Alguien dijo una vez...
Iro
Luego os escribo que ahora no os puedo escribir.
[Autonarrada] De felinos va la cosa
Daryl Kilgore
-
Loguetown, Día 10 de Verano del año 724

Las calles estaban inquietantemente tranquilas esa noche. Un manto de niebla cubría el puerto mientras las luces de los faroles parpadeaban, apenas iluminando los adoquines manchados de aceite y barro. Daryl se movía entre las sombras con una facilidad sorprendente a pesar de su enorme estatura. La misión que le habían encomendado era clara: infiltrarse en uno de los locales que regentaba, al parecer, una sospechosa organización. Era un secreto a voces que aquel grupo se dedicaba a cosas no del todo legales, pero no tenían evidencias suficientes como para tomar cartas en el asunto, un dilema que Daryl tendría que resolver. Para lograrlo, había adoptado la identidad de un matón sin nombre, dispuesto a demostrar su valía en el sótano de un almacén abandonado donde se reunía la banda.

El ambiente dentro era sofocante. La habitación principal estaba llena de hombres y mujeres de aspecto hosco que bebían y apostaban sobre una pelea que se desarrollaba en el centro de la sala. Una luz tenue colgaba sobre las cabezas de los dos combatientes mientras intercambiaban brutales golpes. Daryl había permanecido en un rincón hasta ahora, evaluando cuidadosamente el entorno. Había contado al menos cinco salidas posibles, cuatro guardias armados visibles y una decena de individuos que podrían ser una amenaza en caso de que algo saliera mal. El combate terminó cuando uno de ellos cayó a plomo contra el suelo, inconsciente o quizás incluso muerto. El ganador lo celebró estrepitosamente debido al mareo que llevaba encima y un par de curritos se llevaron al perdedor a una sala lateral. Fue entonces cuando uno de los cabecillas, un hombre corpulento con cicatrices cruzando su rostro llamado Griegor, lo señaló con una sonrisa maliciosa. — Tú, el callado. ¿Crees que tienes lo que hace falta? — Le preguntó directamente, provocando risas y murmullos entre la multitud. Buscaban un nuevo combate que presenciar, donde los victoriosos serían elegidos para formar parte del grupo, en el eslabón más bajo. Daryl alzó la mirada, manteniendo su expresión impasible. Sin decir una palabra, caminó hacia el centro de la estancia. No había ring ni nada que limitase el espacio de combate. Rechazar el reto levantaría sospechas, además, como demonio, podía notar cómo la sangre le ardía y cómo el pulso se le aceleraba siempre que se presentaba la ocasión de una pelea. Lo llevaba en su genética. Se despojó de su chaqueta, revelando los contornos poderosos de su torso cubierto por una camiseta negra ajustada y una multitud exagerada de cicatrices por los brazos. Desenfundó lentamente las tres espadas que llevaba consigo.

Un murmullo de sorpresa recorrió la sala. Algunos espectadores retrocedieron instintivamente al ver cómo sostenía dos espadas con sus manos y una tercera entre los dientes, horizontalmente. — ¿Tres espadas? ¿Qué clase de broma es esta? — Se burló su oponente, un luchador corpulento con tatuajes que cubrían sus brazos y torso desnudo. Daryl no respondió. Simplemente adoptó su postura, flexionando las rodillas y dejando que el peso de las espadas equilibrara su centro de gravedad. El silencio en la sala se hizo palpable mientras ambos combatientes se estudiaban mutuamente. El primer movimiento fue rápido, un ataque directo del oponente que buscó derribarlo con un poderoso golpe. Pero para Daryl, los movimientos de su enemigo eran lentos, incluso toscos, y consiguió no solo esquivarle con una facilidad sorprendente, sino que aprovechó la inercia del movimiento para girar sobre su propio eje y lanzar un corte con las dos espadas que llevaba en las manos, de manera conjunta. No buscaba matarlo, no directamente, pero sí mostrarse evidentemente superior. Su oponente logró retroceder, aunque con una torpeza que hizo que aún así, las hojas cortaran la zona de su costado. Era superficial, aunque comenzó a sangrar de manera inmediata, desatando la emoción entre los que observaban la pelea. La pelea se intensificó rápidamente. Daryl combinaba ataques con sus espadas, alternando cortes con solo una de las espadas, con dos, de forma inesperada e impredecible, mientras su oponente intentaba mantener la distancia, lanzando patadas y golpes brutales que hacían temblar el suelo. Cada movimiento resonaba en la sala, con el sonido del metal chocando contra los puños americanos o los ecos secos de las botas contra la madera.

