¿Sabías que…?
... el Reino de Oykot ha estrenado su nueva central hidroeléctrica.
[Diario] Un encuentro agradable
Lance Turner
Shirogami
El sol de mediodía se alzaba con fuerza sobre la pequeña isla, un lugar que apenas aparecía en los mapas, pero que tenía un encanto propio, lejos de ser como todas esas islas llenas de marines o grandes aglomeracines. El puerto, aunque modesto, estaba lleno de actividad. Los pescadores descargaban sus redes tras la jornada de pesca, cargadas hasta arriba de peces con tonos plateados, mientras los niños correteaban por el muelle, intentando atrapar cangrejos que se escondían entre las tablas. El aire olía a sal y a madera húmeda, mezclado con el aroma de especias provenientes de los pequeños puestos que vendían comida local.

Había llegado temprano esa mañana, con la intención de reabastecerme y disfrutar de un día tranquilo antes de zarpar nuevamente. Mi primera parada fue la taberna del puerto, un lugar que, como era de esperar, lleno de risas, voces y el ocasional grito de alguien que había bebido más de la cuenta. Parece mentira, pero daba igual la isla, que todas las tabernas parecían estar cortadas con el mismo patrón. Pedí un plato de pescado con arroz y una jarra de agua fría, dispuesto a disfrutar de una comida sencilla, pero satisfactoria.

Mientras comía, mi atención fue captada por una figura que se movía con dificultad entre las mesas. Era un hombre mayor, de cabello blanco y espalda encorvada, que cargaba un saco de lo que parecían ser herramientas y cuerdas. Caminaba era lento, y cada paso que daba parecía requerir más esfuerzo del habitual, era evidente que la edad hacía tiempo que le estaba pasando factura. Los demás comensales apenas le prestaban atención, demasiado ocupados en sus propias conversaciones.
Cuando pasó junto a mi mesa, no pude evitar decirle algo, sintiéndome molesto con el resto en mi interior.
- ¿Necesita ayuda con eso, abuelo? - Le pregunté, señalando el saco que llevaba.

El hombre me miró con una mezcla de sorpresa y desconfianza, como si no estuviera acostumbrado a que alguien se ofreciera a ayudar sin un motivo oculto.
- ¿Y por qué querrías ayudarme, joven? - Preguntó receloso, arqueando una ceja.

- Porque parece que ese saco pesa más que yo después de un banquete. Además, no tengo nada mejor que hacer. - Le inquirí, buscando su confianza a través de la risa.

El hombre soltó una risa seca, pero finalmente asintió.
- Está bien, muchacho. Si tienes tiempo para un viejo como yo, no voy a decir que no. 

Cargué el saco en mi hombro, y juntos salimos de la taberna. Durante el camino, el hombre, que me dijo que se llamaba Kaito, y que era un carpintero retirado. Ahora se dedicaba a reparar barcos pequeños y redes de pesca para ganarse la vida.
- No es mucho, pero es honesto. - Dijo con un evidente pesar. - Y en este puerto, todo el mundo necesita algo arreglado tarde o temprano. 

- Eso suena a que eres la persona más importante de la isla. Sin tus manos, medio pueblo estaría parado. - Le respondí al instante para reconfortarlo y hacerle ver lo útil que le era a la isla

Kaito soltó una carcajada y negó con la cabeza.
- Ojalá me viera como lo haces tú, muchacho. A veces, siento que el mundo sigue adelante sin mí. 

Sus palabras me hicieron reflexionar. Era fácil pasar por alto a las personas como Kaito, aquellos que, aunque no se destacaban por su fuerza o riqueza, mantenían el equilibrio de los lugares que llamaban hogar.

Pasada una larga media hora, llegamos a un pequeño taller junto al muelle. Era un lugar humilde, lleno de herramientas oxidadas, tablones de madera y cuerdas enredadas. Kaito me pidió que dejara el saco junto a una mesa, y cuando lo hice, me ofreció un vaso de agua fresca.
- Gracias, muchacho. No estoy acostumbrado a que alguien se ofrezca a ayudar sin pedir algo a cambio. - Comentó con ese pesar de nuevo en su tono de voz.

- A veces, un gesto sencillo puede hacer una gran diferencia, ¿No crees? - Le respondí recordando las palabras que tiempo atrás me enseñó una señora mayor en otra isla. 

Kaito asintió, pero antes de que pudiera responder, una mujer joven entró al taller. Su cabello estaba recogido en un moño desordenado, y llevaba una red de pesca rota en las manos.
- ¿Abuelo Kaito? ¿Puedes arreglar esto? La necesito para esta tarde. 

Kaito se puso de pie, de inmediato,  tomando la red sin preguntar nada y examinándola con cuidado.
- Claro, pero te va a costar. No trabajo gratis, ya sabes. - dijo, con una sonrisa juguetona que dejaba entrever una confianza cariñosa entre ambos.

La joven rió y se sentó en un taburete cercano, observándolo trabajar. Mientras tanto, tras presentarnos, yo me quedé de pie, viendo cómo las manos del viejo carpintero se movían con una destreza que desmentía su edad.
- Tienes talento, Kaito. Para mi es un arte lo que haces, yo soy un desastre. - Le respondí con una risa que fue correspondida con una sonrisa amable

- Tal vez sí que sea un arte - Dijo con el tono de pesar que ya le había percibido antes. - Pero es un arte que nadie aprecia hasta que lo necesita. 

Pasamos un buen rato en el taller, hablando de todo un poco. Kaito me contó historias de su juventud, de cómo solía construir barcos grandes antes de que su salud comenzara a fallar. También me habló de su nieta, quien vivía en una ciudad lejana y a quien no veía desde hacía años.
- Siempre digo que voy a ir a visitarla, pero… bueno, ya sabes cómo es la vida. 

- Quizás sea ella quien debería venir. - Le contesté rápido viendo que se echaba las culpas a él mismo. - A veces, los que están lejos necesitan un recordatorio de lo importante que es volver a casa. 

El viejo sonrió, como si mis palabras hubieran despertado algo en él.
- Tal vez tengas razón, Lance. Tal vez tenga que recordárselo. - Me dijo en tono reflexivo y algo melancólico. 

Cuando el sol comenzó a ponerse, supe que era hora de irme. Kaito insistió en que me quedara a cenar, pero le aseguré que tenía que volver al barco antes de que anocheciera.
- Gracias por el agua, la conversación y las historias. Espero que tu nieta venga pronto a verte. 

- Y yo espero que sigas siendo alguien que se detiene a ayudar, muchacho. No sabes cuánta falta le hace al mundo gente como tú. 

Me despedí con una sonrisa y volví al puerto, sintiendo que ese día, aunque sencillo, había sido especial. A veces, no necesitas grandes aventuras para aprender algo importante.
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