
Ragnheidr Grosdttir
Stormbreaker
13-01-2025, 08:50 PM
La figura de Daryl, inmóvil en la penumbra, parecía fundirse con las sombras que lo rodeaban, una presencia que pasaba desapercibida para la mayoría, pero no para aquellos que sabían dónde mirar. La taberna era un hervidero de vida, de caos controlado, de palabras dichas en susurros y carcajadas que ocultaban intenciones más oscuras. Los marineros y mercenarios, ocupados en sus propios asuntos, parecían ajenos a la tensión que emanaba de aquel rincón oscuro, pero la sensación de alerta latente era inconfundible. El cofre descansaba frente a él como una pequeña y silenciosa amenaza. La madera gastada, los refuerzos metálicos marcados por el tiempo, parecían contar historias de manos que lo habían llevado antes. Había un peso allí, no solo físico, sino también simbólico, una promesa de peligro o fortuna, dependiendo de quién lo reclamara. Los ojos de Daryl, verdes como un filo bajo la luz, se mantenían fijos en el ambiente, sopesando cada movimiento con precisión. Los rostros pasaban frente a él, la mayoría irrelevantes, otros quizás dignos de un escrutinio más detallado. No hacía falta mirar directamente; su instinto bastaba para catalogar amenazas y calcular distancias. La entrada estaba a su vista, el salón principal también, y aunque su postura era relajada, su cuerpo estaba preparado para moverse en un instante. El ruido constante de la taberna no lo distraía. Los olores tampoco: sudor, alcohol y tabaco, una mezcla familiar que parecía impregnar cada rincón de lugares como aquel. Daryl estaba en su elemento, no porque lo disfrutara, sino porque sabía sobrevivir allí. Las esquinas sombrías siempre ofrecían cierta ventaja, un espacio donde los observadores pasaban desapercibidos y las sorpresas podían ser anticipadas. Afuera, la nieve seguía cayendo, cubriendo la isla en un manto blanco que contrastaba con el calor opresivo del interior. En ese rincón apartado, Daryl esperaba con paciencia, su mente repasando cada posible escenario. Los detalles del encuentro estaban claros, pero las variables, como siempre, eran impredecibles. Allí, en las sombras, había más que un simple intercambio. Había promesas, riesgos y la certeza de que cualquier error se pagaría caro. El tiempo avanzaba con lentitud, como si el aire mismo de la taberna se volviera más denso. Pero Daryl no se movía. No tenía prisa, no mostraba ansiedad. En lugares como aquel, la calma era su mejor arma, y la paciencia su escudo más fiable. Fuera lo que fuera lo que se avecinaba, él estaba preparado. O al menos, todo lo preparado que podía estar alguien en una profesión donde el peligro nunca daba tregua.
El bullicio de la taberna era constante, un ruido de fondo que se mezclaba con el chisporroteo del fuego en la chimenea central. Los parroquianos se movían con la familiaridad de quienes hacían de aquel lugar su refugio habitual, ajenos, al menos en apariencia, a los peligros que acechaban en sus propias sombras. Daryl, en cambio, no tenía ese lujo. Su postura, aunque aparentemente relajada, revelaba una atención constante, como la de un depredador acechando en la maleza. Un grupo de marineros ruidosos pasó cerca de su mesa, cargados de risas roncas y el tambaleo propio del exceso de cerveza. Uno de ellos echó una mirada fugaz hacia Daryl, pero el brillo verdoso que se asomaba bajo la capucha bastó para que el hombre desviara la vista de inmediato, decidiendo que aquel rincón no merecía su curiosidad. Otro punto a favor de Daryl. La mayoría de las personas preferían no enfrentarse a lo desconocido. El cofre seguía allí, un testigo silencioso de lo que estaba por suceder. Pequeñas gotas de humedad, producto del contraste entre el frío exterior y el calor sofocante de la taberna, perlaban su superficie, como si el objeto mismo sudara bajo la presión de su contenido. Era un detalle minúsculo, pero Daryl lo notó. Notaba todo. En el fondo de la sala, una puerta lateral se abrió con un crujido apenas perceptible. Por ella entró un hombre bajo y corpulento, con una barba que parecía más una maraña de cuerdas que un adorno facial. Se movía con la confianza de alguien que conocía bien el lugar, sus ojos escudriñando el ambiente hasta posarse en la figura encapuchada. No hizo más que un leve movimiento de cabeza, pero fue suficiente para confirmar que había llegado el momento.
