
Asradi
Völva
09-01-2025, 07:30 PM
Asradi sonrió más ampliamente cuando Octojin mostró su interés en visitar Skjoldheim. Echaba de menos ese lugar y, sobre todo, sus aguas y toda la vida que se respiraba por allí. Sus costumbres a las que ella estaba tan arraigada. Acarició las manos del escualo, al menos una de ellas, y asintió con convencimiento.
— Quizás, a futuro, podamos ir allí algún día. — Era un deseo sincero y de corazón, pero quizás todavía era algo lejano.
Y sí, definitivamente, estaba lo suficientemente cómoda en el regazo del tiburón, hasta el punto que se hizo incluso un poco la remolona cuando, a pesar de todo, sí aceptó ir hasta el mercado con él, volver a perderse con el marine por las calles de Loguetown como habían hecho muchas otras veces. Lo que no se esperó fue que Octojin hiciese eso precisamente, con lo recatado que era para con ella.
— ¿Octo? ¡Oye! — Le reclamó en cuanto, de repente, se vió alzada y acomodada sobre su hombro como un vil saco de verduras. O una captura recién hecha. Aún así, una risa clara y divertida pronto brotó de Asradi, mientras agitaba suavemente la cola, solo para molestarle un poco más.
Si, le gustaban eses momentos del gyojin. Cuando, simplemente, se soltaba y era él.
— Pues no hay malas vistas desde aquí, las cosas como son. — Le dió una caricia en la espalda antes de que el grandullón, tras unos pocos pasos, la bajase. Por suerte, antes de salir del despacho del susodicho. Asradi se acomodó nuevamente la ropa y, sobre todo, la vaporosa falda que cubría su cola de tiburón.
La sonrisa que le dedicó ella, mientras se volvía a ocultar el cabello tras la pañoleta y recolocarse la misma, fue una esplendorosa y divertida. Más bien relajada, como si hubiese pasado tiempo desde ello. Con él sucedía así, aunque también estaba a gusto con el grupo de revolucionarios que se habiá encontrado. Eran amigos antes que revolucionarios, obviamente. Asradi siguió a Octojin, nuevamente, como quien es una clienta más del astillero cuando fueron abandonando el lugar. Mientras caminaban y tomaban dirección a la plaza central, ella iba mucho más curiosa. Volvió a echar unos cuantos vistazos, mientras avanzaban, hasta que dejaron el astillero atrás.
Y le iba dando conversación tranquilamente a Octojin, gesticulando de manera suave. Era bastante obvio que su estado de ánimo, cuando estaba con él, mejoraba mucho en consecuencia. No era tan tímida, no era tan cuidadosa. Sentía que toda esa carga la podía soltar o compartirla, de alguna manera, y no le pesaba tanto en los hombros o en la conciencia. O, al menos, no tanto como al principio.
La pregunta de Octojin, un rato después, la tomó un poco desprevenida, aunque terminó entendiendo el porqué lo preguntaba. La sonrisa de la sirena se suavizó solo para tranquilizarle a él.
— Tienes razón, no es fácil. Nunca ha sido fácil tener que esconderse por ser como se es. — En este aspecto, se refería a su raza, algo que sabía que Octojin entendía a la perfección, y todo el “equipaje” que tenía detrás al respecto.
Ahora también tenía que tener bastante cuidado por ser una persona buscada. Era irónico porque no sentía que hubiesen hecho nada malo en Oykot, sino al contrario. Habían ayudado al pueblo a ser libres. A poder decidir por ellos mismos.
— Pero ya estoy acostumbrada, así que lo tomo como algo natural. No vale la pena pensar en ello o darle muchas vueltas. — Para ella, a veces era mejor así antes que llegar a amargarse por algo como eso.
No valía la pena, eso era lo que siempre se decía también para autoconvencerse. Ahora, quizás, para no preocuparle demasiado a él.
Para cuando llegaron a la plaza, había gente, pero no tanta como aquella primera vez donde se había visto asaltada. Sin más, y con toda la confianza y naturalidad del mundo, tomó de la mano a Octojin para guiarle por los diferentes puestos comerciales. Era gracioso ver como esa chica menudita llevaba de un lado a otro a un grandullón como lo era el gyojin tiburón. Y con una soltura y suavidad que le salía sola.
Satisfecha, y a manos llenas, de todo lo que había comprado, decidió que era hora de darle un respiro al pobre hombre.
