
William W.Richard
@@l6Qkq
14-02-2025, 10:14 PM
Una ciudad tan grande como Loguetown alberga en su interior una variedad social tan admirable como peligrosa, ya que podemos encontrarnos en su interior personas de todas las facciones, alturas, color y hábitos, conviviendo en una especie de ecosistema controlado que siempre está al borde de romperse y explotar. No queda muy claro si es porque es una de las islas de paso hacia el Grand Line o si es porque es el East Blue, pero allí pasan una gran cantidad de criminales, en su amplia mayoría sin muchos problemas, a sabiendas que la base de la Marina que allí se encuentra es de una proporción importante. Aún así, los problemas de Loguetown están en el subterráneo, en los lugares donde la Marina no entra y donde los criminales desconocidos no pueden moverse con soltura por su ignorancia sobre su presencia.
Allí, en esos lugares donde las sombras eran la compañía perfecta, los crímenes internos de aquella isla surgían, en la lejanía del sol y con métodos poco directos, intentando escapar de la vista de la ley para evitar enfrentamientos directos que estaban destinados a perder. ¿Cuál era el crimen organizado de aquella ciudad? Pues todo lo que uno se pudiese imaginar, aunque estaba principalmente centrado en lo que es el comercio del mercado negro o el lavado de dinero. ¿Qué pasa? Que la mayoría de piratas y criminales pasan por allí en su pasaje al Grand Line, por lo que o bien necesitan dinero para costearlo o bien necesitan recursos para realizarlo, por lo que el dinero de uno se transforma en los productos del otro y así en una espiral sin fin, una mina de oro para aquellos con la viveza y la valentía suficiente como para explotarlo.
Leader Swain conocía este mundillo bastante bien, principalmente por la cantidad de años que había vivido allí bajo la tutela de Heimdall, una de las varias Broker que tenía la ciudad, que como era costumbre, influía en distintos lugares, pero mantenía una base en aquella isla, dividiéndose el territorio con otros que habían visto el mismo negocio en su tiempo y habían competido por un trozo del pastel.
Aquella era una mañana tranquila, como casi todas en la isla de Loguetown. Los Marines caminaban de un lado a otro en sus patrullajes diarios, encontrando en su camino sonrisas, olor a comida y niños correteando por las calles y plazas. No había nada que reportar a sus superiores más que tranquilidad y paz. Pero bajo sus pies, los pasadizos oscuros del inframundo no paraban de moverse, como si fuesen ratas esperando devorar carne de carroña, dispuestos a tragarse a algún que otro metiche que ponga su rostro donde no debe.
Leander Swain podría ver el mismo panorama que los Marines, con la única particularidad de observar lo que ellos no podían ver. Un minusválido solicitando dinero en l as calles que esperaba a las almas caritativas para que su hábil compañero tomara sus carteras; un sujeto que vendía sus pinchos de carne picante al triple de su precio real pensando en que aquella zona era principalmente transitada por turistas; y una mujer jugando con su hija en la plaza que esperaba la clave exacta para dar inicio a una venta de estupefacientes a un precio más que razonable.
A la vista de todos Loguetown era un lugar tranquilo, y a los ojos de Leander Swain también, ya que él no solo estaba acostumbrado a ello, sino que comprendía que gracias a que ese submundo estaba invisible, muchos podían disfrutar de ese endeble estado de paz.
¿Qué hacía allí el Lunarian? Pues esa mañana él también estaba de negocios, de esos que los Marines no pueden ver pero que el rincón más profundo de sus mentes sabe que existe, como si pudiesen olerlo en el aire. Heimdall lo había enviado a él, su persona de confianza para acudir a la guarida de uno de sus competidores, un Broker llamado Sunset, debido a que sus agentes solo salían cuando el sol bajaba. La asistencia del Lunarian era requerida ya que uno de los agentes de Heimdall había pasado las fronteras de los límites pactados entre bandas, por lo que su enviado debía hablar por ella para llegar a un trato.
Las palabras de la Broker fueron sencillas -Aprovecha nuestra ofensa para ganar un trato que nos beneficie- tarea sencilla ¿no? Pues no, por más labia que tuviese el civil, esa no era una tarea sencilla, ya que la fama de Sunset lo precedía y no solía dejar las ofensas salir impunes. Pero no tenía otra opción más que encontrar la forma de resolverlo.
