
Asradi
Völva
09-12-2024, 02:25 PM
¿Por qué lo estaba haciendo más complicado? Los dedos de la sirena se aferraron no solo sobre sí misma, sino también sobre la cálida piel del escualo que, ahora, la rodeaba con sus brazos de manera protectora y sin medias tintas. No estaba llorando o, al menos, no era un llanto debidamente dicho, pero sentía las lágrimas correr, gruesas, por sus mejillas. Al menos hasta que se obligó a tragárselas. No solo eso, sino que las palabras de aliento de Octojin eran una mezcla agridulce. Porque era consciente que contaba con su apoyo pero también sabía que, ahora, tenía un deber como marine, poniendo quizás en peligro todo lo que él había conseguido.
Asradi tomó aire y asintió cuando, en un acceso de sonrojo, se percató de que la prenda se le había caído a la arena, y fue el mismo escualo quien se la entregó. Fue una débil sonrisa la que le dedicó a Octojin antes de volver a cubrirse con la misma, abotonándola en la parte frontal. Volviendo a esconder aquella marca de su espalda. Quizás, como siempre había tenido que estar: oculta. Pero había sentido tanta necesidad de abrirse sinceramente con él en ese sentido. Aún así, su cuerpo todavía temblaba suavemente por pura inercia.
— Eres un idiota, ¿lo sabes? — No lo decía con afán de ofenderle ni de hacerle daño, sino desde el cariño. — ¿No te das de cuenta en la posición en la que te encuentras? Estás en la Marina, Octo. Sé lo que sientes por mi, y sé que no me perjudicarás ahora. Pero...
Una vez adecentada, se dió la vuelta solo para encararle, para poder mirarle directamente a los ojos. Grande fue su sorpresa al ver las lágrimas que también recorrían el rostro del gyojin. A la sirena se le estrujó el corazón en ese preciso instante y las lágrimas que ella había logrado contener parcialmente, volvieron a hacer que se le aguasen los ojos. No quería ese dolor para él. Alzó, ella misma, una mano hacia las mejillas contrarias, acariciándole, irguiéndose lo suficiente como para abrazar aquel rostro que tanto amaba. Para juntar su frente y sus mejillas con la piel de él, cerrando los ojos y solo sintiéndole en ese momento.
— Tendrás que detenerme si nos encontramos en una situación peor. Si tú no vas solo en ese momento. — No solo por el hecho de ser una Revolucionaria, sino ahora también porque pesaba, sobre ella, una búsqueda y captura de un Dragón Celestial.
La situación no era mala. Era terrible.
De todas maneras, cuando él le aseguró que no haría nada sin avisarla, eso pareció tranquilizarla de manera parcial, dejándose acunar por las caricias que el grandullón le regalaba de una manera tan cuidadosa. Un suspiro quebrado brotó de entre los labios de la joven sirena, sopesando lo que el escualo le decía. Quizás era ella la equivocada, quizás lo que no debería hacer era alejar a los que querían ayudarla. ¿Cómo sería si la situación fuese al revés? En eso y en más cosas pensaba mientras él trataba de tranquilizarla y consolarla. Pero Asradi lo tenía clarísimo. Si fuese Octojin el afectado... Ella no lo dejaría tan fácilmente, aunque tuviese que recorrer todo el océano por ayudarle y estar a su lado. Tenía miedo de perjudicarle pero, al mismo tiempo, también entendía que el gyojin estuviese inquieto y frustrado por no poder hacer nada.
A ella no le gustaría que, precisamente, le hiciesen lo mismo.
— Yo también te amo, grandullón. Gracias por escucharme... Y, sobre todo, gracias por no juzgarme. — Era lo que más miedo tenía.
O que, de alguna manera, el deber como marine del escualo hubiese primado por cualquier otra cosa. Pero ella sabía que Octojin no era así. Lo sentía en el alma.
— Entiende que no quería, ni quiero, que esto te afectase en lo que has conseguido. Pero también comprendo que estás en tu derecho de preocuparte. A mi me pasaría lo mismo de estar en tu lugar. — A pesar de que su voz todavía sonaba algo insegura, se notaba que confiaba ciegamente en él. Y no solo eso, sino el cariño que le profesaba.
Pero todavía estaba dudando con algo. Algo que Octojin le había pedido minutos atrás y que ella todavía no le había otorgado: un nombre.
