
Percival Höllenstern
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26-11-2024, 12:42 AM
(Última modificación: 26-11-2024, 12:43 AM por Percival Höllenstern.)
El viento arrastraba las cenizas de los incendios que alguna vez asolaron Grey Terminal. Los escombros y la basura se extendían como un océano muerto, y cada rincón de ese paisaje desolado olía a desesperanza. Aunque ya había pasado tiempo desde que el fuego devoró cada pedazo de madera podrida, el hedor a muerte y ruina seguía impregnado en el aire, como un eco que jamás se apagaría. Mis botas levantaban polvo con cada paso, un polvo denso que se adhería a la piel como una segunda capa. Podía sentirlo en la lengua, en la garganta, en cada respiración que daba.
Nunca me acostumbré a este lugar, y lo odiaba por ello. Lo odiaba porque siempre me recordaba lo que realmente era. Aquí no existían máscaras que pudieran cubrir las cicatrices del pasado; este era el lugar donde las marcas no desaparecían, solo se acumulaban.
El objetivo de esta noche era simple, al menos en teoría. Un cargamento, un contrabando que estaba programado para llegar a los barrios bajos desde el puerto. Algo que no debía llegar a manos de quienes lo esperaban. Mi misión no era quedarme con él, ni siquiera investigarlo. Solo tenía que detenerlo, cortar los lazos, como me habían enseñado en los días con los Hyozan. Aquellos viejos recuerdos aún se deslizaban por mi mente en ocasiones, y aunque detestaba pensar en ellos, había algo en ese entrenamiento que resonaba incluso ahora, en medio de esta oscuridad.
Observé el horizonte. Las sombras jugaban con la luz débil de la luna, alargándose sobre las montañas de basura y chatarra. Me movía rápido, casi sin hacer ruido, los pasos estudiados, uno tras otro, como si hubiera nacido en estas tierras. Alrededor de mí, las cloacas y pasadizos que conocía tan bien zumbaban con vida oculta. Podía escuchar los murmullos de las ratas, las voces lejanas de quienes aún habitaban este lugar maldito, pero no prestaba atención. Sabía que hoy no serían un problema.
Antes de que las primeras luces del amanecer asomaran en el cielo, tendría que haber cumplido mi cometido. Solo quedaba esperar a que la presa apareciera, tal y como lo había previsto. Mi entrenamiento me había enseñado que la paciencia era un arma tanto o más afilada que cualquier cuchillo. Y yo había esperado durante años, desde mi niñez marcada por las cadenas de la nobleza, desde el día en que me arrebataron todo lo que alguna vez creí que me pertenecía.
Apoyé la espalda contra los restos oxidados de una máquina que yacía medio enterrada entre los escombros. Desde ahí, tenía una vista clara de la ruta que los contrabandistas debían seguir. Sabía que no tardarían en llegar. Podía sentirlo en la tensión del aire, en el silencio que solo el peligro trae consigo.
Mientras aguardaba, mi mente volvía, como tantas veces lo hacía, a los años de esclavitud bajo los Tenryuubitos. La sensación de las cadenas aún se sentía, como si nunca se hubieran ido. Recordaba el metal mordiendo mi piel, el frío inhumano de sus miradas cuando me utilizaban como si no fuera más que una herramienta desechable. El nombre de mi familia, Höllenstern, alguna vez respetado, no era más que una burla en sus bocas, y la cicatriz que llevaba en el alma por todo lo que me arrebataron era más profunda que cualquier marca visible.
Escapar de ese destino no fue un acto de valentía. Fue desesperación. Y la desesperación era un veneno que te quemaba por dentro hasta que no quedaba nada más que cenizas, las mismas cenizas que ahora cubrían este lugar. Grey Terminal era un reflejo de lo que había sido mi vida: destrucción, caos, ruinas de lo que una vez fue y nunca volvería a ser. Sin embargo, dentro de esa devastación, había encontrado mi propósito. Tal vez no era mucho más que un superviviente, pero me había convertido en algo más que una víctima.
