
Raiga Gin Ebra
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11-02-2025, 10:17 AM
Vaya viaje has tenido, compañero... No sabes muy bien cómo has acabado llegando, pero lo has hecho. Me alegro de ello, al menos de momento.
La bruma se aferra a la isla de Kuen como un manto espectral, envolviendo sus costas en un velo de misterio y peligro que cala hasta en los huesos. Desde la cubierta del barco, la silueta de la isla se alza entre la niebla, con acantilados irregulares que parecen dientes afilados listos para devorar a cualquier insensato que se acerque sin la debida precaución. ¿Estás seguro de que quieres ir ahí? El viento arrastra un aroma terroso y húmedo, una mezcla de bambú mojado, agua estancada y algo más agrio, quizás el hedor de la decadencia que impregna cada rincón de esta tierra. Una mezcla que, si me preguntas, intentaría ignorar lo máximo posible.
El barco se desliza con cautela por una de las bahías de acceso, evitando los traicioneros arrecifes que rodean la isla. Lo cierto es que no hay demasiados navíos en el puerto, lo cual no es de extrañar. Kuen no es un lugar de paso; quienes vienen aquí lo hacen con un propósito claro, y la mayoría de esos propósitos están lejos de ser legales. Sin embargo, tú has decidido meterte en la boca del lobo por tu propio riesgo. Te lo vuelvo a preguntar, ¿estás seguro de lo que estás haciendo?
A simple vista, el puerto parece modesto, con una hilera de muelles maltrechos y algunas barcazas que oscilan al ritmo de la marea. Barqueros de aspecto rudo van y vienen, transportando mercancías que nunca pasarían un control aduanero. Los ves con cara de pocos amigos, rondando de aquí para allá sin muchas ganas de seguir trabajando, pero ahí están. Algunos llevan cajas sin distintivos, otros cubren su carga con lonas desgastadas. Todo en este lugar huele a transacción clandestina.
En cuanto se pone pie en tierra firme, la sensación de inquietud se intensifica. Hay miradas furtivas desde las sombras, ojos avizores que examinan cada movimiento. Aquí, la desconfianza es ley, y un forastero emana mucha desconfianza. Dime, ¿has pensado qué decir si alguno de esos fornidos hombres te pregunta? ¿Tienes una coartada? Quizá te haga falta.
Desde tu posición puedes observar a algunos comerciantes con túnicas amplias, ocultando con maestría el contenido de sus bolsillos, mercenarios con cicatrices que cuentan historias de cuchillos en la oscuridad y contrabandistas que negocian en susurros con mil ojos acechando. Una anciana encorvada vende hierbas de origen dudoso en un puesto improvisado, mientras un grupo de jóvenes vestidos con ropajes oscuros vigila la zona con una atención poco disimulada que seguramente llame tu atención. Pufff, es muy probable que no sepas ni por dónde empezar. Y te entiendo. Aquí todo el mundo es sospechoso de algo, y la gran mayoría son culpables antes siquiera de que les pongas el ojo encima.
El camino a Tatsuya es traicionero, un sendero estrecho que serpentea a través de un bosque de bambú que alberga seres que aún no han visto la luz. El clima húmedo y la niebla espesa hacen que la visibilidad sea limitada en toda la isla, pero principalmente en este punto, y el aire se siente denso, pesado, como si la propia isla exhalara secretos al oído de aquellos que se aventuran en sus dominios. De vez en cuando, se pueden ver pequeñas góndolas que recorren el río principal de la isla, el Río Serpe, el cual bordea la ciudad por completo. Góndolas tripuladas por figuras silenciosas que apenas parecen moverse mientras sus remos cortan la superficie del agua con una gran precisión calculada, fruto de años de trabajo y práctica en el mismo lugar. Alguno de ellos tiene la mayor pinta de mafioso que te puedas imaginar, aunque quién sabe si realmente pertenecen a alguna organización mafiosa o no.
