Alguien dijo una vez...
Monkey D. Luffy
Digamos que hay un pedazo de carne. Los piratas tendrían un banquete y se lo comerían, pero los héroes lo compartirían con otras personas. ¡Yo quiero toda la carne!
[Diario] Mal trago
Juuken
Juuken
Día 67 de Verano del año 724
Al anochecer, en algún lugar del East Blue. Alta mar



¿Qué demonios había ocurrido? Todavía no era capaz de analizar la situación. Más bien, no era capaz de asumir lo que había pasado. Me dolía la cabeza. Tenía los dedos marcados en las palmas de haber apretado tanto los puños. Un hilo carmesí, ya reseco por el tiempo, había brotado de cada marca. Me dolían bastante las manos, pero no tanto como el dolor que tenía en la cabeza. Menos todavía que el dolor en mi interior.

Tenía la mano en el pecho. Sentía que ya había superado aquello, esa sensación de frustración, de impotencia y de intenso dolor interno, incapaz de sanar con nada. Sentía que el corazón se iba a salir de mi pecho. Estaba completamente atacado, era incapaz de mantenerme quieto. En el camarote no paraba de dar vueltas de un lado a otro. ¿Qué me estaba pasando?

La rabia y la impotencia me consumía, tan solo quería golpear y destrozar algo, pero debía contenerme. Aquello no parecía propio de mí, esos pensamientos no parecían venir de mí, sino de otra persona que en esos instantes no reconocía. No me conocía, pero era incapaz de controlarme. Incapaz de contenerme lo suficiente. Lancé el puño contra la pared, conteniendo la furia, lo cual tan solo hacía que acrecentar la presión que sentía en el pecho. Era un tipo de dolor que nunca antes había experimentado.

Desesperación. Ira. Frustración. Temor.

Mi mente y mi corazón se volvieron peor que un mar embravecido en mitad de la peor de las tormentas que había experimentado hasta ahora. Cada segundo tenía impulsos diferentes, pensamientos contrarios que cada vez me decían una cosa. No sabía cómo reaccionar. Por primera vez en mucho tiempo, no sabía qué iba a ocurrir, no sabía cómo actuar, qué hacer o siquiera cómo sentirme.

Me detuve, me agaché y llevé las manos a mi cabeza, tratando de algún modo de intentar aplacar ese terrible dolor que me estaba atenazando desde lo más profundo de mi interior. Por desgracia no era lo único que me estaba doliendo, pero sí que se trataba de la parte que más me estaba afectando en ese momento. Apreté los dientes, casi rechinaron. Me contenía de soltar un profundo y desgarrador grito que seguramente me acabaría haciendo daño en la garganta.

Comencé a ver algo borroso, los ojos comenzaban a humedecerse. La tensión en mi cuerpo ya había alcanzado un nivel abrumador. Ahora tenía claro qué es lo que sentía de verdad, quería gritarlo, quería desquitarme, golpear algo. O alguien. Sentí el increíblemente terrible peso de la traición sobre mis hombros. Nuevamente mi ignorancia en este mundo había traido graves problemas y, lo que era peor, casi acaba perjudicando a todos mis compañeros.

Aunque realmente ya había perjudicado a todos de alguna forma. La traición de Goku había resultado más pesada en mi corazón de lo que nunca habría podido imaginar. Era nuestro compañero. Nuestro amigo. Nos vimos obligados a intervenir para evitar que el capitán resultase herido. De no haber sido por Teruyoshi no sé qué habría ocurrido. Goku había resultado ser un enemigo, y uno de los peores. Atacó sin mediar palabra y sin siquiera intentar explicarse, por lo que no dejó lugar a dudas.

Ahora, Goku estaba muerto. Su cabeza se había desprendido de su cuerpo en varios trozos, producto del ataque de aquella chica que habíamos logrado rescatar del mar, Hestia. No estaba seguro de si agradecerle que haya sido ella la ejecutora final, y odiarla por ello. Hizo lo que hacía falta, lo impensable. Lo imperativo, dada la situación. Algo que yo deseaba no tener que hacer desde el primer momento que Lance se puso en guardia. No quería atacar a un amigo, pues Goku eso era para mí. ¿Por qué tuvo que atacarnos de esa forma? Deseaba que hubiera tenido alguna explicación para sus actos, aunque hubiera sido una mentira, quería algo para no tener que atacarle de forma directa. De hecho traté simplemente de inmovilizarlo, quería obligarle a hablar, golpearle si fuera necesario. Pero no sabía si habría sido capaz de matarlo. Era lo necesario. No había otra salida.

Mi mente comenzó a recomponerse, la presión en mi pecho comenzó a liberarse, aunque todavía continuaba siendo muy fuerte, junto al dolor de cabeza que atenazaba mi mente y la nublaba. Perdí mis fuerzas. Los brazos se separaron del cuerpo, soltando mi cabeza, forzando mi cuerpo a relajarse. Caí de espaldas, quedándome completamente tumbado boca arriba, con los brazos caídos, la mirada perdida, mirando hacia arriba.

¿Qué sentido tenía esto? ¿Cómo podía continuar sin saber si podía realmente confiar en mis camaradas? Tenía fé absoluta en Lance, el capitán. Parecía que Teruyoshi fue quien lo salvó verdaderamente al interponerse entre Goku y Lance. ¿Qué había con el resto? Hestia acababa de llegar, y lo primero que hizo fue atravesar la cabeza de Goku. Gretta tan solo comenzó a guardar luto con los restos del cuerpo del mink. Qazan parecía que simplemente se quedó paralizado sin poder reaccionar ante lo que ocurría. Estos dos últimos los conocía desde hacía mucho tiempo, casi tanto como a Lance, aunque no había viajado con ellos durante tanto tiempo como con el capitán.

No tenía forma de averiguar si eran verdaderos aliados o si sencillamente estaban fingiendo como Goku, aguardando al momento oportuno para hacer algo contra nosotros. Mi corazón me decía que ellos eran de fiar, habían sido nuestros amigos durante tanto tiempo que resultaba absurdo pensar que nos pudieran traicionar en algún momento. La mente tan solo me decía que eso mismo pensábamos de Goku.

Tal vez no hubiera forma rápida de averiguarlo. Posiblemente tan solo si se desencadena una traición, se podrá tener completa seguridad de las intenciones de cada uno. La mera incertidumbre hacía que mi mente se quebrase en mil pedazos, sin saber qué pensar. Sin saber en quién poder confiar. Cerré los ojos y comencé a respirar hondo. Mi mente comenzaba a sosegarse, el terrible dolor de cabeza empezaba a amainar, transformándose en un intenso y profundo cansancio del que no podía eludirme.

El corazón seguía atacado, y mi mente estaba hecha un caos. Pero por lo menos, ya no sentía esa sensación de que fuera a perder la razón y el sentido. Cuando me quise dar cuenta estaba respirando fuertemente. Si no me concentraba en relajarme, volvía a alterarme. Debía alejar mi mente de esos pensamientos como fuera. Tan solo concentrarme en respirar con calma. Esperando que fuera suficiente.
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