
Lance Turner
Shirogami
27-01-2025, 02:51 AM
Aquel verano del 724 parecía no tener fin, era interminable, y como cada día, el astro rey parecía decidido a derretir hasta el último adoquín de Loguetown. Caminaba por sus calles repletas de gente hasta arriba, donde la mezcla de sonidos era tan intenso como el movimiento de masa que había. Fueses por donde fueses podías escuchar sin problema alguno los gritos de los vendedores, quienes ofrecían de todo, desde pescado recién capturado por los madrugadores pescadores, hasta pequeñas artesanías marinas que hacían las señoras con lo que habían recogido en las costas de las playas. Sobre el puerto, como era normal, las gaviotas revoloteaban inquietas, dispuestas a arrebatar cualquier trozo de comida que quedara desprotegido por más de un segundo.
Había llegado a la ciudad hace apenas una hora, pero desde ya podía decir que esta ciudad tenía un ambiente particular y diferente. Era un caos a simple vista, pero en realidad, todo estaba organizado hasta el más pequeño detalle, una mezcla de colores, sabores y sonidos que casi lograban distraerme de lo que realmente había venido a buscar.
- Este lugar tiene toda la pinta de estar llena de gente interesante... - Pensé mientras esquivaba a un grupo de niños que jugaban con una pelota de cuero en la calle. Uno de ellos casi me embiste, pero su risa despreocupada hizo que se me fuera al instante aquella pequeña molestia. Al contrario, algo en mi me motivaba a jugar con ellos, aunque me contuve como pude por lo raro que pudiese quedar ver a un adulto jugando entre niños desconocidos.
Pasé por varios puestos, observando con curiosidad lo que tenían para ofrecer. Una anciana vendía pulseras hechas con pequeñas conchas, mientras un hombre robusto trataba de convencer a un grupo de marineros de que sus redes eran las más resistentes del East Blue, lo cual me hizo bastante gracia ya que no era la primera vez que escuchaba ese debate entre las islas del East Blue. Sin duda, la ciudad estaba viva, y para mi sorpresa, no había rastro alguno de criminalidad.
Mientras avanzaba, mis pasos me llevaron a una calle más tranquila, alejada del bullicio del mercado principal. Allí, un pequeño bar captó mi atención. Su fachada rústica, con un letrero de madera pintado en azul y blanco que decía "Viento del Mar", parecía prometer un poco de paz entre tanto ruido, y algo de frescor, según notaba desde la puerta del local. El aroma que salía de las ventanas abiertas era suficiente para hacer rugir mi estómago, recordándome que no había comido nada desde temprano.
Entré al lugar y encontré un ambiente acogedor. Las paredes estaban decoradas con mapas antiguos, redes de pesca y un timón colgado junto a una lámpara de aceite. Las pocas mesas ocupadas contribuían a un ambiente animado, pero relajado, donde las conversaciones se mezclaban con las risas suaves de los comensales.
Me acerqué a la barra, dispuesto a pedir algo fresco antes de decidir si me quedaría a comer. Fue entonces cuando noté a un joven sentado junto a la ventana. Vestía un uniforme marine que, aunque algo desaliñado, dejaba claro su pertenencia a las fuerzas de Loguetown. Tenía un cuenco de guiso frente a él, y comía con un entusiasmo que sólo el hambre puede generar.
Por unos momentos, lo observé de reojo. Su expresión era una mezcla de alivio y agradecimiento, como si ese plato fuera lo mejor que le había pasado en días. Era un contraste interesante: un marine, representante de la autoridad, disfrutando de un simple guiso en un rincón apartado, lejos de la pompa de la base naval que seguramente frecuentaba. Puede que al fin y al cabo, tenga que recordar con mayor asiduidad que se tratan de personas normales y corrientes también.
No pude evitar esbozar una pequeña sonrisa mientras centraba toda mi atención en la mujer detrás de la barra. Esta parecía la dueña del lugar, según deduje por la familiaridad con la que se movía, y me recibió con una sonrisa cálida.
- ¿Qué puedo ofrecerte, marinero? Bueno, o pirata, o lo que seas. Aquí no juzgamos, sólo alimentamos.
- Algo frío para beber, por favor, lo que sea. - Le dije entre risas, sabiendo que captaría rápido que sufría por el calor que hacía. - Y tal vez... ese guiso que parece tan popular. - Respondí, señalando al marine junto a la ventana.
Ella soltó una risa mientras preparaba una jarra de agua helada. Me parecía una solución ideal, ya pediría luego otra bebida con más cuerpo, pero saciar la sed era mi prioridad número uno ahora mismo.