La Ciudad de Tatsuya emerge de entre la niebla como una bestia al acecho. Su arquitectura, con evidentes influencias orientales, está marcada por callejones estrechos y enrevesados que forman un laberinto para aquellos que no conocen su diseño. No serías ni la primera ni la última persona que se pierde ahí dentro. Y si lo haces... Creo que serías hombre muerto. O eso me han contado. Las casas, de tejados curvados y estructuras de madera oscura, se superponen en niveles irregulares, algunas conectadas por pasarelas improvisadas y otras no. La ciudad vibra con un bullicio contenido, donde las conversaciones se siguen desarrollando en un evidente secreto continuo.
El Mercado Negro de Tatsuya es un hervidero de actividad. Aquí se comercia con todo lo imaginable y lo inimaginable. No tienes más que darte una vuelta para sorprender a tu propia imaginación. ¿Qué es lo más raro que crees que se podría vender? Da igual la respuesta, ahí lo venden seguro. En los callejones menos transitados, se pueden ver cajas de armamento, drogas exóticas y objetos cuya procedencia no se cuestiona. Un puesto de armas improvisado exhibe cuchillos con empuñaduras talladas y dagas bañadas en toxinas. En otro, un hombre de rostro enjuto muestra una colección de pergaminos con mapas de rutas secretas y documentos falsificados. Todo lo que puedas imaginar.
Más allá, el murmullo de las alcantarillas sugiere que la ciudad tiene más de un nivel. Desde las rejas oxidadas que asoman en algunas esquinas, un hedor malsano se eleva, mezclado con la humedad de la ciudad. Se dice que por esas cloacas transitan ciertos especímenes con malas influencias, dispuestos a todo o casi todo.
Todo en Kuen sugiere que un paso en falso puede significar la ruina o la muerte. Aquí, la astucia es tan valiosa como el oro, y la lealtad es una moneda de doble filo. La ciudad no da la bienvenida a los forasteros, pero tampoco los rechaza abiertamente. Solo observa, evalúa y espera. Y la pregunta es: ¿cuánto tiempo puede un desconocido deambular por sus calles antes de llamar la atención equivocada?
La bruma se aferra a la isla de Kuen como un manto espectral, envolviendo sus costas en un velo de misterio y peligro que cala hasta en los huesos. Desde la cubierta del barco, la silueta de la isla se alza entre la niebla, con acantilados irregulares que parecen dientes afilados listos para devorar a cualquier insensato que se acerque sin la debida precaución. ¿Estás seguro de que quieres ir ahí? El viento arrastra un aroma terroso y húmedo, una mezcla de bambú mojado, agua estancada y algo más agrio, quizás el hedor de la decadencia que impregna cada rincón de esta tierra. Una mezcla que, si me preguntas, intentaría ignorar lo máximo posible.
El barco se desliza con cautela por una de las bahías de acceso, evitando los traicioneros arrecifes que rodean la isla. Lo cierto es que no hay demasiados navíos en el puerto, lo cual no es de extrañar. Kuen no es un lugar de paso; quienes vienen aquí lo hacen con un propósito claro, y la mayoría de esos propósitos están lejos de ser legales. Sin embargo, tú has decidido meterte en la boca del lobo por tu propio riesgo. Te lo vuelvo a preguntar, ¿estás seguro de lo que estás haciendo?
A simple vista, el puerto parece modesto, con una hilera de muelles maltrechos y algunas barcazas que oscilan al ritmo de la marea. Barqueros de aspecto rudo van y vienen, transportando mercancías que nunca pasarían un control aduanero. Los ves con cara de pocos amigos, rondando de aquí para allá sin muchas ganas de seguir trabajando, pero ahí están. Algunos llevan cajas sin distintivos, otros cubren su carga con lonas desgastadas. Todo en este lugar huele a transacción clandestina.