— Me he dado de cuenta, que yo te he contado parte de lo que soy, pero sé poco de ti, de tu pasado. — Fue comentando, mientras luego tomaban asiento en una zona más tranquila de la plaza. — No te voy a negar que me encantaría saber, pero también respeto si decides guardártelo por algún motivo. — Comentó, con un tono comprensivo.
— Quizás, a futuro, podamos ir allí algún día. — Era un deseo sincero y de corazón, pero quizás todavía era algo lejano.
Y sí, definitivamente, estaba lo suficientemente cómoda en el regazo del tiburón, hasta el punto que se hizo incluso un poco la remolona cuando, a pesar de todo, sí aceptó ir hasta el mercado con él, volver a perderse con el marine por las calles de Loguetown como habían hecho muchas otras veces. Lo que no se esperó fue que Octojin hiciese eso precisamente, con lo recatado que era para con ella.
— ¿Octo? ¡Oye! — Le reclamó en cuanto, de repente, se vió alzada y acomodada sobre su hombro como un vil saco de verduras. O una captura recién hecha. Aún así, una risa clara y divertida pronto brotó de Asradi, mientras agitaba suavemente la cola, solo para molestarle un poco más.
Si, le gustaban eses momentos del gyojin. Cuando, simplemente, se soltaba y era él.
— Pues no hay malas vistas desde aquí, las cosas como son. — Le dió una caricia en la espalda antes de que el grandullón, tras unos pocos pasos, la bajase. Por suerte, antes de salir del despacho del susodicho. Asradi se acomodó nuevamente la ropa y, sobre todo, la vaporosa falda que cubría su cola de tiburón.
La sonrisa que le dedicó ella, mientras se volvía a ocultar el cabello tras la pañoleta y recolocarse la misma, fue una esplendorosa y divertida. Más bien relajada, como si hubiese pasado tiempo desde ello. Con él sucedía así, aunque también estaba a gusto con el grupo de revolucionarios que se habiá encontrado. Eran amigos antes que revolucionarios, obviamente. Asradi siguió a Octojin, nuevamente, como quien es una clienta más del astillero cuando fueron abandonando el lugar. Mientras caminaban y tomaban dirección a la plaza central, ella iba mucho más curiosa. Volvió a echar unos cuantos vistazos, mientras avanzaban, hasta que dejaron el astillero atrás.
Y le iba dando conversación tranquilamente a Octojin, gesticulando de manera suave. Era bastante obvio que su estado de ánimo, cuando estaba con él, mejoraba mucho en consecuencia. No era tan tímida, no era tan cuidadosa. Sentía que toda esa carga la podía soltar o compartirla, de alguna manera, y no le pesaba tanto en los hombros o en la conciencia. O, al menos, no tanto como al principio.
La pregunta de Octojin, un rato después, la tomó un poco desprevenida, aunque terminó entendiendo el porqué lo preguntaba. La sonrisa de la sirena se suavizó solo para tranquilizarle a él.
— Tienes razón, no es fácil. Nunca ha sido fácil tener que esconderse por ser como se es. — En este aspecto, se refería a su raza, algo que sabía que Octojin entendía a la perfección, y todo el “equipaje” que tenía detrás al respecto.
Ahora también tenía que tener bastante cuidado por ser una persona buscada. Era irónico porque no sentía que hubiesen hecho nada malo en Oykot, sino al contrario. Habían ayudado al pueblo a ser libres. A poder decidir por ellos mismos.
— Pero ya estoy acostumbrada, así que lo tomo como algo natural. No vale la pena pensar en ello o darle muchas vueltas. — Para ella, a veces era mejor así antes que llegar a amargarse por algo como eso.
No valía la pena, eso era lo que siempre se decía también para autoconvencerse. Ahora, quizás, para no preocuparle demasiado a él.
Para cuando llegaron a la plaza, había gente, pero no tanta como aquella primera vez donde se había visto asaltada. Sin más, y con toda la confianza y naturalidad del mundo, tomó de la mano a Octojin para guiarle por los diferentes puestos comerciales. Era gracioso ver como esa chica menudita llevaba de un lado a otro a un grandullón como lo era el gyojin tiburón. Y con una soltura y suavidad que le salía sola.
Satisfecha, y a manos llenas, de todo lo que había comprado, decidió que era hora de darle un respiro al pobre hombre.
— Me he dado de cuenta, que yo te he contado parte de lo que soy, pero sé poco de ti, de tu pasado. — Fue comentando, mientras luego tomaban asiento en una zona más tranquila de la plaza. — No te voy a negar que me encantaría saber, pero también respeto si decides guardártelo por algún motivo. — Comentó, con un tono comprensivo.