Daryl no se inmutó. Dejó que el hombre lo observara un instante más, y solo entonces alzó ligeramente la cabeza, permitiendo que la tenue luz de la taberna iluminara el verde metálico de sus ojos. Era un gesto calculado, un recordatorio silencioso de que no estaba allí para jugar. El hombre pareció captar el mensaje, pues avanzó hacia él con paso firme, deteniéndose a una distancia prudente. Daryl deslizó una mano enguantada hacia el cofre, no para abrirlo, sino para afirmar su posición como único dueño del contenido. Nadie, ni siquiera aquel hombre que venía con intenciones claras, tendría acceso sin su permiso. En las tabernas como aquella, los límites eran frágiles y la confianza, como siempre, inexistente. La conversación comenzó con un leve murmullo, apenas audible por encima del bullicio. Palabras medidas, casi sin emoción, cruzaban el aire entre ambos, como espadas chocando en un duelo discreto. Cada frase era un movimiento, cada pausa un cálculo. El hombre parecía satisfecho al principio, pero poco a poco sus ojos comenzaron a perder parte de esa seguridad inicial. Daryl, por su parte, no mostró más que una paciencia inquebrantable, dejando claro que, aunque estuviera allí para negociar, no estaba dispuesto a ceder terreno. En el ambiente de la taberna, el resto de los presentes seguían con sus propias historias, ignorando o fingiendo ignorar el encuentro en la esquina sombría. Sin embargo, Daryl sabía que había ojos sobre él, miradas furtivas que esperaban un momento de debilidad, un desliz. La noche aún era joven, y el verdadero peligro podía llegar en cualquier momento, no de aquel hombre corpulento, sino de quienes se movían entre las sombras, tan pacientes como él. La nieve seguía cayendo afuera, como si la isla misma intentara lavar sus pecados bajo una capa de pureza invernal. Pero allí dentro, en el calor opresivo de la taberna, no había lugar para la inocencia. Todo era un juego de intereses, un tablero donde cada movimiento podía ser el último. Y Daryl, como siempre, estaba listo para jugar.
El hombre corpulento inclinó la cabeza hacia adelante mientras hablaba, sus palabras apenas superando el nivel de un susurro. A su alrededor, el ruido de la taberna continuaba, una maraña de conversaciones cruzadas, carcajadas y el ocasional grito que rompía el aire. Desde el exterior, otro golpe de viento helado abrió brevemente la puerta, dejando entrar un soplo de nieve y recordando a los presentes la dureza de la noche que esperaban evitar tras las paredes de madera. En las mesas más cercanas al fuego, los rostros se iluminaban con tonos anaranjados, revelando expresiones relajadas, cansadas o simplemente indolentes. Dos marineros armaban un escándalo mientras apostaban a un juego de cartas, y un joven intentaba tocar una melodía desafinada en una flauta de madera, ganándose abucheos que se convertían en risas casi de inmediato. La calidez del ambiente contrastaba con las miradas fugaces que algunos lanzaban hacia las esquinas, un recordatorio de que el peligro en lugares como ese nunca estaba del todo ausente. En un rincón más alejado, un par de figuras compartían una jarra de vino barato, susurros rápidos y gestos casi imperceptibles que delataban una conspiración discreta. Cerca de la barra, el tabernero limpiaba vasos con un trapo que había visto mejores días, su atención dividida entre atender a los clientes más insistentes y vigilar el salón con la intuición de alguien que había vivido suficientes altercados como para detectarlos antes de que estallaran. En una mesa central, un hombre delgado con una cicatriz en el rostro hacía reír a sus compañeros con anécdotas, golpeando la mesa con la palma de la mano para subrayar los momentos clave de sus historias. A su lado, una mujer de aspecto recio se reía de forma casi gutural, con una risa que cortaba el aire y hacía que algunos de los presentes giraran la cabeza, aunque ninguno lo suficiente como para llamar la atención de más.
