
Daryl Kilgore
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10-12-2024, 02:24 PM
23:54 de la noche, 13 de Otoño del año 723
El trabajo de Daryl muchas veces no entendía de horarios, llevándole a recorrer las calles más oscuras y marginales de Loguetown a esas altas horas de la noche. Aquella parte de la ciudad tenía un aire inconfundible, casi opresivo, lo cierto es que siempre olía de la misma manera: humo, basura y sangre, una mezcla que se adhería a la piel y no se iba ni con el paso de las horas. Por el día, aquellas calles no eran tan temerarias ni peligrosas, pobladas de mercaderes y transeúntes que intentaban sobrevivir al caos. Pero por la noche, amparados en la oscuridad y en la niebla que se arrastraba desde los muelles cercanos, era cuando los verdaderos depredadores salían a jugar.
El demonio se hacía paso por los callejones con una figura que ya resultaba imponente e intimidante para muchos de los que se cruzaban con él o le observaban desde la distancia, proyectando una sombra que se alargaba grotescamente bajo la luz temblorosa de los pocos faroles que aún funcionaban. Las facciones de su rostro quedaban completamente a oscuras mientras que la misma oscuridad enaltecía su enorme complexión, sus más de tres metros de altura y sus inmensos músculos. No parecía un hombre, sino... un demonio, claramente, a pesar de que le faltaban los cuernos sobre la frente. Iba vestido de paisano, con una camiseta de manga corta, color verde camuflaje y algo desgastada del tiempo, junto con unos pantalones largos negros con cinturón y unas botas de estilo militar que resonaban con un eco seco sobre las baldosas rotas y el concreto agrietado. Aunque la temperatura había empezado a descender, tanto por la época en la que se encontraban como por las horas que eran, con aquella brisa fría y salina, Daryl no llevaba abrigo alguno. Solo llevaba sus guantes negros, una constante en su atuendo que parecía más una extensión de su piel que una simple prenda. Lo más llamativo, sin embargo, eran las tres espadas que llevaba atadas a la cintura. No era extraño que alguien en Loguetown portara un arma, pero tres espadas resultaban excesivas incluso para los criminales más temerarios de los mares. Los pocos que se atrevían a mirarlo desde las sombras lo hacían con una mezcla de miedo y curiosidad. ¿Quién era ese gigante que caminaba con tal seguridad por un lugar donde nadie debía sentirse seguro? Lo cierto es que más de uno se cambiaba de acera con tal de no cruzarse por su camino.
Y ahora entraba el quid de la cuestión, ¿qué estaba haciendo Daryl a esas horas, solo, por esas calles? Le habían llegado rumores de que por aquella zona se estaban dando lugar peleas ilegales, con apuestas, obviamente también ilegales, y a saber qué más tipos de negocios podrían estar moviéndose por ahí, porque la droga siempre estaba metida en todos lados, por ejemplo. Y esta vez estaba sin Irina, porque no es como que siempre trabajasen juntos... aunque casi, y porque ella tenía sus propios problemas y esta, en principio, sería solo una misión de reconocimiento.
Fue de repente, al cambiar de calle, que escuchó un murmullo tramarse por uno de los callejones laterales. Parecían pertenecer a varias personas conversando airadamente, acompañado por el ruido sordo de golpes. Y de repente, gritos. Daryl torció la boca en una mueca de desdén. Todo indicaba a que los rumores eran ciertos. El demonio avanzó lentamente, moviéndose en sigilo a pesar de su tamaño, tratando de ver con sus propios ojos que era lo que se cocía en aquel lugar sin llamar demasiado la atención.