A lo lejos, vi las primeras señales. Siluetas oscuras moviéndose como sombras entre las sombras. Los contrabandistas estaban cumpliendo con su parte del trato, ignorantes de lo que les esperaba. Conté cinco hombres, aunque sabía que probablemente había más. Siempre había más. Hacían su trabajo con precisión, avanzando entre los callejones sucios con las manos llenas de cajas, paquetes envueltos en telas pesadas que ocultaban lo que en verdad contenían.
No importaba lo que transportaran. Lo que importaba era que esa noche no lo entregarían.
Me deslicé hacia adelante, manteniéndome fuera de su vista, siempre moviéndome en sincronía con el viento, con las sombras. El sudor frío corría por mi nuca mientras mis ojos analizaban la situación, calculando cada paso, cada movimiento que realizaría. No era el primero al que neutralizaba en estas circunstancias, pero aún así, siempre había un margen de error. Y ese margen era letal.
La primera víctima cayó sin hacer ruido. Me acerqué por detrás, rápido, casi en un parpadeo, y el cuchillo hizo su trabajo antes de que siquiera se diera cuenta. No necesitaba verlo para saber que lo había hecho bien. Sentí la resistencia en la carne, luego la falta de vida en su cuerpo mientras lo bajaba al suelo sin un sonido.
Había cuatro más. No sería difícil.
El siguiente estaba más alerta. Su cabeza giraba en todas direcciones, buscando posibles amenazas. Lo observé un momento desde la penumbra, esperando, calculando. Cuando vi la oportunidad, me lancé. Esta vez no fue tan silencioso. Alcanzó a girarse lo suficiente como para soltar un jadeo ahogado mientras mi cuchillo se hundía en su costado. Lo sostuve firmemente, llevándolo al suelo mientras su mirada vidriosa buscaba entender qué había pasado. No duró mucho.
Los otros se dieron cuenta demasiado tarde. Uno de ellos empezó a gritar, intentando sacar su arma, pero no tenía tiempo. En el caos que siguió, utilicé los escombros y la confusión a mi favor. Los enfrenté uno por uno, moviéndome como un espectro entre ellos, hasta que finalmente, el silencio volvió a reinar en la escena.
Las cajas y paquetes que habían traído estaban esparcidos por el suelo. No me interesaba lo que había en ellas; no era mi misión saberlo. Todo lo que importaba era que no llegarían a su destino.
Tomé un segundo para recuperar el aliento, limpiando el cuchillo en el borde de mi capa antes de guardarlo de nuevo. Observé el resultado de mi trabajo. Cuerpos, paquetes, y el vacío de la noche.
Pero mientras me preparaba para desaparecer, algo me detuvo. Un sonido, suave, casi imperceptible, como un roce en la oscuridad. Giré sobre mis talones, escudriñando las sombras. Al principio, no vi nada. Pero entonces, una figura emergió de entre las ruinas, caminando con una lentitud calculada.
No era uno de los contrabandistas. No era una víctima. Este hombre —alto, delgado, con un sombrero de ala ancha que ocultaba su rostro— no parecía sorprendido ni alarmado por lo que acababa de suceder. De hecho, parecía como si hubiera estado esperando.
Mis dedos se tensaron sobre el mango de mi cuchillo mientras observaba a ese extraño. No emitía ninguna amenaza visible, pero algo en su presencia me ponía en alerta. Tal vez fuera la quietud con la que se movía, o la forma en que su mirada —aunque no podía verla directamente— parecía perforarme, como si conociera más de lo que debería.
El hombre se detuvo a unos metros de distancia, su sombrero aún cubriendo gran parte de su rostro. Una risa baja y ronca salió de su garganta, un sonido que resonó en el aire como una advertencia. No dijo una palabra. No hizo un movimiento.
Y sin embargo, en ese instante, supe que esta noche no terminaría como las demás.
Mis instintos me decían que lo matara allí mismo, pero algo me impidió hacerlo. Tal vez era el cansancio, tal vez la sensación de que esta figura traía consigo algo más que simples problemas.
Lo único que sabía con certeza era que esta noche, Grey Terminal me había enseñado una nueva lección: incluso en el lugar más oscuro y desolado, las sombras siempre guardan secretos que ni siquiera yo podía prever. Y esa sombra, esa figura que me observaba, era una de ellas.
