
Jun Gunslinger
Nagaredama
19-12-2024, 07:10 PM
La joven Gunslinger estaba un poco indignada. Su explosiva metáfora había pasado casi desapercibida para el de brazos largos, que no pareció asombrarse demasiado, y por eso Jun torció los labios y las cejas, formando una mueca de disgusto. Si él no era capaz de apreciar o impresionarse ante su caótico arte explosivo, entonces tal vez ya no le agradaba tanto.
Inesperadamente, tras volver a acercarse, la mano gigantesca de Drake Longspan se estiró hasta alcanzar el rostro de la Hafugyo. Con una suavidad que no correspondía a su fuerza y tamaño, los largos dedos le rozaron la mejilla, haciendo que a Jun se le erizara cada vello del cuerpo. Ella, que era como un gato callejero, arisco y feral, no estaba acostumbrada a muestras de afecto o contacto físico. Fue así que el brazo de Jun se interpuso entre los cuerpos de ambos, atrapado en el angosto espacio que los separaba. Por supuesto que no podría hacer retroceder al gigante con la poca fuerza de su bracito delgaducho, pero sí intentaba enviar un claro mensaje y establecer un límite para Drake, que ya se estaba pasando de lanza. Y bueno, Jun entendía que el chico estuviera enamorado de ella, después de todo era una muchacha genial, misteriosa, divertida, con un estilo único, sentido del humor, una sonrisa fabulosa, un cabello increíble, y lo sabía. Solo un tonto no lo vería.
Sin embargo, las cosas no funcionaban así para la Gunslinger.
Se quedó quieta por un segundo, observando el rostro de Drake, que estaba tan pero tan cerca que hasta podía sentir el calor de su respiración y su aliento. No retrocedió, no pestañeó, pero sentía que algo en su pecho ardía y aún no estaba segura de si era rabia, vergüenza o algo más peligroso. Los ojos amatista oscilaron brevemente, apenas un instante, mientras sus labios se curvaban ahora en una sonrisa ladeada, esa que esbozaba cuando necesitaba ganar tiempo para procesar lo que le sucedía. En lugar de permitir que aquella peligrosa cercanía le afectara todavía más, optó por recuperar el control de sus emociones de la única forma que sabía: huyendo, como solía hacer en ese tipo de situaciones.
—¿Qué quieres? ¿Una pista? —respondió, con su característico tono burlón. Retrocedió un paso, lo justo para recuperar su espacio personal y alejarse de la tensión que había cargado el aire entre los dos—. ¿Y perderme la diversión de verte buscándome? Jaja, ni loca.
Jun se distanció unos cuantos pasos más, orientándose, sin mirar, en dirección al camino que conducía hacia el pueblo.
—Buena suerte, gigantón. No te preocupes, volveremos a vernos... a mi no me resultará difícil encontrarte —rio al final, haciendo irónica referencia a su destacable estatura.
Y así giró sobre sus talones y huyó de aquel efímero encuentro, escapando como rata por tirante. Sin embargo, sabía que aquello no era el final de nada. Más bien era apenas el principio de algo que aún no podía dimensionar ni definir, pero que sería increíble de mil formas.
Inesperadamente, tras volver a acercarse, la mano gigantesca de Drake Longspan se estiró hasta alcanzar el rostro de la Hafugyo. Con una suavidad que no correspondía a su fuerza y tamaño, los largos dedos le rozaron la mejilla, haciendo que a Jun se le erizara cada vello del cuerpo. Ella, que era como un gato callejero, arisco y feral, no estaba acostumbrada a muestras de afecto o contacto físico. Fue así que el brazo de Jun se interpuso entre los cuerpos de ambos, atrapado en el angosto espacio que los separaba. Por supuesto que no podría hacer retroceder al gigante con la poca fuerza de su bracito delgaducho, pero sí intentaba enviar un claro mensaje y establecer un límite para Drake, que ya se estaba pasando de lanza. Y bueno, Jun entendía que el chico estuviera enamorado de ella, después de todo era una muchacha genial, misteriosa, divertida, con un estilo único, sentido del humor, una sonrisa fabulosa, un cabello increíble, y lo sabía. Solo un tonto no lo vería.
Sin embargo, las cosas no funcionaban así para la Gunslinger.
Se quedó quieta por un segundo, observando el rostro de Drake, que estaba tan pero tan cerca que hasta podía sentir el calor de su respiración y su aliento. No retrocedió, no pestañeó, pero sentía que algo en su pecho ardía y aún no estaba segura de si era rabia, vergüenza o algo más peligroso. Los ojos amatista oscilaron brevemente, apenas un instante, mientras sus labios se curvaban ahora en una sonrisa ladeada, esa que esbozaba cuando necesitaba ganar tiempo para procesar lo que le sucedía. En lugar de permitir que aquella peligrosa cercanía le afectara todavía más, optó por recuperar el control de sus emociones de la única forma que sabía: huyendo, como solía hacer en ese tipo de situaciones.
—¿Qué quieres? ¿Una pista? —respondió, con su característico tono burlón. Retrocedió un paso, lo justo para recuperar su espacio personal y alejarse de la tensión que había cargado el aire entre los dos—. ¿Y perderme la diversión de verte buscándome? Jaja, ni loca.
Jun se distanció unos cuantos pasos más, orientándose, sin mirar, en dirección al camino que conducía hacia el pueblo.
—Buena suerte, gigantón. No te preocupes, volveremos a vernos... a mi no me resultará difícil encontrarte —rio al final, haciendo irónica referencia a su destacable estatura.
Y así giró sobre sus talones y huyó de aquel efímero encuentro, escapando como rata por tirante. Sin embargo, sabía que aquello no era el final de nada. Más bien era apenas el principio de algo que aún no podía dimensionar ni definir, pero que sería increíble de mil formas.