
Percival Höllenstern
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28-11-2024, 04:04 AM
Las calles de Loguetown, a pesar de su prosperidad, siguen siendo un laberinto de piedra y sombras. Esta ciudad, vigilada por la Marina, brilla con una fachada de orden y justicia, pero debajo de esa superficie pulida hay rincones que solo los que conocen el verdadero rostro del poder pueden ver. Me muevo entre ellos con la misma destreza que un fantasma en la noche, invisible para los ojos que no saben mirar más allá del control que la Marina presume.
Las patrullas de los marines van y vienen, haciendo sentir su presencia en cada esquina, mientras los ciudadanos viven con una seguridad que, para mí, es solo una ilusión. Loguetown, esta ciudad que fue mi prisión de niño, sigue siendo una jaula. La única diferencia es que ahora sé cómo moverme dentro de ella.
Mis pasos resuenan en los callejones bien pavimentados, mientras las luces de las farolas proyectan sombras alargadas en las paredes. El aire, aunque limpio, todavía lleva ese toque salino del puerto, mezclado con el olor del mar y la actividad incesante de una ciudad que nunca duerme. Pero yo no estoy aquí para disfrutar de la tranquilidad que ofrecen las patrullas de la Marina, ni para mezclarme con los mercaderes y marineros que llenan las tabernas de historias de aventuras. Estoy aquí por algo más grande, algo que se oculta en los lugares que la luz de la ley no alcanza.
Llego a una taberna en un rincón más apartado, donde el ambiente es más discreto. La prosperidad de Loguetown no toca estos lugares. Aquí, bajo el amparo de los muros de ladrillo y las vigas de madera vieja, es donde se manejan los verdaderos asuntos de poder. En estos espacios, la Marina no se atreve a meter sus narices, o si lo hace, lo hace con los ojos bien cerrados.
Entro, y el ruido de la actividad interior me recibe de inmediato: conversaciones bajas, vasos chocando, el murmullo constante de transacciones ocultas bajo la apariencia de un negocio legítimo. Me acerco a la barra con la misma seguridad de siempre. Mis ojos se clavan en el barman, un hombre al que ya he observado antes. Sabemos lo que necesito, y aunque este lugar prospera bajo la ley de la Marina, las verdaderas reglas se juegan aquí, en las sombras, donde yo siempre me he movido mejor.
Hoy, no me iré sin la información que me llevará un paso más cerca de mi objetivo.
Las patrullas de los marines van y vienen, haciendo sentir su presencia en cada esquina, mientras los ciudadanos viven con una seguridad que, para mí, es solo una ilusión. Loguetown, esta ciudad que fue mi prisión de niño, sigue siendo una jaula. La única diferencia es que ahora sé cómo moverme dentro de ella.
Mis pasos resuenan en los callejones bien pavimentados, mientras las luces de las farolas proyectan sombras alargadas en las paredes. El aire, aunque limpio, todavía lleva ese toque salino del puerto, mezclado con el olor del mar y la actividad incesante de una ciudad que nunca duerme. Pero yo no estoy aquí para disfrutar de la tranquilidad que ofrecen las patrullas de la Marina, ni para mezclarme con los mercaderes y marineros que llenan las tabernas de historias de aventuras. Estoy aquí por algo más grande, algo que se oculta en los lugares que la luz de la ley no alcanza.
Llego a una taberna en un rincón más apartado, donde el ambiente es más discreto. La prosperidad de Loguetown no toca estos lugares. Aquí, bajo el amparo de los muros de ladrillo y las vigas de madera vieja, es donde se manejan los verdaderos asuntos de poder. En estos espacios, la Marina no se atreve a meter sus narices, o si lo hace, lo hace con los ojos bien cerrados.
Entro, y el ruido de la actividad interior me recibe de inmediato: conversaciones bajas, vasos chocando, el murmullo constante de transacciones ocultas bajo la apariencia de un negocio legítimo. Me acerco a la barra con la misma seguridad de siempre. Mis ojos se clavan en el barman, un hombre al que ya he observado antes. Sabemos lo que necesito, y aunque este lugar prospera bajo la ley de la Marina, las verdaderas reglas se juegan aquí, en las sombras, donde yo siempre me he movido mejor.
Hoy, no me iré sin la información que me llevará un paso más cerca de mi objetivo.