Asradi se mordisqueó el labio inferior con inseguridad. Sabía que si le daba un nombre, él empezaría a investigar, al menos. Pero, conociéndole, terminaría haciéndolo aún si no le daba alguna pista. Los ojos celestes de la sirena se posaron en los del escualo gyojin. Y, finalmente, suspiró.
— Prométeme que tendrás cuidado... — Le miró directamente, esta vez con un gesto un poco más severo. Más preocupado por él. Tras eso, Asradi bajó la mirada, todavía temblaba ligeramente y el tener que acordarse de ese nombre solo lo hacía peor. Le detestaba de tal manera como no había sucedido con nadie más. Ese hombre sacaba lo peor de ella, deseando matarlo con sus propias manos. Y, al mismo tiempo, todavía le provocaba ese terror primitivo.
La pelinegra tomó aire, finalmente.
— Sa... — Cerró los ojos, buscando calmarse cuando su cuerpo volvió a temblar como una hoja. Pero se obligó a continuar. — Shaitán... Su nombre... — Tomó aire. — … Su nombre es San Shaitán.
A medida que, efectivamente, lo nombraba, el tono de voz de Asradi fue menguando, como si temiese invocarle de alguna manera. Como si temiese que le escuchase. Pero fue la presencia de Octojin, su apoyo, la que le hizo suspirar y volver a buscar su protección y su seguridad. Una que encontró no solo con sus palabras, sino con todo lo que él representaba. Fue la misma sirena la que le correspondió el beso, incluso con más devoción hacia él, con más énfasis. Como si con eso buscase, de alguna manera, sentirse más en consonancia con el gyojin. Lo que sentía por él, lo que haría por él en cualquier sentido... Era algo que ni el mismo océano podría impedir.
— Vamos a dar esa vuelta, por favor. Necesito no pensar en todo esto... — O, más bien, necesitaba distraerse. — Quiero que me cuentes todo lo que has hecho durante este tiempo. — Finalmente, hubo una sonrisa suave que se dibujó en la faz de la habitante del mar. Se recolocó el pañuelo para que, efectivamente, nadie pudiese reconocerla en el caso de que se cruzasen con gente. Y, sin dudarlo, tomó una de las manos de él, buscando sus dedos y su protección y calidez con tan solo ese gesto.
Necesitaba distraerse con otra cosa.
— ¿Ya te dije que estás muy guapo con ese uniforme? — Volvió a coquetearle. Una porque sí lo pensaba. Y dos para que el ambiente se aligerase un poco después de todo.
Asradi tomó aire y asintió cuando, en un acceso de sonrojo, se percató de que la prenda se le había caído a la arena, y fue el mismo escualo quien se la entregó. Fue una débil sonrisa la que le dedicó a Octojin antes de volver a cubrirse con la misma, abotonándola en la parte frontal. Volviendo a esconder aquella marca de su espalda. Quizás, como siempre había tenido que estar: oculta. Pero había sentido tanta necesidad de abrirse sinceramente con él en ese sentido. Aún así, su cuerpo todavía temblaba suavemente por pura inercia.
— Eres un idiota, ¿lo sabes? — No lo decía con afán de ofenderle ni de hacerle daño, sino desde el cariño. — ¿No te das de cuenta en la posición en la que te encuentras? Estás en la Marina, Octo. Sé lo que sientes por mi, y sé que no me perjudicarás ahora. Pero...
Una vez adecentada, se dió la vuelta solo para encararle, para poder mirarle directamente a los ojos. Grande fue su sorpresa al ver las lágrimas que también recorrían el rostro del gyojin. A la sirena se le estrujó el corazón en ese preciso instante y las lágrimas que ella había logrado contener parcialmente, volvieron a hacer que se le aguasen los ojos. No quería ese dolor para él. Alzó, ella misma, una mano hacia las mejillas contrarias, acariciándole, irguiéndose lo suficiente como para abrazar aquel rostro que tanto amaba. Para juntar su frente y sus mejillas con la piel de él, cerrando los ojos y solo sintiéndole en ese momento.
— Tendrás que detenerme si nos encontramos en una situación peor. Si tú no vas solo en ese momento. — No solo por el hecho de ser una Revolucionaria, sino ahora también porque pesaba, sobre ella, una búsqueda y captura de un Dragón Celestial.
