
Agyo Nisshoku
Sol del Ocaso
17-02-2025, 06:51 AM
Bajo el sol abrasador del desierto de Kalab, Agyo Nisshoku se encontraba de pie sobre una duna de arena dorada, observando el paisaje infinito que se extendía ante él. No había sombras que lo resguardaran, ni agua que aliviara la sed. Solo el sonido del viento silbando entre las rocas y la arena en movimiento lo acompañaba. Su torso desnudo brillaba por el sudor y su melena blanca se agitaba con cada ráfaga de aire caliente. Este era el lugar perfecto para entrenar su nueva técnica: Huella Terrestre.
La técnica requería una demostración de fuerza bruta sin igual. Se trataba de canalizar su poder en un solo impacto contra el suelo, generando una explosión de presión capaz de destrozar todo en un radio de doce metros y derribar a cualquier oponente dentro del alcance. Pero tal poder no era fácil de controlar. Agyo sabía que, si lo ejecutaba de manera incorrecta, podía causarse graves daños o incluso perder la estabilidad en medio del combate. Necesitaba perfeccionar cada aspecto de la técnica antes de utilizarla en una batalla real.
Respiró hondo, cerró los ojos por un instante y flexionó sus piernas. Con cada inhalación, sentía la energía recorrer su cuerpo, tensando sus músculos como una cuerda de acero a punto de ser liberada. Clavó los pies en la arena y fijó su mirada en una formación rocosa a pocos metros de distancia.
—Bien, vamos allá —murmuró para sí mismo.
Con un movimiento explosivo, alzó su pierna derecha y la estampó contra el suelo con toda su fuerza. Un golpe seco resonó en el aire, pero la arena absorbió gran parte del impacto. Solo un pequeño temblor se propagó a su alrededor.
Frunció el ceño y escupió hacia un lado. No era suficiente. La técnica debía ser capaz de romper la tierra, no hundirse en la arena sin más. Necesitaba otro enfoque. Se alejó de la duna y se dirigió hacia una zona más rocosa, donde la tierra era dura y compacta.
Tomó posición nuevamente, esta vez ajustando su postura. Separó sus pies a la anchura de sus hombros y dobló ligeramente las rodillas. Cerró los puños con fuerza, sintiendo el ardor de la práctica repetitiva en sus palmas. Su respiración se volvió rítmica, sincronizada con los latidos de su corazón. Y entonces, con un rugido de poder, descargó su pie derecho contra el suelo con toda la energía que su cuerpo podía reunir.
El impacto fue devastador. Una onda de choque se expandió a su alrededor, levantando una nube de polvo y haciendo retumbar la tierra. Las rocas cercanas crujieron y se fragmentaron, y una fisura se abrió en el suelo desde el punto de impacto. El radio de destrucción no alcanzó aún los doce metros, pero había progresado. Había generado suficiente presión para afectar su entorno.
Se enderezó, sintiendo el cosquilleo de la adrenalina recorrer su cuerpo. Su pierna derecha temblaba levemente, señal de que aún no dominaba la técnica a la perfección. Necesitaba mejorar la distribución de la fuerza para minimizar el impacto en su propio cuerpo.
El entrenamiento continuó durante horas. Cada intento lo acercaba más a la perfección. Agyo comenzó a experimentar con diferentes posturas, buscando la manera de canalizar toda su energía sin desperdiciarla. Se enfocó en su respiración, asegurándose de exhalar en el momento exacto del impacto para potenciar la fuerza. Ajustó la posición de sus pies y la inclinación de su cuerpo, hasta que finalmente sintió que estaba logrando la combinación ideal.
En su siguiente intento, reunió todo su poder en un solo instante. Cada fibra de su ser se tensó, cada músculo se preparó para la explosión. Y cuando su pie golpeó el suelo, la fuerza liberada fue monumental. Una onda expansiva recorrió el desierto, levantando una nube de arena y escombros. La tierra se partió en un radio de doce metros, dejando un cráter en el centro del impacto. Las rocas fueron lanzadas por los aires, y el estruendo resonó como un trueno en la lejanía.
Agyo se quedó de pie en el centro de la destrucción, respirando agitadamente. Una sonrisa se dibujó en su rostro. Había logrado ejecutar la Huella Terrestre en su máxima expresión. Ahora, su técnica estaba lista para ser utilizada en combate.