Mientras tanto, las sombras que se acumulaban en las esquinas parecían más densas, más vivas. Cada rincón oscuro era un refugio para aquellos que preferían observar antes que participar, y aunque la mayoría de los ojos estaban centrados en sus propias vidas, había quienes prestaban más atención de lo que dejaban entrever. Desde un extremo del salón, una figura envuelta en un abrigo raído miraba con interés hacia la mesa en penumbra, tamborileando los dedos sobre el borde de una jarra. Cerca de la puerta, un hombre con el sombrero echado hacia adelante jugaba con una moneda entre los dedos, su postura demasiado relajada como para ser sincera. El tiempo parecía detenerse en momentos como ese, donde la vida seguía su curso en la superficie, pero las corrientes subterráneas estaban cargadas de tensión. La taberna entera era un microcosmos de secretos, intereses cruzados y vidas que colisionaban en la intersección entre el azar y la intención. Afuera, la nieve seguía acumulándose, sus copos cayendo con una constancia que parecía ajena a todo lo que ocurría tras las ventanas empañadas de "La Gaviota Tuerta". La noche aún tenía mucho que ofrecer, y las historias que comenzaban en lugares como ese rara vez terminaban como se esperaba.
El bullicio de la taberna era constante, un ruido de fondo que se mezclaba con el chisporroteo del fuego en la chimenea central. Los parroquianos se movían con la familiaridad de quienes hacían de aquel lugar su refugio habitual, ajenos, al menos en apariencia, a los peligros que acechaban en sus propias sombras. Daryl, en cambio, no tenía ese lujo. Su postura, aunque aparentemente relajada, revelaba una atención constante, como la de un depredador acechando en la maleza. Un grupo de marineros ruidosos pasó cerca de su mesa, cargados de risas roncas y el tambaleo propio del exceso de cerveza. Uno de ellos echó una mirada fugaz hacia Daryl, pero el brillo verdoso que se asomaba bajo la capucha bastó para que el hombre desviara la vista de inmediato, decidiendo que aquel rincón no merecía su curiosidad. Otro punto a favor de Daryl. La mayoría de las personas preferían no enfrentarse a lo desconocido. El cofre seguía allí, un testigo silencioso de lo que estaba por suceder. Pequeñas gotas de humedad, producto del contraste entre el frío exterior y el calor sofocante de la taberna, perlaban su superficie, como si el objeto mismo sudara bajo la presión de su contenido. Era un detalle minúsculo, pero Daryl lo notó. Notaba todo. En el fondo de la sala, una puerta lateral se abrió con un crujido apenas perceptible. Por ella entró un hombre bajo y corpulento, con una barba que parecía más una maraña de cuerdas que un adorno facial. Se movía con la confianza de alguien que conocía bien el lugar, sus ojos escudriñando el ambiente hasta posarse en la figura encapuchada. No hizo más que un leve movimiento de cabeza, pero fue suficiente para confirmar que había llegado el momento.
