Hay rumores sobre…
... un algún lugar del East Blue los Revolucionarios han establecido una base de operaciones, aunque nadie la ha encontrado aun.
[Común] Noches de bebida
Jigoro Kano
El pequeño
La noche había caído sobre Loguetown, envolviendo la ciudad en un aire fresco y una atmósfera vibrante. Las calles, iluminadas por linternas y el débil resplandor de la luna, estaban llenas de marineros y civiles disfrutando del final de otro día en el East Blue. Entre las tabernas más concurridas se encontraba aquel lugar mencionado por algunos compañeros de guardias al viejo enano, el Trago del marinero, un bar conocido por ser un refugio para los hombres y mujeres de la Marina, así como para los navegantes que recalaban en la isla.

Kano, con su baja estatura y musculatura imponente, entró al bar con paso firme, aun uniformado y con mochila al hombro. Había escuchado de este lugar durante sus primeros días en la isla y, aunque no era un hombre dado a los excesos, reconocía el valor de compartir un momento de camaradería con otros marinos. El lugar era tan ruidoso como cabría esperar de una taberna popular en Loguetown. Las risas fuertes, el choque de jarras y el ocasional cántico marinero creaban una cacofonía que Jigoro soportaba con estoicismo. Caminó hasta la barra, con su característica calma, y se sentó en un taburete de madera que crujió bajo su peso.
—¿Qué será? —preguntó el cantinero, un hombre de complexión robusta y cabello canoso que no apartó los ojos de la jarra que estaba limpiando.
—Agua, —respondió Jigoro con firmeza, deslizando unas monedas sobre la barra.

El cantinero lo miró de reojo, pero no dijo nada. Servir agua en un lugar como ese era inusual, pero no imposible. Sirvió el vaso y lo colocó frente a Jigoro antes de volver a sus tareas.
Mientras Jigoro tomaba su bebida, su mirada recorría el lugar con interés. Observó cómo un grupo de marineros jugaba a los dados en una esquina, mientras un par de comerciantes discutían en voz baja sobre el precio de un cargamento. Cada detalle, cada interacción, era una oportunidad para aprender, para entender mejor a quienes lo rodeaban.

