
Raiga Gin Ebra
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14-02-2025, 10:34 AM
Las calles de Tatsuya te envuelven con su caos calculado mientras te adentras en el Mercado Negro, una amalgama de olores, sonidos y colores que chocan entre sí con una intensidad abrumadora. Pese a tus conocimientos, no logras descifrar todos los olores que te llegan, distingues varias especias y productos, pero son tantos que quizá te sientas incluso algo agobiado. A decir verdad, la mezcla de olores es hasta agradable, pero sobre todo, confusa. Lo primero que sí que notas es la multitud: un enjambre de cuerpos en constante movimiento, peleando por obtener la mejor ganga o simplemente por mantenerse a flote en el bullicio incesante del comercio clandestino.
Los tenderos gritan sus ofertas con voces rasposas, tratando de hacerse oír por encima del barullo, algo que en ocasiones es imposible. Los compradores, por su parte, no se quedan atrás, regateando con una agresividad casi ritualista, empujándose y gesticulando con una pasión feroz. Todo esto parece ser mucho más que un simple comercio. La gente vive cada operación que intenta realizar. No hay un solo rincón que esté quieto, y todo el mundo parece tener prisa. A tu alrededor, ves mercancías de todo tipo: armas con empuñaduras talladas con motivos demoníacos, venenos en frascos diminutos con inscripciones crípticas, especias de tonalidades imposibles que despiden aromas exóticos y turbadores, e incluso jaulas con animales que nunca antes habías visto, algunos de ellos retorciéndose en un silencio perturbador.
Caminas con paso firme mientras tu capa blanca ondea ligeramente con cada movimiento. Aunque tratas de integrarte en el flujo natural del mercado, notas algunas miradas que se clavan en ti de vez en cuando. No es que destaques demasiado, aquí todo el mundo parece sacado de una historia diferente, pero el instinto de supervivencia de esta gente es agudo. Saben cuándo un rostro es nuevo. Sin embargo, nadie parece prestar demasiada atención más allá de una simple evaluación visual. Aquí todos están demasiado ocupados con sus propios negocios como para hacer preguntas innecesarias. De momento entre la multitud, estás jugando el papel de perfil bajo.
Intentas captar alguna conversación útil en medio del caos, pero las palabras se pierden entre el ruido de la multitud. Algunas frases se quedan en tu mente sin contexto alguno:
No deberías vender eso tan barato, te van a destripar, ¡Lo conseguí de un barco que encalló en la costa! Si no lo tomas tú, alguien más lo hará, Dicen que la Dama del Loto está preparando algo grande.
Nada de esto te da una pista clara de lo que buscas, pero confirma lo que ya sabías: aquí todo tiene un precio, y todo el mundo busca sacar ventaja, aunque eso implique hundir a alguien más en el proceso.
Decides hacer una pregunta en voz alta, modulando tu tono para que suene natural dentro del bullicio, y es sobre los ingredientes que buscas para mantener tu coartada. Eres muy general, sin especificar en nada concreto. Esto puede salir bien o mal, veremos.
Tu voz se une al océano de sonidos, perdiéndose casi por completo. Nadie parece prestarte atención. Un hombre a tu derecha sigue regateando por una botella de sake que parece valer más que su propia vida, una mujer de ojos rasgados y expresión severa inspecciona un cuchillo con una pericia que sugiere que sabe perfectamente cómo usarlo, y un grupo de individuos de aspecto peligroso murmura en un dialecto que no reconoces mientras vigilan sus alrededores. Tus palabras caen en el olvido, arrastradas por la corriente de la compraventa desenfrenada.
Justo cuando estás a punto de intentar algo de nuevo, un hombre de avanzada edad, cojeando ligeramente, se acerca a ti. Lo hace con una expresión bastante neutra y sin hacer el mínimo ruido, aunque a decir verdad, con el que ya hay de fondo, sería imposible detectarlo. Su rostro está marcado por el tiempo, con arrugas profundas que podrían contar historias de décadas de comercio en la sombra. Viste una túnica sencilla, de tonos oscuros y desgastada por los años, pero sus ojos siguen siendo agudos, brillando con la astucia de alguien que ha sobrevivido en este lugar durante más tiempo del que cualquiera esperaría. Al llegar hasta tu posición, pone ambas manos sobre el bastón que usa para apoyarse y te mira con una ligera sonrisa.
—Joven —su voz es áspera, con un matiz de cansancio, pero firme—, quizá deberías concretar un poco en tu petición. Todo lo que tenemos aquí está a la venta. Pero dime, ¿qué estás buscando exactamente? Quizá pueda ayudarte.
