¿Sabías que…?
... existe una isla en el East Blue donde el Sherif es la ley.
[Diario] Entre muelles y una cocina.
Leander Swain
Garm
31 de Primavera del Año 723
El joven Leander se encontraba de pie en uno de los muelles de Loguetown, con la mirada perdida en la distancia y una sonrisa tenue que apenas lograba ocultar su melancolía. Recordaba con nostalgia el North Blue, su tierra natal, donde cada rincón le susurraba antiguas leyendas y costumbres que habían dado forma a su persona. Por mucho que Loguetown fuera su hogar temporal, la calidez y la comodidad del North Blue aún resonaban en cada latido de su corazón, y añoraba tiempos más sencillos en un lugar al que, si bien llamaba hogar, era solo su verdadero hogar.

A pesar de haberse acostumbrado a la inmensidad y al estruendo de la ciudad, Leander no pudo evitar que un doloroso vacío se apoderara de él cuando pensaba en la única persona que consideraba su verdadera familia, distante y enigmática. Sabía que, para sentirse completo de nuevo, necesitaba ganarse su aprobación, una tarea que asumió con determinación y un dejo de optimismo. Con un suspiro impregnado de deseos y recuerdos, murmuró apenas más que un susurro:

¡Lo que daría por volver a beber hidromiel! ―gritó, permitiendo que la fuerza de sus palabras se desvaneciera mientras tiraba una piedra al mar, como si en el gesto simbólico pudiera devolverle un pedazo de su pasado.

El muelle, silencioso y apartado del tráfico constante, era un oasis de paz en medio del trajín de la vida naval. Allí, donde las naves asaltaban muy raramente, Leander encontró momentos de calma que le daban tiempo de pensar en su destino. En la distancia, la abrumadora base naval se elevaba como recordatorio de un sistema que él detestaba apasionadamente. Habiendo crecido en las duras calles, donde veía a los marines comportarse como meras marionetas de un régimen corrupto y desalmado, su desprecio hacia esa institución se había convertido en parte de su ser.

Decidido a dejar atrás la melancolía, Leander se levantó con un movimiento rápido, sacudiéndose el pantalón mientras se encaminaba de nuevo hacia la ciudad. Entre la multitud, se deslizaba casi como una sombra, observador silencioso de la vida que transcurriría a su alrededor. Tras recorrer varios callejones y perderse entre la gente, llegó a una vieja taberna apartada del bullicio, un lugar que se ofrecía como refugio tanto para el cuerpo como para el espíritu.
Al entrar, saludó con voz serena al tabernero, Roswall, un hombre de mirada franca y rostro curtido por el tiempo, que parecía comprender el peso de las historias no contadas.

― Hola, Roswall ― dijo Leander, con una mezcla de cortesía y cansancio en la voz― Siento llegar tarde; ya me pongo a trabajar…

Sin esperar respuesta, y como si ese hubiera sido el camino natural de su rutina, Leander se dirigió a la cocina. Allí, entre cacerolas y sartenes, encontró un propósito simple pero esencial: ganarse la vida con su habilidad para cocinar. El oficio no sólo le permitía ganar el pan de cada día, sino que también le brindaba el lujo de poder gozar de una buena comida y un descanso merecido, algo que en ocasiones parecía un lujo inalcanzable para muchos. Cada día, cada berrie ganado, era para él un pequeño triunfo contra la adversidad, una prueba de que la perseverancia y el esfuerzo pudieron forjar un destino mejor, aún en medio del caos de una ciudad tan inmensa como Loguetown.
#1


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