- Es mi especialidad, ¡Joven!. - Respondió con rapidez la dueña. - Si ese muchacho pudiera hablar con la boca llena, seguro que te lo recomendaría.
Mientras esperaba mi comida, volví a dirigir mi atención al marine con una sonrisa, tratando de acercar posturas al tener en común un tema del que hablar, pero estaba tan centrado en su comida, que me pareció de mal gusto preguntarle si estaba bueno o no, al fin y al cabo, se trataba de un marine y era mejor no provocarle.
El marine terminó su plato y se quedó un momento mirando por la ventana, observando a los niños que jugaban afuera. Había algo en su mirada que me resultaba familiar, una mezcla de nostalgia y determinación. No lo conocía, pero pude intuir que su camino no era tan diferente al mío, aunque nuestros destinos estuvieran en extremos opuestos de la ley.
Cuando finalmente me trajeron el guiso, el aroma era tan delicioso como esperaba. Di un primer bocado y no pude evitar soltar una exclamación de aprobación.
-¡Señora! ¡Este guiso podría resucitar incluso a los muertos!. - Le comenté con una pequeña risa para familiarizarnos entre broma y broma.
Ella soltó una carcajada desde la barra, mostrándose un poco comedida al instante, como si pensase bien que no era bueno reírse de aquello.
- Es bueno saber que mi comida no pasa desapercibida, joven - Fue su respuesta inmediata, acompañada de unas risas que pronto terminarían. - Pero mejor no mentemos a los muertos ¿Sí? Mejor dejarlos tranquilitos donde están.
- Tiene razón usted, ¡Disculpe!
Mientras comía, noté que el marine se levantaba de su mesa. Parecía haber recuperado algo de energía después de su comida gratuita. Al pasar junto a mí, se detuvo por un instante, como si notara que lo había estado observando.
- ¿Eres nuevo en Loguetown? - Preguntó con una voz calmada pero denotando algo de curiosidad.
- Podría decirse que sí, señor agente. - Respondí de inmediato para no dar lugar a dudas en mis palabras. - Sólo estoy de paso. Usted en cambio, parece un poco más establecido que yo ¿Cierto? ¿Qué tal la ciudad?¿Qué me recomienda? - Le contesté para evitar que se centrase en mi caso particular, y pensase más en sitios que recomendar a un turista más.
El día apenas comenzaba, y acababa de dar con un marine, menuda mi suerte. Esta ciudad ya prometía alguna que otra historia, aunque no estaba convencido si serían de las que me gustaba contar. Mi intención era no estar aquí mucho tiempo, pero algo me decía que Loguetown tenía algunas sorpresas reservadas para mí.
Había llegado a la ciudad hace apenas una hora, pero desde ya podía decir que esta ciudad tenía un ambiente particular y diferente. Era un caos a simple vista, pero en realidad, todo estaba organizado hasta el más pequeño detalle, una mezcla de colores, sabores y sonidos que casi lograban distraerme de lo que realmente había venido a buscar.
- Este lugar tiene toda la pinta de estar llena de gente interesante... - Pensé mientras esquivaba a un grupo de niños que jugaban con una pelota de cuero en la calle. Uno de ellos casi me embiste, pero su risa despreocupada hizo que se me fuera al instante aquella pequeña molestia. Al contrario, algo en mi me motivaba a jugar con ellos, aunque me contuve como pude por lo raro que pudiese quedar ver a un adulto jugando entre niños desconocidos.
Pasé por varios puestos, observando con curiosidad lo que tenían para ofrecer. Una anciana vendía pulseras hechas con pequeñas conchas, mientras un hombre robusto trataba de convencer a un grupo de marineros de que sus redes eran las más resistentes del East Blue, lo cual me hizo bastante gracia ya que no era la primera vez que escuchaba ese debate entre las islas del East Blue. Sin duda, la ciudad estaba viva, y para mi sorpresa, no había rastro alguno de criminalidad.
Mientras avanzaba, mis pasos me llevaron a una calle más tranquila, alejada del bullicio del mercado principal. Allí, un pequeño bar captó mi atención. Su fachada rústica, con un letrero de madera pintado en azul y blanco que decía "Viento del Mar", parecía prometer un poco de paz entre tanto ruido, y algo de frescor, según notaba desde la puerta del local. El aroma que salía de las ventanas abiertas era suficiente para hacer rugir mi estómago, recordándome que no había comido nada desde temprano.
