
Raiga Gin Ebra
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03-02-2025, 06:44 PM
Podéis notar cómo el aire en la taberna comienza a cambiar. Lo que hace apenas unos minutos era un ambiente caótico, cargado de confusión y temor, poco a poco se transforma en algo diferente. La voz grave de Ragn, su presencia imponente y sus palabras sinceras calan en los presentes, que entienden que un hombre herido en batalla está invirtiendo su tiempo en ser sincero con ellos, contándole algunos detalles de lo ocurrido. No hay adornos en su discurso, ni intentos de embellecer lo que ha sucedido. Ha sido una batalla, y la verdad es que el enemigo no era otro que el Gobierno Mundial. El mensaje queda claro. Algunos de los aldeanos se miran entre sí, asimilando la realidad con expresión tensa, pero la mayoría acaba asintiendo con comprensión. Algunos cruzan los brazos, otros aprietan los puños con rabia contenida, y en más de uno se percibe el brillo de una chispa que no estaba allí antes. Una chispa de convicción.
Luego llega la intervención de Ubben. No hay falsa modestia en su voz, sino una pasión encendida que resuena en cada rincón del local. Sus palabras avivan un fuego dormido en el pecho de los presentes, recordándoles que ya no son los esclavos de un sistema corrupto, sino los dueños de su propio destino. Qué bonito, ¿verdad? La fuerza de su voz, incluso rota por el esfuerzo, es suficiente para que algunos levanten los puños en el aire en señal de desafío, sumándose al puño ya en alza del propio Ubben. Hay vítores y aplausos, aunque entremezclados con algunos murmullos de incertidumbre. Pero el mensaje ha sido dado: Oykot ya no está bajo el yugo del miedo. Ni lo estará mientras podáis evitarlo.
Finalmente, Airgid cierra la arenga con una chispa de optimismo. Su voz no solo enciende el orgullo, sino que lo convierte en júbilo. Alza la mano y proclama que la libertad es algo que debe celebrarse, no solo protegerse. Su poder entra en acción, y los fragmentos metálicos de la estructura de la taberna comienzan a flotar, encontrando su lugar en la improvisada reconstrucción. No es una solución definitiva, pero en el momento exacto en que el techo vuelve a cerrarse sobre sus cabezas, el ambiente se siente menos pesado. El agua deja de pasar con tanta facilidad y los presentes parecen agradecértelo con la mirada. Como si un nuevo capítulo de la historia de Oykot acabara de comenzar.
Y entonces, el tabernero, con una expresión de cansancio pero también de resignada aceptación, camina hasta un tocadiscos en un rincón de la taberna y, tras hacer un lento reconocimiento de los discos de los cuales dispone, coloca uno sobre el tocadiscos. La aguja cae sobre el vinilo y, tras un leve crujido, comienza a sonar una melodía tranquila. Un jazz pausado, cálido, que poco a poco empieza a impregnar el ambiente. Lejos de ser una música parecida a la que tocó el grupo en el concierto, y con un tempo mucho más lento, recorre cada rincón de la taberna. Como si fuera una señal, la tensión en los hombros de los presentes empieza a disiparse. Algunos se inclinan hacia adelante y apoyan la frente en sus manos, permitiéndose un respiro tras lo ocurrido. Otros, en cambio, aprovechan el momento para comenzar a ordenar el desastre.
La gente empieza a moverse. Sin necesidad de órdenes, los aldeanos empiezan a recoger la madera astillada, a enderezar las sillas y a empujar los restos de escombros fuera del camino. Algunos recogen a los heridos que aún están aturdidos, mientras otros sacan a los cadáveres de los agentes del gobierno con una mezcla de respeto y desprecio. Son cosas completamente necesarias para volver a la normalidad. Una normalidad que quizá nunca debió torcerse. No es un espectáculo agradable, pero forma parte de la realidad con la que han despertado. La taberna, a pesar del desastre, poco a poco empieza a parecer un lugar habitable nuevamente, y lo hace gracias a la colaboración ciudadana.
Algunos de los clientes, ahora plenamente conscientes, se acercan a vosotros con gratitud en la mirada. No todos encuentran palabras para expresar lo que sienten, pero los gestos hablan por sí solos. Una mujer de cabello recogido toma la mano de Airgid con ambas suyas y la aprieta con suavidad, con una expresión que mezcla admiración y agradecimiento. Un anciano con un parche en el ojo le da una palmada en el hombro a Ragn antes de inclinar la cabeza en señal de respeto. Un joven con una cicatriz en la mejilla se acerca a Ubben y le extiende una mano firme, como quien ha encontrado un líder inesperado.
—Gracias. —Es lo único que dice antes de marcharse.
Otros se limitan a inclinar la cabeza o a dar un pequeño aplauso antes de retirarse a sus hogares. Hay quienes aún están en shock y prefieren marcharse sin decir nada, procesando lo ocurrido en silencio. Pero el sentimiento general es claro: han sido salvados. Y aunque sus vidas han cambiado, saben que no están solos en esta lucha. Y ese es el mensaje importante. Si la lucha no está sola, ellos tampoco.
Mientras la música sigue sonando y el ambiente vuelve a algo parecido a la normalidad, os dais cuenta de que el día ha terminado, pero las preguntas apenas comienzan. La información obtenida sobre Libertalia pesa en vuestra mente, como una brújula que señala el próximo destino. Quizás las respuestas que buscáis estén en esa isla ocultas, o tal vez solo os esperan más incógnitas. Pero ahora tenéis una dirección, una razón para seguir adelante. Una decisión que tomar, a fin de cuentas. Puede, y solo puede, que necesitéis un tiempo para pensar bien qué hacer.
