
Argestes Aquilo
El Coloso de Dressrosa
17-02-2025, 04:17 AM
(Última modificación: 17-02-2025, 04:23 AM por Argestes Aquilo.)
El viejo no recordaba mucho desde que había saltado con la silla y Godofredo por la ventana de su habitación en la residencia. La fortuna quiso que, en la caída, atravesara el toldo de la cochera, amortiguando el aterrizaje sobre un carro de madera que quedó hecho astillas. Gracias a que el cochero estaba más sordo que una tapia, no se percató del nuevo pasajero, tiró de la mula e inició la marcha.
Argestes, por supuesto, se había quedado dormido con la cabeza hacia atrás y el brazo colgando nada más acomodarse con la silla sobre el carromato. Godofredo, su fiel compañero y ya acostumbrado a tales salidas, se hizo un ovillo en su regazo, apartando algún que otro trozo de los restos de madera.
EL ALBINO
Lo siguiente que recordaba era despertarse tras resbalarse la silla de ruedas del carromato y recorrer doscientos metros cuesta abajo por la calle hasta estrellarse contra la puerta del Cuartel G-31. En su accidentada trayectoria, se llevó por delante a tres reclutas, que tuvieron la desgracia de estar mal situados en el espacio-tiempo. Más les habría valido haber hecho caso a las advertencias de Godofredo, que se había puesto a dos patas, bufando, y les había indicado con las patitas delanteras que se apartaran.
Ya dentro del hall del cuartel, las siguientes víctimas de la trambólica entrada fueron otros cinco marines, dos de ellos burócratas. Su sacrificio sirvió para que la silla perdiera la velocidad justa y se detuviera a escasos centímetros de un diablo albino de tres metros de altura.
Godofredo bajó del regazo de Argestes y, sin mediar palabra, se restregó contra las piernas de la formadora que acompañaba al diablo albino, no sin antes darle un cabezazo y empezar a ronronear.
— Señor Aquilo, le presento al suboficial Ares Brotoloigos —dijo la formadora Jela Morell—. Será su nuevo compañero.
El viejo Argestes analizó de arriba abajo al suboficial con una mirada afilada y de pocos amigos.
— No es comida —añadió, mirando a Ares y señalando con el índice de su única mano buena a Godofredo, antes de ponerse en marcha con la silla hacia el pasillo del fondo del cuartel y…
Quedarse dormido a los tres metros.
BADDO BACCHI
El viejo estaba perdido. A saber cuántas horas llevaba saliendo y entrando en las mismas tres salas del cuartel, quedándose dormido cada vez que iniciaba el ciclo y despertándose con un bollo o algo de comer que le traía Godofredo. Pero esta vez era diferente… quizás alguien se lo había encontrado y le había cambiado de sitio.
El alboroto de la habitación de al lado lo despertó, pegando un bote en la silla.
Inició la búsqueda del michino al no encontrarlo en su regazo, imaginándose que estaría en medio de la gresca.
Al cruzar la puerta, vio cómo el Godofredo saltaba hacia la suboficial Punk, intentando cazar un pequeño hilo que colgaba de la mochila que llevaba ella al hombro. El grito que pegó Eustass hizo que el pobre gato diera un brinco hacia atrás, bufara y corriera al regazo del viejo Argestes.
El viejo afiló la mirada, observando al grupo mientras lentamente acariciaba a Godofredo con la mano buena.
Se centró primero en Alaric, que estaba de cuclillas con la espalda dando contra el techo.
«Míralo ahí, más largo que un día sin pan, ¡percebes!. Este seguro que arruina a la Marina el día que le hagan el uniforme y la capa… Mil tormentas me caigan encima si el barco no se hunde cuando ponga un pie encima. Me recuerda a uno de esos dos gemelos… O eso decían ser, pero no se parecían ni en el blanco de los ojos. Menuda sombra daba el pequeño.»
Siguió con Arthur.
«¿De qué me suena esa cara? ¿Le debo dinero? No, no… con él fui de misión antes de jubilarme… ¿Cómo se llamaba... Alfredo... ... Arlond... Arturo ... ... ... Alistair? ¡Que se me quemen las velas si no tiene cara de Gus, Gus! Con un Gus hice la instrucción… diantres, qué mal le olían los pies.»
Le tocaba a Ares, también sufriendo la poca ergonomía de la arquitectura de la Marina, al tener que mantener el cuello ladeado para no darse con la cabeza en el techo.
«¿Y el lagarto este cómo se llamaba? ¿Algo de Hermes Papadopoulos? Gambas en ensalada… Entre este y el otro habrán subido la media de altura de la Marina, seguro. Esas escamas seguro que vienen bien para rallar queso, me lo tengo que apuntar.»
Finalmente, avanzó hacia Eustass.
«Esta muchacha… ¡diantres, qué escandalosa! Me recuerda a la Almirante aquella, la Guillermina. No paraba de gritar y dar órdenes todo el día, la demonio-oficial… Aún no sé cómo alguien tan pequeño podía tener unos pulmones tan grandes. Menos mal que ese volcán la dejó afónica… y calva.»
Ya a la altura de la suboficial, Argestes agarró su bastón y, con la aparente intención de ayudarla a levantarse…
— ¡BAJA ESA VOZ! —gritó el anciano antes de rematar con un bastonazo en la cabeza de Eustass. El viejo hizo aquel gesto de chuparse el labio y apretar las encías, como si estuviera saboreando un buen guiso que ya no existía en esta era de mocosos sin sazón
Tras lo cual se dio media vuelta y avanzó hacia Arthur, con la intención de saludarlo y…
Quedarse dormido antes de llegar, dando un tremendo ronquido que resonó por toda la habitación y el pasillo.