
Angelo
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15-01-2025, 01:01 PM
La verdad es que correr hacia la otra puerta habría sido arriesgado. La carabela no es muy grande, pero probablemente sí lo suficiente como para no haber podido llegar hasta el castillo de popa a tiempo. ¡Enhorabuena! Ahora, sea quien sea el tipo que está abriendo la trampilla, seguro que no te ve nada más hacerlo. Esta se abre en tu dirección, lo que te aporta una pequeña cobertura que te mantiene oculto durante unos instantes.
El hombre que sale a cubierta es un hombre tan calvo que hasta le brilla el cogote, casi dirías que deslumbrándote por un momento. Lo que también brilla es el filo del sable que lleva desenvainado en la mano derecha. Un poco sobrerreaccionado por un poco de ruido, ¿no? Sobre todo cuando tienen a dos tipos cuidando la entrada al barco. Tal vez no se fíen mucho los unos de los otros, o quizá lo que guardan es demasiado valioso como para mantener la calma. El hombre saca medio cuerpo y se queda quieto unos instantes, echando un vistazo por la cubierta y buscando el origen del ruido. Algo parece no encajarle, y es normal: no hay nada allí que pueda haberse caído y generar tanto alboroto. El calvo sale un poco más, moviéndose despacio y con cautela mientras usa la mano libre para ir cerrando la trampilla.
No mira en tu dirección directamente, pero justo cuando la trampilla cae se detiene y parece caer en la cuenta de algo. Tal vez por el azar —¿te imaginas que alguien decidiera estas cosas con un dado?— o por un momento lúcido, se hace la pregunta: ¿No había sonado como un choque contra el castillo de proa? El tipo se gira rápidamente y, cuando lo haces, puedes verle el rostro. Tiene un buen mostacho bien cuidado y unas cejas pobladas, pero lo que más llama tu atención son sus ojos abiertos como platos y su expresión de urgencia. Vuestras miradas se cruzan por un instante, momento en el que el hombre separa los labios posiblemente para alertar a sus compañeros o decirte algo; pero sea lo que sea lo que fuera a decirte, ya es demasiado tarde.
Sin dudar blandes tu arma contra él, arremetiendo con no uno ni dos, sino tres cortes consecutivos. El pobre desgraciado no es capaz de reaccionar, quizá por lo furtivo de tu ataque, pero algo te dice que en condiciones normales tampoco habría podido hacer demasiado. Tus ataques no lo matan directamente, pero el shock le hace caer y la cubierta se llena de sangre en cuanto su cuerpo cae al suelo. Gorgojea un poco mientras la sangre se le acumula en la garganta y, tras unos angustiosos segundos, la vida parece desvanecerse de su mirada.
No ha sido lo más limpio del mundo, pero al menos se ha acabado rápidamente y sin armar mucho jaleo. Te quedas quieto y en silencio, centrándote en tu oído por si esto hubiera alertado a alguien más ahí abajo o a los centinelas, pero pasados cinco segundos nada parece moverse. Parece que podrás continuar con tu plan de bajar a la bodega.
En caso de que lo hagas, una pequeña escalera descendente te lleva hasta un área interior mucho más amplia. Frente a ti se extiende un pequeño pasillo con una puerta cerrada en cada lateral. Un poco más adelante, el espacio se abre a toda una bodega repleta de cajas, barriles y sacos que se distribuyen aquí y allá en diferentes montones. Parece que esta gente lleva consigo un buen cargamento, pero nada de lo que verías en un primer vistazo llama tu atención. Más adelante, tras unos cuantos montones de suministros, escuchas una voz a la que después se le suman otras dos.
—Puede que sea un poco innecesario —dice la primera, de un hombre—. Pero supongo que sin saber lo que hay dentro no hay mucho que decir al respecto.
Al momento responde una segunda, más suave pero también varonil.
—¿Un vistacito?
—¿Y arriesgarnos a que Jeremiah o el capitán se den cuenta? —Inquiere la tercera voz, esta vez femenina—. Ni de coña, vamos.
Si decides acercarte al origen de las voces, será posible para ti hacerlo ocultándote gracias a la penumbra de la bodega, aprovechando los diferentes montones de suministros para mantenerse en las sombras. Una vez cerca, verás que a unos cinco metros de ti se encuentra una mesa de madera con varias sillas, tres de ellas vacías. Un hombre se sienta en la restante, dándote la espalda mientras conversa con dos personas que se encuentran justo al otro lado: un hombre y una mujer. Justo detrás de la pareja se encuentra en una repisa lo que se te antoja como una especie de cofre ornamentado, bastante pequeño pero sin duda llamativo. Pero no es esto lo que más capta tu atención, sino los dos cañones de mano apostados en soportes justo delante de él, con la pareja apuntando en tu dirección.
