
Camille Montpellier
El Bastión de Rostock
22-11-2024, 10:04 PM
Por suerte para todos, sus esfuerzos por lidiar con el desprendimiento dieron resultado. Tanto Atlas como Camille lograron cubrir a su nueva recluta, evitando que sufriera daño alguno y apenas saliendo ellos mismos con unos pocos rasguños. Nada que fuera a matarles, tan solo unas magulladuras que arrastrarían por el camino —salvo que el rubio las hiciera desaparecer, claro, pero no parecía prioritario—.
Fuera como fuese, tras haberse asegurado de que estaban todos bien, los tres siguieron el plan previsto: explorar la gruta oculta que Alexandra había encontrado en el escarpe. Se habían organizado para que Atlas fuera el primero en entrar, seguido de Alexandra y, a la cola de la fila, ella misma. Les pareció la distribución más sensata: La hafugyo estaría a cubierto entre ambos y Atlas podría ir al frente iluminando el camino, sin que la envergadura de la oni obstaculizara su avance. Pese a ello, les costó adentrarse por el estrecho hueco y tuvieron algunas dificultades antes de cruzar al interior, donde localizaron un sendero que descendía hacia las entrañas del islote. A un lado, muro; al otro, un precipicio cuyo fin no alcanzaba a apreciar Camille dada la penumbra, incluso con la luz del farol. Allí no llegaba la luz del exterior, así que tendrían que moverse con cuidado y mantenerse alerta ante posibles amenazas.
El descenso no era difícil, pero resultaba evidente que aquel camino formaba más parte de la naturaleza que de la obra del hombre. Si bien era transitable, había multitud de trozos de tierra que se desprendían cuando los pisaban, lo que podía llegar a provocar que resbalasen si no se andaban con ojo. Camille era la que más papeletas tenía de sufrir esto dado su tamaño y peso, así que puso especial atención y cuidado en cada paso que dio mientras bajaban. Al menos hasta que algo rompió su concentración y le provocó un escalofrío. Con el foco puesto en sus andares, tardó unos pocos segundos en reaccionar al sonido que, estaba segura, escuchó. Se le antojaba como el maullido de un gato, pero no tenía ningún sentido que hubiera gatos en esa gruta, ¿no? Su mirada se dirigió hacia sus dos compañeros, que no parecieron reaccionar de ninguna forma ante aquel sonido. Eso tan solo consiguió ponerla un poco nerviosa. ¿Tal vez no lo habían escuchado? ¿Habrían sido imaginaciones suyas? Sintió la tentación de confirmarlo, de pronunciar un temeroso «¿Habéis escuchado eso?», pero pensó que sonaría como una paranoica. De este modo, como en toda buena película de terror, decidió guardar silencio y se dijo a sí misma que tan solo habría sido su imaginación. Y si no lo había sido, ¿Qué daño iba a hacerles un pequeño gato?
Mientras descendían, pudieron ver más abajo lo que debía ser una fogata con varias personas a su alrededor. Parecía que habían hecho lo correcto al decidir descender a lo más profundo de aquel abismo: debían ser los esclavistas. O al menos una parte de ellos. Quizá tuvieran un pequeño campamento oculto allí o, simplemente, fueran los centinelas de esa gruta. Fuera como fuese, una vez estuvieran lo suficientemente abajo, susurraría lo suficientemente alto para que Atlas le escuchase.
—Sería conveniente que no nos vieran. Al menos hasta que estemos lo suficientemente cerca —sugirió—. Podemos usar su luz como guía. Apaguemos el farol.
Finalmente, entre ellos y aquellas figuras se encontraron una poza que debía rondar los veinte o treinta centímetros de profundidad. Esto planteaba varios problemas. El primero de ellos, que no sabían lo que podía haber bajo el agua. Las figuras estaban demasiado quietas, como si estuvieran esperando a que ocurriese algo. Tal vez les habían visto y aguardaban a que cayesen en alguna trampa, pero le parecería extraño que hubieran decidido hacer eso en lugar de dar la voz de alarma o avisar a alguien más. Por otro lado, podía haber trampas bajo el agua, huecos más profundos en los que hundirse e incluso algún animal molesto, aunque dudaba que nada lo suficientemente grande como para suponerles un peligro. El tercer y último problema era que, si querían llegar hasta la fogata, tendrían que cruzar sí o sí la poza. Sería muy complicado hacerlo sin hacer el más mínimo ruido, lo que alertaría a los que se encontraban al otro lado.
Camille tanteó el suelo y la pared próxima hasta dar con algún guijarro lo suficientemente grande. Si era posible, cogería varios. Tenían que probar algo si no querían quedarse allí plantados todo el día.
—Id acercándoos con cuidado. Comprobad el terreno antes de dar un paso, usad las armas o lo que sea —les dijo en susurros, lanzando el guijarro arriba y abajo con su mano—. Voy a intentar distraer su atención. Esperad al impacto.
No necesitaba demasiada puntería para aquello, solo su fuerza y lanzarla en la dirección contraria a la que tomarían Alexandra y Atlas. Echó el brazo hacia atrás y propulsó la piedra en un potente lanzamiento, justo hacia su lateral derecho. Esperaba que cayera en el agua y provocase un chapuzón lo suficientemente sonoro como para alarmar a los otros. Si su plan surtía efecto y llamaba la atención de las figuras, empezaría a lanzar uno tras otro en la misma dirección, intentando que parecieran pasos cercanos a donde estaban ellos. Con algo de suerte, le daría suficiente tiempo a sus compañeros para acercarse.
