
Takahiro
La saeta verde
08-01-2025, 02:51 PM
Como era de esperar, a Philip no le había gustado en absoluto que el detective Takahiro continuara dándole órdenes. No sabía si esa molestia, si ese resquemor provenía de la fama que había obtenido la L-42 en los últimos meses, una brigada tan admirada por algunos como aborrecida y odiadas por otros, o si más bien era por la rapidez del ascenso de cada uno de los compañeros de la misma, que había sido más rápido de lo normal. Lo cierto era que, independientemente de su mala gana, en cuanto el alférez Kenshin regresó al barco, las instrucciones que les había dado fueron acatadas con precisión, con una exactitud que sólo se podía contemplar en la Marina del Gobierno Mundial.
Dos parejas de marines habían sido enviadas a registrar la costa, mientras que otro se encontraba con los ojos pegados al catalejo, buscando algún bote que pudiera estar deambulando por los alrededores.
—Llevadlos a los calabozos del cuartel —ordenó Takahiro, señalando a los piratas esposados con la mano izquierda—. Y aseguraros de que les den algo caliente de comer, especialmente al que utilizamos para comprobar si estaban bajo la influencia de una fruta del diablo —continuó diciendo—. Que el pobretico, aparte de mudo, solo le falta que coja una pulmonía por nuestra culpa.
Tras eso, se dirigió de nuevo hacia Philip:
—Ahora, vamos a revisar esto en condiciones, ¿te parece? —le preguntó, sonriente.
Se puso a recorrer de nuevo el barco, mientras una sensación de tranquilidad comenzó a apoderarse del ambiente. En ese momento, ya con el silencio que necesitaba para poder pensar con claridad, junto a Philip, el peliverde continuó con su inspección, aunque esa vez sería mucho más minuciosa.
Se encontraban en la habitación del capitán, observando cada rincón con mucho detenimiento. Fue allí, entre el caos en el que se encontraba aquel camarote, cuando sus ojos se posaron sobre unos papeles que estaban sobre el escritorio. Había algo que llamó su atención en cuanto los tuvo entre sus manos. Parecía una especie de código extraño, que le era familiar, sin embargo, la cuestión era la siguiente: ¿de qué? Pero entonces lo recordó. Ese juego al que jugaba con su padre cuando era un crío. Cada símbolo era una letra y formaban una palabra.
Rápidamente buscó papel y algo para escribir entre el caos y la suciedad del escritorio, incluso se manchó de un líquido que esperaba que fuera, como mucho, algún tipo de licor. Y después de más de media hora pensando, haciendo tachones y conjeturando distintas frases pareció dar en la clave:
—Quien me quiera seguir que lo haga —era la primera frase—. Nos vamos a la isla del spa —era la segunda—. Allí estaremos —terminaba el mensaje.
Dijo eso en voz baja, tan baja que parecía un susurro.
—¡Lo tenemos Philip! —alzó la voz, enérgico, mientras alzaba la mano esperando que el marine le chocara.
Después de eso, continuaría inspeccionando un poco más el barco en busca de alguna anomalía. De no encontrar nada, pondría rumbo al cuartel y buscaría información sobre las islas que son conocidas por sus spas.
Dos parejas de marines habían sido enviadas a registrar la costa, mientras que otro se encontraba con los ojos pegados al catalejo, buscando algún bote que pudiera estar deambulando por los alrededores.
—Llevadlos a los calabozos del cuartel —ordenó Takahiro, señalando a los piratas esposados con la mano izquierda—. Y aseguraros de que les den algo caliente de comer, especialmente al que utilizamos para comprobar si estaban bajo la influencia de una fruta del diablo —continuó diciendo—. Que el pobretico, aparte de mudo, solo le falta que coja una pulmonía por nuestra culpa.
Tras eso, se dirigió de nuevo hacia Philip:
—Ahora, vamos a revisar esto en condiciones, ¿te parece? —le preguntó, sonriente.
Se puso a recorrer de nuevo el barco, mientras una sensación de tranquilidad comenzó a apoderarse del ambiente. En ese momento, ya con el silencio que necesitaba para poder pensar con claridad, junto a Philip, el peliverde continuó con su inspección, aunque esa vez sería mucho más minuciosa.
Se encontraban en la habitación del capitán, observando cada rincón con mucho detenimiento. Fue allí, entre el caos en el que se encontraba aquel camarote, cuando sus ojos se posaron sobre unos papeles que estaban sobre el escritorio. Había algo que llamó su atención en cuanto los tuvo entre sus manos. Parecía una especie de código extraño, que le era familiar, sin embargo, la cuestión era la siguiente: ¿de qué? Pero entonces lo recordó. Ese juego al que jugaba con su padre cuando era un crío. Cada símbolo era una letra y formaban una palabra.
Rápidamente buscó papel y algo para escribir entre el caos y la suciedad del escritorio, incluso se manchó de un líquido que esperaba que fuera, como mucho, algún tipo de licor. Y después de más de media hora pensando, haciendo tachones y conjeturando distintas frases pareció dar en la clave:
—Quien me quiera seguir que lo haga —era la primera frase—. Nos vamos a la isla del spa —era la segunda—. Allí estaremos —terminaba el mensaje.
Dijo eso en voz baja, tan baja que parecía un susurro.
—¡Lo tenemos Philip! —alzó la voz, enérgico, mientras alzaba la mano esperando que el marine le chocara.
Después de eso, continuaría inspeccionando un poco más el barco en busca de alguna anomalía. De no encontrar nada, pondría rumbo al cuartel y buscaría información sobre las islas que son conocidas por sus spas.