
Camille Montpellier
El Bastión de Rostock
30-12-2024, 06:26 PM
Siguió lanzando un guijarro tras otro, siguiendo el plan que había urdido momentos antes para ayudar a sus compañeros a mantenerse ocultos mientras cruzaban el charco. Había seguido así en todo momento, escondida en el manto de penumbra que les proporcionaba la caverna. Sin embargo, poco a poco, el ritmo al que iba lanzando las pequeñas piedras comenzó a volverse una constante.
Los misteriosos maullidos que dedujo como obra de su propia imaginación habían vuelto a hacer acto de presencia, esta vez mucho más evidente y clara, como si vinieran del interior de su propia cabeza. Inconscientemente, cada piedra que lanzaba salía despedida justo en el momento en que sonaba un nuevo maullido, y al final cada uno de estos iba seguido del sonoro chapoteo sobre el charco. «Miau. Chof. Miau. Chof. Miau. Chof...». Tardó apenas unos segundos en volver en sí, dándose cuenta de lo que estaba haciendo, y al final tan solo pudo detenerse con una horrible sensación de malestar en el cuerpo. ¿De dónde demonios venían aquellas llamadas? La primera posibilidad que se le cruzó por la mente fue que los esclavistas tuvieran alguna mascota; un gato. Dada la acústica de la caverna, sus maullidos podrían estar extendiéndose por esta como un eco y llegando hasta la posición de la oni. Esta teoría fue descartada de manera casi inmediata. Si estuviera escuchando un eco, se habría dado cuenta de ello. Y no solo ella: sus compañeros también lo habrían escuchado y no parecían hacerlo. Cada vello de su cuerpo se erizó y sintió un escalofrío ascendiendo por la espalda hasta la nuca.
¿Y si era un fantasma? Había escuchado rumores entre los marineros que atracaban sus naves en Loguetown: grutas marítimas en las que habían fallecido diversas personas con el paso del tiempo, quedando varados en aquellos rincones remotos del mundo sin posibilidad de recibir ayuda alguna. Sus espíritus desvalidos vagando por toda la eternidad en aquellos lugares malditos. «No seas tonta, Camille. ¿Cómo va a haber espíritus aquí? Esas cosas no son reales». Pero, ¿no lo eran? No estaba tan segura realmente, por más que intentara convencerse a sí misma. Su voluntad empezó a flaquear, sintiendo la imperiosa necesidad de salir por patas de aquellas cuevas y volver por donde habían venido, alcanzar el barco y marcharse tan rápido como les fuera posible. Aun así, no podía dejar tirados a sus compañeros, ni mucho menos ceder a sus miedos. Hizo de tripas corazón y, en cuanto percibió la señal de Atlas, asintió y se movió tan sigilosamente como pudo hasta reunirse con ellos en la otra orilla. Eso sí, las manos no dejaron de temblarle en ningún momento.
Una vez se unió a Alexandra y Atlas, Camille se tomó unos instantes para observar el lugar. Junto al pequeño campamento secreto había un cofre y, más allá de su posición, una enorme puerta de roca maciza que les cortaba el paso. Debía de ser la entrada al refugio de los esclavistas... O algo peor, visto lo visto. Quizá fuera la entrada al mismísimo infierno. Fuera como fuese, si querían encontrar la llave que la abriera, esta debía estar en poder de aquellos bandidos.
—No se me ocurre ninguna forma de evitar el combate. Supongo que... no nos queda otra —admitió, con la voz un tanto temblorosa, como si tuviera miedo. Pero este no nacía de los bandidos, claro estaba—. Alex, síguenos a Atlas y a mí. Prepara tus armas.
Aguardó a que estuvieran lo suficientemente cerca y, justo después de que su compañero se lanzara a por el primero de los bandidos, Camille lo imitó y cargó contra el siguiente más cercano. Buscó golpearle con fuerza utilizando la parte roma de su espada, intentando infligir daño no letal pero suficiente como para dejarle fuera de combate. Si el ataque sorpresa funcionaba, intentaría intimidar al resto. No con palabras, pues sentía que su voz volvería a salir temblorosa y resultaría más cómica que imponente. Lo haría con su sola presencia y tamaño, irguiéndose cuanto pudo antes de desplegar su enorme odachi en todo su esplendor para que quedase bien a la vista. Si no se rendían, tendrían que lidiar con su brutalidad.