Desde luego, un poco innecesario sí que te parece. No sabes qué guardan ahí, pero sin duda están dispuestos a reventar la bodega y el cargamento con tal de protegerlo.
El hombre que sale a cubierta es un hombre tan calvo que hasta le brilla el cogote, casi dirías que deslumbrándote por un momento. Lo que también brilla es el filo del sable que lleva desenvainado en la mano derecha. Un poco sobrerreaccionado por un poco de ruido, ¿no? Sobre todo cuando tienen a dos tipos cuidando la entrada al barco. Tal vez no se fíen mucho los unos de los otros, o quizá lo que guardan es demasiado valioso como para mantener la calma. El hombre saca medio cuerpo y se queda quieto unos instantes, echando un vistazo por la cubierta y buscando el origen del ruido. Algo parece no encajarle, y es normal: no hay nada allí que pueda haberse caído y generar tanto alboroto. El calvo sale un poco más, moviéndose despacio y con cautela mientras usa la mano libre para ir cerrando la trampilla.
No mira en tu dirección directamente, pero justo cuando la trampilla cae se detiene y parece caer en la cuenta de algo. Tal vez por el azar —¿te imaginas que alguien decidiera estas cosas con un dado?— o por un momento lúcido, se hace la pregunta: ¿No había sonado como un choque contra el castillo de proa? El tipo se gira rápidamente y, cuando lo haces, puedes verle el rostro. Tiene un buen mostacho bien cuidado y unas cejas pobladas, pero lo que más llama tu atención son sus ojos abiertos como platos y su expresión de urgencia. Vuestras miradas se cruzan por un instante, momento en el que el hombre separa los labios posiblemente para alertar a sus compañeros o decirte algo; pero sea lo que sea lo que fuera a decirte, ya es demasiado tarde.
Sin dudar blandes tu arma contra él, arremetiendo con no uno ni dos, sino tres cortes consecutivos. El pobre desgraciado no es capaz de reaccionar, quizá por lo furtivo de tu ataque, pero algo te dice que en condiciones normales tampoco habría podido hacer demasiado. Tus ataques no lo matan directamente, pero el shock le hace caer y la cubierta se llena de sangre en cuanto su cuerpo cae al suelo. Gorgojea un poco mientras la sangre se le acumula en la garganta y, tras unos angustiosos segundos, la vida parece desvanecerse de su mirada.
No ha sido lo más limpio del mundo, pero al menos se ha acabado rápidamente y sin armar mucho jaleo. Te quedas quieto y en silencio, centrándote en tu oído por si esto hubiera alertado a alguien más ahí abajo o a los centinelas, pero pasados cinco segundos nada parece moverse. Parece que podrás continuar con tu plan de bajar a la bodega.
En caso de que lo hagas, una pequeña escalera descendente te lleva hasta un área interior mucho más amplia. Frente a ti se extiende un pequeño pasillo con una puerta cerrada en cada lateral. Un poco más adelante, el espacio se abre a toda una bodega repleta de cajas, barriles y sacos que se distribuyen aquí y allá en diferentes montones. Parece que esta gente lleva consigo un buen cargamento, pero nada de lo que verías en un primer vistazo llama tu atención. Más adelante, tras unos cuantos montones de suministros, escuchas una voz a la que después se le suman otras dos.
—Puede que sea un poco innecesario —dice la primera, de un hombre—. Pero supongo que sin saber lo que hay dentro no hay mucho que decir al respecto.
Al momento responde una segunda, más suave pero también varonil.
—¿Un vistacito?
—¿Y arriesgarnos a que Jeremiah o el capitán se den cuenta? —Inquiere la tercera voz, esta vez femenina—. Ni de coña, vamos.
Si decides acercarte al origen de las voces, será posible para ti hacerlo ocultándote gracias a la penumbra de la bodega, aprovechando los diferentes montones de suministros para mantenerse en las sombras. Una vez cerca, verás que a unos cinco metros de ti se encuentra una mesa de madera con varias sillas, tres de ellas vacías. Un hombre se sienta en la restante, dándote la espalda mientras conversa con dos personas que se encuentran justo al otro lado: un hombre y una mujer. Justo detrás de la pareja se encuentra en una repisa lo que se te antoja como una especie de cofre ornamentado, bastante pequeño pero sin duda llamativo. Pero no es esto lo que más capta tu atención, sino los dos cañones de mano apostados en soportes justo delante de él, con la pareja apuntando en tu dirección.
Desde luego, un poco innecesario sí que te parece. No sabes qué guardan ahí, pero sin duda están dispuestos a reventar la bodega y el cargamento con tal de protegerlo.