La pregunta, aunque directa, está cargada de una cautela implícita. No es solo curiosidad; el hombre está tanteando el terreno, midiendo tu respuesta antes de decidir si vale la pena seguir hablando contigo. En este mercado, nadie regala información sin una razón de peso.
Los tenderos gritan sus ofertas con voces rasposas, tratando de hacerse oír por encima del barullo, algo que en ocasiones es imposible. Los compradores, por su parte, no se quedan atrás, regateando con una agresividad casi ritualista, empujándose y gesticulando con una pasión feroz. Todo esto parece ser mucho más que un simple comercio. La gente vive cada operación que intenta realizar. No hay un solo rincón que esté quieto, y todo el mundo parece tener prisa. A tu alrededor, ves mercancías de todo tipo: armas con empuñaduras talladas con motivos demoníacos, venenos en frascos diminutos con inscripciones crípticas, especias de tonalidades imposibles que despiden aromas exóticos y turbadores, e incluso jaulas con animales que nunca antes habías visto, algunos de ellos retorciéndose en un silencio perturbador.
Caminas con paso firme mientras tu capa blanca ondea ligeramente con cada movimiento. Aunque tratas de integrarte en el flujo natural del mercado, notas algunas miradas que se clavan en ti de vez en cuando. No es que destaques demasiado, aquí todo el mundo parece sacado de una historia diferente, pero el instinto de supervivencia de esta gente es agudo. Saben cuándo un rostro es nuevo. Sin embargo, nadie parece prestar demasiada atención más allá de una simple evaluación visual. Aquí todos están demasiado ocupados con sus propios negocios como para hacer preguntas innecesarias. De momento entre la multitud, estás jugando el papel de perfil bajo.
Intentas captar alguna conversación útil en medio del caos, pero las palabras se pierden entre el ruido de la multitud. Algunas frases se quedan en tu mente sin contexto alguno:
No deberías vender eso tan barato, te van a destripar, ¡Lo conseguí de un barco que encalló en la costa! Si no lo tomas tú, alguien más lo hará, Dicen que la Dama del Loto está preparando algo grande.
Nada de esto te da una pista clara de lo que buscas, pero confirma lo que ya sabías: aquí todo tiene un precio, y todo el mundo busca sacar ventaja, aunque eso implique hundir a alguien más en el proceso.
Decides hacer una pregunta en voz alta, modulando tu tono para que suene natural dentro del bullicio, y es sobre los ingredientes que buscas para mantener tu coartada. Eres muy general, sin especificar en nada concreto. Esto puede salir bien o mal, veremos.
Tu voz se une al océano de sonidos, perdiéndose casi por completo. Nadie parece prestarte atención. Un hombre a tu derecha sigue regateando por una botella de sake que parece valer más que su propia vida, una mujer de ojos rasgados y expresión severa inspecciona un cuchillo con una pericia que sugiere que sabe perfectamente cómo usarlo, y un grupo de individuos de aspecto peligroso murmura en un dialecto que no reconoces mientras vigilan sus alrededores. Tus palabras caen en el olvido, arrastradas por la corriente de la compraventa desenfrenada.
Justo cuando estás a punto de intentar algo de nuevo, un hombre de avanzada edad, cojeando ligeramente, se acerca a ti. Lo hace con una expresión bastante neutra y sin hacer el mínimo ruido, aunque a decir verdad, con el que ya hay de fondo, sería imposible detectarlo. Su rostro está marcado por el tiempo, con arrugas profundas que podrían contar historias de décadas de comercio en la sombra. Viste una túnica sencilla, de tonos oscuros y desgastada por los años, pero sus ojos siguen siendo agudos, brillando con la astucia de alguien que ha sobrevivido en este lugar durante más tiempo del que cualquiera esperaría. Al llegar hasta tu posición, pone ambas manos sobre el bastón que usa para apoyarse y te mira con una ligera sonrisa.
—Joven —su voz es áspera, con un matiz de cansancio, pero firme—, quizá deberías concretar un poco en tu petición. Todo lo que tenemos aquí está a la venta. Pero dime, ¿qué estás buscando exactamente? Quizá pueda ayudarte.
La pregunta, aunque directa, está cargada de una cautela implícita. No es solo curiosidad; el hombre está tanteando el terreno, midiendo tu respuesta antes de decidir si vale la pena seguir hablando contigo. En este mercado, nadie regala información sin una razón de peso.