Pero no todos en el bar estaban tan inmersos en sus propios asuntos. Un grupo de marineros jóvenes, apenas reclutas, se fijaron en Jigoro. Su baja estatura y su actitud tranquila destacaban en un lugar donde el bullicio y la ostentación eran la norma. Uno de ellos, un cabo con el rostro enrojecido por el alcohol, se inclinó hacia sus compañeros y murmuró algo que provocó risas contenidas.
—Oye, viejo, —dijo el cabo en voz alta, girándose hacia Jigoro—, ¿te perdiste? Este no es un templo ni un retiro espiritual.
El comentario arrancó más risas de su grupo, pero el viejo bigotón permaneció impasible. Dio un sorbo a su vaso de agua antes de girarse lentamente hacia ellos, su mirada dura y penetrante.
—Un hombre sabio observa antes de hablar, —respondió con voz grave y calmada—. Tal vez deberías intentarlo.
El cabo abrió la boca para replicar, pero algo en la presencia del musculoso enano lo hizo callar. No era miedo, sino una sensación de que el hombre frente a él no era alguien a quien se pudiera tomar a la ligera.
La tensión se disipó rápidamente cuando uno de los compañeros del cabo, más sobrio, lo convenció de dejarlo pasar. Los jóvenes marineros volvieron a su juego, y Jigoro regresó a su bebida, sin permitir que el incidente lo distrajera.
La noche seguía avanzando. Jigoro, tras terminar su vaso de agua, dejó el recipiente vacío sobre la barra con un leve tintineo de cristal contra madera. El cantinero, todavía ocupado limpiando jarras y atendiendo pedidos, lo miró de reojo.
—¿Algo más? —preguntó el hombre, secándose las manos en un trapo mientras observaba con curiosidad al fornido pero pequeño marine.
—Algo de comer, si tienes. Algo sencillo, —respondió Jigoro.
El cantinero asintió con un movimiento breve y dio un grito hacia la cocina.
—¡Una ración de estofado para la barra!
Jigoro aprovechó la pausa para observar al hombre. Su cabello gris y su rostro curtido hablaban de años de trabajo en un lugar que seguramente había visto de todo. Había algo de sabiduría en sus ojos, mezclado con una pizca de desconfianza hacia los forasteros.
—Parece un lugar concurrido, —comentó Jigoro, rompiendo el silencio mientras el cantinero servía un nuevo vaso de agua.
—Siempre lo es. Loguetown es una encrucijada. Marineros, comerciantes, piratas… todos pasan por aquí tarde o temprano. Y si no tienen nada mejor que hacer, acaban aquí, gastando lo poco que tienen en una jarra de cerveza o una partida de dados, —respondió el cantinero, su tono era seco, pero no hostil.
—¿Alguna vez has tenido problemas con esos piratas? —preguntó Jigoro, su tono calmado pero curioso.
El hombre soltó una risa breve, cargada de cansancio.
—¿Problemas? Todo el tiempo. Pero mientras no rompan nada o no armen demasiados escándalos, los dejamos en paz. Es la Marina la que debería encargarse de ellos, no un viejo como yo, —dijo, señalando su propio pecho con el pulgar.
—Supongo que todos tenemos nuestras batallas, —reflexionó Jigoro.
El cantinero le lanzó una mirada más larga esta vez, como si intentara descifrar algo en el marine.
—Tú no pareces el tipo que busca peleas por diversión, ¿verdad?
Jigoro negó con la cabeza.
—Las peleas no son algo que busque. Pero si llegan, siempre estoy listo.
En ese momento, una joven de cabello castaño recogido en un moño desordenado salió de la cocina con un plato de estofado humeante. Lo colocó frente a Jigoro con una sonrisa educada.
—Aquí tienes. Espero que te guste, —dijo ella.
—Gracias, —respondió Jigoro, inclinando la cabeza ligeramente en señal de respeto.
La joven, al notar su gesto amable, se quedó cerca por un momento. Parecía menos ocupada que antes, y la curiosidad brillaba en sus ojos.
—No te he visto por aquí antes —comentó mientras recogía algunos vasos vacíos de la barra.
—Acabo de llegar a la isla. Estoy destinado en la base de la Marina, —respondió Jigoro entre bocados.
—Oh, ¿marine, eh? Bueno, Loguetown siempre necesita más marines. Hay bastante movimiento últimamente —dijo, apoyando una mano en la cadera.
—¿A qué te refieres con movimiento? —preguntó Jigoro, levantando la mirada.
—Piratas, claro. Con el Grand Line tan cerca, es común que muchos pasen por aquí. Algunos vienen por provisiones, otros para reclutar o simplemente para causar problemas. Y no te olvides de los comerciantes, siempre hay disputas entre ellos. Este lugar nunca está realmente tranquilo, —explicó.
—¿Y cómo es la gente de aquí? —preguntó Jigoro, curioso por conocer más de la isla y sus habitantes.
La joven sonrió, esta vez de forma más genuina.
—Somos un pueblo duro, pero hospitalario… al menos con los que respetan las reglas. A nadie le gustan los problemas, pero todos saben que a veces son inevitables. Supongo que aquí aprendes a mantenerte firme sin importar lo que pase, —dijo, con cierto orgullo en su voz.
Jigoro asintió, apreciando la sinceridad en sus palabras.
—Es bueno saberlo. Siempre es más fácil entender un lugar cuando conoces a su gente.
—Bueno, si necesitas algo, solo llama. Yo soy Lina, —dijo la joven antes de volver a sus tareas. Jigoro terminó el estofado con calma, disfrutando de cada bocado mientras observaba el movimiento del bar. Aunque el lugar estaba lejos de estar lleno, las no pocas almas presentes creaban una atmósfera tranquila y relajada. Al colocar la cuchara sobre el plato vacío, llamó la atención del cantinero nuevamente.
—Un par de bebidas más para pasar la noche. Algo ligero, —pidió Jigoro con su tono sereno.
El cantinero asintió y le sirvió un té caliente primero, seguido de un vaso pequeño de agua de cebada fría.
—¿Algo más? —preguntó mientras dejaba las bebidas sobre la barra.
—No, esto estará bien, gracias.
Jigoro se inclinó hacia un lado y sacó un par de cuadernos de su bolso. Primero, abrió los manuales estándar de la Marina y comenzó a revisar las notas que había tomado durante su viaje. El sonido del lápiz rozando el papel se mezclaba con el leve murmullo de conversaciones en el fondo del bar. Con precisión y disciplina, el viejo repasó las órdenes de la base, las estrategias revisadas durante sus años de servicio y las normas actualizadas de comportamiento dentro del cuerpo así como sus ordenes para el resto de la semana. También dedicó un tiempo a registrar la bitácora de su llegada a Loguetown, documentando los detalles más importantes de su primer día en la isla, una emoción extraña recorría su cuerpo, estaba viejo para ser un nuevo recluta, pero la imagen de su meta tranquilizaba sus dudas.

