
Ragnheidr Grosdttir
Stormbreaker
26-12-2024, 01:28 PM
(Última modificación: 26-12-2024, 01:29 PM por Ragnheidr Grosdttir.)
Día 2 de invierno ...
La cabaña junto al faro era un rincón apartado, casi perdido en el tiempo. Desde fuera, parecía apenas un punto insignificante frente al imponente azul del mar que se extendía hasta el horizonte. El faro, antiguo y sólido, se alzaba como un guardián silencioso, con su luz giratoria marcando el compás del día y de la noche. La madera de la cabaña, desgastada por la sal y los años, crujía ligeramente bajo el peso del viento. Las pequeñas ventanas permitían que la luz del día se filtrara tímidamente, proyectando destellos en el interior y dejando entrever la simpleza del espacio, una cama sencilla, una mesa de madera robusta con sillas desiguales, y una chimenea apagada en una esquina. Ragnheidr estaba sentado junto a una de las ventanas que daban al mar, en una silla que parecía un poco pequeña para su tamaño. Apenas vestido con un pantalón oscuro y ceñido que apenas cubría hasta sus tobillos, dejaba a la vista todo su torso desnudo. Su piel, curtida por los años bajo el sol y las tormentas, mostraba un mapa de cicatrices, recuerdos de batallas ganadas y perdidas, de tiempos más salvajes. Cada marca contaba una historia, desde el surco profundo que recorría su pecho hasta las finas líneas en su espalda. Pero lo que más llamaba la atención era la ausencia de su brazo izquierdo. Allí, donde antes había estado un poderoso miembro que manejaba hachas y espadas con facilidad, ahora solo quedaba un muñón, terminando justo por encima del codo. La piel que lo rodeaba era un poco más clara que el resto de su cuerpo, cicatrizada, pero fuerte. No lo ocultaba. No lo cubría con tela ni trataba de esconderlo de las miradas, aunque en ese momento estaba completamente solo. Había aprendido a aceptarlo con el tiempo, aunque el proceso no fue fácil. Había días en los que el dolor fantasma le golpeaba con fuerza, y noches en las que soñaba que tenía el brazo completo, solo para despertar con la realidad aplastante. Pero había algo en su postura que hablaba de resiliencia, de un hombre que había aprendido a vivir con lo que quedaba y a construir algo nuevo sobre las ruinas de lo que se había perdido.
Sus ojos azules estaban fijos en el horizonte, en el lugar donde el cielo y el mar se unían en una línea casi imperceptible. La luz de la mañana tocaba su rostro, acentuando las líneas duras de su mandíbula y los surcos de su frente. Era un rostro de guerrero, pero también de un hombre que había conocido el peso de la pérdida. A su lado, sobre la mesa, descansaba una botella de hidromiel con su contenido reducido a la mitad y un cuenco de madera lleno de frutas frescas que Airgid le había preparado antes de partir hacia la ciudad. Las frutas estaban intactas, excepto por un par de moras que había comido distraídamente mientras sus pensamientos se perdían en recuerdos. El sonido del viento acariciaba la cabaña, entrando por la ventana abierta y despeinando su cabello rubio, ahora un poco más largo de lo habitual. Cada vez que el aire frío tocaba su piel, un leve escalofrío recorría su espalda, pero no parecía importarle. Había crecido en un lugar donde el clima era tan implacable como los hombres, y esa sensación de frío constante casi le resultaba reconfortante. En el suelo, junto a su silla, estaba la funda de cuero que contenía el que había sido su brazo de metal provisional, un artilugio más rudimentario que funcional, que apenas usaba porque prefería enfrentarse a las cosas con las herramientas que aún tenía, su cuerpo y su mente. Pero hoy, ese viejo brazo sería reemplazado. Airgid había prometido que le instalaría uno nuevo, una obra maestra de su ingeniería, algo que devolvería no solo parte de su funcionalidad sino también una sensación de completitud que no había experimentado en mucho tiempo.
Ragnheidr estaba pensando en ello cuando escuchó pasos en el sendero de grava que conectaba la cabaña con el resto de la isla. Al principio, fueron apenas un eco suave, pero pronto se hicieron más definidos, acompañados por el crujir de las piedras bajo unas botas firmes. Levantó la vista hacia la puerta, sin moverse de la silla. Había algo en él que irradiaba calma, una serenidad que contrastaba con el hombre impulsivo y feroz que solía ser en su juventud. Ahora era diferente, más contenido, más consciente de su propio peso y de lo que significaba su presencia para los que le rodeaban. Cuando la figura de Airgid apareció en el marco de la puerta, su rostro se suavizó. Ella llevaba consigo una bolsa de cuero que parecía más pesada de lo que debería, y su andar denotaba la mezcla de determinación y confianza que siempre había admirado en ella. Su cabello dorado estaba recogido a medias, dejando que algunos mechones se movieran con el viento, y en su rostro había una expresión que hablaba de concentración absoluta. —Comencemos. —Dijo Ragn con una sonrisa apenas perceptible, con un tono grave cargado de afecto. Se puso de pie, su altura imponente llenando la habitación mientras se acercaba lentamente a ella. No hacía falta decir más.
