Hay rumores sobre…
... que existe una isla del East Blue donde una tribu rinde culto a un volcán.
[Diario] Mi primera misión [Diario Akuma]
Argestes Aquilo
El Coloso de Dressrosa
Diario de un Marine Jubilado, Mi Primera Misión.
Por Argestes Aquilo



Día… bah, qué sé yo. ¿Es domingo? ¿Es la hora de la cena? No importa.
Sigo vivo. Sí, con un pie, un brazo y un ojo en la tumba, pero sin prisa por meter el resto. Aún no me han dado por desaparecido ni declarado oficialmente loco, ¡por mucho que lo intenten!

Godofredo ronca sobre mis piernas, y el café que nos han dado hoy sabe a agua sucia, nada como el de mis tiempos. ¡Y encima para cenar! Hoy seguro que ya no duermo.

Por alguna razón que ni yo mismo entiendo, he recordado aquella historia. Sí, sí, esa historia.

Fue en mi primera misión como marine, cuando aún tenía todos los miembros en su sitio y los únicos achaques que conocía eran el hambre, las ganas de conocer los mares y, cómo no, ganar esa apuesta. Nos mandaron tras los pasos de la Banda del Moco Verde, una panda de bellacos que se estaban forrando con el contrabando de metales preciosos, lo cual casi arruina la economía global. Vamos, un drama. Estos truhanes eran ratas de puerto, tramposos, embaucadores y, sobre todo, unos narices mocosas de primera categoría.

Los perseguimos durante meses, navegando de aquí para allá y, de alguna manera, terminamos en una isla perdida en otro maldito mar.

No preguntes cómo. Yo siempre dije que nuestro navegante era un desgraciado sin ojos ni decencia, incapaz de leer un mapa ni aunque tuviera una flecha pintada en la frente. Un patán, un enemigo del buen rumbo. Aunque… ahora que lo pienso… ¿era yo el navegante?

Bah, minucias.

El caso es que llegamos a la isla, con el estómago pegado al espinazo y un humor de perros, y nos topamos con un campamento de gente amable situado en las ruinas de un castillo. ¡Qué hospitalidad, oye! Nos dieron de comer, de beber, hasta nos dejaron tumbarnos en unas hamacas. Estábamos en el paraíso.

Y si hubiéramos tenido más luces que un farol de puerto, habríamos notado algo raro: todos los del campamento en el castillo tenían un moco colgandero. Uno lo llevaba largo y tembloroso, como un mástil de barco con banderines. Otro lo tenía verde fosforescente.

¡Y nadie sospechó!

Resulta que, tras pegarnos un festín digno de un rey, uno de los reclutas (un fantoche llamado Cástor, o Gastón, o algo así, que en gloria no esté, porque era más pesado que un ancla enlodada) se dio cuenta de la verdad.

No recuerdo la voz que tenía, pero sí lo que dijo:

— ¡Sargento! ¡Estos tipos son los piratas del Mocoverde!

Silencio absoluto.

Nos miramos los unos a los otros, como si nos acabáramos de despertar de un mal sueño. Nos habíamos pasado toda la noche comiendo y brindando con los mismos malandrines a los que perseguíamos.

El capitán de los piratas, un viejo con cara de sapo y bigote amarillo de tanto moquearse, intentó calmar la situación:

— No, no, ya no somos piratas. Ahora somos honrados. Teníamos nuestros problemas, pero los hemos superado.

Y otro de los piratas “reformados” añadió:

— Problemas con la bebida, problemas con el juego, problemas con las drogas y las armas de fuego.

A lo que el capitán respondió:

— Gracias a los dioses, forman parte del pasado. Gracias a esta isla, somos piratas renovados y ahora vivimos en un castillo. ¡Hola, Señor Alce! ¡Hola, Señor Pingüino!

Justo entonces habían llegado Alf y Ping, un mink alce y su pingüino mascota.

En fin… ¡Gente honrada, mis bigotes! Un tipo con un moco colgando hasta el mentón jamás puede ser de fiar.

Sacamos las armas, los piratas se pusieron en guardia, y uno de los bellacos entró en pánico cuando quedó acorralado por los nuestros. El muy cornicantano tenía en sus manos algo que intentaba ocultar, y en un ataque de histeria, decidió lanzárselo a su capitán para que no cayese en nuestras manos.

Pero como su puntería era un insulto a la arquería, aquel objeto fue a parar a mi boca. Sí, justo cuando estaba bostezando cual cueva submarina y con la espada en ristre.

¡Y ME LA TRAGUÉ!

Toses, espasmos, palmadas en la espalda que casi me desmontan la columna. ¡Un espectáculo bochornoso!

Cuando por fin logré recuperar el aliento… Nada. Tan solo el sabor de un limón agrio y monedas de hierro. Ah, y ya se había acabado la trifulca, los piratas estaban presos y el capitán, antes de ser esposado, le dio una colleja que casi lo desmonta al tragaldabas con la puntería en el trasero.

Pasaron un par de semanas. Una noche, cuando estaba cocinando un plato de guisantes, sin darme cuenta los convertí en acero. Ahí entendí qué era lo que me había tragado.

La Kinjya Kinjya no Mi, también conocida como la Fruta de la Alquimia.

Mal empleados los guisantes. No supe volverlos a la normalidad y tuvimos que cenar acelgas.

P.D.: ¿Qué estaba escribiendo?
#1


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