La tormenta en el exterior ha comenzado a disiparse, dejando un cielo gris pero menos amenazante. El olor a lluvia fresca se mezcla con el del tabaco, la madera mojada y la sangre seca. Es un olor que probablemente recordaréis durante mucho tiempo.
Este día, por caótico que haya sido, ha valido la pena. ¿No creéis?
Ahora solo queda una pregunta: ¿A dónde vais después?
Luego llega la intervención de Ubben. No hay falsa modestia en su voz, sino una pasión encendida que resuena en cada rincón del local. Sus palabras avivan un fuego dormido en el pecho de los presentes, recordándoles que ya no son los esclavos de un sistema corrupto, sino los dueños de su propio destino. Qué bonito, ¿verdad? La fuerza de su voz, incluso rota por el esfuerzo, es suficiente para que algunos levanten los puños en el aire en señal de desafío, sumándose al puño ya en alza del propio Ubben. Hay vítores y aplausos, aunque entremezclados con algunos murmullos de incertidumbre. Pero el mensaje ha sido dado: Oykot ya no está bajo el yugo del miedo. Ni lo estará mientras podáis evitarlo.
Finalmente, Airgid cierra la arenga con una chispa de optimismo. Su voz no solo enciende el orgullo, sino que lo convierte en júbilo. Alza la mano y proclama que la libertad es algo que debe celebrarse, no solo protegerse. Su poder entra en acción, y los fragmentos metálicos de la estructura de la taberna comienzan a flotar, encontrando su lugar en la improvisada reconstrucción. No es una solución definitiva, pero en el momento exacto en que el techo vuelve a cerrarse sobre sus cabezas, el ambiente se siente menos pesado. El agua deja de pasar con tanta facilidad y los presentes parecen agradecértelo con la mirada. Como si un nuevo capítulo de la historia de Oykot acabara de comenzar.
Y entonces, el tabernero, con una expresión de cansancio pero también de resignada aceptación, camina hasta un tocadiscos en un rincón de la taberna y, tras hacer un lento reconocimiento de los discos de los cuales dispone, coloca uno sobre el tocadiscos. La aguja cae sobre el vinilo y, tras un leve crujido, comienza a sonar una melodía tranquila. Un jazz pausado, cálido, que poco a poco empieza a impregnar el ambiente. Lejos de ser una música parecida a la que tocó el grupo en el concierto, y con un tempo mucho más lento, recorre cada rincón de la taberna. Como si fuera una señal, la tensión en los hombros de los presentes empieza a disiparse. Algunos se inclinan hacia adelante y apoyan la frente en sus manos, permitiéndose un respiro tras lo ocurrido. Otros, en cambio, aprovechan el momento para comenzar a ordenar el desastre.
La gente empieza a moverse. Sin necesidad de órdenes, los aldeanos empiezan a recoger la madera astillada, a enderezar las sillas y a empujar los restos de escombros fuera del camino. Algunos recogen a los heridos que aún están aturdidos, mientras otros sacan a los cadáveres de los agentes del gobierno con una mezcla de respeto y desprecio. Son cosas completamente necesarias para volver a la normalidad. Una normalidad que quizá nunca debió torcerse. No es un espectáculo agradable, pero forma parte de la realidad con la que han despertado. La taberna, a pesar del desastre, poco a poco empieza a parecer un lugar habitable nuevamente, y lo hace gracias a la colaboración ciudadana.
Algunos de los clientes, ahora plenamente conscientes, se acercan a vosotros con gratitud en la mirada. No todos encuentran palabras para expresar lo que sienten, pero los gestos hablan por sí solos. Una mujer de cabello recogido toma la mano de Airgid con ambas suyas y la aprieta con suavidad, con una expresión que mezcla admiración y agradecimiento. Un anciano con un parche en el ojo le da una palmada en el hombro a Ragn antes de inclinar la cabeza en señal de respeto. Un joven con una cicatriz en la mejilla se acerca a Ubben y le extiende una mano firme, como quien ha encontrado un líder inesperado.
—Gracias. —Es lo único que dice antes de marcharse.
Otros se limitan a inclinar la cabeza o a dar un pequeño aplauso antes de retirarse a sus hogares. Hay quienes aún están en shock y prefieren marcharse sin decir nada, procesando lo ocurrido en silencio. Pero el sentimiento general es claro: han sido salvados. Y aunque sus vidas han cambiado, saben que no están solos en esta lucha. Y ese es el mensaje importante. Si la lucha no está sola, ellos tampoco.
Mientras la música sigue sonando y el ambiente vuelve a algo parecido a la normalidad, os dais cuenta de que el día ha terminado, pero las preguntas apenas comienzan. La información obtenida sobre Libertalia pesa en vuestra mente, como una brújula que señala el próximo destino. Quizás las respuestas que buscáis estén en esa isla ocultas, o tal vez solo os esperan más incógnitas. Pero ahora tenéis una dirección, una razón para seguir adelante. Una decisión que tomar, a fin de cuentas. Puede, y solo puede, que necesitéis un tiempo para pensar bien qué hacer.
La tormenta en el exterior ha comenzado a disiparse, dejando un cielo gris pero menos amenazante. El olor a lluvia fresca se mezcla con el del tabaco, la madera mojada y la sangre seca. Es un olor que probablemente recordaréis durante mucho tiempo.
Este día, por caótico que haya sido, ha valido la pena. ¿No creéis?
Ahora solo queda una pregunta: ¿A dónde vais después?