
Raiga Gin Ebra
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17-02-2025, 09:59 AM
Los dos hombres se miran con sonrisas cómplices cuando aceptas. No parecen sorprendidos, pero sí satisfechos con tu respuesta. Uno de ellos coge la bolsa de berries en el aire y la pesa con la mano, midiendo su contenido sin necesidad de abrirla. El otro se cruza de brazos y asiente, como si este fuera el resultado que esperaba.
Chocan los puños entre ellos y entonces fijan su atención en ti. Hay un momento de duda, como si ambos estuvieran esperando que el otro tomara la iniciativa para hablar. Sus miradas se cruzan varias veces, los gestos son claros: ninguno quiere empezar. Finalmente, el de cara más tosca y con una cicatriz cruzándole la mejilla suspira con fastidio y se adelanta.
—Vale, con esto será suficiente para pagar los servicios de los primeros guardias. Aunque deberemos aportar más si queremos llegar hasta la Dama. Pero bueno, eso ya llegará.
Levanta la bolsa de berries y se la guarda en el interior de su chaqueta con un gesto hábil, como si tuviera mucha práctica escondiendo cosas. Sin perder más tiempo, los dos te señalan una casa algo apartada, una estructura pequeña y de aspecto deteriorado que se encuentra a unos cinco minutos de donde estáis.
—Vamos. Hablaremos allí.
La caminata hasta la casa no es larga, pero se siente curiosamente silenciosa. Los callejones de Kuen, angostos y oscuros, parecen tragarse el sonido, con la excepción del mercado negro a la distancia, cuyo murmullo constante sigue presente como un eco lejano.
Cuando llegáis, empujan la puerta sin ceremonias y te hacen pasar. El interior es aún más deprimente que el exterior.
Es una casa antigua. Las paredes, aunque blancas, están marcadas por el paso del tiempo, llenas de desniveles y manchas de humedad. Hay una mesa de madera en el centro, rodeada por algunas sillas cojas y una estantería repleta de objetos que parecen haber acumulado polvo durante décadas. No hay ventanas. El aire tiene un leve olor a moho y encierro.
Los dos hombres se sientan de inmediato, ignorándote por completo mientras empiezan a hablar entre ellos.
—Si yo me encargo de los guardias, tú te debes encargar del personal.
—Eso no es justo, tenemos contactos con los guardias, pero con el personal aún no. ¿En serio me vas a mandar ahí sin conocer a nadie?
—Es la única opción de que funcione. A ti se te da mejor eso de hacer contactos.
—Joder.
Se miran el uno al otro con una mezcla de frustración y resignación. Claramente no están de acuerdo, pero tampoco tienen muchas opciones.
Mientras tanto, tienes tiempo para echar un vistazo a la casa. El mobiliario es rudimentario y carece de cualquier tipo de decoración real. Todo aquí parece improvisado, temporal. Como si estuvieran usando este sitio solo porque nadie más lo reclama. La única fuente de luz proviene de un farolillo colgado de un gancho en el techo, cuya tenue iluminación proyecta sombras irregulares por las paredes agrietadas.
Justo cuando terminas de inspeccionar el lugar, los dos tipos te miran de golpe.
—Bueno, va, vamos a ver cómo lo hacemos —dice el primero, apoyando los codos sobre la mesa—. Durante el día de hoy y el de mañana vamos a estar hablando con trabajadores de la Dama. Intentaremos que te cueles como chef del equipo personal de la Dama. Eso te permitirá hablar con ella, hacer contactos o lo que sea.
El otro, el de la cicatriz en la mejilla, se reclina un poco hacia adelante. Su tono es más severo.
—Mírame bien, chaval. Nos estamos jugando mucho con esto. Tiempo, dinero y, sobre todo, prestigio. Como la líes, nos pones a todos en un gran problema. Piensa bien qué decir antes de hacerlo, y actúa en consecuencia.
Sus palabras cuelgan en el aire durante unos segundos. Se están arriesgando contigo, pero tampoco parecen confiar del todo en ti. Es una mezcla confusa en un cóctel que parece que no tendrá muy buen sabor.
Sus miradas se cruzan de nuevo, como si compartieran una conversación silenciosa que tú no puedes escuchar. Es evidente que no están seguros de si hiciste bien en aceptar. Pero ya están dentro del juego.