Al final del camino turístico, una pequeña colina lo coronaba, como si fuese una línea de meta a la que llegar. Detrás de esa colina, una puerta oculta lo esperaba. Leander Swain la conocía, no era la primera vez que pasaba por allí, pero esta sería la primera vez que entraba, siendo su salida, dependiente de su capacidad discursiva.
¿Estaba listo? ¿Heimdall estaría loca para asignarle una tarea tan complicada? Quien sabe, ya no había mucho más tiempo para pensarlo, era hora de actuar...
Allí, en esos lugares donde las sombras eran la compañía perfecta, los crímenes internos de aquella isla surgían, en la lejanía del sol y con métodos poco directos, intentando escapar de la vista de la ley para evitar enfrentamientos directos que estaban destinados a perder. ¿Cuál era el crimen organizado de aquella ciudad? Pues todo lo que uno se pudiese imaginar, aunque estaba principalmente centrado en lo que es el comercio del mercado negro o el lavado de dinero. ¿Qué pasa? Que la mayoría de piratas y criminales pasan por allí en su pasaje al Grand Line, por lo que o bien necesitan dinero para costearlo o bien necesitan recursos para realizarlo, por lo que el dinero de uno se transforma en los productos del otro y así en una espiral sin fin, una mina de oro para aquellos con la viveza y la valentía suficiente como para explotarlo.
Leader Swain conocía este mundillo bastante bien, principalmente por la cantidad de años que había vivido allí bajo la tutela de Heimdall, una de las varias Broker que tenía la ciudad, que como era costumbre, influía en distintos lugares, pero mantenía una base en aquella isla, dividiéndose el territorio con otros que habían visto el mismo negocio en su tiempo y habían competido por un trozo del pastel.
Aquella era una mañana tranquila, como casi todas en la isla de Loguetown. Los Marines caminaban de un lado a otro en sus patrullajes diarios, encontrando en su camino sonrisas, olor a comida y niños correteando por las calles y plazas. No había nada que reportar a sus superiores más que tranquilidad y paz. Pero bajo sus pies, los pasadizos oscuros del inframundo no paraban de moverse, como si fuesen ratas esperando devorar carne de carroña, dispuestos a tragarse a algún que otro metiche que ponga su rostro donde no debe.
Leander Swain podría ver el mismo panorama que los Marines, con la única particularidad de observar lo que ellos no podían ver. Un minusválido solicitando dinero en l as calles que esperaba a las almas caritativas para que su hábil compañero tomara sus carteras; un sujeto que vendía sus pinchos de carne picante al triple de su precio real pensando en que aquella zona era principalmente transitada por turistas; y una mujer jugando con su hija en la plaza que esperaba la clave exacta para dar inicio a una venta de estupefacientes a un precio más que razonable.
A la vista de todos Loguetown era un lugar tranquilo, y a los ojos de Leander Swain también, ya que él no solo estaba acostumbrado a ello, sino que comprendía que gracias a que ese submundo estaba invisible, muchos podían disfrutar de ese endeble estado de paz.
¿Qué hacía allí el Lunarian? Pues esa mañana él también estaba de negocios, de esos que los Marines no pueden ver pero que el rincón más profundo de sus mentes sabe que existe, como si pudiesen olerlo en el aire. Heimdall lo había enviado a él, su persona de confianza para acudir a la guarida de uno de sus competidores, un Broker llamado Sunset, debido a que sus agentes solo salían cuando el sol bajaba. La asistencia del Lunarian era requerida ya que uno de los agentes de Heimdall había pasado las fronteras de los límites pactados entre bandas, por lo que su enviado debía hablar por ella para llegar a un trato.
Las palabras de la Broker fueron sencillas -Aprovecha nuestra ofensa para ganar un trato que nos beneficie- tarea sencilla ¿no? Pues no, por más labia que tuviese el civil, esa no era una tarea sencilla, ya que la fama de Sunset lo precedía y no solía dejar las ofensas salir impunes. Pero no tenía otra opción más que encontrar la forma de resolverlo.
Al final del camino turístico, una pequeña colina lo coronaba, como si fuese una línea de meta a la que llegar. Detrás de esa colina, una puerta oculta lo esperaba. Leander Swain la conocía, no era la primera vez que pasaba por allí, pero esta sería la primera vez que entraba, siendo su salida, dependiente de su capacidad discursiva.
¿Estaba listo? ¿Heimdall estaría loca para asignarle una tarea tan complicada? Quien sabe, ya no había mucho más tiempo para pensarlo, era hora de actuar...