El oponente de Daryl le dio tal patada en un momento que acabo lanzando al demonio contra una de las puertas laterales de la habitación, tirándola abajo por completo. A pesar del aturdimiento del momento, Daryl se preparó para continuar la pelea, incorporándose del suelo. Pero sintió una extraña intuición, como si sus sentidos le estuvieran diciendo que había algo malo con aquella habitación. Miró a su alrededor un momento, descubriendo cajas llenas de armas, probablemente ilegales: bombas, pistolas, rifles, espadas... había prácticamente de todo. Era algo que Daryl estaba acostumbrado a encontrarse. Lo que le escamó fue lo siguiente que vio: jaulas con unos exóticos felinos encerrados en ellas. Solo habían tres, pero estaba claro que eran de contrabando, que los habían arrancado de sus entornos naturales para ganar dinero con ellos. Maullaban, o gruñían pero de forma bastante lastimosa, y es que estaban en unas condiciones deplorables: el primero tenía las costillas marcadas por el hambre, mientras que los otros dos presentaban algunas heridas en el cuerpo. Miraban con sus ojos grandes y asustados a los intrusos, una mirada que les fue devuelta por el agente. Daryl había visto cosas horribles en su vida, pero esto le provocó una punzada de ira genuina. Su oponente lanzó un golpe que obligó a Daryl a retroceder, golpeando una de las jaulas con el hombro. La furia se desató en su interior. Con un rugido que resonó en la habitación, Daryl cargó contra el hombre. Sus espadas cortaron el aire en una danza mortal, obligando al luchador a retroceder desesperadamente. Finalmente, combinó sus tres espadas para otorgarle un sangriento final a aquel desgraciado.

El silencio llenó la habitación, roto solo por los gruñidos y lamentaciones de los animales. Daryl respiró hondo, dejando que su cuerpo se relajara tras la tensión del combate. Observó a los animales con una mezcla de compasión y determinación. Sin pensárselo dos veces, reaccionando lo más rápido que pudo, casi por puro instinto, se apresuró a abrirle las jaulas a los gatos. Los animales, al principio temerosos, salieron lentamente, olfateando el aire antes de acercarse al demonio, rozándose contra sus piernas. Incluso uno de ellos escaló por su cuerpo hasta llegarle al hombro. Lo cierto es que los animales parecían tener una relación especial con él, no solían verle como una amenaza, o mejor dicho, le reconocían rápidamente como al líder de la manada y se amansaban ante su presencia. El ruido del combate seguramente había alertado a otros miembros de la banda, y no pasaría mucho tiempo antes de que llegaran. Con cuidado, recogió a los dos que quedaban en el suelo y usó una ventana medio rota para salir.

El regreso a las calles fue caótico pero efectivo. Daryl se movía rápidamente, llevando a los gatos a un lugar seguro lejos del sótano y de los turbios asuntos que allí organizaban. Al menos había descubierto que no solo estaban en lo cierto en cuanto a los rumores, sino que su red de influencias se extendía más de lo que se habían imaginado, incluyendo armas, y a saber qué más. Se metió en un callejón, esperando unos minutos de cortesía para asegurarse de que nadie le estaba siguiendo la pista, antes de poner rumbo a su propio hogar. ¿Qué pasaba últimamente que no dejaba de encontrarse gatos en todos lados? En fin. Era un misterio sin respuesta, cualquiera podía decir que se trataba del destino, otros que era simple casualidad... a saber. Por un segundo, Daryl pensó en dejarlos en la calle, pero... se encontraban demasiado malheridos como para simplemente abandonarlos, ¿no? Después de unos minutos de tranquilidad en el callejón, dejando que los felinos le olisquearan y se acomodaran a su presencia, había pasado suficiente tiempo como para llegar a la conclusión de que nadie le perseguía. Tomó a los gatos entre sus brazos y de camino a la base del gobierno, se encontró con un puesto médico, mejor aún, veterinario. Decir que Daryl habló con ellos sería darle demasiado crédito, pues apenas pronunció un par de frases. — ¿Los podéis curar? — Fue la primera pregunta que hizo. — ¿Les buscaréis un hogar? — Fue la segunda. Tras recibir ambas positivas por parte de los médicos, acompañadas por caras de confusión y asombro, el demonio simplemente se alejó de la escena, adentrándose una última vez en la oscuridad de las calles. Tenía demasiadas responsabilidades en ese momento como para tomar otras tres sobre sus hombros. Aquella fama le haría quedar como un blando. Aunque no dejaba de llamarle la atención todos los gatos que habían en Loguetown, y todos los que, por un motivo u otro, se iba encontrando de pura casualidad, con los que se iba implicando por el camino. Daryl siempre se había sentido afín a los animales, puede que aquello no fuera producto de la casualidad, después de todo.
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