Hay rumores sobre…
... que existe un circuito termal en las Islas Gecko. Aunque también se dice que no es para todos los bolsillos.
[Común] [Pasado] Dancing Dragon Visitando Loguetown
Fon Due
Dancing Dragon
Fon Due no podía evitar comparar este bullicio con los recuerdos de su hogar, un lugar tan distinto que parecía pertenecer a otro mundo.

En su mente, la imagen de la Isla Verde (el apodo que su gente daba al pequeño rincón de bosque donde vivían los Tontatta) se presentó con claridad. Allí, los árboles eran tan altos que sus copas formaban un techo natural, filtrando la luz en haces dorados que bailaban sobre el suelo cubierto de hojas. Las casas, diminutas y construidas en armonía con la naturaleza, estaban decoradas con flores frescas que cambiaban según la estación.

"Allí todo tenía un olor más puro," pensó Fon Due mientras pasaba junto a un puesto de hierbas medicinales. Las hojas secas y las raíces expuestas no tenían la vitalidad de las que crecían libres en su isla. Recordó cómo su madre, con sus manos pequeñas pero hábiles, preparaba ungüentos en pequeños cuencos de barro.
Un aroma en particular lo detuvo. Era el olor de una flor amarilla que usaban para curar heridas superficiales. Allí, en Loguetown, la flor estaba seca y descolorida, amarrada en pequeños racimos, pero el olor seguía siendo inconfundible.

"Nunca pensé que encontraría algo tan familiar en un lugar tan distinto," se dijo mientras una ligera sonrisa cruzaba su rostro.

Los habitantes de Loguetown, con sus ropas llenas de colores y texturas, eran una fascinación constante para Fon Due. Un hombre alto y corpulento pasó cerca, llevando un abrigo de lana oscura que parecía diseñado para soportar el viento del mar. Sus botas, de cuero brillante, resonaban en los adoquines, y el cinturón que sostenía su espada tenía detalles de bronce que reflejaban la luz del sol.

Una mujer joven, con un vestido de algodón blanco decorado con bordados en azul, llevaba un cesto lleno de panes dorados que desprendían un aroma cálido y reconfortante. El delantal que llevaba atado a la cintura estaba ligeramente manchado de harina, pero eso solo añadía un toque de autenticidad a su aspecto.
Fon Due observaba estos detalles con atención, contrastándolos con las túnicas ligeras y los pantalones de tela natural que usaban los Tontatta en su hogar. Allí, las prendas eran sencillas y funcionales, diseñadas para no estorbar en los trabajos diarios. Él mismo vestía un conjunto ajustado pero flexible, con una camisa de lino marrón claro y pantalones de un verde musgo, perfectos para moverse sin ser notado. Su cinturón, hecho de una fibra trenzada, sujetaba una pequeña bolsa donde guardaba herramientas y objetos de valor.

"Aquí todo parece más pesado, como si llevaran el peso de sus vidas en sus ropas," reflexionó mientras seguía avanzando.

El olor de las flores medicinales seguía flotando en el aire, casi como un hilo invisible que jalaba a Fon Due hacia sus memorias. Caminó despacio, sumergido en la mezcla de estímulos a su alrededor. Cada paso lo llevaba a un rincón más vivo de Loguetown, pero también lo empujaba más profundamente en el mundo de su infancia.

El mercado al que había llegado ahora era mucho más bullicioso que el anterior. Los puestos estaban abarrotados, formando hileras tan estrechas que apenas había espacio para caminar sin rozar los productos o a las personas. Sin embargo, para alguien de su tamaño, esto no era un problema. Con agilidad y discreción, Fon Due se movía entre las piernas de la multitud, sintiéndose más como en casa entre las sombras y los espacios reducidos.

De vez en cuando, levantaba la vista para observar los rostros de los mercaderes. Sus expresiones estaban marcadas por el esfuerzo: arrugas profundas, sudor en las sienes y una mirada alerta que evaluaba a cada cliente con precisión calculada. A su alrededor, las voces chocaban unas con otras como olas en una tormenta, ofreciendo mercancías de todos los rincones del mundo.

"Hierbas frescas de South Blue."
"Carne salada, perfecta para el mar."
"¡Artesanías de alabastro desde Alabasta!"

Fon Due observó todo, y aunque encontraba fascinantes las ofertas y las exclamaciones, su atención seguía volviendo a un punto central: el olor. Era extraño cómo un simple aroma podía transportarlo a otro tiempo, a otro lugar. Cerró los ojos por un momento, dejando que su mente dibujara la escena.

En su mente, las imágenes de su aldea natal comenzaron a formarse con la claridad de un sueño lúcido. Los Tontatta vivían en lo profundo del bosque, en casas hechas de madera y hojas, perfectamente integradas con la naturaleza. Las ramas de los árboles más viejos formaban pasarelas entre las viviendas, y el suelo estaba cubierto de hierba suave, salpicada de pequeñas flores silvestres.

