
Matthias Blutmond
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24-02-2025, 08:56 PM
(Última modificación: 25-02-2025, 09:38 PM por Matthias Blutmond.)
El elevador de vapor ascendía con su monótono zumbido, una estructura descomunal que, aunque fascinante para aquellos que la usaban día tras día, a mí solo me inspiraba una leve repulsión y un denso aroma a humo que reforzaba repugnancia mientras se mezclaba con el salitre de la isla. Su diseño era funcional, torpe en su estética, como todo lo que estos mortales construían para soportar el peso de su propia miseria. A través de las ventanillas empañadas por la humedad del puerto, observaba cómo Montfort se desplegaba lentamente bajo mis pies. La ceniza de las chimeneas industriales se entremezclaba con la niebla del amanecer, creando una capa sucia que cubría la ciudad como un manto de decadencia.
Desde la superioridad de mi linaje, mis ojos heterócromos oteaban el horizonte empequeñeciendo la urbe, deslizándose con vago interés mientras me ajustaba la capa engastada en pan de oro y fondo gules. El puerto bullía con actividad a esa hora temprana; sujetos malolientes descargaban los barcos, cuyos movimientos mecánicos y vacíos, ajenos a cualquier otra cosa que no fuera la supervivencia diaria formaban parte de la fauna patria del lugar. La miseria era tan palpable que podía olerse incluso desde arriba, como un hedor que se colaba entre las rendijas de la cabina aún por encima del propio humo.
Conocía bien la razón de encontrarme en el lugar, pues es deber de aquellos descendientes de las altas casas el aleccionar a los plebeyos mundanos que se resistían a acariciar la oportunidad de respirar el mismo aire que ellos. De la misma manera, los nuestros a veces bajamos a los reinos bajos para atisbar la vida sencilla de los menos favorecidos y más tras concluir misiones en lugares aledaños y pequeñas revoluciones.
Mientras ascendía en mi cabina metálica personal, la ciudad comenzó a revelarse en toda su extensión: la zona vieja, con su arquitectura medieval, aún parecía aferrarse desesperadamente a un pasado de grandeza, mientras que los barrios obreros se extendían como una mancha gris y desordenada, sofocando lo que quedaba del corazón de Montfort. Desde aquí, las callejuelas serpenteaban en direcciones imposibles, conectando sectores que parecían vomitar humo y hollín. Incluso a esta distancia, podía sentir la desesperación que latía en cada rincón de esas callejuelas. Nada de esto me afectaba; el caos ajeno siempre ha sido tan irrelevante como las vidas que lo habitan. Sin embargo, no podía evitar observar, analizar cómo la suciedad y el desorden se habían incrustado tan profundamente en esta ciudad que ni siquiera sus habitantes parecían notarlo, pidiendo una purga en gritos ahogados.
El elevador finalmente llegó a su destino, y las puertas se abrieron con un chirrido metálico. Salí al gran boulevard que cortaba la ciudad en dos, flanqueado por mansiones y edificios de aspecto señorial, que trataban en vano de ocultar la podredumbre de los barrios obreros a lo lejos. Cada paso que daba resonaba en las losas del suelo, el sonido de mis botas bien lustradas contrastando con el bullicio a mi alrededor. Los transeúntes me miraban con ojos bajos, conscientes de que mi sola presencia los superaba en todos los sentidos e intimidados por la realeza de mis ropajes.
Arack no debía de encontrarse muy lejos del lugar de encuentro, una fuente decorada con motivos marinos y con efigies de esbeltas ningyo. Durante la estadía en Tierra Santa, no era infrecuente ver a estas siendo invadidas por los nobles de menores modales y de mayores necesidades afectivas; pero incluso entre las casas celestiales, había diferencias.
No tenía mucho contacto con la familia O'Bamars, pero era indiscutible que se formaban de otra pasta. Tenía curiosidad por el encuentro con el otro dragón.
Mientras avanzaba, mis pensamientos se detenían en la inutilidad de todo lo que me rodeaba. Los edificios, por muy bien cuidados que estuvieran, no podían ocultar la decadencia que fluía por las venas de esta ciudad. Sus habitantes, hombres y mujeres que se aferraban a rutinas miserables, no eran más que sombras que danzaban alrededor de sus propias tragedias. No podía evitar preguntarme qué pensaban cuando me veían. ¿Sentían miedo? ¿Reverencia? ¿O simplemente la desesperación de saber que existían seres como yo, intocables, infinitamente superiores?
Mis ojos recorrieron las estructuras más imponentes, las torres medievales que aún se erguían como recuerdos inútiles de un pasado que ya no importaba. La ciudad vieja, a lo lejos, parecía estar muriendo lentamente, sofocada por los nuevos barrios industriales que la rodeaban. Un leve desprecio se formó en mis labios mientras consideraba cómo los habitantes de Montfort se aferraban a un pasado que ya no les pertenecía, mientras el presente, gris y cargado de humo, los aplastaba sin piedad.
Finalmente, abnegué mi paseo frente a la fuente, y me senté a la linde de esta, clavando mi bastón, símbolo de poder y estatus, en el suelo con un golpe seco y ofreciendo una última mirada cansada a la supuesta parte respetable de Montfort.