Hoy era un día importante, y ambos lo sabían.
La cabaña junto al faro era un rincón apartado, casi perdido en el tiempo. Desde fuera, parecía apenas un punto insignificante frente al imponente azul del mar que se extendía hasta el horizonte. El faro, antiguo y sólido, se alzaba como un guardián silencioso, con su luz giratoria marcando el compás del día y de la noche. La madera de la cabaña, desgastada por la sal y los años, crujía ligeramente bajo el peso del viento. Las pequeñas ventanas permitían que la luz del día se filtrara tímidamente, proyectando destellos en el interior y dejando entrever la simpleza del espacio, una cama sencilla, una mesa de madera robusta con sillas desiguales, y una chimenea apagada en una esquina. Ragnheidr estaba sentado junto a una de las ventanas que daban al mar, en una silla que parecía un poco pequeña para su tamaño. Apenas vestido con un pantalón oscuro y ceñido que apenas cubría hasta sus tobillos, dejaba a la vista todo su torso desnudo. Su piel, curtida por los años bajo el sol y las tormentas, mostraba un mapa de cicatrices, recuerdos de batallas ganadas y perdidas, de tiempos más salvajes. Cada marca contaba una historia, desde el surco profundo que recorría su pecho hasta las finas líneas en su espalda. Pero lo que más llamaba la atención era la ausencia de su brazo izquierdo. Allí, donde antes había estado un poderoso miembro que manejaba hachas y espadas con facilidad, ahora solo quedaba un muñón, terminando justo por encima del codo. La piel que lo rodeaba era un poco más clara que el resto de su cuerpo, cicatrizada, pero fuerte. No lo ocultaba. No lo cubría con tela ni trataba de esconderlo de las miradas, aunque en ese momento estaba completamente solo. Había aprendido a aceptarlo con el tiempo, aunque el proceso no fue fácil. Había días en los que el dolor fantasma le golpeaba con fuerza, y noches en las que soñaba que tenía el brazo completo, solo para despertar con la realidad aplastante. Pero había algo en su postura que hablaba de resiliencia, de un hombre que había aprendido a vivir con lo que quedaba y a construir algo nuevo sobre las ruinas de lo que se había perdido.
Sus ojos azules estaban fijos en el horizonte, en el lugar donde el cielo y el mar se unían en una línea casi imperceptible. La luz de la mañana tocaba su rostro, acentuando las líneas duras de su mandíbula y los surcos de su frente. Era un rostro de guerrero, pero también de un hombre que había conocido el peso de la pérdida. A su lado, sobre la mesa, descansaba una botella de hidromiel con su contenido reducido a la mitad y un cuenco de madera lleno de frutas frescas que Airgid le había preparado antes de partir hacia la ciudad. Las frutas estaban intactas, excepto por un par de moras que había comido distraídamente mientras sus pensamientos se perdían en recuerdos. El sonido del viento acariciaba la cabaña, entrando por la ventana abierta y despeinando su cabello rubio, ahora un poco más largo de lo habitual. Cada vez que el aire frío tocaba su piel, un leve escalofrío recorría su espalda, pero no parecía importarle. Había crecido en un lugar donde el clima era tan implacable como los hombres, y esa sensación de frío constante casi le resultaba reconfortante. En el suelo, junto a su silla, estaba la funda de cuero que contenía el que había sido su brazo de metal provisional, un artilugio más rudimentario que funcional, que apenas usaba porque prefería enfrentarse a las cosas con las herramientas que aún tenía, su cuerpo y su mente. Pero hoy, ese viejo brazo sería reemplazado. Airgid había prometido que le instalaría uno nuevo, una obra maestra de su ingeniería, algo que devolvería no solo parte de su funcionalidad sino también una sensación de completitud que no había experimentado en mucho tiempo.
Ragnheidr estaba pensando en ello cuando escuchó pasos en el sendero de grava que conectaba la cabaña con el resto de la isla. Al principio, fueron apenas un eco suave, pero pronto se hicieron más definidos, acompañados por el crujir de las piedras bajo unas botas firmes. Levantó la vista hacia la puerta, sin moverse de la silla. Había algo en él que irradiaba calma, una serenidad que contrastaba con el hombre impulsivo y feroz que solía ser en su juventud. Ahora era diferente, más contenido, más consciente de su propio peso y de lo que significaba su presencia para los que le rodeaban. Cuando la figura de Airgid apareció en el marco de la puerta, su rostro se suavizó. Ella llevaba consigo una bolsa de cuero que parecía más pesada de lo que debería, y su andar denotaba la mezcla de determinación y confianza que siempre había admirado en ella. Su cabello dorado estaba recogido a medias, dejando que algunos mechones se movieran con el viento, y en su rostro había una expresión que hablaba de concentración absoluta. —Comencemos. —Dijo Ragn con una sonrisa apenas perceptible, con un tono grave cargado de afecto. Se puso de pie, su altura imponente llenando la habitación mientras se acercaba lentamente a ella. No hacía falta decir más.
Hoy era un día importante, y ambos lo sabían.