
Rocket Raccoon
Rocket
09-12-2024, 06:03 AM
En las afueras del almacén.
La tarea parecía sencilla, casi insultante para cualquiera con un mínimo de ambición. Cuatro novatos fueron asignados a vigilar un almacén durante la noche. Nada complicado, ¿verdad? Solo quedarse despiertos, dar vueltas de vez en cuando, y asegurarse de que ningún gato callejero o borracho perdido hiciera de las suyas. Pero, claro, ninguna buena historia comienza con "todo salió según lo planeado". El Dios del destino, ese bromista cósmico que disfruta complicando las cosas, decidió que aquella no sería una noche tranquila. En un mundo donde los piratas navegan libres, saqueando y sembrando el caos, y los marines tratan de imponer justicia en el tumultuoso Mar del Este, algo interesante tenía que pasar.
La noche estaba por ponerse interesante, y aunque ninguno de ellos lo sabía, estaban a punto de enfrentarse a su primera lección en el arte de la improvisación. Y quién sabe, quizá hasta logren sorprender al destino mismo. O, bueno, al menos intentarlo.
La neblina nocturna se hacía más densa, difuminando los contornos de los edificios cercanos y amplificando los sonidos que resonaban en el callejón. El marine que buscaba a su compañero, desorientado, caminaba con cautela, siguiendo los ecos de unos ruidos que le resultaban difíciles de identificar. O quizás no... ¿Que tan frecuente eran las relaciones íntimas en tu vida? Quizás aquellos sonidos te hicieran recordar algo parecido. Pero hasta ver que era, seguramente no podías estar del todo seguro. De lo que si estabas seguro, era de una voz que comenzaste a escuchar allá a lo lejos. Te estaban llamando, y varias veces de hecho. Era la voz inconfundible de Johnny.
Esto es lo que podíamos observar desde la perspectiva del lagarto más querido del Mar del Este, la situación ya era lo suficientemente extraña. Sin embargo, ¿qué estaba haciendo el rubio despistado que había decidido emprender su propia odisea nocturna en vez de cumplir con la vigilancia? Bueno, en la anterior narración, lo habíamos dejado deambulando por un laberinto de callejuelas, con su atención fija en un sonido que, para su desgracia, era tan molesto como intrigante. Ah, y para empeorar las cosas, aunque pudo haber mantenido los ojos en el almacén que seguía visible por encima de los techos, decidió que perseguir aquel ruido era una mejor idea.
Ahora, el momento incómodo. Mientras ambos gritaban los nombres del otro como si estuvieran en una mala escena de película de piratas, el misterioso ruido simplemente... se detuvo. Lo que sea que lo estuviera provocando, aparentemente no quería ser descubierto. Pero no, no era el viento, como podía haber llegado a pensar nuestro rubio. El viento, aunque juguetón, seguía soplando como si nada. Algo o alguien había oído sus llamados y decidido permanecer en silencio. Una pausa cargada de tensión.
Finalmente, nuestros dos genios llegaron al origen del sonido. Después de intercambiar unas cuantas frases y teorías brillantes, llegaron a una conclusión que, equivocada o no, era digna de dos vigilantes novatos con demasiada imaginación: había sido una pareja de jóvenes calenturientos teniendo un momento privado en el lugar y momento equivocado del día. ¿Como imaginar, por un instante, que dos marinos iban a estar vigilando cerca de esa zona a estas horas no?
Las pistas eran, según ellos, irrefutables. Un charco viscoso en el suelo que no quisieron inspeccionar demasiado de cerca; marcas en una caja que, en su mente, debían ser de una mano femenina; y, bueno, su experiencia colectiva —o la falta de ella— les llevó a sumar dos más dos y obtener un resultado que no admitía dudas... al menos para ellos. Pero esto es lo que el narrador les cuenta, ustedes pueden creer lo que les dé la gana, claro.
