
Ragnheidr Grosdttir
Stormbreaker
14-02-2025, 07:38 PM
El cuerpo de Ragn se iba elevando en los aires, flotando como si algún dios caprichoso lo reclamara para sí. El gas, de un color cambiante e indeterminado, se filtraba a través de su piel con una textura casi líquida, recorriendo sus músculos y tendones como si los estuviera reforzando, consolidando su esencia. A su alrededor, la nave destrozada crujía en su lenta agonía, atravesada por un enorme agujero que la partía casi en dos. El viento, cargado de olor a pólvora y metal chamuscado, silbaba entre las grietas del casco, llevando consigo los ecos de la batalla recién terminada. Allí, al fondo de la estructura despedazada, yacía el cuerpo de su enemigo. El rey. Un título tan pomposo como vacío, pues ni siquiera él mismo parecía consciente de su condición. ¡Idiota! Eso le otorgaba un aura peculiar, una mezcla de ironía y patetismo que hacía que la victoria de Ragn fuera menos gloriosa de lo esperado. Porque, al final, ¿qué mérito tenía vencer a alguien que ni siquiera entendía la grandeza o el peso de su propia existencia? Era como derrotar a un espectro sin identidad, a una sombra que se desvanecía con la brisa. Pero entonces, una voz interrumpió sus pensamientos. Como un hilo que se filtraba por donde no debía, las palabras de Kovacs llegaron hasta los oídos del vikingo. Su reacción fue inmediata, instintiva, una carcajada gutural que emergió desde lo más profundo de su ser.
— ¡Jieeeejiejiejiejiejie! —Rió, su pecho retumba con cada estruendo, sus brazos extendiéndose con amplitud, como si abrazara el mismo aire que lo sostenía. Unas extremidades largas, fornidas, marcadas por el esfuerzo y el combate. Sus ojos brillaban con una mezcla de diversión y desafío mientras miraba al marine. — Errres grassioso, marrine. —Su voz arrastraba un acento inconfundible, un rugido áspero y lleno de burla. En ese preciso instante, supo que aquella no sería la última vez que cruzaría caminos con Kovacs. Se sentía el nacimiento de algo nuevo, una rivalidad que los conectaría en el futuro. Quizás un enemigo, quizás algo más. Pero lo que era seguro es que alguien con inteligencia lo habría eliminado en ese momento, cortando cualquier posibilidad de que se desarrollara como una amenaza futura. Sin embargo, ¿dónde estaba la diversión en eso? La vida sin riesgo, sin obstáculos, sin un enemigo digno, era un festín sin sabor. — Sí, deberrr de serrr el destino. —Comentó con una sonrisa ladeada, la mirada perdida en el horizonte por un instante. No tardaron en aparecer sus compañeros en cubierta. Algunos con pasos firmes, otros arrastrando el cansancio de la batalla, pero todos con la satisfacción de la victoria en sus rostros. Cada uno, a su manera, había superado a sus adversarios, dejando en claro que no eran simples tripulantes de una nave errante, sino guerreros, depredadores en un mar donde solo sobrevivían los más fuertes.
Un hombre de tamaño semejante pasó por delante de Ragn, una mole de músculos y presencia imponente. El vikingo lo siguió con la mirada, observando cada detalle de su porte, cada matiz de su expresión. Algo en él le resultaba familiar, como si fueran de una misma estirpe perdida en el tiempo. No era común ver a Buccaneers en estas aguas, de hecho, eran una rareza, casi una anomalía entre los humanos. Ragn lo sabía mejor que nadie. — ¿Sabrá de su potencial? —Pensó en voz baja, antes de apartar la vista. Su ascenso continuó con la misma naturalidad con la que respiraba. Entonces, sintió la presencia de Airgid, su compañera. Sin dudarlo, la tomó con su brazo derecho, cargándola con la facilidad con la que un guerrero empuña su espada. Sus cuerpos flotaron juntos por un instante, enmarcados contra el cielo teñido de nubes rasgadas y el resplandor de la luna. — Vamos. —Dijo con una sonrisa, la certeza de que la noche llegaba a su fin reflejada en su mirada.
El botín, la gloria, el reconocimiento… todo aquello daba igual. La batalla de hoy ya estaba ganada, y la promesa de futuras contiendas era mucho más valiosa que cualquier tesoro.
— ¡Jieeeejiejiejiejiejie! —Rió, su pecho retumba con cada estruendo, sus brazos extendiéndose con amplitud, como si abrazara el mismo aire que lo sostenía. Unas extremidades largas, fornidas, marcadas por el esfuerzo y el combate. Sus ojos brillaban con una mezcla de diversión y desafío mientras miraba al marine. — Errres grassioso, marrine. —Su voz arrastraba un acento inconfundible, un rugido áspero y lleno de burla. En ese preciso instante, supo que aquella no sería la última vez que cruzaría caminos con Kovacs. Se sentía el nacimiento de algo nuevo, una rivalidad que los conectaría en el futuro. Quizás un enemigo, quizás algo más. Pero lo que era seguro es que alguien con inteligencia lo habría eliminado en ese momento, cortando cualquier posibilidad de que se desarrollara como una amenaza futura. Sin embargo, ¿dónde estaba la diversión en eso? La vida sin riesgo, sin obstáculos, sin un enemigo digno, era un festín sin sabor. — Sí, deberrr de serrr el destino. —Comentó con una sonrisa ladeada, la mirada perdida en el horizonte por un instante. No tardaron en aparecer sus compañeros en cubierta. Algunos con pasos firmes, otros arrastrando el cansancio de la batalla, pero todos con la satisfacción de la victoria en sus rostros. Cada uno, a su manera, había superado a sus adversarios, dejando en claro que no eran simples tripulantes de una nave errante, sino guerreros, depredadores en un mar donde solo sobrevivían los más fuertes.
Un hombre de tamaño semejante pasó por delante de Ragn, una mole de músculos y presencia imponente. El vikingo lo siguió con la mirada, observando cada detalle de su porte, cada matiz de su expresión. Algo en él le resultaba familiar, como si fueran de una misma estirpe perdida en el tiempo. No era común ver a Buccaneers en estas aguas, de hecho, eran una rareza, casi una anomalía entre los humanos. Ragn lo sabía mejor que nadie. — ¿Sabrá de su potencial? —Pensó en voz baja, antes de apartar la vista. Su ascenso continuó con la misma naturalidad con la que respiraba. Entonces, sintió la presencia de Airgid, su compañera. Sin dudarlo, la tomó con su brazo derecho, cargándola con la facilidad con la que un guerrero empuña su espada. Sus cuerpos flotaron juntos por un instante, enmarcados contra el cielo teñido de nubes rasgadas y el resplandor de la luna. — Vamos. —Dijo con una sonrisa, la certeza de que la noche llegaba a su fin reflejada en su mirada.
El botín, la gloria, el reconocimiento… todo aquello daba igual. La batalla de hoy ya estaba ganada, y la promesa de futuras contiendas era mucho más valiosa que cualquier tesoro.