En cuanto se pone pie en tierra firme, la sensación de inquietud se intensifica. Hay miradas furtivas desde las sombras, ojos avizores que examinan cada movimiento. Aquí, la desconfianza es ley, y un forastero emana mucha desconfianza. Dime, ¿has pensado qué decir si alguno de esos fornidos hombres te pregunta? ¿Tienes una coartada? Quizá te haga falta.
Desde tu posición puedes observar a algunos comerciantes con túnicas amplias, ocultando con maestría el contenido de sus bolsillos, mercenarios con cicatrices que cuentan historias de cuchillos en la oscuridad y contrabandistas que negocian en susurros con mil ojos acechando. Una anciana encorvada vende hierbas de origen dudoso en un puesto improvisado, mientras un grupo de jóvenes vestidos con ropajes oscuros vigila la zona con una atención poco disimulada que seguramente llame tu atención. Pufff, es muy probable que no sepas ni por dónde empezar. Y te entiendo. Aquí todo el mundo es sospechoso de algo, y la gran mayoría son culpables antes siquiera de que les pongas el ojo encima.
El camino a Tatsuya es traicionero, un sendero estrecho que serpentea a través de un bosque de bambú que alberga seres que aún no han visto la luz. El clima húmedo y la niebla espesa hacen que la visibilidad sea limitada en toda la isla, pero principalmente en este punto, y el aire se siente denso, pesado, como si la propia isla exhalara secretos al oído de aquellos que se aventuran en sus dominios. De vez en cuando, se pueden ver pequeñas góndolas que recorren el río principal de la isla, el Río Serpe, el cual bordea la ciudad por completo. Góndolas tripuladas por figuras silenciosas que apenas parecen moverse mientras sus remos cortan la superficie del agua con una gran precisión calculada, fruto de años de trabajo y práctica en el mismo lugar. Alguno de ellos tiene la mayor pinta de mafioso que te puedas imaginar, aunque quién sabe si realmente pertenecen a alguna organización mafiosa o no.
La Ciudad de Tatsuya emerge de entre la niebla como una bestia al acecho. Su arquitectura, con evidentes influencias orientales, está marcada por callejones estrechos y enrevesados que forman un laberinto para aquellos que no conocen su diseño. No serías ni la primera ni la última persona que se pierde ahí dentro. Y si lo haces... Creo que serías hombre muerto. O eso me han contado. Las casas, de tejados curvados y estructuras de madera oscura, se superponen en niveles irregulares, algunas conectadas por pasarelas improvisadas y otras no. La ciudad vibra con un bullicio contenido, donde las conversaciones se siguen desarrollando en un evidente secreto continuo.
El Mercado Negro de Tatsuya es un hervidero de actividad. Aquí se comercia con todo lo imaginable y lo inimaginable. No tienes más que darte una vuelta para sorprender a tu propia imaginación. ¿Qué es lo más raro que crees que se podría vender? Da igual la respuesta, ahí lo venden seguro. En los callejones menos transitados, se pueden ver cajas de armamento, drogas exóticas y objetos cuya procedencia no se cuestiona. Un puesto de armas improvisado exhibe cuchillos con empuñaduras talladas y dagas bañadas en toxinas. En otro, un hombre de rostro enjuto muestra una colección de pergaminos con mapas de rutas secretas y documentos falsificados. Todo lo que puedas imaginar.
Más allá, el murmullo de las alcantarillas sugiere que la ciudad tiene más de un nivel. Desde las rejas oxidadas que asoman en algunas esquinas, un hedor malsano se eleva, mezclado con la humedad de la ciudad. Se dice que por esas cloacas transitan ciertos especímenes con malas influencias, dispuestos a todo o casi todo.
Todo en Kuen sugiere que un paso en falso puede significar la ruina o la muerte. Aquí, la astucia es tan valiosa como el oro, y la lealtad es una moneda de doble filo. La ciudad no da la bienvenida a los forasteros, pero tampoco los rechaza abiertamente. Solo observa, evalúa y espera. Y la pregunta es: ¿cuánto tiempo puede un desconocido deambular por sus calles antes de llamar la atención equivocada?