La situación no era mala. Era terrible.
De todas maneras, cuando él le aseguró que no haría nada sin avisarla, eso pareció tranquilizarla de manera parcial, dejándose acunar por las caricias que el grandullón le regalaba de una manera tan cuidadosa. Un suspiro quebrado brotó de entre los labios de la joven sirena, sopesando lo que el escualo le decía. Quizás era ella la equivocada, quizás lo que no debería hacer era alejar a los que querían ayudarla. ¿Cómo sería si la situación fuese al revés? En eso y en más cosas pensaba mientras él trataba de tranquilizarla y consolarla. Pero Asradi lo tenía clarísimo. Si fuese Octojin el afectado... Ella no lo dejaría tan fácilmente, aunque tuviese que recorrer todo el océano por ayudarle y estar a su lado. Tenía miedo de perjudicarle pero, al mismo tiempo, también entendía que el gyojin estuviese inquieto y frustrado por no poder hacer nada.
A ella no le gustaría que, precisamente, le hiciesen lo mismo.
— Yo también te amo, grandullón. Gracias por escucharme... Y, sobre todo, gracias por no juzgarme. — Era lo que más miedo tenía.
O que, de alguna manera, el deber como marine del escualo hubiese primado por cualquier otra cosa. Pero ella sabía que Octojin no era así. Lo sentía en el alma.
— Entiende que no quería, ni quiero, que esto te afectase en lo que has conseguido. Pero también comprendo que estás en tu derecho de preocuparte. A mi me pasaría lo mismo de estar en tu lugar. — A pesar de que su voz todavía sonaba algo insegura, se notaba que confiaba ciegamente en él. Y no solo eso, sino el cariño que le profesaba.
Pero todavía estaba dudando con algo. Algo que Octojin le había pedido minutos atrás y que ella todavía no le había otorgado: un nombre.
Asradi se mordisqueó el labio inferior con inseguridad. Sabía que si le daba un nombre, él empezaría a investigar, al menos. Pero, conociéndole, terminaría haciéndolo aún si no le daba alguna pista. Los ojos celestes de la sirena se posaron en los del escualo gyojin. Y, finalmente, suspiró.
— Prométeme que tendrás cuidado... — Le miró directamente, esta vez con un gesto un poco más severo. Más preocupado por él. Tras eso, Asradi bajó la mirada, todavía temblaba ligeramente y el tener que acordarse de ese nombre solo lo hacía peor. Le detestaba de tal manera como no había sucedido con nadie más. Ese hombre sacaba lo peor de ella, deseando matarlo con sus propias manos. Y, al mismo tiempo, todavía le provocaba ese terror primitivo.
La pelinegra tomó aire, finalmente.
— Sa... — Cerró los ojos, buscando calmarse cuando su cuerpo volvió a temblar como una hoja. Pero se obligó a continuar. — Shaitán... Su nombre... — Tomó aire. — … Su nombre es San Shaitán.
A medida que, efectivamente, lo nombraba, el tono de voz de Asradi fue menguando, como si temiese invocarle de alguna manera. Como si temiese que le escuchase. Pero fue la presencia de Octojin, su apoyo, la que le hizo suspirar y volver a buscar su protección y su seguridad. Una que encontró no solo con sus palabras, sino con todo lo que él representaba. Fue la misma sirena la que le correspondió el beso, incluso con más devoción hacia él, con más énfasis. Como si con eso buscase, de alguna manera, sentirse más en consonancia con el gyojin. Lo que sentía por él, lo que haría por él en cualquier sentido... Era algo que ni el mismo océano podría impedir.
— Vamos a dar esa vuelta, por favor. Necesito no pensar en todo esto... — O, más bien, necesitaba distraerse. — Quiero que me cuentes todo lo que has hecho durante este tiempo. — Finalmente, hubo una sonrisa suave que se dibujó en la faz de la habitante del mar. Se recolocó el pañuelo para que, efectivamente, nadie pudiese reconocerla en el caso de que se cruzasen con gente. Y, sin dudarlo, tomó una de las manos de él, buscando sus dedos y su protección y calidez con tan solo ese gesto.
Necesitaba distraerse con otra cosa.
— ¿Ya te dije que estás muy guapo con ese uniforme? — Volvió a coquetearle. Una porque sí lo pensaba. Y dos para que el ambiente se aligerase un poco después de todo.