
Octojin
El terror blanco
06-12-2024, 02:33 PM
Octojin se detuvo un instante, ocultándose detrás de uno de los imponentes pilares de roca que sobresalían en la galería. Durante unos segundos se preguntó desde cuándo esa cueva estaría ahí, y cómo se habrían formado esas estalactitas que veía. Pero pronto se dio cuenta que eso no tenía mucha relevancia en el momento en el que se encontraban. Sin duda intentaría informarse de esos fenómenos naturales cuando volviesen a la base.
Las grietas que partían el suelo como cicatrices parecían descender hasta las entrañas mismas de la tierra, y cada pequeño ruido —el crujido de una piedra cayendo, el roce de su pie contra el suelo— se sentía amplificado en el silencio sepulcral del lugar. Respiró profundamente, intentando controlar la furia que empezaba a encenderse en su interior tras vislumbrar lo que había dentro de los carromatos. El rostro de aquel humanoide de piel azulada, uno de sus hermanos del mar, destellaba en su mente, preguntándose qué diablos estaba haciendo.
Con cuidado, levantó ligeramente el dial lumínico que llevaba consigo. Lo cubrió con ambas manos, asegurándose de que la luz no se filtrara de manera llamativa, y lo dirigió hacia el suelo. La débil iluminación era suficiente para distinguir las irregularidades del terreno sin alertar a los bandidos al otro lado. O eso creía él. Giró la cabeza hacia Takahiro, que estaba justo detrás de él, y le susurró con un tono grave y contenido:
—Creo que debemos avanzar. Mantente detrás de los pilares y usa las sombras. No podemos dejar que nos detecten… no todavía.
Si el humano veía bien su sugerencia, ambos comenzarían a moverse, deslizándose entre las columnas de roca como sombras vivientes. Octojin avanzaba con pasos firmes pero lo más sigilosos que podía a pesar de su gran envergadura, que convertía aquello en un desafío para pasar desapercibido en el terreno angosto. A pesar de su tamaño, su experiencia en combates y situaciones de sigilo le permitía moverse con sorprendente agilidad. Cada vez que se aproximaba a un nuevo pilar, detenía su avance y alzaba la vista, escudriñando a los hombres armados que se reunían cerca de las fogatas. Contó al menos diez figuras. Un número que no sería complicado de enfrentar, pero sabía que subestimarlos sería un error. Y que atacarlos sin un plan también, al fin y al cabo no era un combate común, sino que había más vidas en juego.
Cuando llegaron a un punto intermedio entre su posición inicial y los carromatos, Octojin se inclinó hacia Takahiro nuevamente, con la voz voz reducida a un susurro casi inaudible.
—Hay alguien dentro de esos carromatos. Personas —Se tomó un momento para observar el rostro de Takahiro antes de continuar—. Vi a uno de los míos, Takahiro. Un gyojin.
La última palabra salió cargada de veneno, con una ira contenida que le costaba dominar. Cerró los ojos por un momento, intentando calmarse antes de que sus emociones comprometieran la misión. Había aprendido, con dolor, que el corazón caliente podía llevarlo a errores costosos. Aun así, no podía ignorar lo que significaba aquello.
—Pero no podemos apresurarnos —añadió, aunque su tono dejaba entrever lo mucho que le costaba seguir su propio consejo—. Si nos detectan, podrían huir o matar a los prisioneros. Necesitamos una estrategia.
Mientras hablaba, Octojin dirigió nuevamente el haz de luz controlada hacia el suelo frente a ellos. Las grietas y el brillo ceroso del terreno eran trampas constantes, pero se aseguraba de mantener un paso firme. A cada movimiento sentía el peso de la responsabilidad. No solo estaba en juego la vida de quienes estaban dentro de los carromatos, sino también la oportunidad de desmantelar una operación que, claramente, traficaba con vidas ajenas. Aquello parecía no tener fin.
Avanzaron unos metros más, deteniéndose cerca de una formación rocosa lo suficientemente grande como para ocultarlos. Octojin se apoyó contra la fría piedra y se inclinó ligeramente para observar mejor el campamento enemigo. Intentó ver si las figuras que rodeaban las fogatas estaban relajadas, hablando entre ellos con confianza o si por el contrario estaban tensas, como si estuvieran esperando una interrupción.
