
Arthur Soriz
Gramps
26-01-2025, 08:17 AM
(Última modificación: 26-01-2025, 08:19 AM por Arthur Soriz.)
El humo espeso y denso del Casino Missile ascendía hacia el cielo formando lo que parecía ser una espiral oscura que amenazaba con devorar la tranquilidad de la ciudad. Las llamas se reflejaban en las ventanas de los edificios cercanos, y los gritos no tardaron en llegar. Mientras se alejaban el sonido de las sirenas, las campanas de alarma y los silbatos resonaban por toda la ciudad, marcando el anuncio de que si acaso era posible debían apresurar el paso cuanto antes.
Los habitantes de la ciudad al principio ajenos a lo que realmente estaba ocurriendo comenzaron a darse cuenta de la magnitud de la situación. En las callejuelas cercanas al casino los transeúntes comenzaron a detenerse mirándolos no solamente a ustedes tres pero también a la gran cantidad de esclavos que los seguían. Incluso entre las sombras, era difícil mantenerse oculto con un grupo tan numeroso yendo de forma tan apresurada.
Ustedes tres avanzaban lo más veloz que podían aprovechando la distracción del casino en llamas, pero la escena que generaban no pasaba desapercibida. Cada paso que daban era observado por las miradas curiosas de los ciudadanos. Algunos confundidos, otros simplemente pensaban que era un grupo grande escapando del casino y nada más. La gente murmuraba, algunos los señalaban, pero desconocían lo que en verdad habían hecho esa noche y hasta qué punto se habían ganado el odio del inframundo de Loguetown.
"¿Qué está pasando? ¿Quiénes son esos, por qué corren?" Se podía escuchar mientras pasan a toda velocidad, mientras una niña se asomaba por la ventana de su casa viendo confundida el desfile de personas que avanzaban hacia el puerto; dicho desfile siendo ustedes. Los hombres en su gran mayoría los ignoraban o decidían hacer caso omiso, prefiriendo seguir con sus quehaceres y terminar la jornada cuan rápido pudieran para volver a casa con sus familias y comer algo caliente y delicioso.
La presencia de la Marina en la ciudad era conocida, y ante las primeras sirenas que comenzaron a sonar a lo lejos, anunciaba la llegada inminente de estos. Aún así, el incendio del Casino Missile para buena fortuna de ustedes parecía servir como una distracción perfecta. Las llamas, el humo espeso y las alarmas estaban creando una cortina que desvió la atención hacia ese lado de la ciudad. A medida que llegaban al borde de la ciudad las vistas del puerto comenzaban a formarse ante ustedes. El sonido del mar, el ligero crujir de los barcos en el agua y la visión de las embarcaciones aliviarían un poco el miedo de ser encontrados y tener que pelear para poder escapar sanos y salvos.
Al llegar al puerto, Ulamog y los esclavos hicieron lo que pudieron con las órdenes que Balagus les daba. Desataban cuerdas, bajaban velas, levaban anclas. Todo lo necesario para salir de ahí cuanto antes, no sin antes todos agradecer de una forma rápida, asintiendo con la cabeza porque sabían que el tiempo apremia y ahora mismo este no les sobraba antes de que alguien descubriera hacia dónde se habían ido. Ulamog en específico se veía tan concentrado que incluso llegaba a sudar, dándole lo mismo si se lastimaba las manos o se pelaba la piel en quemaduras chinas por hacer esfuerzo de más... cualquier dolor en comparación al que sufrió siendo un esclavo palidecía ante este dolor infligido por la nueva libertad que les habían dado ustedes.
Los habitantes de la ciudad al principio ajenos a lo que realmente estaba ocurriendo comenzaron a darse cuenta de la magnitud de la situación. En las callejuelas cercanas al casino los transeúntes comenzaron a detenerse mirándolos no solamente a ustedes tres pero también a la gran cantidad de esclavos que los seguían. Incluso entre las sombras, era difícil mantenerse oculto con un grupo tan numeroso yendo de forma tan apresurada.
Ustedes tres avanzaban lo más veloz que podían aprovechando la distracción del casino en llamas, pero la escena que generaban no pasaba desapercibida. Cada paso que daban era observado por las miradas curiosas de los ciudadanos. Algunos confundidos, otros simplemente pensaban que era un grupo grande escapando del casino y nada más. La gente murmuraba, algunos los señalaban, pero desconocían lo que en verdad habían hecho esa noche y hasta qué punto se habían ganado el odio del inframundo de Loguetown.