Los misteriosos maullidos que dedujo como obra de su propia imaginación habían vuelto a hacer acto de presencia, esta vez mucho más evidente y clara, como si vinieran del interior de su propia cabeza. Inconscientemente, cada piedra que lanzaba salía despedida justo en el momento en que sonaba un nuevo maullido, y al final cada uno de estos iba seguido del sonoro chapoteo sobre el charco. «Miau. Chof. Miau. Chof. Miau. Chof...». Tardó apenas unos segundos en volver en sí, dándose cuenta de lo que estaba haciendo, y al final tan solo pudo detenerse con una horrible sensación de malestar en el cuerpo. ¿De dónde demonios venían aquellas llamadas? La primera posibilidad que se le cruzó por la mente fue que los esclavistas tuvieran alguna mascota; un gato. Dada la acústica de la caverna, sus maullidos podrían estar extendiéndose por esta como un eco y llegando hasta la posición de la oni. Esta teoría fue descartada de manera casi inmediata. Si estuviera escuchando un eco, se habría dado cuenta de ello. Y no solo ella: sus compañeros también lo habrían escuchado y no parecían hacerlo. Cada vello de su cuerpo se erizó y sintió un escalofrío ascendiendo por la espalda hasta la nuca.
¿Y si era un fantasma? Había escuchado rumores entre los marineros que atracaban sus naves en Loguetown: grutas marítimas en las que habían fallecido diversas personas con el paso del tiempo, quedando varados en aquellos rincones remotos del mundo sin posibilidad de recibir ayuda alguna. Sus espíritus desvalidos vagando por toda la eternidad en aquellos lugares malditos. «No seas tonta, Camille. ¿Cómo va a haber espíritus aquí? Esas cosas no son reales». Pero, ¿no lo eran? No estaba tan segura realmente, por más que intentara convencerse a sí misma. Su voluntad empezó a flaquear, sintiendo la imperiosa necesidad de salir por patas de aquellas cuevas y volver por donde habían venido, alcanzar el barco y marcharse tan rápido como les fuera posible. Aun así, no podía dejar tirados a sus compañeros, ni mucho menos ceder a sus miedos. Hizo de tripas corazón y, en cuanto percibió la señal de Atlas, asintió y se movió tan sigilosamente como pudo hasta reunirse con ellos en la otra orilla. Eso sí, las manos no dejaron de temblarle en ningún momento.
Una vez se unió a Alexandra y Atlas, Camille se tomó unos instantes para observar el lugar. Junto al pequeño campamento secreto había un cofre y, más allá de su posición, una enorme puerta de roca maciza que les cortaba el paso. Debía de ser la entrada al refugio de los esclavistas... O algo peor, visto lo visto. Quizá fuera la entrada al mismísimo infierno. Fuera como fuese, si querían encontrar la llave que la abriera, esta debía estar en poder de aquellos bandidos.
—No se me ocurre ninguna forma de evitar el combate. Supongo que... no nos queda otra —admitió, con la voz un tanto temblorosa, como si tuviera miedo. Pero este no nacía de los bandidos, claro estaba—. Alex, síguenos a Atlas y a mí. Prepara tus armas.
Aguardó a que estuvieran lo suficientemente cerca y, justo después de que su compañero se lanzara a por el primero de los bandidos, Camille lo imitó y cargó contra el siguiente más cercano. Buscó golpearle con fuerza utilizando la parte roma de su espada, intentando infligir daño no letal pero suficiente como para dejarle fuera de combate. Si el ataque sorpresa funcionaba, intentaría intimidar al resto. No con palabras, pues sentía que su voz volvería a salir temblorosa y resultaría más cómica que imponente. Lo haría con su sola presencia y tamaño, irguiéndose cuanto pudo antes de desplegar su enorme odachi en todo su esplendor para que quedase bien a la vista. Si no se rendían, tendrían que lidiar con su brutalidad.