—Takahiro —murmuró, sin apartar la vista de los bandidos—. Creo que deberíamos ser hostiles desde el principio. Si intentamos acercarnos y nos detectan, podrían tomar represalias inmediatas contra los prisioneros —Se giró ligeramente hacia su compañero—. Pero si los sorprendemos, quizá podamos desarmarlos antes de que puedan reaccionar. No sé, ¿cómo lo ves?
Sabía que no era una decisión fácil, pero los riesgos de no actuar con rapidez eran demasiado altos. La seguridad de los prisioneros, especialmente del gyojin que había visto, era su prioridad absoluta. El recuerdo de las historias de su pueblo, de aquellos que fueron vendidos como esclavos y tratados como objetos, era un motor que impulsaba cada una de sus decisiones. Y a veces, nublaban su vista en exceso. El escualo esperaba que esta vez no fuese una de ellas, y si lo era, Takahiro pudiese poner algo de razón a sus decisiones.
Octojin volvió a dirigir la mirada hacia los carromatos, esta vez con mayor detalle. Intentaba identificar si había algo más que pudiera usar en su estrategia. Quizá ver si las tablas que formaban las paredes eran endebles, lo que probablemente sería una señal de que los prisioneros estaban encerrados bajo llave. En ese caso, si lograban acercarse lo suficiente, quizá pudieran abrirlas rápidamente. Sin embargo, todavía había un largo camino por recorrer antes de llegar a ese punto.
—Sigamos avanzando, pero con cuidado. Cubrámonos y esperemos el momento adecuado para atacar. Si los dos aparecemos de la nada, no nos podrán contrarrestar. Somos un buen equipo —su voz era firme, con un matiz de liderazgo que intentaba no dejar espacio para dudas—. Si tienes alguna idea, no dudes en decirla. Esto es un trabajo de equipo.
Con eso dicho, Octojin se preparó para el siguiente movimiento. No importaba cuán oscura fuera la galería ni cuán profundas las grietas que la atravesaban; él no descansaría hasta liberar a los prisioneros y asegurarse de que esos bandidos no volvieran a comerciar con vidas nunca más.
Las grietas que partían el suelo como cicatrices parecían descender hasta las entrañas mismas de la tierra, y cada pequeño ruido —el crujido de una piedra cayendo, el roce de su pie contra el suelo— se sentía amplificado en el silencio sepulcral del lugar. Respiró profundamente, intentando controlar la furia que empezaba a encenderse en su interior tras vislumbrar lo que había dentro de los carromatos. El rostro de aquel humanoide de piel azulada, uno de sus hermanos del mar, destellaba en su mente, preguntándose qué diablos estaba haciendo.
Con cuidado, levantó ligeramente el dial lumínico que llevaba consigo. Lo cubrió con ambas manos, asegurándose de que la luz no se filtrara de manera llamativa, y lo dirigió hacia el suelo. La débil iluminación era suficiente para distinguir las irregularidades del terreno sin alertar a los bandidos al otro lado. O eso creía él. Giró la cabeza hacia Takahiro, que estaba justo detrás de él, y le susurró con un tono grave y contenido:
—Creo que debemos avanzar. Mantente detrás de los pilares y usa las sombras. No podemos dejar que nos detecten… no todavía.
Si el humano veía bien su sugerencia, ambos comenzarían a moverse, deslizándose entre las columnas de roca como sombras vivientes. Octojin avanzaba con pasos firmes pero lo más sigilosos que podía a pesar de su gran envergadura, que convertía aquello en un desafío para pasar desapercibido en el terreno angosto. A pesar de su tamaño, su experiencia en combates y situaciones de sigilo le permitía moverse con sorprendente agilidad. Cada vez que se aproximaba a un nuevo pilar, detenía su avance y alzaba la vista, escudriñando a los hombres armados que se reunían cerca de las fogatas. Contó al menos diez figuras. Un número que no sería complicado de enfrentar, pero sabía que subestimarlos sería un error. Y que atacarlos sin un plan también, al fin y al cabo no era un combate común, sino que había más vidas en juego.