Entré al lugar y encontré un ambiente acogedor. Las paredes estaban decoradas con mapas antiguos, redes de pesca y un timón colgado junto a una lámpara de aceite. Las pocas mesas ocupadas contribuían a un ambiente animado, pero relajado, donde las conversaciones se mezclaban con las risas suaves de los comensales.
Me acerqué a la barra, dispuesto a pedir algo fresco antes de decidir si me quedaría a comer. Fue entonces cuando noté a un joven sentado junto a la ventana. Vestía un uniforme marine que, aunque algo desaliñado, dejaba claro su pertenencia a las fuerzas de Loguetown. Tenía un cuenco de guiso frente a él, y comía con un entusiasmo que sólo el hambre puede generar.
Por unos momentos, lo observé de reojo. Su expresión era una mezcla de alivio y agradecimiento, como si ese plato fuera lo mejor que le había pasado en días. Era un contraste interesante: un marine, representante de la autoridad, disfrutando de un simple guiso en un rincón apartado, lejos de la pompa de la base naval que seguramente frecuentaba. Puede que al fin y al cabo, tenga que recordar con mayor asiduidad que se tratan de personas normales y corrientes también.
No pude evitar esbozar una pequeña sonrisa mientras centraba toda mi atención en la mujer detrás de la barra. Esta parecía la dueña del lugar, según deduje por la familiaridad con la que se movía, y me recibió con una sonrisa cálida.
- ¿Qué puedo ofrecerte, marinero? Bueno, o pirata, o lo que seas. Aquí no juzgamos, sólo alimentamos.
- Algo frío para beber, por favor, lo que sea. - Le dije entre risas, sabiendo que captaría rápido que sufría por el calor que hacía. - Y tal vez... ese guiso que parece tan popular. - Respondí, señalando al marine junto a la ventana.
Ella soltó una risa mientras preparaba una jarra de agua helada. Me parecía una solución ideal, ya pediría luego otra bebida con más cuerpo, pero saciar la sed era mi prioridad número uno ahora mismo.
- Es mi especialidad, ¡Joven!. - Respondió con rapidez la dueña. - Si ese muchacho pudiera hablar con la boca llena, seguro que te lo recomendaría.
Mientras esperaba mi comida, volví a dirigir mi atención al marine con una sonrisa, tratando de acercar posturas al tener en común un tema del que hablar, pero estaba tan centrado en su comida, que me pareció de mal gusto preguntarle si estaba bueno o no, al fin y al cabo, se trataba de un marine y era mejor no provocarle.
El marine terminó su plato y se quedó un momento mirando por la ventana, observando a los niños que jugaban afuera. Había algo en su mirada que me resultaba familiar, una mezcla de nostalgia y determinación. No lo conocía, pero pude intuir que su camino no era tan diferente al mío, aunque nuestros destinos estuvieran en extremos opuestos de la ley.
Cuando finalmente me trajeron el guiso, el aroma era tan delicioso como esperaba. Di un primer bocado y no pude evitar soltar una exclamación de aprobación.
-¡Señora! ¡Este guiso podría resucitar incluso a los muertos!. - Le comenté con una pequeña risa para familiarizarnos entre broma y broma.
Ella soltó una carcajada desde la barra, mostrándose un poco comedida al instante, como si pensase bien que no era bueno reírse de aquello.
- Es bueno saber que mi comida no pasa desapercibida, joven - Fue su respuesta inmediata, acompañada de unas risas que pronto terminarían. - Pero mejor no mentemos a los muertos ¿Sí? Mejor dejarlos tranquilitos donde están.
- Tiene razón usted, ¡Disculpe!
Mientras comía, noté que el marine se levantaba de su mesa. Parecía haber recuperado algo de energía después de su comida gratuita. Al pasar junto a mí, se detuvo por un instante, como si notara que lo había estado observando.
- ¿Eres nuevo en Loguetown? - Preguntó con una voz calmada pero denotando algo de curiosidad.
- Podría decirse que sí, señor agente. - Respondí de inmediato para no dar lugar a dudas en mis palabras. - Sólo estoy de paso. Usted en cambio, parece un poco más establecido que yo ¿Cierto? ¿Qué tal la ciudad?¿Qué me recomienda? - Le contesté para evitar que se centrase en mi caso particular, y pensase más en sitios que recomendar a un turista más.
El día apenas comenzaba, y acababa de dar con un marine, menuda mi suerte. Esta ciudad ya prometía alguna que otra historia, aunque no estaba convencido si serían de las que me gustaba contar. Mi intención era no estar aquí mucho tiempo, pero algo me decía que Loguetown tenía algunas sorpresas reservadas para mí.