
Atlas
Nowhere | Fénix
21-01-2025, 07:54 PM
Por desgracia, en aquel tipo de situaciones, una vez el conflicto daba comienzo no había manera de detenerlo ni un solo instante. Las acciones comenzaban a sucederse de manera apresurada en medio de una vorágine de adrenalina y angustia que no se detenía hasta que la reyerta concluía. Estaba lejos de ser el más experimentado entre los luchadores de la Marina, pero tenía suficientes combates a mi espalda como para saber a la perfección de qué iba aquello. Del mismo modo, mi cuerpo se movió por inercia y de manera instintiva para buscar aquello que mejor solía funcionarnos: que Camille fuese capaz de atizar al enemigo con todo lo que tenía sin tener que preocuparse de sufrir daño alguno.
Las balas apenas acababan de abandonar las armas del enemigo cuando un destello azulado y cálido inundó el lugar. Mi fisionomía cambió, de manera que donde antes había brazos crecieron sendas alas de llamas celestes y mis piernas fueron sustituidas por alargadas patas de ave. Pude notar a la perfección cómo el primer disparo hacía mella en mí, pero no le di la menor importancia. El que yo buscaba era otro, uno que estaba mucho más dispuesto a recibir. Me propulsé en dirección a Camille, de manera que con ello pretendía recibir no sólo el primer disparo que le habían lanzado, sino los cuatro que brotaron de los cañones de los bandidos a continuación. Sería un muro que serviría en primer lugar como parapeto y, después, como punto desde el que la oni se lanzase con todo a por el enemigo.
Mientras tanto, las llamas azules que rodeaban mi cuerpo hicieron su función y crecieron y se propagaron caprichosamente por la zona, envolviéndome y lamiendo las heridas hasta hacerlas desaparecer sin que pareciese que en algún momento habían existido. Cualquiera que lo viese habría podido pensar que verdaderamente los proyectiles me habían atravesado sin más, pero nada más lejos de la realidad.
—Creo que nos toca, ¿no? —dije con sorna al tiempo que esperaba a que Camille comenzase a moverse para hacer yo lo propio.
En cuanto tuve claro que era el momento inicié la ofensiva. Escogí al sujeto que había abierto fuego contra mí, dando un salto en su dirección al tiempo que me impulsaba con las alas en un intento por darle el menor margen de maniobra posible. Mi ala derecha trazó entonces una violenta trayectoria descendente con la que pretendía lacerar el torso del enemigo. Era un tajo medido, realizado con el propósito de abatir al enemigo sin cercenar su vida. En situaciones como aquélla encontrar ese punto de equilibrio no era tarea fácil, pero estaba seguro de que dormiría mucho más tranquilo si lograba resolver la situación sin acabar con nadie.
Las balas apenas acababan de abandonar las armas del enemigo cuando un destello azulado y cálido inundó el lugar. Mi fisionomía cambió, de manera que donde antes había brazos crecieron sendas alas de llamas celestes y mis piernas fueron sustituidas por alargadas patas de ave. Pude notar a la perfección cómo el primer disparo hacía mella en mí, pero no le di la menor importancia. El que yo buscaba era otro, uno que estaba mucho más dispuesto a recibir. Me propulsé en dirección a Camille, de manera que con ello pretendía recibir no sólo el primer disparo que le habían lanzado, sino los cuatro que brotaron de los cañones de los bandidos a continuación. Sería un muro que serviría en primer lugar como parapeto y, después, como punto desde el que la oni se lanzase con todo a por el enemigo.
Mientras tanto, las llamas azules que rodeaban mi cuerpo hicieron su función y crecieron y se propagaron caprichosamente por la zona, envolviéndome y lamiendo las heridas hasta hacerlas desaparecer sin que pareciese que en algún momento habían existido. Cualquiera que lo viese habría podido pensar que verdaderamente los proyectiles me habían atravesado sin más, pero nada más lejos de la realidad.
—Creo que nos toca, ¿no? —dije con sorna al tiempo que esperaba a que Camille comenzase a moverse para hacer yo lo propio.
En cuanto tuve claro que era el momento inicié la ofensiva. Escogí al sujeto que había abierto fuego contra mí, dando un salto en su dirección al tiempo que me impulsaba con las alas en un intento por darle el menor margen de maniobra posible. Mi ala derecha trazó entonces una violenta trayectoria descendente con la que pretendía lacerar el torso del enemigo. Era un tajo medido, realizado con el propósito de abatir al enemigo sin cercenar su vida. En situaciones como aquélla encontrar ese punto de equilibrio no era tarea fácil, pero estaba seguro de que dormiría mucho más tranquilo si lograba resolver la situación sin acabar con nadie.