Daryl no se inmutó. Dejó que el hombre lo observara un instante más, y solo entonces alzó ligeramente la cabeza, permitiendo que la tenue luz de la taberna iluminara el verde metálico de sus ojos. Era un gesto calculado, un recordatorio silencioso de que no estaba allí para jugar. El hombre pareció captar el mensaje, pues avanzó hacia él con paso firme, deteniéndose a una distancia prudente. Daryl deslizó una mano enguantada hacia el cofre, no para abrirlo, sino para afirmar su posición como único dueño del contenido. Nadie, ni siquiera aquel hombre que venía con intenciones claras, tendría acceso sin su permiso. En las tabernas como aquella, los límites eran frágiles y la confianza, como siempre, inexistente. La conversación comenzó con un leve murmullo, apenas audible por encima del bullicio. Palabras medidas, casi sin emoción, cruzaban el aire entre ambos, como espadas chocando en un duelo discreto. Cada frase era un movimiento, cada pausa un cálculo. El hombre parecía satisfecho al principio, pero poco a poco sus ojos comenzaron a perder parte de esa seguridad inicial. Daryl, por su parte, no mostró más que una paciencia inquebrantable, dejando claro que, aunque estuviera allí para negociar, no estaba dispuesto a ceder terreno. En el ambiente de la taberna, el resto de los presentes seguían con sus propias historias, ignorando o fingiendo ignorar el encuentro en la esquina sombría. Sin embargo, Daryl sabía que había ojos sobre él, miradas furtivas que esperaban un momento de debilidad, un desliz. La noche aún era joven, y el verdadero peligro podía llegar en cualquier momento, no de aquel hombre corpulento, sino de quienes se movían entre las sombras, tan pacientes como él. La nieve seguía cayendo afuera, como si la isla misma intentara lavar sus pecados bajo una capa de pureza invernal. Pero allí dentro, en el calor opresivo de la taberna, no había lugar para la inocencia. Todo era un juego de intereses, un tablero donde cada movimiento podía ser el último. Y Daryl, como siempre, estaba listo para jugar.
El hombre corpulento inclinó la cabeza hacia adelante mientras hablaba, sus palabras apenas superando el nivel de un susurro. A su alrededor, el ruido de la taberna continuaba, una maraña de conversaciones cruzadas, carcajadas y el ocasional grito que rompía el aire. Desde el exterior, otro golpe de viento helado abrió brevemente la puerta, dejando entrar un soplo de nieve y recordando a los presentes la dureza de la noche que esperaban evitar tras las paredes de madera. En las mesas más cercanas al fuego, los rostros se iluminaban con tonos anaranjados, revelando expresiones relajadas, cansadas o simplemente indolentes. Dos marineros armaban un escándalo mientras apostaban a un juego de cartas, y un joven intentaba tocar una melodía desafinada en una flauta de madera, ganándose abucheos que se convertían en risas casi de inmediato. La calidez del ambiente contrastaba con las miradas fugaces que algunos lanzaban hacia las esquinas, un recordatorio de que el peligro en lugares como ese nunca estaba del todo ausente. En un rincón más alejado, un par de figuras compartían una jarra de vino barato, susurros rápidos y gestos casi imperceptibles que delataban una conspiración discreta. Cerca de la barra, el tabernero limpiaba vasos con un trapo que había visto mejores días, su atención dividida entre atender a los clientes más insistentes y vigilar el salón con la intuición de alguien que había vivido suficientes altercados como para detectarlos antes de que estallaran. En una mesa central, un hombre delgado con una cicatriz en el rostro hacía reír a sus compañeros con anécdotas, golpeando la mesa con la palma de la mano para subrayar los momentos clave de sus historias. A su lado, una mujer de aspecto recio se reía de forma casi gutural, con una risa que cortaba el aire y hacía que algunos de los presentes giraran la cabeza, aunque ninguno lo suficiente como para llamar la atención de más.
Mientras tanto, las sombras que se acumulaban en las esquinas parecían más densas, más vivas. Cada rincón oscuro era un refugio para aquellos que preferían observar antes que participar, y aunque la mayoría de los ojos estaban centrados en sus propias vidas, había quienes prestaban más atención de lo que dejaban entrever. Desde un extremo del salón, una figura envuelta en un abrigo raído miraba con interés hacia la mesa en penumbra, tamborileando los dedos sobre el borde de una jarra. Cerca de la puerta, un hombre con el sombrero echado hacia adelante jugaba con una moneda entre los dedos, su postura demasiado relajada como para ser sincera. El tiempo parecía detenerse en momentos como ese, donde la vida seguía su curso en la superficie, pero las corrientes subterráneas estaban cargadas de tensión. La taberna entera era un microcosmos de secretos, intereses cruzados y vidas que colisionaban en la intersección entre el azar y la intención. Afuera, la nieve seguía acumulándose, sus copos cayendo con una constancia que parecía ajena a todo lo que ocurría tras las ventanas empañadas de "La Gaviota Tuerta". La noche aún tenía mucho que ofrecer, y las historias que comenzaban en lugares como ese rara vez terminaban como se esperaba.