Fuera como fuese, tras haberse asegurado de que estaban todos bien, los tres siguieron el plan previsto: explorar la gruta oculta que Alexandra había encontrado en el escarpe. Se habían organizado para que Atlas fuera el primero en entrar, seguido de Alexandra y, a la cola de la fila, ella misma. Les pareció la distribución más sensata: La hafugyo estaría a cubierto entre ambos y Atlas podría ir al frente iluminando el camino, sin que la envergadura de la oni obstaculizara su avance. Pese a ello, les costó adentrarse por el estrecho hueco y tuvieron algunas dificultades antes de cruzar al interior, donde localizaron un sendero que descendía hacia las entrañas del islote. A un lado, muro; al otro, un precipicio cuyo fin no alcanzaba a apreciar Camille dada la penumbra, incluso con la luz del farol. Allí no llegaba la luz del exterior, así que tendrían que moverse con cuidado y mantenerse alerta ante posibles amenazas.
El descenso no era difícil, pero resultaba evidente que aquel camino formaba más parte de la naturaleza que de la obra del hombre. Si bien era transitable, había multitud de trozos de tierra que se desprendían cuando los pisaban, lo que podía llegar a provocar que resbalasen si no se andaban con ojo. Camille era la que más papeletas tenía de sufrir esto dado su tamaño y peso, así que puso especial atención y cuidado en cada paso que dio mientras bajaban. Al menos hasta que algo rompió su concentración y le provocó un escalofrío. Con el foco puesto en sus andares, tardó unos pocos segundos en reaccionar al sonido que, estaba segura, escuchó. Se le antojaba como el maullido de un gato, pero no tenía ningún sentido que hubiera gatos en esa gruta, ¿no? Su mirada se dirigió hacia sus dos compañeros, que no parecieron reaccionar de ninguna forma ante aquel sonido. Eso tan solo consiguió ponerla un poco nerviosa. ¿Tal vez no lo habían escuchado? ¿Habrían sido imaginaciones suyas? Sintió la tentación de confirmarlo, de pronunciar un temeroso «¿Habéis escuchado eso?», pero pensó que sonaría como una paranoica. De este modo, como en toda buena película de terror, decidió guardar silencio y se dijo a sí misma que tan solo habría sido su imaginación. Y si no lo había sido, ¿Qué daño iba a hacerles un pequeño gato?
Mientras descendían, pudieron ver más abajo lo que debía ser una fogata con varias personas a su alrededor. Parecía que habían hecho lo correcto al decidir descender a lo más profundo de aquel abismo: debían ser los esclavistas. O al menos una parte de ellos. Quizá tuvieran un pequeño campamento oculto allí o, simplemente, fueran los centinelas de esa gruta. Fuera como fuese, una vez estuvieran lo suficientemente abajo, susurraría lo suficientemente alto para que Atlas le escuchase.
—Sería conveniente que no nos vieran. Al menos hasta que estemos lo suficientemente cerca —sugirió—. Podemos usar su luz como guía. Apaguemos el farol.
Finalmente, entre ellos y aquellas figuras se encontraron una poza que debía rondar los veinte o treinta centímetros de profundidad. Esto planteaba varios problemas. El primero de ellos, que no sabían lo que podía haber bajo el agua. Las figuras estaban demasiado quietas, como si estuvieran esperando a que ocurriese algo. Tal vez les habían visto y aguardaban a que cayesen en alguna trampa, pero le parecería extraño que hubieran decidido hacer eso en lugar de dar la voz de alarma o avisar a alguien más. Por otro lado, podía haber trampas bajo el agua, huecos más profundos en los que hundirse e incluso algún animal molesto, aunque dudaba que nada lo suficientemente grande como para suponerles un peligro. El tercer y último problema era que, si querían llegar hasta la fogata, tendrían que cruzar sí o sí la poza. Sería muy complicado hacerlo sin hacer el más mínimo ruido, lo que alertaría a los que se encontraban al otro lado.
Camille tanteó el suelo y la pared próxima hasta dar con algún guijarro lo suficientemente grande. Si era posible, cogería varios. Tenían que probar algo si no querían quedarse allí plantados todo el día.
—Id acercándoos con cuidado. Comprobad el terreno antes de dar un paso, usad las armas o lo que sea —les dijo en susurros, lanzando el guijarro arriba y abajo con su mano—. Voy a intentar distraer su atención. Esperad al impacto.
No necesitaba demasiada puntería para aquello, solo su fuerza y lanzarla en la dirección contraria a la que tomarían Alexandra y Atlas. Echó el brazo hacia atrás y propulsó la piedra en un potente lanzamiento, justo hacia su lateral derecho. Esperaba que cayera en el agua y provocase un chapuzón lo suficientemente sonoro como para alarmar a los otros. Si su plan surtía efecto y llamaba la atención de las figuras, empezaría a lanzar uno tras otro en la misma dirección, intentando que parecieran pasos cercanos a donde estaban ellos. Con algo de suerte, le daría suficiente tiempo a sus compañeros para acercarse.