Me di la vuelta, dejando atrás los cadáveres y los paquetes, mientras la figura permanecía inmóvil, observando.
El viento volvió a soplar, arrastrando las cenizas de la muerte. Y yo, como siempre, desaparecí en él.
Un gran sueño del que desperté en el hostal en el que Loguetown daba cuenta del paso de las eras por mi ser.
Nunca me acostumbré a este lugar, y lo odiaba por ello. Lo odiaba porque siempre me recordaba lo que realmente era. Aquí no existían máscaras que pudieran cubrir las cicatrices del pasado; este era el lugar donde las marcas no desaparecían, solo se acumulaban.
El objetivo de esta noche era simple, al menos en teoría. Un cargamento, un contrabando que estaba programado para llegar a los barrios bajos desde el puerto. Algo que no debía llegar a manos de quienes lo esperaban. Mi misión no era quedarme con él, ni siquiera investigarlo. Solo tenía que detenerlo, cortar los lazos, como me habían enseñado en los días con los Hyozan. Aquellos viejos recuerdos aún se deslizaban por mi mente en ocasiones, y aunque detestaba pensar en ellos, había algo en ese entrenamiento que resonaba incluso ahora, en medio de esta oscuridad.
Observé el horizonte. Las sombras jugaban con la luz débil de la luna, alargándose sobre las montañas de basura y chatarra. Me movía rápido, casi sin hacer ruido, los pasos estudiados, uno tras otro, como si hubiera nacido en estas tierras. Alrededor de mí, las cloacas y pasadizos que conocía tan bien zumbaban con vida oculta. Podía escuchar los murmullos de las ratas, las voces lejanas de quienes aún habitaban este lugar maldito, pero no prestaba atención. Sabía que hoy no serían un problema.
Antes de que las primeras luces del amanecer asomaran en el cielo, tendría que haber cumplido mi cometido. Solo quedaba esperar a que la presa apareciera, tal y como lo había previsto. Mi entrenamiento me había enseñado que la paciencia era un arma tanto o más afilada que cualquier cuchillo. Y yo había esperado durante años, desde mi niñez marcada por las cadenas de la nobleza, desde el día en que me arrebataron todo lo que alguna vez creí que me pertenecía.
Apoyé la espalda contra los restos oxidados de una máquina que yacía medio enterrada entre los escombros. Desde ahí, tenía una vista clara de la ruta que los contrabandistas debían seguir. Sabía que no tardarían en llegar. Podía sentirlo en la tensión del aire, en el silencio que solo el peligro trae consigo.
Mientras aguardaba, mi mente volvía, como tantas veces lo hacía, a los años de esclavitud bajo los Tenryuubitos. La sensación de las cadenas aún se sentía, como si nunca se hubieran ido. Recordaba el metal mordiendo mi piel, el frío inhumano de sus miradas cuando me utilizaban como si no fuera más que una herramienta desechable. El nombre de mi familia, Höllenstern, alguna vez respetado, no era más que una burla en sus bocas, y la cicatriz que llevaba en el alma por todo lo que me arrebataron era más profunda que cualquier marca visible.
Escapar de ese destino no fue un acto de valentía. Fue desesperación. Y la desesperación era un veneno que te quemaba por dentro hasta que no quedaba nada más que cenizas, las mismas cenizas que ahora cubrían este lugar. Grey Terminal era un reflejo de lo que había sido mi vida: destrucción, caos, ruinas de lo que una vez fue y nunca volvería a ser. Sin embargo, dentro de esa devastación, había encontrado mi propósito. Tal vez no era mucho más que un superviviente, pero me había convertido en algo más que una víctima.
A lo lejos, vi las primeras señales. Siluetas oscuras moviéndose como sombras entre las sombras. Los contrabandistas estaban cumpliendo con su parte del trato, ignorantes de lo que les esperaba. Conté cinco hombres, aunque sabía que probablemente había más. Siempre había más. Hacían su trabajo con precisión, avanzando entre los callejones sucios con las manos llenas de cajas, paquetes envueltos en telas pesadas que ocultaban lo que en verdad contenían.
No importaba lo que transportaran. Lo que importaba era que esa noche no lo entregarían.