Cuando llegaron a un punto intermedio entre su posición inicial y los carromatos, Octojin se inclinó hacia Takahiro nuevamente, con la voz voz reducida a un susurro casi inaudible.
—Hay alguien dentro de esos carromatos. Personas —Se tomó un momento para observar el rostro de Takahiro antes de continuar—. Vi a uno de los míos, Takahiro. Un gyojin.
La última palabra salió cargada de veneno, con una ira contenida que le costaba dominar. Cerró los ojos por un momento, intentando calmarse antes de que sus emociones comprometieran la misión. Había aprendido, con dolor, que el corazón caliente podía llevarlo a errores costosos. Aun así, no podía ignorar lo que significaba aquello.
—Pero no podemos apresurarnos —añadió, aunque su tono dejaba entrever lo mucho que le costaba seguir su propio consejo—. Si nos detectan, podrían huir o matar a los prisioneros. Necesitamos una estrategia.
Mientras hablaba, Octojin dirigió nuevamente el haz de luz controlada hacia el suelo frente a ellos. Las grietas y el brillo ceroso del terreno eran trampas constantes, pero se aseguraba de mantener un paso firme. A cada movimiento sentía el peso de la responsabilidad. No solo estaba en juego la vida de quienes estaban dentro de los carromatos, sino también la oportunidad de desmantelar una operación que, claramente, traficaba con vidas ajenas. Aquello parecía no tener fin.
Avanzaron unos metros más, deteniéndose cerca de una formación rocosa lo suficientemente grande como para ocultarlos. Octojin se apoyó contra la fría piedra y se inclinó ligeramente para observar mejor el campamento enemigo. Intentó ver si las figuras que rodeaban las fogatas estaban relajadas, hablando entre ellos con confianza o si por el contrario estaban tensas, como si estuvieran esperando una interrupción.
—Takahiro —murmuró, sin apartar la vista de los bandidos—. Creo que deberíamos ser hostiles desde el principio. Si intentamos acercarnos y nos detectan, podrían tomar represalias inmediatas contra los prisioneros —Se giró ligeramente hacia su compañero—. Pero si los sorprendemos, quizá podamos desarmarlos antes de que puedan reaccionar. No sé, ¿cómo lo ves?
Sabía que no era una decisión fácil, pero los riesgos de no actuar con rapidez eran demasiado altos. La seguridad de los prisioneros, especialmente del gyojin que había visto, era su prioridad absoluta. El recuerdo de las historias de su pueblo, de aquellos que fueron vendidos como esclavos y tratados como objetos, era un motor que impulsaba cada una de sus decisiones. Y a veces, nublaban su vista en exceso. El escualo esperaba que esta vez no fuese una de ellas, y si lo era, Takahiro pudiese poner algo de razón a sus decisiones.
Octojin volvió a dirigir la mirada hacia los carromatos, esta vez con mayor detalle. Intentaba identificar si había algo más que pudiera usar en su estrategia. Quizá ver si las tablas que formaban las paredes eran endebles, lo que probablemente sería una señal de que los prisioneros estaban encerrados bajo llave. En ese caso, si lograban acercarse lo suficiente, quizá pudieran abrirlas rápidamente. Sin embargo, todavía había un largo camino por recorrer antes de llegar a ese punto.
—Sigamos avanzando, pero con cuidado. Cubrámonos y esperemos el momento adecuado para atacar. Si los dos aparecemos de la nada, no nos podrán contrarrestar. Somos un buen equipo —su voz era firme, con un matiz de liderazgo que intentaba no dejar espacio para dudas—. Si tienes alguna idea, no dudes en decirla. Esto es un trabajo de equipo.
Con eso dicho, Octojin se preparó para el siguiente movimiento. No importaba cuán oscura fuera la galería ni cuán profundas las grietas que la atravesaban; él no descansaría hasta liberar a los prisioneros y asegurarse de que esos bandidos no volvieran a comerciar con vidas nunca más.