"¿Qué está pasando? ¿Quiénes son esos, por qué corren?" Se podía escuchar mientras pasan a toda velocidad, mientras una niña se asomaba por la ventana de su casa viendo confundida el desfile de personas que avanzaban hacia el puerto; dicho desfile siendo ustedes. Los hombres en su gran mayoría los ignoraban o decidían hacer caso omiso, prefiriendo seguir con sus quehaceres y terminar la jornada cuan rápido pudieran para volver a casa con sus familias y comer algo caliente y delicioso.
La presencia de la Marina en la ciudad era conocida, y ante las primeras sirenas que comenzaron a sonar a lo lejos, anunciaba la llegada inminente de estos. Aún así, el incendio del Casino Missile para buena fortuna de ustedes parecía servir como una distracción perfecta. Las llamas, el humo espeso y las alarmas estaban creando una cortina que desvió la atención hacia ese lado de la ciudad. A medida que llegaban al borde de la ciudad las vistas del puerto comenzaban a formarse ante ustedes. El sonido del mar, el ligero crujir de los barcos en el agua y la visión de las embarcaciones aliviarían un poco el miedo de ser encontrados y tener que pelear para poder escapar sanos y salvos.
Al llegar al puerto, Ulamog y los esclavos hicieron lo que pudieron con las órdenes que Balagus les daba. Desataban cuerdas, bajaban velas, levaban anclas. Todo lo necesario para salir de ahí cuanto antes, no sin antes todos agradecer de una forma rápida, asintiendo con la cabeza porque sabían que el tiempo apremia y ahora mismo este no les sobraba antes de que alguien descubriera hacia dónde se habían ido. Ulamog en específico se veía tan concentrado que incluso llegaba a sudar, dándole lo mismo si se lastimaba las manos o se pelaba la piel en quemaduras chinas por hacer esfuerzo de más... cualquier dolor en comparación al que sufrió siendo un esclavo palidecía ante este dolor infligido por la nueva libertad que les habían dado ustedes.
Y finalmente, el momento llegó. Con las velas desplegadas, los barcos comenzaron a separarse del puerto. Y Loguetown, la ciudad que había sido testigo de su captura, de sus sufrimientos y de sus vidas destrozabas quedaba atrás. A medida que tanto el barco esclavista como el de ustedes se alejaban, el horizonte poco a poco comenzaba a tragarse a la ciudad, haciendo que las luces de la costa se convirtieran en puntos lejanos y difusos, y el único que ahora se veía más... era el de las llamaradas que amenazaban con probablemente consumir el Casino Missile en casi toda su totalidad.
Con ello llegó la calma, poco a poco. Las aguas tranquilas, el viento a favor, y el sabor de la libertad que tocaba sus labios. Se dieron la chance de llorar, de reír. Todos los esclavos se abrazaban, agradecían y vitoreaban a troche y moche. Todos, excepto uno. Ulamog, el cual tenso parecía aún con la mirada perdida, fija al frente como si no quisiera mirar atrás hasta que alguien o algo le confirmara que esto no era un sueño, que de verdad estaba fuera de peligro.
Pero no pudo contenerse, y un grito gutural de victoria escapó de su boca, tan alto que incluso se llegó a lastimar las cuerdas vocales. Un grito de alguien que aceptaba su nueva vida, la vida que ustedes... todos ustedes, le habían brindado sin pedir nada a cambio.
Con ello llegó la calma, poco a poco. Las aguas tranquilas, el viento a favor, y el sabor de la libertad que tocaba sus labios. Se dieron la chance de llorar, de reír. Todos los esclavos se abrazaban, agradecían y vitoreaban a troche y moche. Todos, excepto uno. Ulamog, el cual tenso parecía aún con la mirada perdida, fija al frente como si no quisiera mirar atrás hasta que alguien o algo le confirmara que esto no era un sueño, que de verdad estaba fuera de peligro.
Pero no pudo contenerse, y un grito gutural de victoria escapó de su boca, tan alto que incluso se llegó a lastimar las cuerdas vocales. Un grito de alguien que aceptaba su nueva vida, la vida que ustedes... todos ustedes, le habían brindado sin pedir nada a cambio.