Tal vez este sea el mejor momento para hacer preguntas. Tienes que asegurarte de que todo está claro. O quizás deberías empezar a buscar los ingredientes adecuados para preparar el mejor plato posible. Porque tarde o temprano, tendrás que demostrar que eres un chef digno.
Chocan los puños entre ellos y entonces fijan su atención en ti. Hay un momento de duda, como si ambos estuvieran esperando que el otro tomara la iniciativa para hablar. Sus miradas se cruzan varias veces, los gestos son claros: ninguno quiere empezar. Finalmente, el de cara más tosca y con una cicatriz cruzándole la mejilla suspira con fastidio y se adelanta.
—Vale, con esto será suficiente para pagar los servicios de los primeros guardias. Aunque deberemos aportar más si queremos llegar hasta la Dama. Pero bueno, eso ya llegará.
Levanta la bolsa de berries y se la guarda en el interior de su chaqueta con un gesto hábil, como si tuviera mucha práctica escondiendo cosas. Sin perder más tiempo, los dos te señalan una casa algo apartada, una estructura pequeña y de aspecto deteriorado que se encuentra a unos cinco minutos de donde estáis.
—Vamos. Hablaremos allí.
La caminata hasta la casa no es larga, pero se siente curiosamente silenciosa. Los callejones de Kuen, angostos y oscuros, parecen tragarse el sonido, con la excepción del mercado negro a la distancia, cuyo murmullo constante sigue presente como un eco lejano.
Cuando llegáis, empujan la puerta sin ceremonias y te hacen pasar. El interior es aún más deprimente que el exterior.
Es una casa antigua. Las paredes, aunque blancas, están marcadas por el paso del tiempo, llenas de desniveles y manchas de humedad. Hay una mesa de madera en el centro, rodeada por algunas sillas cojas y una estantería repleta de objetos que parecen haber acumulado polvo durante décadas. No hay ventanas. El aire tiene un leve olor a moho y encierro.
Los dos hombres se sientan de inmediato, ignorándote por completo mientras empiezan a hablar entre ellos.
—Si yo me encargo de los guardias, tú te debes encargar del personal.
—Eso no es justo, tenemos contactos con los guardias, pero con el personal aún no. ¿En serio me vas a mandar ahí sin conocer a nadie?
—Es la única opción de que funcione. A ti se te da mejor eso de hacer contactos.
—Joder.
Se miran el uno al otro con una mezcla de frustración y resignación. Claramente no están de acuerdo, pero tampoco tienen muchas opciones.
Mientras tanto, tienes tiempo para echar un vistazo a la casa. El mobiliario es rudimentario y carece de cualquier tipo de decoración real. Todo aquí parece improvisado, temporal. Como si estuvieran usando este sitio solo porque nadie más lo reclama. La única fuente de luz proviene de un farolillo colgado de un gancho en el techo, cuya tenue iluminación proyecta sombras irregulares por las paredes agrietadas.
Justo cuando terminas de inspeccionar el lugar, los dos tipos te miran de golpe.
—Bueno, va, vamos a ver cómo lo hacemos —dice el primero, apoyando los codos sobre la mesa—. Durante el día de hoy y el de mañana vamos a estar hablando con trabajadores de la Dama. Intentaremos que te cueles como chef del equipo personal de la Dama. Eso te permitirá hablar con ella, hacer contactos o lo que sea.
El otro, el de la cicatriz en la mejilla, se reclina un poco hacia adelante. Su tono es más severo.
—Mírame bien, chaval. Nos estamos jugando mucho con esto. Tiempo, dinero y, sobre todo, prestigio. Como la líes, nos pones a todos en un gran problema. Piensa bien qué decir antes de hacerlo, y actúa en consecuencia.
Sus palabras cuelgan en el aire durante unos segundos. Se están arriesgando contigo, pero tampoco parecen confiar del todo en ti. Es una mezcla confusa en un cóctel que parece que no tendrá muy buen sabor.
Sus miradas se cruzan de nuevo, como si compartieran una conversación silenciosa que tú no puedes escuchar. Es evidente que no están seguros de si hiciste bien en aceptar. Pero ya están dentro del juego.
Tal vez este sea el mejor momento para hacer preguntas. Tienes que asegurarte de que todo está claro. O quizás deberías empezar a buscar los ingredientes adecuados para preparar el mejor plato posible. Porque tarde o temprano, tendrás que demostrar que eres un chef digno.