Recordó cómo el aroma de las hierbas medicinales siempre llenaba el aire. Su madre, con su inagotable paciencia, le enseñaba a reconocer las plantas por su textura y olor, explicándole qué usos tenían y cómo prepararlas. En aquel entonces, Fon Due no entendía completamente la importancia de esas lecciones, pero ahora, en medio de un mercado extraño y ruidoso, se daba cuenta de cuánto había aprendido.

"Mi familia siempre decía que la naturaleza habla si sabes escuchar," pensó, con una punzada de nostalgia.

El recuerdo de su madre se desvaneció lentamente cuando algo frío y húmedo tocó su brazo. Fon Due abrió los ojos y vio que había chocado contra una caja llena de peces frescos. La piel plateada de las criaturas reflejaba la luz del sol, mientras sus ojos vacíos miraban hacia el cielo. El vendedor, un hombre robusto con una barba desaliñada, no pareció notar al pequeño Tontatta, ocupado como estaba gritando sus ofertas a un grupo de pescadores.

Fon Due se limpió el brazo con rapidez y siguió avanzando, dejando atrás el olor a pescado para adentrarse en una parte más oscura del mercado.

El cambio fue sutil, pero inconfundible. La luz del sol se debilitó a medida que los callejones se estrechaban, y los colores vivos de los puestos dieron paso a tonos más apagados. Aquí, las voces eran más bajas, casi murmullos, y las miradas se encontraban con desconfianza.

Fon Due sabía que estaba entrando en el mercado negro. Había oído hablar de estos lugares, donde se comerciaba con lo prohibido, lo raro y lo peligroso. Para alguien de su tamaño y habilidades, moverse sin ser detectado era casi un juego. Se deslizó por entre las sombras, observando con cautela pero también con curiosidad.

Los puestos aquí eran diferentes. No había carteles ni pregones, solo mesas cubiertas con telas pesadas que ocultaban lo que había debajo. Algunos mostraban cuchillos finamente elaborados, otros vendían mapas enrollados que prometían tesoros en islas lejanas. Un hombre encapuchado sostenía una jaula con un pájaro de plumas negras, sus ojos brillantes como carbones encendidos.

Aunque la atmósfera era tensa, Fon Due no sentía miedo. Al contrario, había algo casi familiar en la oscuridad de este lugar. Le recordaba a las noches en su aldea, cuando él y otros jóvenes Tontatta se aventuraban en el bosque, confiando en su habilidad para moverse sin ser vistos.

La transición hacia el mercado negro no solo era un cambio en la luz, sino también en la textura del ambiente. Los adoquines bajo los pies de Fon Due, pulidos por el constante ir y venir de los compradores, se volvían más rugosos y oscuros, como si el tiempo los hubiera olvidado. Las paredes de los edificios, que antes mostraban tonos cálidos y ventanas abiertas con cortinas ondeantes, se tornaban grises, agrietadas, con persianas cerradas y grafitis que parecían ojos vigilantes en cada esquina.

Los vendedores aquí no se parecían en nada a los del mercado principal. En lugar de ropa limpia y colores brillantes, llevaban prendas apagadas y funcionales, diseñadas para no llamar la atención. Una mujer de cabello oscuro, recogido en un moño desordenado, vestía un abrigo marrón que parecía demasiado grande para ella. El borde estaba raído, y los botones colgaban de hilos delgados, como si estuvieran a punto de ceder. Un hombre delgado, con la barba descuidada, llevaba un chaleco de cuero sobre una camisa gris manchada de aceite, y sus botas, de un negro opaco, crujían cada vez que se movía para ajustar las mercancías en su puesto.

Fon Due se detuvo un momento para observar un tenderete cercano. Sobre una mesa cubierta con una tela negra se alineaban frascos de vidrio de diferentes tamaños. Algunos contenían líquidos de colores vibrantes que parecían brillar en la penumbra, mientras que otros estaban llenos de sustancias turbias y misteriosas, con etiquetas escritas a mano en un idioma que Fon Due no reconocía. Había un frasco particularmente grande con un líquido ámbar dentro del cual flotaba algo que parecía una garra fosilizada, envuelta en un suave resplandor verdoso.

Cerca de allí, un hombre alto con un sombrero de ala ancha estaba negociando con otro sujeto que llevaba una gabardina oscura con múltiples bolsillos. Sobre la mesa entre ellos, había pequeñas cajas de madera, cerradas con candados. Fon Due no podía escuchar lo que decían, pero sus miradas furtivas y el gesto constante de sus manos indicaban que lo que intercambiaban no era algo que quisieran que otros vieran.

Fon Due decidio poner pausa a su aventura y volver en otra ocasion cuando estuviera mejor preparado. Ya habiendo hecho una primer incursion al mercado negro le habia proporcionado informacion de vital importancia para el futuro. Sin pensarlo dos veces, Fon Due se escabullo por entre los callejones hasta regresar a la plaza principal de Loguetown. Buscando una bodega que pareciese segura, se recosto sobre los sacos de comida mientras recapitulaba todo lo vivido en esta aventura. 

OFF
#5


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RE: [Pasado] Dancing Dragon Visitando Loguetown - por Fon Due - 02-12-2024, 11:29 AM

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