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01-04-2025, 02:01 PM
Una fría brisa movía las blancas nubes lentamente. Tal vez eran lo suficientemente densas como para que acabase lloviendo, quizás si descendía lo suficiente la temperatura, con la llegada de la noche, podría acabar nevando. El Juicio de los Reyes se abría paso desde la inmensidad del mar, acercándose imponente a su destino mientras besaba las olas en su primer viaje. Aquel Balandro que había supuesto tanto esfuerzo para el viejo marine Arthur Soriz le llevaba de vuelta a su hogar.
Cuán rápido pasa el tiempo a veces. El tigre y dragón que había tallado con tanto esmero eran la avanzadilla, pero el rumbo lo marcaba la joven que había conocido tan solo cuatro días atrás. En algunas ocasiones parecía que aquella situación era algo habitual, pero llena de la emoción del descubrimiento. Se sentían ambos tan cómodos el uno con el otro. Habían hablado tanto durante aquellos días, desde trivialidades a cuestiones a cuestiones serias. A veces daba la sensación de que ambos habían formado siempre parte de la vida del otro.
Ella parecía no querer hablar mucho de su niñez, algo que parecía acongojarla y que indudablemente estaba ligado a la marca de su cuello. Parecía confiar plenamente en su acompañante, tal vez aún no estaba lista para hablar de aquello, pues el motivo de sus evasivas no parecía ser que le preocupasen las consecuencias que pudiese acarrearle que se descubriese su secreto. Se entusiasmaba tanto por cosas tan comunes y mundanas. El mundo era algo de lo que aún no conocía ni tan siquiera la superficie, pero había cosas que tenía claras. En algún momento le había dicho:
"Ojalá todas las personas pudiesen disfrutar de todo esto, sin miedo, con una bonita sonrisa en su rostro".
Que deseo tan simple y complicado al mismo tiempo.
La joven pegó un salto y se aproximó a Arthur con una energía desbordante, mientras agarraba uno de sus brazos con su mano izquierda y con la derecha señalaba hacia el frente.
- ¡ARTHUR! ¡Según el mapa hemos llegado! ¿Es esa isla? ¡¿Esa es tu querida Kilombo?!
Sus pupilas se habían dilatado para no perderse nada de aquella maravilla. Estaba tan impaciente por ver todos esos lugares de los que le había hablado. Poco a poco se aproximaban al puerto. Arthur había vuelto a casa.
Cuán rápido pasa el tiempo a veces. El tigre y dragón que había tallado con tanto esmero eran la avanzadilla, pero el rumbo lo marcaba la joven que había conocido tan solo cuatro días atrás. En algunas ocasiones parecía que aquella situación era algo habitual, pero llena de la emoción del descubrimiento. Se sentían ambos tan cómodos el uno con el otro. Habían hablado tanto durante aquellos días, desde trivialidades a cuestiones a cuestiones serias. A veces daba la sensación de que ambos habían formado siempre parte de la vida del otro.
Ella parecía no querer hablar mucho de su niñez, algo que parecía acongojarla y que indudablemente estaba ligado a la marca de su cuello. Parecía confiar plenamente en su acompañante, tal vez aún no estaba lista para hablar de aquello, pues el motivo de sus evasivas no parecía ser que le preocupasen las consecuencias que pudiese acarrearle que se descubriese su secreto. Se entusiasmaba tanto por cosas tan comunes y mundanas. El mundo era algo de lo que aún no conocía ni tan siquiera la superficie, pero había cosas que tenía claras. En algún momento le había dicho:
"Ojalá todas las personas pudiesen disfrutar de todo esto, sin miedo, con una bonita sonrisa en su rostro".
Que deseo tan simple y complicado al mismo tiempo.
La joven pegó un salto y se aproximó a Arthur con una energía desbordante, mientras agarraba uno de sus brazos con su mano izquierda y con la derecha señalaba hacia el frente.
- ¡ARTHUR! ¡Según el mapa hemos llegado! ¿Es esa isla? ¡¿Esa es tu querida Kilombo?!
Sus pupilas se habían dilatado para no perderse nada de aquella maravilla. Estaba tan impaciente por ver todos esos lugares de los que le había hablado. Poco a poco se aproximaban al puerto. Arthur había vuelto a casa.