipo flacucho con una risa chillona, dio un paso adelante.

—¿Y si no queremos? ¿Qué vas a hacer? ¿Llamar a más amiguitos de la Marina? —preguntó con burla.

Otro pirata, aún más grande que el primero, se interpuso entre Octojin y el grupo.

—¡Este tiburón piensa que puede con nosotros! Te vamos a rebanar esas aletas, pez gordo.

Las palabras de los piratas y su actitud desafiante comenzaron a calar en Octojin. El gyojin respiró profundamente, intentando mantener la calma, pero algo dentro de él se rompió al ver cómo uno de ellos alzó su espada contra un cliente que intentaba escapar. Aquello era muy diferente a que se metieran con él o le amenazaran. Su furia estalló. Un fuego desconocido se encendió en su interior, como si su misma esencia se revelara contra el caos. Notó cómo la ira le recorría todo el cuerpo, y entonces... Lo notó.

De repente, un aura abrumadora llenó la sala. Era como si el aire se volviera más denso, casi irrespirable. Los piratas se detuvieron en seco, mientras sus risas se ahogaban en sus gargantas. Los clientes que aún estaban conscientes cayeron al suelo, desmayados. Incluso los marines que habían acompañado a Octojin perdieron el conocimiento, colapsando uno tras otro.

Octojin permaneció de pie en el centro del caos, con la mirada fija en los piratas que ahora yacían en el suelo. Sus manos temblaban, su respiración era pesada, y el silencio que siguió era casi ensordecedor. No entendía lo que acababa de suceder. Todo lo que sabía era que, de alguna manera, había neutralizado a todos sin mover un solo dedo. Pero incluso a sus aliados.

Cogió con la mano derecha el Den Den Mushi y explicó brevemente la situación, solicitando refuerzos para cargar con los heridos y para llevar a los piratas al calabozo.

Unos minutos después, los refuerzos de la Marina acabaron por llegar, y un capitán observó la escena con asombro antes de acercarse a Octojin.

—¿Qué demonios pasó aquí? —preguntó, mirando los cuerpos desmayados esparcidos por toda la taberna.

—Yo… no estoy seguro —respondió el escualo, todavía recuperándose del extraño suceso. Su voz era temblorosa, pero su postura firme.

El capitán frunció el ceño, observando a Octojin con atención antes de dar un paso atrás.

—Esto… parece haki del rey.

—¿Haki del qué? —preguntó Octojin, todavía tratando de entender.

El capitán asintió con gravedad. Se tomó unos segundos mientras ojeaba la escena, para terminar asintiendo de nuevo.

—Es una habilidad rara, muy rara. Solo unos pocos nacen con ella. Es la capacidad de imponerte sobre la voluntad de otros, de dominarlos con tu mera presencia. Lo que acabas de hacer no es algo que cualquier marine pueda lograr. Esto… te pone en una liga completamente diferente. Esto es algo que casi nadie puede hacer, Octojin. Eres uno de esos elegidos.

Octojin se quedó en silencio, procesando las palabras. Miró sus manos, como si buscara alguna explicación en ellas, pero no había nada. Solo esa sensación de poder desbordante que aún latía en su pecho. No sabía cómo había hecho aquello ni cómo podía controlarlo, solo tenía de su lado la sensación que había sentido y cómo ese aura había afectado a todos los presentes. Algo raro, muy raro, que le costaría tiempo digerir al habitante del mar.

—No sabía que podía hacer algo así. Apenas entendía lo que estaba sucediendo —admitió, mientras el capitán daba órdenes para recoger a los piratas inconscientes y evacuar a los civiles.



Más tarde, mientras caminaba por las calles de Loguetown, Octojin reflexionó sobre lo sucedido. Este poder, aunque impresionante, le parecía peligroso. Había derribado a todos, incluso a sus propios compañeros. Si no aprendía a controlarlo, ¿qué pasaría en una situación más crítica? Sin duda era algo que debía controlar. Y cuanto antes, mejor.

Puede que después de todo, ese poder no fuera solo una ventaja. Quizá, en ocasiones, podría ser considerado una carga, incluso un riesgo para quienes le rodean. Pero si llegaba a dominarlo, tal vez podría proteger a los que le importaban. A Asradi. A la L-42.

Miró hacia el horizonte, hacia el puerto iluminado por la luna, y se prometió a sí mismo que entrenaría. Que entendería ese haki del rey y lo usaría para lo que realmente importaba.

Por ahora, sin embargo, tenía que centrarse en lo inmediato. Aún quedaba mucho por hacer en Loguetown, y esta experiencia solo era el principio de algo mucho más grande.
#1
Moderador Doflamingo
Joker
¡RECOMPENSAS POR AUTONARRADA T3 ENTREGADAS!


Usuario Octojin
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