
Arthur Soriz
Gramps
22-01-2025, 08:02 AM
Los que estaban sobre el escenario apenas tuvieron tiempo de procesar la oferta descomunal que les soltaste al aire, Silver. Era una cifra que superaba con creces cualquier otra propuesta anterior, elevándose como un trueno en medio de la subasta. Los asistentes sorprendidos por la súbita escalada quedaron atónitos, casi que sin palabras. Para el resto de los interesados el dinero no les faltaba, pero pocos estaban dispuestos a desembolsar tal suma por un esclavo que podían obtener por una fracción del precio. Ulamog los miró a ustedes dos, Silver y Marvolath, con ojos llenos de desdén, viéndolos como otro par de opresores que lo trataban como simple mercancía, una herramienta sin valor más allá de su fuerza.
Habría que dar muchas explicaciones antes de tratar siquiera con él.
Mientras tanto en las gradas un nuevo tipo de caos comenzaba a emerger, justo lo que esperaban. Las primeras señales de fuego que surgieron de las cortinas laterales pasaron desapercibidas en un comienzo, pero esto no duró mucho. Pronto las llamas empezaron a expandirse por las pesadas telas y extendiéndose con rapidez. El olor acre del humo llenó pronto el anfiteatro y las primeras exclamaciones de alarma se transformaron en gritos de terror desgarradores. Las mujeres perdían el control y los hombres se levantaban de sus asientos, sus ojos reflejando la creciente histeria.
Los guardias que quedaban en el lugar abrieron los ojos como platos incapaces de ocultar la sorpresa y miedo que sentían. El sujeto que parecía encargado del evento, sentado entre las gradas no podía creer lo que veía. Maldecía entre dientes, gritaba órdenes incapaz de comprender cómo todo se había desmoronado de manera tan rápida. Primero la llegada tardía de su mercancía especial, los dos Lunarian de los que se habían encargado ustedes en rescatar lo había puesto ya al borde de un ataque de nervios. Ahora el fuego devorando las cortinas, su seguridad colapsando y una puja sorpresivamente alta por parte de un desconocido... todo se había salido de control. Lo único que podía hacer era gritar órdenes, que todos se calmaran y... honestamente, cagarse en todos sus muertos.
Mientras tanto en la entrada del anfiteatro, tú Balagus hacías tu movimiento. Tu ataque fue tan brutal como efectivo. Cargando con la furia de un demonio, embestías a los dos guardias que custodiaban la entrada, lanzándolos con tal fuerza contra las puertas que estas se abrieron de par en par, los cuerpos de los guardias rodaron escaleras abajo chocando contra las personas que ya intentaban huir del lugar. El impacto generó una ola de pánico que se propagó rápidamente entre la multitud, y el caos estalló por completo.
Tras bambalinas los guardias luchaban por mantener el control aunque su número era insuficiente para contener a los esclavos inquietos. En el escenario el anunciador intentaba calmar a la multitud a través del micrófono pero sus palabras se perdían en el tumulto. Fue en ese momento que Ulamog, aprovechando el caos, se abalanzó sobre él. Con una fuerza demoledora arrebató el micrófono de las manos del hombre y lo tumbó al suelo. Sin piedad comenzó a golpear su cabeza con el micrófono una y otra vez hasta que el dispositivo se rompió, dejando al anunciador inconsciente. Su asistente no tardó nada en salir corriendo despavorida como el resto de los presentes.
La confusión reinaba, el pánico se había apoderado de todos aquellos insufribles que consideraban a estos seres como nada más que mercancía. Era hora de asegurar la libertad no solamente de Ulamog, pero también del resto de esclavos si acaso eso era posible... antes de que todo el anfiteatro fuera engullido en llamas.
Habría que dar muchas explicaciones antes de tratar siquiera con él.
Mientras tanto en las gradas un nuevo tipo de caos comenzaba a emerger, justo lo que esperaban. Las primeras señales de fuego que surgieron de las cortinas laterales pasaron desapercibidas en un comienzo, pero esto no duró mucho. Pronto las llamas empezaron a expandirse por las pesadas telas y extendiéndose con rapidez. El olor acre del humo llenó pronto el anfiteatro y las primeras exclamaciones de alarma se transformaron en gritos de terror desgarradores. Las mujeres perdían el control y los hombres se levantaban de sus asientos, sus ojos reflejando la creciente histeria.
Los guardias que quedaban en el lugar abrieron los ojos como platos incapaces de ocultar la sorpresa y miedo que sentían. El sujeto que parecía encargado del evento, sentado entre las gradas no podía creer lo que veía. Maldecía entre dientes, gritaba órdenes incapaz de comprender cómo todo se había desmoronado de manera tan rápida. Primero la llegada tardía de su mercancía especial, los dos Lunarian de los que se habían encargado ustedes en rescatar lo había puesto ya al borde de un ataque de nervios. Ahora el fuego devorando las cortinas, su seguridad colapsando y una puja sorpresivamente alta por parte de un desconocido... todo se había salido de control. Lo único que podía hacer era gritar órdenes, que todos se calmaran y... honestamente, cagarse en todos sus muertos.
Mientras tanto en la entrada del anfiteatro, tú Balagus hacías tu movimiento. Tu ataque fue tan brutal como efectivo. Cargando con la furia de un demonio, embestías a los dos guardias que custodiaban la entrada, lanzándolos con tal fuerza contra las puertas que estas se abrieron de par en par, los cuerpos de los guardias rodaron escaleras abajo chocando contra las personas que ya intentaban huir del lugar. El impacto generó una ola de pánico que se propagó rápidamente entre la multitud, y el caos estalló por completo.
Tras bambalinas los guardias luchaban por mantener el control aunque su número era insuficiente para contener a los esclavos inquietos. En el escenario el anunciador intentaba calmar a la multitud a través del micrófono pero sus palabras se perdían en el tumulto. Fue en ese momento que Ulamog, aprovechando el caos, se abalanzó sobre él. Con una fuerza demoledora arrebató el micrófono de las manos del hombre y lo tumbó al suelo. Sin piedad comenzó a golpear su cabeza con el micrófono una y otra vez hasta que el dispositivo se rompió, dejando al anunciador inconsciente. Su asistente no tardó nada en salir corriendo despavorida como el resto de los presentes.
La confusión reinaba, el pánico se había apoderado de todos aquellos insufribles que consideraban a estos seres como nada más que mercancía. Era hora de asegurar la libertad no solamente de Ulamog, pero también del resto de esclavos si acaso eso era posible... antes de que todo el anfiteatro fuera engullido en llamas.