¿Sabías que…?
... Oda tenía pensado bautizar al cocinero de los Mugiwaras con el nombre de Naruto, pero justo en ese momento, el manga del ninja de Konoha empezó a tener mucho éxito y en consecuencia, el autor de One Piece decidió cambiarle el nombre a Sanji.
[Autonarrada] [T2] A veces hay que ser buena persona
Raiga Gin Ebra
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1 de Otoño de 724

Raiga se encontraba sentado en el borde de una de las mesas del comedor principal del Baratie, balanceando las piernas y observando el bullicio con su mirada zorruna. Había pasado el día entero intentando encontrar algo interesante que hacer, pero el restaurante flotante parecía estar más aburrido que nunca. Los clientes eran demasiado pobres, los camareros demasiado rápidos, y él... demasiado inquieto. Una mezcla que no parecía un buen cóctel.

Cuando estaba a punto de rendirse a otro día monótono, un anciano que bajaba las escaleras del comedor captó su atención. Era un hombre encorvado, con una barba canosa que parecía una nube desordenada y una mirada ligeramente perdida que vagaba por el aire como si buscara algo que no recordaba. No parecía estar demasiado bien, la verdad. Su mano temblorosa se aferraba al pasamanos con un esfuerzo visible.

—Hmm... ¿Ese viejo llevará algo de valor? —murmuró Raiga, poniéndose en pie con una sonrisa pícara.

El mink se acercó al anciano, adoptando una expresión amable, aunque sus intenciones eran de todo menos desinteresadas.

—¿Le ayudo, abuelo? Parece que esas escaleras son más empinadas de lo que uno pensaría —dijo, agarrando al hombre del brazo con delicadeza.

El anciano lo miró con ojos confusos, pero sonrió débilmente.

—Ah... ¿Dónde está mi cuarto? Estas escaleras no estaban aquí antes...

Raiga arqueó una ceja. ¿Qué demonios estaba diciendo? Se encogió de hombros y empezó a guiarlo escaleras abajo, con la mirada fija en los bolsillos del abrigo del anciano. No parecía llevar nada de valor, pero quizá habría algo oculto entre sus ropas. Una billetera, un reloj, algo. Sin embargo, mientras descendían lentamente, Raiga notó que el hombre parecía realmente perdido.

—¿Sabe al menos dónde está? —preguntó, con una mezcla de curiosidad y sospecha.

—En... casa, supongo. ¿Es que no estamos en mi casa? —respondió el anciano, deteniéndose de repente y mirando alrededor como si esperara reconocer algo.

Por un momento, el habitual descaro de Raiga se desvaneció. Aquello no era teatro. El hombre no estaba bien.

—Mire, abuelo, esto no es su casa, ¿vale? Está en el Baratie, un restaurante flotante. Ahora vamos a la cubierta para que respire un poco de aire fresco. ¿Le parece?

El anciano parpadeó, como si las palabras de Raiga tardaran en llegar a su cerebro, pero finalmente asintió.

La brisa marina golpeó el rostro de ambos cuando llegaron a la cubierta, y Raiga ayudó al anciano a sentarse en uno de los bancos cercanos. Durante unos minutos, ninguno habló. El viejo parecía absorto en sus pensamientos, mientras Raiga observaba el horizonte y se preguntaba por qué demonios había decidido ayudarle.

—Mi esposa solía venir conmigo a sitios como este... —murmuró de repente el anciano, rompiendo el silencio.

Raiga lo miró de reojo, intrigado.

—¿Ah, sí? ¿Y dónde está ahora?

El viejo suspiró, y su mirada se perdió en el horizonte.

—Se fue hace tiempo... —respondió con un tono tan melancólico que incluso el corazón pícaro de Raiga sintió un leve pinchazo.

Por primera vez en mucho tiempo, Raiga no supo qué decir. Miró al anciano, ahora tan frágil y desorientado, y sintió que robarle sería como patear a un cachorro perdido.

—Oiga, abuelo... ¿Por qué no se queda aquí un rato? Le traeré algo de comer, ¿vale? Pero no se me mueva de este banco o tendré que buscarle otra vez. —Intentó sonar autoritario, aunque el tono despreocupado seguía siendo inconfundible.

El anciano asintió con una leve sonrisa, y Raiga se dirigió al comedor para conseguir algo de pan y sopa. Cuando regresó, el anciano parecía un poco más lúcido.

—Gracias, muchacho. Eres... eres un buen chico. —El anciano sonrió mientras tomaba un sorbo de sopa.

Raiga bufó, tratando de ocultar su incomodidad ante el cumplido.

—No se emocione, abuelo. Solo lo hago porque no tengo nada mejor que hacer. —Se sentó junto a él, observando cómo comía con lentitud.

—¿Qué haces tú aquí, en un sitio como este? —preguntó el anciano de repente.

Raiga se encogió de hombros.

—Vivir, supongo. Y buscar cosas interesantes... o valiosas. —Esbozó una sonrisa traviesa.

El viejo lo miró con una expresión que mezclaba curiosidad y tristeza.

—La vida no se trata solo de buscar cosas, muchacho. A veces, es más importante apreciar lo que ya tienes... y a las personas que te rodean. Yo he tenido muchas cosas en mi vida, pero ahora... me doy cuenta de que lo que más extraño no son los objetos, sino las personas.

Las palabras del anciano resonaron en la mente de Raiga más de lo que esperaba. Nunca había pensado en las cosas de esa manera. Para él, la vida siempre había sido una serie de oportunidades para conseguir algo más, algo mejor. Pero el viejo tenía razón: las cosas eran solo eso, cosas.

—Supongo que tiene razón... aunque no se lo diga a nadie. No puedo dejar que me tomen por sentimental. —Intentó sonar despreocupado, pero no pudo evitar mirar al anciano con algo de respeto.

El viejo rió suavemente, y por un momento, el silencio entre ellos fue cómodo.

Cuando el sol comenzó a ponerse, Raiga ayudó al anciano a volver al comedor. Antes de despedirse, el viejo puso una mano temblorosa en su hombro.

—Gracias, chico. Me has ayudado más de lo que crees. Y recuerda, la vida es más que cosas. Aprende de los viejos... incluso de uno como yo.

Raiga lo observó mientras se alejaba, todavía algo desorientado pero con una sonrisa tranquila. Por primera vez en mucho tiempo, el mink sintió que había hecho algo bueno sin buscar una recompensa. Quizá no todo el mundo merecía ser robado.

—Maldita sea... los abuelos y sus lecciones. —Sonrió para sí mismo mientras se alejaba, dispuesto a buscar una nueva travesura, pero con una nueva perspectiva en su corazón.
#1
Moderador Doflamingo
Joker
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Usuario Raiga
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