
Raiga Gin Ebra
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15-02-2025, 03:49 PM
El anciano frunce el ceño y te observa en silencio durante unos largos segundos, como si estuviera evaluando cada centímetro de tu rostro, cada mueca que puedas poner, cada matiz de tu expresión. Sus ojos, hundidos en arrugas que delatan décadas de experiencia, parecen atravesarte con una mezcla de desconfianza y pesar. La mirada que te lanza te hace sentir un poco incómodo, pero afortunadamente dura poco y pronto se digna a hablar.
—Pensé que tu objetivo era alguna especia —dice finalmente, con voz grave y pausada—. Te voy a decir una cosa, chico. No te metas en líos con esa gente. Te habrán dicho que te cubrirán de oro, pero lo que seguramente pase es que caben tu propia tumba.
Niega con la cabeza y guarda sus manos nudosas en las mangas de su túnica gastada. Hay algo en su tono, en la forma en la que lo dice, que no suena a simple advertencia de un viejo cauto. Es experiencia. Algo en su vida le ha enseñado que aquellos que juegan con la Dama del Loto no suelen vivir para contarlo.
Sin esperar respuesta, el anciano se aleja, perdiéndose en la multitud con una facilidad pasmosa. Desaparece como si nunca hubiera estado allí. Quizá te llame la atención esa facilidad, pero para cuando quieras actuar, seguramente sea demasiado tarde. En este mercado abarrotado, la gente entra y sale del flujo de compradores con una naturalidad que vuelve imposible seguir a alguien si no estás acostumbrado a ello. Antes de que puedas decidir qué hacer, un par de hombres se acercan a ti.
No parecen mercaderes. Son tipos con ropa de telas gruesas y con cicatrices en los nudillos, como si hubieran pasado buena parte de su vida resolviendo problemas con los puños. Ellos sí te han estado escuchando.
—¿Quieres impresionar a la Dama? —pregunta el primero, con una sonrisa ladeada, casi burlona.
Su compañero se cruza de brazos, observándote con una ceja arqueada. No parecen especialmente peligrosos comparados con los matones de la ciudad, pero aquí nadie sobrevive sin una buena dosis de astucia y malicia.
—Yo te digo qué tienes que hacer —continúa—, pero tendremos que ir los tres.
Señala con un leve gesto de cabeza al hombre que lo acompaña, quien hasta ahora había permanecido en silencio. Es él quien decide hablar esta vez. Sus voces te suenan, y no tardarás mucho en darte cuenta de que son los tipos que habían hablado anteriormente sobre el tema.
—Vas a necesitar dinero, chaval. Hay que sobornar a un par de hombres que conocemos, pero no son baratos. Habrá una comida y… bueno, si eres chef, quizá deberías preparar tu mejor plato. Esa es la mejor manera de llegar hasta la Dama.
Las palabras flotan en el aire, acompañadas por el rugido del mercado. El ruido de regateos y discusiones continúa a su alrededor, pero por un momento sientes que el tiempo se ralentiza.
Es una oportunidad. Pero no es gratuita. Aunque nada en la vida lo es, si lo piensas.
El primer hombre se inclina un poco más, como si quisiera asegurarse de que nadie más está escuchando. Y entonces deja caer el verdadero trato. Repite un poco las palabras de su compañero, pero puedes notar que este tipo va más enserio que su amigo.
—Pero una cosa te digo —su voz se vuelve más grave—. Si quieres trabajar para ella, la condición es que formemos equipo los tres.
El segundo hombre asiente lentamente, sin apartar sus ojos de ti. La sonrisa en sus rostros no es del todo tranquilizadora. No parecen querer robarte, ni parecen estafadores de poca monta… pero tienen un plan. Y ese plan te incluye a ti. Además, parecen tener contactos. ¿Qué puedes perder?
—Bueno, ¿qué dices? Si aceptas, te daremos más información.
Te observan en silencio, esperando tu respuesta. Tienes que decidir.
—Pensé que tu objetivo era alguna especia —dice finalmente, con voz grave y pausada—. Te voy a decir una cosa, chico. No te metas en líos con esa gente. Te habrán dicho que te cubrirán de oro, pero lo que seguramente pase es que caben tu propia tumba.
Niega con la cabeza y guarda sus manos nudosas en las mangas de su túnica gastada. Hay algo en su tono, en la forma en la que lo dice, que no suena a simple advertencia de un viejo cauto. Es experiencia. Algo en su vida le ha enseñado que aquellos que juegan con la Dama del Loto no suelen vivir para contarlo.
Sin esperar respuesta, el anciano se aleja, perdiéndose en la multitud con una facilidad pasmosa. Desaparece como si nunca hubiera estado allí. Quizá te llame la atención esa facilidad, pero para cuando quieras actuar, seguramente sea demasiado tarde. En este mercado abarrotado, la gente entra y sale del flujo de compradores con una naturalidad que vuelve imposible seguir a alguien si no estás acostumbrado a ello. Antes de que puedas decidir qué hacer, un par de hombres se acercan a ti.
No parecen mercaderes. Son tipos con ropa de telas gruesas y con cicatrices en los nudillos, como si hubieran pasado buena parte de su vida resolviendo problemas con los puños. Ellos sí te han estado escuchando.
—¿Quieres impresionar a la Dama? —pregunta el primero, con una sonrisa ladeada, casi burlona.
Su compañero se cruza de brazos, observándote con una ceja arqueada. No parecen especialmente peligrosos comparados con los matones de la ciudad, pero aquí nadie sobrevive sin una buena dosis de astucia y malicia.
—Yo te digo qué tienes que hacer —continúa—, pero tendremos que ir los tres.
Señala con un leve gesto de cabeza al hombre que lo acompaña, quien hasta ahora había permanecido en silencio. Es él quien decide hablar esta vez. Sus voces te suenan, y no tardarás mucho en darte cuenta de que son los tipos que habían hablado anteriormente sobre el tema.
—Vas a necesitar dinero, chaval. Hay que sobornar a un par de hombres que conocemos, pero no son baratos. Habrá una comida y… bueno, si eres chef, quizá deberías preparar tu mejor plato. Esa es la mejor manera de llegar hasta la Dama.
Las palabras flotan en el aire, acompañadas por el rugido del mercado. El ruido de regateos y discusiones continúa a su alrededor, pero por un momento sientes que el tiempo se ralentiza.
Es una oportunidad. Pero no es gratuita. Aunque nada en la vida lo es, si lo piensas.
El primer hombre se inclina un poco más, como si quisiera asegurarse de que nadie más está escuchando. Y entonces deja caer el verdadero trato. Repite un poco las palabras de su compañero, pero puedes notar que este tipo va más enserio que su amigo.
—Pero una cosa te digo —su voz se vuelve más grave—. Si quieres trabajar para ella, la condición es que formemos equipo los tres.
El segundo hombre asiente lentamente, sin apartar sus ojos de ti. La sonrisa en sus rostros no es del todo tranquilizadora. No parecen querer robarte, ni parecen estafadores de poca monta… pero tienen un plan. Y ese plan te incluye a ti. Además, parecen tener contactos. ¿Qué puedes perder?
—Bueno, ¿qué dices? Si aceptas, te daremos más información.
Te observan en silencio, esperando tu respuesta. Tienes que decidir.