G-31 Base de la Marina, Loguetown
Día 20, Verano del año 724
Día 20, Verano del año 724
El día en el cuartel comenzó como cualquier otro. El bullicio de marines y reclutas resonaba por los pasillos, las botas golpeaban el suelo con un ritmo constante, y las órdenes de los superiores se mezclaban con el murmullo de conversaciones informales. Silver estaba acostumbrado a este caos organizado, pero ese día había algo diferente en el ambiente, cierta tensión flotaba en el aire.
—Inspecciones sorpresa —susurró uno de los reclutas al pasar junto a Jack en el comedor—. Parece que el teniente Vogel ha comenzado otro de sus procesos de "purga".
Silver levantó la vista de su bandeja, sintiendo un ligero escalofrío recorrer su espalda. Vogel era conocido por su obsesión casi enfermiza con el orden y la disciplina. Sus inspecciones no eran simples revisiones de rutina; eran auditorías exhaustivas, diseñadas para encontrar hasta el más mínimo detalle fuera de lugar.
"Maldita sea," pensó Jack, mientras sus pensamientos volaban hacia Odin, escondido en su habitación. Aunque había sido cuidadoso al mantener al gato en secreto, el ojo crítico de Vogel podría detectar cualquier anomalía, incluso si se trataba de un simple pelo de gato en la alfombra.
—Tengo que hacer algo y tengo que hacerlo rápido —murmuró para sí mismo, dejando su bandeja a medio terminar y apresurándose hacia los barracones.
Cuando llegó a su habitación, Odin estaba acurrucado en un rincón de su cama. Al verlo, el gato levantó la cabeza y dejó escapar un suave maullido, como si preguntara por qué su compañero estaba tan alterado.
—Escucha, pequeño. Hoy es un mal día para estar relajado. Tenemos que asegurarnos de que todo esté impecable —le advirtió, acariciándole la cabeza mientras empezaba a revisar la habitación.
Silver trabajó con rapidez, escondiendo cualquier rastro que pudiera delatar la presencia de Odin. Las sobras de comida que había guardado para alimentarlo fueron cuidadosamente envueltas y tiradas en el contenedor común del pasillo. Limpió la superficie de la mesa, asegurándose de que no quedaran pelos visibles, y colocó el cajón del gato en un espacio estrecho bajo su cama, cubriéndolo con una sábana.
Cuando apenas había terminado de asegurarlo todo, un golpe seco resonó en la puerta.
—¡Inspección! —anunció una voz firme desde el otro lado.