¿Era esta una deducción brillante? Absolutamente no. ¿Era hilarante imaginar la cara que pondrían si descubrieran lo que realmente había pasado? Definitivamente. Y así, entre risitas incómodas y un leve sonrojo, ambos se convencieron de que habían resuelto el misterio. Por supuesto, la verdad estaba todavía a la vuelta de la esquina, esperando pacientemente para golpearlos como un barril fuera de control. Pero algo más importante estaba ocurriendo ahora mismo, en este preciso instante, en aquel lugar que debían de estar vigilando. Y eso, gracias al viento que aún soplaba, lo lograrían deducir gracias a sus narices. Parecía humo, ¿el olor a madera quemada quizás? Uno de ellos, el rubio bien observador. Rápidamente, miro hacia el galpón y vio algo bastante extraño, parecía ser humo aquello, y si venían del interior del almacén, pues parecía ser bastante peligroso. Tardarían unos pocos minutos en llegar, eso sí.
En el interior del almacén.
El ambiente se tornaba cada vez más extraño con cada segundo que pasaba. Ese olor acre a madera quemada impregnaba el aire, colándose en las fosas nasales de los novatos como un recordatorio de que algo no estaba bien. Por más que buscaban con la mirada, no había señales de un incendio visible. Nada de llamas danzantes o columnas de humo elevándose hacia el cielo. Solo un persistente olor a madera carbonizada, como un enigma burlón que desafiaba su comprensión.
Como era de esperarse, la tensión trajo consigo una disputa. El más joven no tardó en señalar al mayor, culpando su vicio por el cigarro de ser la causa de aquella incómoda situación. Santorini, con la calma de alguien que ya había vivido un par de noches complicadas, zanjó el asunto con rapidez. Decidió llevar al chico al lugar exacto donde había fumado antes, su memoria aún fresca y precisa. El área parecía normal. Las cajas seguían apiladas en el mismo orden de antes, y los restos del cigarro, cuidadosamente apagados, descansaban en el suelo como testigos inocentes de un hábito común. Pero justo cuando el ambiente comenzaba a recuperar algo de su tranquilidad, un crujido sutil pero inquietante rompió el silencio. Madera quebrándose.
Ambos giraron al unísono, con los ojos bien abiertos, hacia la dirección de aquel sonido. Algo les decía que el origen de todo esto estaba cerca. Decidieron avanzar, sus pasos algo titubeantes pero decididos, hasta que finalmente lo vieron: una de las cajas, colocada sobre otras tantas, comenzaba a expulsar humo de su interior. La madera de la caja presentaba un aspecto preocupante, ennegrecida en algunos puntos y mostrando grietas que sugerían que no iba a durar mucho más. Había una amenaza latente, algo escondido dentro de esa caja que, si no actuaban rápido, podría desatar un desastre en el almacén.
Aquí había varios problemas, claro. El primero de ellos parecía que se podía solucionar de manera fácil, después de todo, el gran Santorini era un experto en explosivos y demás, así que abrir esa caja y ver que pasaba, no sería problema. El otro problema, era que dicha caja no estaba en todo lo alto, y, por tanto, habría que empezar a quitar cajas y cajas hasta lograr dar con la que presentaba el problema. El tiempo corría, y deberían darse prisa. O idear otro plan, quién sabe. Tampoco sabían que sus compañeros venían también en camino.
Otra marina novata, de vigilancia.
En otra parte de la ciudad de Loguetown, una novata recién reclutada hace unas pocas semanas. Se encontraba haciendo su habitual guardia nocturna en las calles de Loguetown. Su destino no era el de los otros cuatro, pero sí más o menos cercano. Lo que la llevaría también a poder escuchar los extraños sonidos del par de enamorados que también estaban investigando Johnny y Ares. Al llegar al área de donde venía aquellos ruidos, se quedó viendo a sus dos compañeros de trabajo. ¿Serían ellos los causantes? Uhm, quien sabe. Sería algo extraño, eso sí. Vería como ambos se marchaban tras observar a lo lejos como una ligera cortinita de humo salía de uno de los almacenes. ¿Espera... ese es un galpón de la marina, no?