
Daryl Kilgore
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13-01-2025, 12:27 PM
Día 2 de Invierno del año 724, noche.
Daryl caminaba por las extrañamente agradables calles de Kilombo, envuelto en una pesada capa negra con la capucha cubriéndole casi todo el rostro. Era curioso lo diferente que era el ambiente de aquella isla comparada con la de Loguetown, pareciéndole mucho más animada y hogareña. O quizás es que tanto tiempo en Loguetown acabó desarrollando en él una extraña aversión... Caía algo de nieve, cubriendo los adoquines y las tejas de blanco rn lo que parecía ser una velada perfecta de invierno. Pero Daryl no se encontraba ahí simplemente por gusto, y es que cada uno de sus pasos era calculado. En su mano enguantada llevaba un pequeño cofre de madera oscura con refuerzos metálicos, que parecía pesar más de lo que aparentaba.
Frente a él, la taberna "La Gaviota Tuerta" desprendía una cálida luz amarillenta a través de sus ventanas sucias, y desde el exterior era capaz de escuchar el susurro de las animadas conversaciones, de las risas opacadas, todo mezclado con el sonido de las jarras chocando y algún que otro grito de borracho. Daryl empujó la puerta con una mano, entrando en el bullicio sin quitarse la capucha. La taberna estaba bien iluminada, pero solo las partes centrales de la misma, dejando las esquinas en una bonita penumbra. Sin mediar palabra ni cruzar miradas con nadie, Daryl se deslizó hasta una mesa en una esquina apartada y sombría. La madera de la mesa estaba pegajosa, probablemente por años de bebidas derramadas y una limpieza insuficiente, así que trató de no tocarla demasiado. Dejó el cofre sobre la superficie con cuidado, sin levantar la vista, y se acomodó en la silla. Sus ojos verdes, ocultos bajo la sombra de la capucha, recorrían con atención el lugar. Aunque no movía la cabeza, era evidente que estaba pendiente de todo, cada movimiento, cada palabra, cada posible amenaza.
El ambiente olía a alcohol derramado, sudor rancio y el leve aroma de tabaco. A su alrededor, los clientes de la taberna eran una mezcla de marineros, mercenarios y gente común buscando escapar del frío de la noche. Pero Daryl sabía que en lugares como ese, siempre había depredadores ocultos entre las sombras. Esperó pacientemente, con las manos cruzadas sobre la mesa, mientras su mente repasaba los detalles del encuentro. Al parecer, allí se encontraba un hombre dispuesto a ofrecerle una buena suma de dinero a cambio de los objetos que contenía el cofre, y quién sabe si quizás podría ser capaz de sacarle algo más. Daryl permaneció inmóvil, como una estatua encapuchada, ajena al caos que reinaba en la taberna. Desde su posición estratégica, tenía una visión clara de la entrada y del resto del salón principal. Sabía que cualquier error podía costarle caro, pero era un riesgo que debía correr. En su línea de trabajo, la confianza era un lujo que no podía permitirse.