
Arthur Soriz
Gramps
12-02-2025, 07:01 AM
El balandro estaba tomando forma. Lo sabía por la manera en que la madera respondía bajo mis manos y martillazos. Firme, sólida, encajando cada pieza en su lugar como si el barco mismo quisiera nacer con su propia voluntad y yo tan solo fuera el que facilitaba el proceso. Todo lo que era estructural ya estaba terminado y eso me daba cierta satisfacción pero aún quedaba un largo camino por delante. La cubierta estaba en su sitio, los refuerzos asegurados y el esqueleto del futuro navío eran señal de que afortunadamente todo iba con viento en popa. Y no había forma de hacerme cambiar de parecer... este sería uno de mis mejores trabajos, no sé si Magnum Opus, pero estaría cerca probablemente.
Sin embargo debía descansar tarde o temprano, después de horas de trabajo continuo el cansancio empezaba a colarse entre mis músculos como una cuerda que se tensa poco a poco y está a punto de desgarrarse si no se le afloja un poco. Mi espalda protestaba, mi estómago rugía con el ímpetu de un cañón mal calibrado y el sudor caía en gotas grandes y pesadas por mi frente. Desde temprano a la madrugada había estado trabajando en mi bebé, mi hermoso balandro allí en el astillero...
Me enderecé apoyando las manos en mi cintura y echando un vistazo a la obra. Era un buen progreso, eso seguro. Pero todo en su debido tiempo. Ahora tocaba descansar, comer algo y despejarme antes de volver a meter las manos en la madera. Me pasé la toalla por la cara, limpiando el sudor antes de colgarla nuevamente sobre mis hombros. Luego recogí mis cosas y emprendí camino de vuelta al G-31. El puerto de Loguetown estaba como siempre... el sonido de las olas golpeando contra sus muelles, los barcos meciéndose con el ritmo del viento, y mis colegas Marines patrullando en su rutina. Algunos con más entusiasmo que otros.
A lo lejos, los comerciantes comenzaban a abrir sus puestos, y el olor a pan recién horneado y pescado fresco flotaba en el aire, mezclándose con el aroma a salitre. Mientras me acercaba a la base más claro se hacía que algo inusual estaba ocurriendo. Primero veía que reclutas los cuales normalmente charlaban entre ellos ahora intercambiaban miradas incómodas. Algunos evitaban hacer contacto visual entre sí incluso cuando me vieron pasar, otros parecían más tiesos que un tablón mal cortado. Y luego, los gritos.
Una voz femenina potente, ruidosa, quebraba la calma con la fuerza de un disparo de cañón. No se trataba de una simple reprimenda militar. No. Aquello tenía un tono diferente. Y vaya tela el enojo que llevaba encima.
Me detuve unos segundos antes de entrar, pasando de nuevo la toalla por mi frente para secar el sudor que había brotado aunque ya la mayoría se había disipado gracias al frío invernal. Desde mi posición alcancé a ver a la responsable de semejante estruendo cacofónico. Una muchacha joven, de cabello azul grisáceo caminando con pasos firmes y pesados. Llevaba una chaqueta abierta, un cigarro colgando de sus labios y una bolsa al hombro repleta de lo que parecía basura metálica y objetos cuya procedencia dudaba que hubiera pasado por aduana como era debido.
Desde la distancia observé cómo recorría la línea de marines, moviéndose entre ellos como si midiera su temple, su resistencia... o lo más probable su paciencia. Y por la manera en que los reclutas se encogían bajo su escrutinio parecía que ninguno estaba superando la prueba. Me acomodé la toalla al cuello y seguí avanzando sin perderla del todo de vista. Su energía era explosiva, difícil de ignorar, como una tormenta que acaba de tocar tierra firme.
Sin miedo al éxito, me aproximé hasta que hice sombra contra su cuerpo y ahí recién hablé cruzado de brazos y con una amplia sonrisa confianzuda plasmada en mi rostro.
— ¡Eso es lo que necesita la marina, juventud explosiva! ¡Yahahahaha!
Sin embargo debía descansar tarde o temprano, después de horas de trabajo continuo el cansancio empezaba a colarse entre mis músculos como una cuerda que se tensa poco a poco y está a punto de desgarrarse si no se le afloja un poco. Mi espalda protestaba, mi estómago rugía con el ímpetu de un cañón mal calibrado y el sudor caía en gotas grandes y pesadas por mi frente. Desde temprano a la madrugada había estado trabajando en mi bebé, mi hermoso balandro allí en el astillero...
Me enderecé apoyando las manos en mi cintura y echando un vistazo a la obra. Era un buen progreso, eso seguro. Pero todo en su debido tiempo. Ahora tocaba descansar, comer algo y despejarme antes de volver a meter las manos en la madera. Me pasé la toalla por la cara, limpiando el sudor antes de colgarla nuevamente sobre mis hombros. Luego recogí mis cosas y emprendí camino de vuelta al G-31. El puerto de Loguetown estaba como siempre... el sonido de las olas golpeando contra sus muelles, los barcos meciéndose con el ritmo del viento, y mis colegas Marines patrullando en su rutina. Algunos con más entusiasmo que otros.
A lo lejos, los comerciantes comenzaban a abrir sus puestos, y el olor a pan recién horneado y pescado fresco flotaba en el aire, mezclándose con el aroma a salitre. Mientras me acercaba a la base más claro se hacía que algo inusual estaba ocurriendo. Primero veía que reclutas los cuales normalmente charlaban entre ellos ahora intercambiaban miradas incómodas. Algunos evitaban hacer contacto visual entre sí incluso cuando me vieron pasar, otros parecían más tiesos que un tablón mal cortado. Y luego, los gritos.
Una voz femenina potente, ruidosa, quebraba la calma con la fuerza de un disparo de cañón. No se trataba de una simple reprimenda militar. No. Aquello tenía un tono diferente. Y vaya tela el enojo que llevaba encima.
Me detuve unos segundos antes de entrar, pasando de nuevo la toalla por mi frente para secar el sudor que había brotado aunque ya la mayoría se había disipado gracias al frío invernal. Desde mi posición alcancé a ver a la responsable de semejante estruendo cacofónico. Una muchacha joven, de cabello azul grisáceo caminando con pasos firmes y pesados. Llevaba una chaqueta abierta, un cigarro colgando de sus labios y una bolsa al hombro repleta de lo que parecía basura metálica y objetos cuya procedencia dudaba que hubiera pasado por aduana como era debido.
Desde la distancia observé cómo recorría la línea de marines, moviéndose entre ellos como si midiera su temple, su resistencia... o lo más probable su paciencia. Y por la manera en que los reclutas se encogían bajo su escrutinio parecía que ninguno estaba superando la prueba. Me acomodé la toalla al cuello y seguí avanzando sin perderla del todo de vista. Su energía era explosiva, difícil de ignorar, como una tormenta que acaba de tocar tierra firme.
Sin miedo al éxito, me aproximé hasta que hice sombra contra su cuerpo y ahí recién hablé cruzado de brazos y con una amplia sonrisa confianzuda plasmada en mi rostro.
— ¡Eso es lo que necesita la marina, juventud explosiva! ¡Yahahahaha!