El cazador de piratas miró el horizonte con determinación. Su entrenamiento en el desierto de Kalab había sido brutal, pero necesario. Sabía que en el futuro, cuando enfrentara a sus enemigos, esta técnica sería su carta de triunfo. Con un último vistazo al cráter que había creado, se giró y comenzó a caminar, dejando tras de sí la huella de su poder en la tierra.
La técnica requería una demostración de fuerza bruta sin igual. Se trataba de canalizar su poder en un solo impacto contra el suelo, generando una explosión de presión capaz de destrozar todo en un radio de doce metros y derribar a cualquier oponente dentro del alcance. Pero tal poder no era fácil de controlar. Agyo sabía que, si lo ejecutaba de manera incorrecta, podía causarse graves daños o incluso perder la estabilidad en medio del combate. Necesitaba perfeccionar cada aspecto de la técnica antes de utilizarla en una batalla real.
Respiró hondo, cerró los ojos por un instante y flexionó sus piernas. Con cada inhalación, sentía la energía recorrer su cuerpo, tensando sus músculos como una cuerda de acero a punto de ser liberada. Clavó los pies en la arena y fijó su mirada en una formación rocosa a pocos metros de distancia.
—Bien, vamos allá —murmuró para sí mismo.
Con un movimiento explosivo, alzó su pierna derecha y la estampó contra el suelo con toda su fuerza. Un golpe seco resonó en el aire, pero la arena absorbió gran parte del impacto. Solo un pequeño temblor se propagó a su alrededor.
Frunció el ceño y escupió hacia un lado. No era suficiente. La técnica debía ser capaz de romper la tierra, no hundirse en la arena sin más. Necesitaba otro enfoque. Se alejó de la duna y se dirigió hacia una zona más rocosa, donde la tierra era dura y compacta.
Tomó posición nuevamente, esta vez ajustando su postura. Separó sus pies a la anchura de sus hombros y dobló ligeramente las rodillas. Cerró los puños con fuerza, sintiendo el ardor de la práctica repetitiva en sus palmas. Su respiración se volvió rítmica, sincronizada con los latidos de su corazón. Y entonces, con un rugido de poder, descargó su pie derecho contra el suelo con toda la energía que su cuerpo podía reunir.
El impacto fue devastador. Una onda de choque se expandió a su alrededor, levantando una nube de polvo y haciendo retumbar la tierra. Las rocas cercanas crujieron y se fragmentaron, y una fisura se abrió en el suelo desde el punto de impacto. El radio de destrucción no alcanzó aún los doce metros, pero había progresado. Había generado suficiente presión para afectar su entorno.
Se enderezó, sintiendo el cosquilleo de la adrenalina recorrer su cuerpo. Su pierna derecha temblaba levemente, señal de que aún no dominaba la técnica a la perfección. Necesitaba mejorar la distribución de la fuerza para minimizar el impacto en su propio cuerpo.
El entrenamiento continuó durante horas. Cada intento lo acercaba más a la perfección. Agyo comenzó a experimentar con diferentes posturas, buscando la manera de canalizar toda su energía sin desperdiciarla. Se enfocó en su respiración, asegurándose de exhalar en el momento exacto del impacto para potenciar la fuerza. Ajustó la posición de sus pies y la inclinación de su cuerpo, hasta que finalmente sintió que estaba logrando la combinación ideal.
En su siguiente intento, reunió todo su poder en un solo instante. Cada fibra de su ser se tensó, cada músculo se preparó para la explosión. Y cuando su pie golpeó el suelo, la fuerza liberada fue monumental. Una onda expansiva recorrió el desierto, levantando una nube de arena y escombros. La tierra se partió en un radio de doce metros, dejando un cráter en el centro del impacto. Las rocas fueron lanzadas por los aires, y el estruendo resonó como un trueno en la lejanía.
Agyo se quedó de pie en el centro de la destrucción, respirando agitadamente. Una sonrisa se dibujó en su rostro. Había logrado ejecutar la Huella Terrestre en su máxima expresión. Ahora, su técnica estaba lista para ser utilizada en combate.
El cazador de piratas miró el horizonte con determinación. Su entrenamiento en el desierto de Kalab había sido brutal, pero necesario. Sabía que en el futuro, cuando enfrentara a sus enemigos, esta técnica sería su carta de triunfo. Con un último vistazo al cráter que había creado, se giró y comenzó a caminar, dejando tras de sí la huella de su poder en la tierra.