
Raiga Gin Ebra
-
18-01-2025, 06:39 PM
(Última modificación: 20-01-2025, 01:04 PM por Raiga Gin Ebra.
Razón: Añadir fecha
)
4 de Otoño de 724
El Baratie tenía algo mágico, un toque de encanto y caos que siempre parecía estar a punto de explotar. Pero la magia, como casi siempre, perdía su toque cuando se veía el truco. Y es que, para alguien tan inquieto como el mink, estar tanto tiempo en el mismo sitio, y más si era un lugar tan pequeño, perdía el encanto.
Aún así, para Raiga, el día prometía ser un desastre desde el momento en que abrió los ojos. Su camerino, normalmente un refugio caótico pero suyo, estaba ahora impregnado de un hedor extraño que provenía de las botellas vacías de licor que había robado la noche anterior. No era la primera vez que hacía algo así, pero esta vez, el resultado había sido una lección de humildad en la peor de las formas posibles. Y es que se encontraba francamente mal, con dolores en el estómago y casi cualquier parte de su cuerpo, sobre todo la cabeza.
—Nunca más... —murmuró, agarrándose el estómago con una mano mientras su cola se movía perezosamente detrás de él.
Había empezado inocentemente: un robo improvisado de dos botellas de licor mientras todos estaban ocupados sirviendo mesas. Más tarde, se había encerrado en su camerino, hojeando una revista vieja de barcos y bebiendo como si fuera un auténtico marinero curtido. Pero el licor, que probablemente había sido almacenado en condiciones dudosas, tenía un sabor que oscilaba entre gasolina y tristeza líquida. Raiga había ignorado las señales de alarma, decidido a demostrar —aunque solo para sí mismo— que podía manejarlo.
Ahora, sentado en el borde de su cama, el mink zorro estaba pagando el precio. Su estómago rugía con el estruendo de un cañón, y una fina capa de sudor cubría su pelaje. Intentó tumbarse, convencido de que unas horas de sueño resolverían el problema.
—Solo necesito dormir un poco... ya verás que luego estaré como nuevo —se dijo a sí mismo, cerrando los ojos con una mueca de dolor.
No pasaron ni diez minutos antes de que algo en su interior decidiera que no, dormir no era una opción. Su estómago lanzó un rugido tan fuerte que podría haber confundido a alguien con el sonido de una tormenta en alta mar golpeando el barco y haciendo que el naufragio fuese una opción. Raiga se incorporó de golpe, con los ojos desorbitados y la certeza de que el baño era su próximo destino.
—¡Maldita sea! —gritó mientras se tambaleaba hacia la puerta de su camerino, sujetándose el abdomen como si estuviera a punto de estallar.
El problema era que el baño compartido del Baratie no estaba tan cerca como le gustaría. A mitad de camino, sintió que su cuerpo se rebelaba aún más y tuvo que hacer un alto. Se apoyó en la pared, jadeando como si acabara de correr un maratón.
—¿Por qué no puse un cubo aquí? ¿Por qué? —lamentó, mientras una ola de náuseas le golpeaba con fuerza renovada.
Con las piernas más temblorosas de lo que se dignaría a admitir, y una determinación que rozaba lo heroico, llegó al baño. Abrió la puerta de golpe, tropezando con el umbral, y se dejó caer sobre el inodoro con un suspiro de alivio. El siguiente par de minutos fue un desfile grotesco de sonidos que habría avergonzado incluso al más veterano de los piratas. Raiga no estaba seguro de si debía llorar, reír o simplemente rendirse.
—Esto no es vida... —sollozó, apoyando la frente en la fría pared del baño.
Cuando pensó que había terminado, su estómago rugió de nuevo, como si le estuviera recordando que aún quedaba una segunda ronda aún peor que la primera. Fue un ciclo interminable de tormento hasta que, finalmente, la tormenta pareció calmarse. Porque siempre tras una tormenta, hay calma, ¿no? Exhausto, Raiga arrastró su cuerpo de vuelta a su camerino, donde se desplomó en la cama con un gemido. Estaba pálido y totalmente agotado.
Mientras yacía allí, sintiendo que su cuerpo era un campo de batalla, su mente empezó a divagar hasta tal punto de no saber ni qué hacía allí.
—¿Y si el licor estaba envenenado? —pensó, recordando al tipo del que lo había robado. Era un hombre extraño, con un bigote ridículo y una risa estridente. ¿Y si sabía que alguien como él intentaría robarlo y había dejado esas botellas como trampa? ¿Y si moría allí mismo? Solo y en un cuchitril como aquél.
La idea lo hizo fruncir el ceño. No sería tan descabellado, después de todo. Las personas borrachas eran objetivos fáciles para los ladrones. Incluso él había usado tácticas similares en el pasado, aunque nunca con alcohol malo... eso era jugar sucio.
—Eso sí que sería una buena estrategia para un golpe rápido... —musitó, casi admirando la astucia de su supuesto enemigo.
Pero entonces, un retortijón en su estómago le recordó que no había nada admirable en lo que estaba pasando. Estaba claro que no volvería a beber alcohol de origen dudoso nunca más. Ni siquiera una sola gota. Bueno, al menos no hasta que olvidara lo horrible que se sentía en ese momento.
Cuando finalmente logró dormir un poco, soñó con un mundo donde los baños estaban siempre a solo un paso de distancia y donde el alcohol sabía a miel en lugar de gasolina. Pero claro, era simplemente eso, un sueño. Al despertar, su estómago le dio un recordatorio inmediato de que todavía tenía un largo camino por recorrer para recuperarse. Y aún más largo hasta llegar al baño compartido.
—Nunca más... —repitió, mientras se giraba en la cama con una mueca de dolor.
Claro que, siendo Raiga, todos sabían que era solo cuestión de tiempo antes de que volviera a meterse en otro lío. Aunque seguro que ese nuevo lío no estaba relacionado con el alcohol. Al menos justo el siguiente, claro. Por ahora, estaba demasiado ocupado sobreviviendo a su propia estupidez para pensar en el próximo desastre.