Me deslicé hacia adelante, manteniéndome fuera de su vista, siempre moviéndome en sincronía con el viento, con las sombras. El sudor frío corría por mi nuca mientras mis ojos analizaban la situación, calculando cada paso, cada movimiento que realizaría. No era el primero al que neutralizaba en estas circunstancias, pero aún así, siempre había un margen de error. Y ese margen era letal.
La primera víctima cayó sin hacer ruido. Me acerqué por detrás, rápido, casi en un parpadeo, y el cuchillo hizo su trabajo antes de que siquiera se diera cuenta. No necesitaba verlo para saber que lo había hecho bien. Sentí la resistencia en la carne, luego la falta de vida en su cuerpo mientras lo bajaba al suelo sin un sonido.
Había cuatro más. No sería difícil.
El siguiente estaba más alerta. Su cabeza giraba en todas direcciones, buscando posibles amenazas. Lo observé un momento desde la penumbra, esperando, calculando. Cuando vi la oportunidad, me lancé. Esta vez no fue tan silencioso. Alcanzó a girarse lo suficiente como para soltar un jadeo ahogado mientras mi cuchillo se hundía en su costado. Lo sostuve firmemente, llevándolo al suelo mientras su mirada vidriosa buscaba entender qué había pasado. No duró mucho.
Los otros se dieron cuenta demasiado tarde. Uno de ellos empezó a gritar, intentando sacar su arma, pero no tenía tiempo. En el caos que siguió, utilicé los escombros y la confusión a mi favor. Los enfrenté uno por uno, moviéndome como un espectro entre ellos, hasta que finalmente, el silencio volvió a reinar en la escena.
Las cajas y paquetes que habían traído estaban esparcidos por el suelo. No me interesaba lo que había en ellas; no era mi misión saberlo. Todo lo que importaba era que no llegarían a su destino.
Tomé un segundo para recuperar el aliento, limpiando el cuchillo en el borde de mi capa antes de guardarlo de nuevo. Observé el resultado de mi trabajo. Cuerpos, paquetes, y el vacío de la noche.
Pero mientras me preparaba para desaparecer, algo me detuvo. Un sonido, suave, casi imperceptible, como un roce en la oscuridad. Giré sobre mis talones, escudriñando las sombras. Al principio, no vi nada. Pero entonces, una figura emergió de entre las ruinas, caminando con una lentitud calculada.
No era uno de los contrabandistas. No era una víctima. Este hombre —alto, delgado, con un sombrero de ala ancha que ocultaba su rostro— no parecía sorprendido ni alarmado por lo que acababa de suceder. De hecho, parecía como si hubiera estado esperando.
Mis dedos se tensaron sobre el mango de mi cuchillo mientras observaba a ese extraño. No emitía ninguna amenaza visible, pero algo en su presencia me ponía en alerta. Tal vez fuera la quietud con la que se movía, o la forma en que su mirada —aunque no podía verla directamente— parecía perforarme, como si conociera más de lo que debería.
El hombre se detuvo a unos metros de distancia, su sombrero aún cubriendo gran parte de su rostro. Una risa baja y ronca salió de su garganta, un sonido que resonó en el aire como una advertencia. No dijo una palabra. No hizo un movimiento.
Y sin embargo, en ese instante, supe que esta noche no terminaría como las demás.
Mis instintos me decían que lo matara allí mismo, pero algo me impidió hacerlo. Tal vez era el cansancio, tal vez la sensación de que esta figura traía consigo algo más que simples problemas.
Lo único que sabía con certeza era que esta noche, Grey Terminal me había enseñado una nueva lección: incluso en el lugar más oscuro y desolado, las sombras siempre guardan secretos que ni siquiera yo podía prever. Y esa sombra, esa figura que me observaba, era una de ellas.
Me di la vuelta, dejando atrás los cadáveres y los paquetes, mientras la figura permanecía inmóvil, observando.
El viento volvió a soplar, arrastrando las cenizas de la muerte. Y yo, como siempre, desaparecí en él.
Un gran sueño del que desperté en el hostal en el que Loguetown daba cuenta del paso de las eras por mi ser.