
Shy
"Shy"
29-01-2025, 11:13 PM
Aquel había sido el día más bonito de su vida. Rin se había mostrado pletórico desde que Ame pronunció el “sí, quiero” hacía algunos meses. Su reducido salario como agentes de la ley no les permitiría celebrar una gran ceremonia, pero sí que podrían tener una boda decente. Invitaron a un par de docenas de personas, la mayoría amigos de Ame. Siendo huérfanos, no había que preocuparse por incluir a familiares, y el inspector Korsakov había abandonado Loguetown hacía algunos años, de modo que la feliz pareja solo se vio compelida a invitar a algunos amigos del orfanato y del cuartel. Algunos incluso charlaban con Rin como si hubiera sido él quien guardaba amistad con ellos.
***
Shy suspiró, invadido por planteamientos indescifrables y, sobre todo, inconvenientes. No quería verse con un puñal en las tripas, por el motivo que fuera. Aprovechó que había tomado aliento, y abrió otra puerta.
Cada instante se hizo eterno, y la visión de Rin guardó cada imagen como si fuera una obra pintada por un maestro. De algún modo, la composición de cada fotograma en el cerebro de Rin parecía perfecta, sin absolutamente nada fuera de lugar. En todo caso, era él quien parecía estar fuera de lugar. ¿Cómo podía un patético cadete de la Marina que tartamudeaba, se trababa al hablar y se pasaba las tardes cosiendo ser amado por alguien tan perfecto?
Ame finalmente llegó al altar. El oficiante salmodió a los asistentes y e instó a los novios a pronunciar sus votos. Fue Ame quien cogió sus manos, no al revés. Las sostenía con la fuerza y la energía que siempre le había resultado característica. Era toda sonrisas, y también lágrimas. Rin, que no destacaba por su expresividad, también estaba deshecho de felicidad. Su compañera. El amor de una vida, el que muchos pasan años persiguiendo, y algunos mueren sin conocerlo. Tanta suerte le resultaba antinatural. Estaba seguro de que no merecía aquello, que era una volátil ilusión frente a sus ojos.
Y fue feliz. Fue feliz hasta que se dio cuenta de que tenía razón.
***
Shy apretó los dientes y se presionó la herida. Para ser una persona con la capacidad de abrir puertas en cualquier localización, algunas fugas parecían dársele de pena. No era la primera vez que, antes de ingresar en su dimensión de bolsillo, recibía un disparo. Y por más que se devanase los sesos, juraba no saber la razón por la que alguien había podido detectarle, a pesar de haber pasado a la habitación con el mayor de los sigilos. Pero había que encogerse de hombros a veces. Si quería acostarse ileso a diario, el trabajo de cazar recompensas no era el más adecuado, en ningún caso.
Había atado a su espalda el paquete. Era demasiado grande como para llevarlo debajo del brazo o dentro del kimono, además de bastante limitante para su agilidad. Desconocía los contenidos de aquel fardo. En lo que a Shy concernía, le daba igual si se trataba de una docena de kilos de estupefacientes varios, armas de contrabando o cualquier otro tipo de mercancía prohibida. Aquella misteriosa mujer se había encargado de chantajearle de la manera más rastrera para conseguir sus servicios. Y lo había logrado. A Shy nada le habría gustado más que sacarle los ojos con sus agujas y hacerle degustar aquellas particulares banderillas, y hacer exactamente lo mismo con los gorilas con kimonos que le guardaban sus nobles espaldas. Pero si lo que decía resultaba ser verdad, no podía aventurarse a matarla. Si realmente se trataba de la hermana de Hyun, debía ser más cauto.
Tomó aire, exhausto. Aunque sentía que su estado físico había ido mejorando con el paso del tiempo, en particular gracias a sus entrenamientos con Illyasbabel –quien no habría dudado en trocear a aquella mujer de primeras-, el uso de su Fruta del Diablo seguía suponiéndole una inversión de energía importante. Se preguntaba a menudo si llegaría a caer desfallecido por abusar de sus poderes. Si ocurría, quedaría indefenso ante cualquier ofensiva. Debía ser más cauto y no depender exclusivamente de sus poderes. Eso significaba cultivar más aun su habilidad con las agujas y su Haki. Si no, alguien con la habilidad de Illyasbabel podía acabar partiéndole en rodajas.
Escuchó pasos. Media docena de hombres desplazándose a grandes velocidades. Presumiblemente enfadados. Chico, que mal se toman algunos que les roben delante de sus narices. Probablemente no había posibilidad para el diálogo. Aunque, siendo realistas, Shy tampoco era un conversador nato. Lo mejor que podía hacer si quería olvidarse el asunto era devolverles la caja junto a una cesta de dulces y una carta con una disculpa en la que aclarase que aquello era un desagradable malentendido. Joder, ya se me están pegando los chascarrillos y las ideas absurdas de Illyasbabel. Shy se centró y se irguió, preparado para abrir otro par de puertas y escapar de aquellas calles.
No tardó en aparecer uno de sus perseguidores. El lacayo de un señor criminal, con la cabeza comida seguramente por vacías promesas de un ascenso rápido en la jerarquía de aquellos bandidos. Un joven advenedizo, quizás tan desesperado como él hacía unos meses, cuando servía a Geldhart. Alguien con delirios de grandeza y sueños hipertrofiados. Casi por instinto, Shy realizó un movimiento rápido con su brazo, arrojando una aguja que le atravesó la garganta antes de que pudiera dar la voz de alarma. El tipo se retorció un poco antes de perder la consciencia.
Shy se acercó para recuperar su aguja. Lo observó de cerca. No eran demasiado distintos, e incluso el cazador podía aventurarse a decir que se parecían un poco. Se lo había despachado con una facilidad insultante. Ninguno de los dos esperaba esta situación, a juzgar por la expresión de desagradable sorpresa de su víctima. La expresión de Shy se ablandó. Matar se había vuelto demasiado fácil. Incluso contra los enemigos más poderosos, la idea de acabar con ellos usando la violencia y segando su vida ya no le resultaba demasiado alienígena. Él no había sido así siempre. Ame tampoco. Hyun tampoco.
Shy suspiró, invadido por planteamientos indescifrables y, sobre todo, inconvenientes. No quería verse con un puñal en las tripas, por el motivo que fuera. Aprovechó que había tomado aliento, y abrió otra puerta.