Cuando terminó con sus deberes, sacó con cuidado otro cuaderno, más viejo y desgastado, que guardaba en el fondo de su mochila. El cuero que cubría las tapas estaba agrietado, y las páginas, aunque bien cuidadas, mostraban las marcas del paso del tiempo. Este libro era diferente, era un testimonio de su propio viaje personal.

Lo abrió por una página a la mitad, donde el dibujo de un hombre realizando un lanzamiento estaba acompañado de anotaciones sobre los movimientos necesarios para ejecutarlo. Jigoro tomó su lápiz y comenzó a trazar con cuidado la silueta de una nueva técnica que había imaginado en los últimos días. Los movimientos eran simples, pero efectivos, basados en la fluidez del cuerpo y la fuerza de la gravedad.
El cantinero, curioso, se acercó al notar los dibujos.
—¿Qué es todo eso? —preguntó, apoyándose en la barra con los brazos cruzados.
Jigoro levantó la mirada, sorprendido por la pregunta, pero no molesto.
—Es mi arte, —respondió con calma.
—¿Arte? —El hombre frunció el ceño mientras señalaba el dibujo de un hombre siendo lanzado al suelo de forma peculiar. —Eso parece más un manual para romperle los huesos a alguien.
Jigoro soltó una risa baja, sacudiendo la cabeza.
—No se trata de romper huesos, sino de redirigir la fuerza. Mi estilo se basa en usar el impulso de mi oponente contra él mismo. Le llamo el camino suave. Es un arte marcial que estoy desarrollando, algo que espero que algún día tenga su lugar en la historia, —explicó, mientras añadía detalles a las líneas de su dibujo.
El cantinero asintió lentamente, aún estudiando las ilustraciones.
—Interesante. Aunque no puedo decir que entienda mucho de eso. ¿Crees que algún día la gente lo usará?
Jigoro cerró el libro por un momento, pensativo.
—Eso espero. Es un arte que no solo enseña a pelear, sino a vivir. Control, equilibrio, adaptabilidad… esas son lecciones que van más allá de un combate.
—Bueno, suena como algo que podría ser útil por aquí. Si logras que alguien lo aprenda, tal vez no tengas que enfrentarte a todos los problemas tú solo, —dijo el cantinero con una sonrisa leve antes de alejarse para atender otro pedido.
Jigoro regresó a su cuaderno, esta vez escribiendo reflexiones sobre su filosofía y el potencial de su arte. Las horas pasaron mientras las luces del bar se atenuaban y las voces se apagaban. Con las primeras luces del alba filtrándose por las ventanas, el Trago del Marinero comenzó a vaciarse.
Jigoro cerró su cuaderno y lo guardó cuidadosamente en su mochila, junto con el resto de sus cosas. Se levantó de la barra, ajustó su cinturón y miró al cantinero una última vez.
—Gracias por la hospitalidad.
—Cuando quieras, marine. Buena suerte con tu camino suave. —respondió el hombre mientras limpiaba la barra.
Jigoro salió al fresco aire matutino, con las calles de Loguetown despertando lentamente a un nuevo día. Sabía que su deber en la base lo esperaba.
#1


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